Fracasando por placer (XX): Conduciendo a ciegas, Ray Bradbury. Ed. Minotauro, 1999

Conduciendo a ciegas

No sé si mi caso será único, pero del panteón que se va consagrando como referentes de la historia de la cf, al que más pereza me da leer habitualmente es a Ray Bradbury. Y por supuesto que no me refiero a Crónicas marcianas, Fahrenheit 451, El hombre ilustrado o, en menor medida, La feria de las tinieblas, sino sobre todo a la sucesión de antologías y algunas novelas sueltas que fue publicando desde mediados de los sesenta.

Ni siquiera sé a ciencia cierta cuántos de esos libros he leído o tengo, lo cual es bastante raro en mí. Me queda de ellos una nebulosa imagen conjunta: relatos breves, de la extensión que gusta a las revistas literarias o suplementos dominicales estadounidenses, donde aparecieron muchos de ellos; acabado impecable en lo formal; tono cultopopular, marca de la casa; argumentos que en numerosos casos no pasan de la anécdota trivial; mucha infancia; la famosa sensación de nostalgia bradburiana; más allá de ella, cursilería en dosis capaces de tumbar a un quinceañero sobrehormonado.

Comentando el tema años ha con Paco Porrúa, me dijo que seguía publicando esas antologías que pasaban mayormente inadvertidas en nuestras librerías no sólo por su conocida fidelidad a sus autores, sino porque el tono le resultaba entrañable, no faltaban ocasionales buenos cuentos y las ventas en Sudamérica eran siempre buenas, al punto de que con el tiempo terminó por no conseguir los derechos para ese mercado por las superiores ofertas de Emecé. Elia Barceló, que me escuchó una vez comentar algo al respecto, me hizo leer «La historia de Laurel y Hardy», incluida en El convector Toynbee, y no tuve ningún problema en reconocer que es un relato de una sensibilidad y un buen gusto sobresalientes. Pero cuando tiempo más tarde me puse a completar la lectura de la antología, tuve la sensación de reencontrarme la mayor parte del tiempo con mis prejuicios: ideas que Stephen King descarta por falta de chicha, evocaciones de aroma chejoviano pasadas por la imaginería de la América Eterna, reacionarismos bienintencionados, olvidables naderías de ejecución intachable.

Reto BradburyUna buena prueba de lo que ha terminado por significar Bradbury como cuentista es la reciente publicación de un librito en blanco, Reto Bradbury, en el que se propone escribir 52 historias en 52 semanas, a razón de cinco paginitas cada una, con consejos de la profesora de escritura Bárbara Gil.

Con este espíritu didáctico, sencillo, entusiasta y lúdico cualquier persona lectora que atesora el deseo de narrar, contar, escribir va a disfrutar y a jugar durante un año acompañado por su propia creación asistida por esta agenda que orienta, aconseja y empuja a que tú puedas conseguir esa pequeña joya que está deseando escribir

Que Bradbury se haya convertido en el santo patrón de los letraheridos que quieren relatar sus inquietudes inimitablemente idénticas en cinco paginitas cada semana es exactamente un resumen de lo que estoy diciendo. Porque mi interés por leer ese tipo de creaciones es, por dar el dato exacto, ninguno en absoluto, algo tan manifiesto que ya por fortuna nadie se atreve a mandármelas tras años de tragarme vacuidades para encontrar algo publicable. Si cada cual quiere escribirlas para mantener viva su alma literaria, excelente, como si hace punto de cruz o mandalas de colorines. Es obvio que hay gente para la que escribir cuentos que no leerá nadie les divierte (o que, aún mejor, alguien descubrirá en algún momento catártico en el que al fin sus esfuerzos y talento serán compensados), les ahorra terapia o lo que sea. Mientras no den la turra, fantástico.

En fin, de vez en cuando hay que dar nuevas oportunidades, especialmente a los buenos, que a pesar de todo lo dicho Bradbury lo fue. En esta ocasión, la circunstancia llegó porque, lo admito, en ocasiones decido el libro que voy a leer por el formato. Me venía bien un librito de tapa dura, que no me importara manosear (porque muchos de los libros que comento aquí no los saco de casa), y que no fuera muy largo: repasé las estanterías y le llegó el turno a este Conduciendo a ciegas, que tenía la razonable seguridad de no haber leído.

A priori, apetecible como lectura ligerita: relatos como mucho de quince páginas, todos publicados por primera vez en este volumen salvo cuatro, antología finalista del World Fantasy en 1998. El título procede del hecho, según nos explicará el autor, de que en una ocasión escribió durante quince días decenas de páginas a oscuras; admito que es el tipo de hazaña que hubiera recibido con humor por parte de Asimov, y con curiosidad por parte de Le Guin o Ballard, pero me despierta una mueca de inquietud viniendo de Bradbury. Que según confiesa, por lo demás, nunca aprendió a conducir.

