¿Pueden suceder tales cosas?, de Ambrose Bierce

¿Pueden suceder tales cosas?

¿Pueden suceder tales cosas?

Ningún aficionado a la literatura de terror que se precie puede desconocer quien es Ambrose Bierce. Si a alguien no le suena este nombre, o se ha confundido de página o más vale que vaya corriendo a la librería más cercana a comprarse este libro y suplir semejante carencia, antes de convertirse en la rechifla generalizada del resto de los aficionados.

Poco puedo añadir sobre la figura del norteamericano que no se haya dicho. «Bitter» Bierce, como fue conocido entre sus contemporáneos –Bierce «el amargo»–, es el mejor cuentista de terror estadounidense entre Poe y Lovercraft, y está perfectamente a la altura de ambas figuras. Veterano de la Guerra de Secesión –donde fue gravemente herido y se forjó su carácter seco, misántropo y amargado–, periodista de prestigio en la costa Oeste, amigo de Jack London, polemista dueño de una lengua viperina, alcohólico, mujeriego… Un personaje de leyenda digno de uno de sus libros y que en su vejez partió para el México revolucionario donde desapareció sin dejar rastro, historia narrada en la película Gringo viejo –donde Bierce fue encarnado por el gran Gregory Peck–.

Tres son las grandes virtudes de Bierce como escritor de terror. En primer lugar su estilo periodístico, llano, escueto y totalmente ceñido a lo que va a narrar, de una efectividad asombrosa que dota de una tremenda verosimilitud a sus escritos, hasta el punto de que alguno de sus cuentos –“Desapariciones misteriosas”– ha sido copiado hasta la saciedad en cientos de libros de esoterismo y parapsicología.

En segundo lugar, su visión descarnada del mundo, aliñada por un humor más que negro, negrísimo. Bierce no cree en el hombre, y mucho menos en la mujer. La misantropía, el nihilismo y el desprecio más absoluto por el género humano tiñen unos cuentos que muestran siempre el lado más oscuro de la humanidad. Si en “El diccionario del diablo” esto es evidente a nivel de microensayos humorísticos, sus relatos ilustran de una forma más desarrollada y artística la pobreza de la condición humana.

Por último, Bierce fue un visionario. Muchas de sus historias preludian los logros de autores futuros. “Un habitante de Carcosa” está considerado como uno de los mejores relatos lovercraftianos antes de que Lovercraft escribiese nada. “El engendro maldito” o “El maestro de Moxon” son perfectos ejemplos de ciencia ficción mucho antes de que Wells soñase siquiera con su máquina del tiempo. Y algunos de sus relatos – “El clan de los parricidas” – anuncian los futuros logros de la novela negra, tanto en su versión más periodística –el Truman Capote de “A sangre fría” – como en aquella que intenta penetrar en la mente de un psicópata –Robert Bloch y su Psicosis pero también Bret Easton Ellis y su American Psycho).

En cualquier caso esto son palabras y palabras que ya se han dicho miles de veces. Insisto, si no se conoce la obra de Bierce más vale sumergirse en ella y disfrutar de cuentos tan perfectos y estremecedores como “Suceso en el puente sobre el río Owl”, “La muerte de Halpyn Fraser”, “El famoso legado de Gilson”, “Un vigilante junto al muerto”, “Los ojos de la pantera”, “El hombre y la serpiente” y tantos otros.

Una última cuestión y muy importante sobre esta edición. Valdemar ha tirado la casa por la ventana y ha realizado un libro tan imprescindible como bien hecho, algo a la altura del autor y su obra. Ahora bien, anteriormente esta editorial publicó casi todos estos cuentos en tres pequeños y más económicos tomos de su colección de bolsillo El Club Diógenes –nº 2 El clan de los parricidas y otras historias macabras, nº 16 Un habitante de Carcosa y otros relatos de terror y nº 54 Un vigilante junto al muerto y otros relatos de terror–. Los cuentos que aparecen en ¿Pueden suceder tales cosas? son los mismos de estas ediciones, a lo sumo con alguna traducción revisada –cambia un título, “El entorno conveniente”, un cuento del tomo nº 54, por “Circunstancias apropiadas” –, hasta el prólogo es idéntico al que apareció en Un vigilante junto al muerto. ¿No hay, pues, ninguna novedad? ¿Un mero ejercicio de cortar y pegar? No del todo. Hay cinco cuentos que no aparecían en las antologías de bolsillo. Dos de ellos – “Una noche de verano” y “Haïta, el pastor”– se encuentran en otras recopilaciones de otras editoriales –eso sí, agotadas–. Pero tres son inéditos y, todo hay que decirlo, están a la altura de cualquiera de los más famosos del autor aunque sin introducir ninguna temática nueva. Son “Cuerpos de la muerte”, “Soldadesca del pueblo” y “Una lucha tenaz”.

Por otro lado, la pretensión de la editorial de que estos sean sus cuentos fantásticos completos, es, cuando menos, discutible. La obra de Bierce es ingente; escribió mucho, bastante en prensa, y existen unas obras completas supervisadas por él antes de su desaparición. Pero no sé hasta que punto son realmente completas y si han podido ser consultadas por los editores. Yo, que desde luego no me considero un experto en la obra del norteamericano, echo de menos un relato que aparece en su libro Cuentos de soldados y civiles (1891), la obra que le dio a conocer entre el gran público, editada en España por Edhasa en su colección de bolsillo Pocket. El cuento es “Chickamauga”, una de las obras maestras del autor, en la cual un niño pierde el habla al presenciar cómo los cadáveres de los fallecidos en la batalla que da nombre a la historia cobran vida y se arrastran por la noche en busca de no se sabe muy bien qué.

Queda esta advertencia hecha para que nadie se llame a engaño sobre el contenido de éste, por otro lado, imprescindible volumen y sus cuarenta y dos maravillosos relatos.

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