De todos los escritores de ciencia ficción que surgieron en los 70 y han caído un poco en el olvido, John Varley es quizás el que más me duele. Sus excelentes relatos recopilados en La persistencia de la visión y Blue Champgane desaparecieron de la conversación años ha. Otro tanto de lo mismo ha pasado con sus novelas, la mayoría de las cuales tuvieron la extraña suerte de contar con reediciones (Y mañana serán clones, La playa de acero, El globo de oro, Titán). Y creo que merecería otra suerte. Es uno de los escritores que mejor representa el neoclasicismo al que se arrojó la ciencia ficción después del auge de la new wave. En su obra fue capaz de equilibrar el universo interior de sus personajes y elaboradas construcciones sociales con la grandeza de las ideas de, sobre todo, un escenario memorable: los ocho mundos. Un futuro en el cual la humanidad ha sido expulsada de la Tierra y ha necesitado adaptarse al resto de planetas/satélites del sistema solar, con una serie de alteraciones que están en la base de muchas de las historias a su alrededor.
Algunos de los mejores cuentos de Varley (“El fantasma de Kansas”, “Blue Champagne”) ocurren en este universo, pero al igual que sucede con los relatos de cf de George R. R. Martin es en el terreno de la novela donde mejor se desarrolló esta idea de mundo construido. En España se han publicado tres de las cuatro que emplazó en Los ocho mundos, siendo Y mañana serán clones la primera. Un título de lo más curioso: el original es The Ophiuchi Hotline, algo así como “La línea caliente/directa de Ofiuco”. La constelación desde donde lo que queda de la humanidad está recibiendo información fragmentada sobre la amenaza que la ha desplazado de la Tierra, tecnología biológica que facilita todo tipo de modificaciones… Supongo que al editor de Pomaire le debió parecer demasiado estigmatizador (o incomprensible) la connotación sexual y prefirió pautar más su lectura hacia la historia de clones, cambiando el foco hacia otra de sus cuestiones primordiales. Y en este caso no puedo decir que me parezca equivocado.
Todo Y mañana serán clones se articula entorno a contar la vida de los clones de Lilo. Esta especialista en modificaciones genéticas ha llevado su práctica hasta ser condenada a la pena capital por experimentar con el ADN humano. Antes de ser ejecutada es rescatada por un megalómano, Tweed, para llevarla hasta Poseidón. En esta pequeña luna de Júpiter, Tweed ha levantado una colonia de clones de científicos, ingenieros, técnicos, con el propósito de encontrar cómo derrotar a esos invasores que, tras eliminar toda presencia humana de la Tierra, han ocupado Júpiter. Esta actuación convierte al mogul en un potencial condenado a muerte, pero nadie va a mover un dedo por intentar escapar y llevarle ante la justicia. Sus habitantes, al ser clones, sufrirían su mismo destino.
Todo lo que rodea a Poseidón, ese penal con barreras que trascienden lo físico para entrar en lo psicológico y social, depara uno de los momentos atiza en los cuales Varley se recrea. Puede que sus ideas no sean del todo nuevas, pero como escritor sabe explorarlas desde una diversidad de vertientes hasta erigir una idea de futuro que expande las dimensiones de sus escenarios; parte del sentido de la maravilla del texto, íntimamente conectados con la trama.
Hay otros fragmentos deslumbrantes, caso de la caída de uno de los clones en la atmósfera joviana en los instantes previos a su muerte; todo lo que rodea a la inevitable fuga de Poseidón; o las características de nuevas formas de vida humanas. Cada una de escenas invitan a dejarse mecer por la fascinación de la belleza del paisaje alienígena, la grandeza de lo imposible, los personajes pintorescos (Jabalina) y un universo hostil pero con una cierta piedad para quienes se arriesgan a perseverar. También, Y mañana serán clones parece girar demasiado alrededor de estos momentos, enfatizando una construcción episódica ligada a la sucesión de vivencias de las distintas encarnaciones de Lilo mientras es empujada por los ocho mundos, un poco a las bravas. Mientras que al principio el salto de unas copias a otras está marcada por la muerte, llegada esa caída hacia Júpiter los cambios se producen sin que esta se haya producido en una serie de saltos argumentales que dejan un poco con la mandíbula abierta hasta que se recupera el hilo que las vincula. Llevan a pensar que se podrían haber conectado con una mejor sensación de conjunto.
El humor es otra cuestión nuclear en Y mañana serán clones, con un punto iconoclasta/desmitificador autoconsciente. No puedo ver de otra forma lo que hay detrás de esas comunicaciones desde algún punto entre el Sistema Solar y la Constelación de Ofiuco, el empujón de la novela hacia el viaje final y que revela sorpresas que basculan entre la ironía y la sátira. Varley llega a jugar con la paradoja de Fermi con su propia hipótesis del bosque oscuro, evitando caer en el horror cósmico gracias a una humorada con un punto de ridiculez enclavado en el ecologismo de finales de los 70 y principios de los 80. En mi caso, sin perder el norte.
La parte transhumana cuenta con ideas atractivas como ese ser humano adaptado para vivir fotosintéticamente en la órbita de Saturno; o ese sexo biológico completamente supeditado al deseo de cambio o expresión de la propia identidad, con un personaje que termina adoptando un género neutro, incidiendo en el potencial de la ciencia ficción para codificar las inquietudes del presente. Después, hay un par de usos tecnológicos tan avanzados que parecen magia; no en el sentido de Clarke sino hechos por un mago porque era necesario para que la historia tuviera sentido. Sin embargo, nada me ha hecho olvidar su carácter de aventura espacial relativamente depurada, con todo lo necesario para dejar a un lado sobre sus debilidades y disfrutar de sus fortalezas. No está a la altura de sus relatos, pero ni falta que hace.
Y mañana serán clones (Pomaire, Col. Cuantum nº1, 1978)
The Ophiuchi Hotline (1977)
Traducción: Diorki
Rústica. 297pp.
Ficha en La tercera fundación