Ray BradburyPero es que ya a la altura del segundo relato encontramos rápida confirmación a todos esos temores con «Si matan a la MGM, ¿quién se queda con el león?». En el epílogo en el que detalla los orígenes de algunos de los cuentos, Bradbury dice textualmente: «Es una variante sobre un hecho divertido. Durante la segunda guerra mundial, la MGM fue camuflada como la Hughes Aircraft Company, mientras que la Hughes Aircraft Company fue disfrazada de la MGM. ¿Cómo podría no describir esta farsa?».

Considerando que a Bradbury le parece que esta trivialidad es «un hecho divertido» que le abre la puerta de manera irresistible a una «farsa», no es de extrañar que el relato en sí no añada en sus ocho paginitas absolutamente nada al enunciado, que él encuentra tan sensacional. Admito que quizá sobre eso podría haberse escrito un reportaje enmarcándolo en la situación en el Los Angeles de entonces; incluso un cuento en el que Humphrey Bogart o James Cagney entraran en la MGM, se encontraran a un montón de gente poniendo tornillos, pensaran que era algún tipo de experimento de John Huston emparentado con el realismo extremo de Dziga Vertov, se embutieran un mono y se unieran a los currantes. No sé, ALGO. Algo que llevara tiempo hacer, que supusiera sorpresas e imaginación, que se investigara y se trabajara. No una ocurrencia que da pie a esos diálogos chisposillos que Bradbury escribía como los demás pedaleamos, envolviendo la nada.

El primero ya había sido una experiencia similar aunque vagamente más interesante: «Tren nocturno a Babilonia» trata sobre un individuo que se inmiscuye en las actividades de un trilero en un vagón, hasta que le echan por pelma y lo que sucederá a continuación te sorprenderá. Después llega «Hola, tengo que irme», que es de un señor ya fantasma que va a ver a un amigo vivo porque está preocupado por su mujer. En «Casa dividida» aparece al fin el tema de la infancia, en este caso protoadolescencia rijosa más bien, con unos primos dedicados a frotarse en el desván mientras en la planta baja se espera la muerte de un pariente suyo. En «El robo del siglo», a una ancianita que vive con su hermana le roban las cartas que le envió un amor juvenil, y luego empieza a recibirlas de nuevo por correo, una por una. Uf, tengo que reventarlo. ¡Al final se las quitó el mismo señor, que vuelve a cortejarla! ¿Quién podría haberlo esperado? «¿Te acuerdas de mí?» es sobre dos americanos que se conocen vagamente (uno va a la carnicería del otro), se encuentran en Florencia y surge citarse a cenar. Luego los dos descubrirán que en realidad no les apetecía a ninguno. «Ta Ti To Teja» me sacó al fin un poco del sopor: una abuela está empeñada en que el marido de su nieta se la quiere cargar porque ha comprado un triturador de basura, y la historia en su conjunto tiene un poco de mala leche. Así de bajas estaban mis expectativas a esas alturas. Llegué al fin a «Conduciendo a ciegas», en el que un vendedor de coches los pasea con una capucha puesta por el proverbial pueblo bradburiano, se aloja en una casa de huéspedes de esas de la América de los cincuenta, regentada por una abuela, y se hace amigo de su nieto.

Conduciendo a ciegasA estas alturas ya había perdido todo interés y leía por compromiso. Pasaron las semanas y no retomé el libro, del que apenas llevaba la mitad.

El problema de la crítica no profesional, que es la única en nuestro género ahora mismo en España, es que casi todas las reseñas son siempre positivas. El amiguismo y el agradecimiento mezquino por recibir un servicio de prensa gratis son las razones más obvias. En mi experiencia, sin embargo, hay una razón adicional y más importante: la gente no tiene ganas de terminarse libros que no le gustan, para detallar además el porqué de forma justificada y responder así por adelantado a los amiguitos del autor o el editor que le van a pedir explicaciones.

En mi época al frente de Gigamesh, tuve la fortuna de contar con un puñado de colaboradores magníficos que se comprometían a seguir adelante con el libro asignado, pasara lo que pasara. Casi siempre les encargaba algo que les apeteciera, o que directamente me pedían, pero luego seguían adelante con él para bien o para mal. Fueron una alineación formidable, algunos siguen por aquí: Adolfina García, Santi Moreno, Juanma Santiago, Juanma Barranquero, Alberto Cairo, Héctor Ramos, Susana Vallejo… Tomaron el testigo de Albert Solé y Juan Carlos Planells con profundidad dentro de las limitaciones de espacio, con gracejo cuando hacía falta, siempre informativos, siempre útiles y satisfactorios para el lector. También era cierto que el clima de entonces, belicoso y desvergonzado, favorecía convertir un libro aburrido en una oportunidad para otra clase de diversión.

