The Orville: Sympathy for the Devil, de Seth MacFarlane

The Orville: Sympathy for the DevilTengo a Seth MacFarlane por uno de los destacados genios de nuestro tiempo. Hubiese tenido que ir tomando apuntes, estos años, sobre la creciente admiración que me despertaba su obra, sobre todo las series Padre de familia y The Orville, dos verdaderos portentos del siglo XXI, pero como no lo hice tengo que tirar ahora de memoria más que de apuntes pausados, estructurados, para esta nota más o menos crítica.

Tomando como modelo series anteriores (Los Simpson para Padre de familia y Star Trek para The Orville), MacFarlane crea sus propios mundos, con su propia consistencia de realidad, alejados del modelo principal pero con enlaces emocionales y temáticos a la creatura madre, como suele ser el caso de las influencias bien digeridas por la personalidad creativa fuerte. Su modus operandi parece ser algo así: coge una serie o una obra que le gusta, la estudia a fondo, coge, luego, el poso que esa obra dejó en él, lo regurgita pasándolo por el cedazo de su personalidad y de su intención artística, y lo reformula en función de unas coordenadas nuevas pero visiblemente, intencionadamente deudoras de su modelo, en constante diálogo, homenaje y concomitancia, en simbiosis perpetua con esa creatura artística anterior que perdura renovada en su nueva obra que se aleja por la misma senda que sus predecesores pero con dirección a nuevos horizontes. Más o menos así, yo diría.

Su humor abarca la faceta gamberra y descerebrada de Padre de familia y la más amable, la más dulce de The Orville, con lo que destaca como humorista de más amplio repertorio, con una gama más rica de variantes que un Jerry Seinfeld, por decir uno de alcance más limitado. Su voz, además, tiene un registro totalmente fuera de lo común, dado que, como sabemos, no sólo está detrás de cantidad de personajes de voz histriónica en sus series de animación sino que canta y creo que tiene buena voz y llega donde muchos no llegan.

Pues bueno. The Orville llegó a su fin y una de las historias que tenía que ser episodio la convirtió MacFarlane en novela corta, en una nouvelle que es un regalo para los añorados entusiastas de la serie orviliana: esta Sympathy for the Devil que en ningún momento hace referencia a la conocida canción de los Rolling Stones es una historia de la segunda guerra mundial que se me hará difícil comentar sin destriparle el relato a nadie.

El libro, de ciento veinte páginas, empieza (en 1914) con un corto prólogo en el que una señora irrumpe angustiada en el vestíbulo de un hotel con un niño en brazos, pidiendo que alguien, por favor, adopte a la criatura. Así lo consiguen, y el primer capítulo, pasado el prólogo, ya es la infancia de ese crío en tierras alemanas. Y el pequeño Otto se va haciendo paso, peldaño a peldaño, por las estructuras del nacionalsocialismo emergente de su entorno. El avance de esta trama es la primera mitad de la historia, más consistente y mejor trabada que la segunda.

Y hasta aquí el resumen.

No, a ver. El caso es que luego vemos que esa realidad, esa supuesta realidad, era en verdad fruto del simulador de a bordo de la nave (omito el motivo por el que meten al protagonista en el simulador). No me detendría demasiado en la comparación con lo que hace Dick con la idea del simulacro porque es un enfoque en el que la simulación incita preguntas sobre la moral y el comportamiento humanos –más que sobre la naturaleza misma de esa realidad– que tan pertinentes son a día de hoy con la ambigua consolidación de la IA.

Seth MacFarlaneLa historia de MacFarlane se mete por ahí, en parte: se adentra en cómo una IA puede condicionar tus decisiones basándose en un algoritmo irracional (por definición) que te lanza información en función de unos supuestos que no contrasta. Y en la historia, el simulador, que es una IA, da por sentadas ciertas cosas y en función de eso lleva al protagonista a tomar unas decisiones que de por sí no tomaría. Si mato a alguien en un mundo simulado sin saber que es un mundo simulado, ¿qué diferencia hay con hacerlo en el así llamado ‘mundo real’? Vemos lo que puede pasar si le cedemos a la IA las riendas creativas de lo que queremos ser.

La historia, como otros episodios en la serie, es un vehículo para hablar de determinados temas, y tampoco pasa nada que sea así. (Unos cuantos episodios eran eso en la serie). Y en el caso de esta novela, como dije escribiendo no hace tanto sobre las novelas de Star Trek, estamos volviendo a nuestro mundo y volvemos en otro formato con lo que las sutiles modificaciones de nuestra imaginación verbal contribuyen a añadirle encanto e imaginario a la serie que nos encanta. En la palabra, ha sobrevivido; el episodio, rodado en nuestras mentes.

Volviendo al texto, Otto, el protagonista, vive toda su vida en un simulacro y mata a gente simulada pero convencido de que son gente tan real como él mismo y su propio entorno. Si cometes un crimen en un simulacro (pero convencido de estar en la así llamada realidad), ¿deberían juzgarte? Esa es la pregunta.

Como la IA lanzando pornografías depravadas que ‘sólo son simulacro’ en opinión del consumidor, y sí, puede ser, pero tu consumo no lo es, tu decisión de consumir es bien real. En esos temas indaga la historia, este hibernante episodio orviliano.

Trasladado a nuestro mundo, el episodio lanza preguntas interesantes sobre cómo nos relacionamos con la IA. Acudir a ella para que escriba tus diálogos en lugar de confiar en tu cerebro, en tu talento, es francamente indicativo de la incapacidad de ese cerebro, de ese talento. De esa incapacidad también habla la historia. De la de ser tú mismo. Te dejarás llevar por la inmediatez de sus propuestas y ya no serás tú sino el siervo de esa máquina, el vicario de la IA en la esfera cultural (o en la vida a secas).

Nunca he usado la IA ni sé exactamente en qué consiste, si es una página, una aplicación o qué: y francamente me da igual. Y sé que no tiene nada de malo preguntarle cuántos habitantes tiene Ulán Bator, por decir algo, que sería como usarlo a modo de Google o de una enciclopedia actualizada, pero lo malo es cuando se usa para sustituir puestos de trabajo creativos –ojalá se usara para limpiar lavabos de estación de autocar– o para preguntarle qué decisión tomar en un momento decisivo de tu vida, o para crear obras de arte, o para que te ayude donde no llega tu talentito. Ahí lo veo como si en el patio de colegio pillásemos a alguien haciendo trampas. (Sin querer entrar demasiado en esto, me pregunto, muy retóricamente, ¿el talento, el que  lo es de verdad, recurrirá a la IA para esa descripción complicada, para esas líneas de diálogo, o confiará en sus propias capacidades?).

Queden lanzadas estas preguntas por este episodio-libro de Seth MacFarlane.

The Orville: Sympathy for the Devil, de Seth MacFarlane
Hyperion Avenue, 2022
128 pp.

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