Las redes sociales, el compadreo y tal vez una cierta maduración ambiental cambiaron el panorama. Las reseñas negativas escasean y, me temo, incluso están mal vistas. También, como digo, puede ser debido a que obligan terminar un libro al que tal vez hayas cogido tirria. Yo no voy a hacerlo.

3 comentarios en “Fracasando por placer (XX): Conduciendo a ciegas, Ray Bradbury. Ed. Minotauro, 1999

  1. A Bradbury llegué de chaval, por supuesto. Leí los clásicos y me encantaron, a día de hoy sigo creyendo que El país de octubre es su mejor obra. Pero ocurre una cosa muy curiosa con él, siempre que hablo con alguien se lo suelto: con el tiempo se ha convertido en uno de los autores de los que más libros he leído, y ya sea por fidelidad, por cifras totales o lo que se quiera, parecería que es uno de mis escritores favoritos. Nada más lejos, sin embargo. Le tengo cariño, como dice el artículo será que me gusta su fórmula y, de tanto en tanto, me apetece. Como un subgénero particular o algo. La realidad es que cada vez me cuesta más abrir un libro suyo, Julián lo llama pereza y yo no sé bien cómo definirlo.

  2. Bueno, es un hecho que los autores degeneran. Yo leí todo de Gibson, uno de mis autores favoritos, pero a partir de que «País de espías» se me hizo bola e «Historia cero» no logré acabarlo, ya como que no me interesa en absoluto.
    Lo de las reseñas y las críticas actuales…bueno, ya dije algo hace tiempo que voy a tener que repetir en un par de reseñas. No solo es que no haya negativas, es que salvo raras excepciones no tienen más contenido que el mismo de los blurb editoriales y las entrevistas.

  3. Lo primero, gracias por la visibilidad que le das a mi cuaderno. Lo segundo, me encanta Gigamesh. Lo tercero y por lo que contesto a tu artículo: la idea no es escribir un relato de como máximo cinco páginas, eso es solo una conclusión a la que ha llegado tu cerebro. Lo que sucede es que no es fácil publicar un cuaderno de muchas más páginas (como editor que eres, lo entenderás). La idea es que ahí empiece el germen del relato y que, luego, se continúe en el ordenador o en otro cuaderno o donde quieras. No hay que ser cuadriculados. No está mal hacer críticas negativas, pero cuidado con ser (o al menos sonar) negativo. Conste que pienso igual: necesitamos más críticas que no sean solo para hacer la pelota y para vender. Tienes una opinión muy formada sobre Bradbury escritor, pero tal vez no conoces su libro «Zen en el arte de escribir», más didáctico, en el que daba consejos constructivos para ayudarnos a escribir mejor. Y esa es la idea del cuaderno, dar herramientas a las personas a las que les gusta escribir porque escribir, ya sea ficción, ya sea reseñas, ya sea lo que nos dé la gana, nos hace más inteligentes, nos ayuda a reflexionar y, al menos a mí y a mis alumnos, nos ayuda a darle sentido a la vida en general y a la nuestra en particular. Me gusta que mi trabajo ayude a visibilizar que la escritura también es un arte que se puede aprender y que, de hecho, aprenderlo es un derecho, para que no se reserve solo a los «iluminados» que nacen con un don. Esa idea, que para mi gusto es producto de un elitismo rancio, ha hecho mucho daño a la literatura. A muchos escritores, de hecho, les vendría bien aprender su oficio, tener herramientas para ello y no sentirse avergonzados por aprender este arte. Tanta pedantería en el mundo de las letras hace que parezca que aprender a escribir es de pobres insustanciales que no nacieron con el don. Este cuaderno no se hizo con fines comerciales, sino con mucho cariño, no es por tanto un producto más de la saga «los que siguen a Bradbury como borregos». El reto corría ya por Internet y pensé, pues ya que la gente lo hace, ¿por qué no ayudarles a hacerlo bien? Hablando tú de «letraheridos» has sonado a «letraherido», yo también estoy un poco «letraherida», supongo, y por eso, me he tomado tanto tiempo en intentar mostrarte que detrás de esa literatura que criticas hay mucho amor por los libros y por los autores que nos abrieron camino a los escritores, que no se reservaron su arte para ellos solos. Las críticas negativas también se pueden hacer desde el respeto, y éste se consigue informándose bien de ALGO antes de criticar sin esa profesionalidad que tú mismo echas en falta. Bueno, como no conoces personalmente porque yo no soy más que una humilde profe de escritura, espero que, aunque sea por compromiso, hayas leído hasta el final porque, que sepas que todo esto te lo escribo con una sonrisa bien bonita, y con cariño, porque me gustan tu blog y las críticas de todo tipo, ayudan a ser mejores, siempre, y van en favor de la calidad.

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