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Resulta un poco difícil hablar de la saga de fantasía épica que mayor éxito está teniendo en nuestro país en los últimos años. Y resulta difícil por dos razones: la principal, que yo también me he rendido a los encantos de esta descomunal obra literaria; pero, no menos importante, su propio triunfo, que hace que la unanimidad de elogios por parte de crítica y público –a veces desmesurados– sea tal que es casi imposible encontrar alguna voz disonante.
Efectivamente, frente a frases como «la mejor obra de fantasía de todos los tiempos», «un antes y un después en el género», «mejor que Tolkien» a uno le entra la timidez a la hora de hablar de Canción de hielo y fuego de una forma menos efervescente. Lo malo es que Tormenta de espadas es tan, tan buena que, al final, se acaba entendiendo a los fans más fans de la obra de Martin. Y es que, me da la sensación, los volúmenes impares de esta serie van a ser los mejores. Juego de tronos me deslumbró pero Choque de reyes me dejó un tanto frío, y dicen que Festín de cuervos es el volumen más flojo de todos.
Tormenta de espadas me ha resultado tremendamente satisfactorio como entretenimiento de calidad: las tramas siguen siendo absorbentes, los personajes siguen estando trazados de una forma impecable, la sorpresa acecha a cada vuelta de página y todo es tan absorbente que, como siempre, sorprende que un libro de semejante tamaño se lea tan increíblemente rápido. Las novedades más llamativas, bajo mi punto de vista, son la creciente aparición de la magia –en especial con ciertas «resurrecciones»– y el protagonismo del pueblo llano, que deja de ser un mero comparsa entre las ambiciones de los nobles –como, por otra parte, solía suceder en la Edad Media cuando a los nobles les daba por romperse la cabeza sin ton ni son–.
En el debe, cuestiones que se llevan arrastrando desde el principio de la historia. En primer lugar, su longitud desmesurada. Sí, ya sé, Martin escribe muy bien y todo se lee sin problemas pero, sinceramente, más de una vez he pensado si toda esta historia no podría haberse contado en una sencilla trilogía de 500 páginas por libro. Otros lo han hecho así y la cosa no les ha ido tan mal. En segundo lugar, la afición por «la sorpresa cada vez más sorprendente». Hasta ahora le va más o menos bien pero de vez en cuando se pasa de rosca y, me temo, puede llegar a rozar la incoherencia o el ridículo. A veces, uno lee en piloto automático y no se da cuenta de cuan extravagantes son determinadas soluciones argumentales hasta que ha digerido el libro pasados unos días.
En tercer lugar, la ambigüedad con los personajes. Vale, está muy bien eso del punto de vista subjetivo y de que todo el mundo tiene sus razones para hacer las cosas. Y, por supuesto, los malos pueden ser mucho más molones que los buenos y hay que mimarlos. Lo jodido es que de ahí se llega a un eclecticismo moral de lo más inquietante. Jaime Lannister puede dar sus propias explicaciones de por qué hace las cosas pero, al retratarlo de una forma tan atractiva, resulta que, al final, lo de acostarse con su hermana y tirar desde lo alto de un castillo a un niño de 6 años va a resultar que es disculpable; el chico está enamorado, es caprichoso y sus padres le malcrían. Imaginemos ese comportamiento en alguien cercano a nosotros y a lo mejor la cosa tiene menos gracia. Sin olvidar que se puede caer en la incoherencia. En el caso de Jaime me resulta clarísimo que Martin se ha «enamorado» de él y ha empezado a convertirlo en alguien más «presentable». Así, se comporta de una forma leal y solidaria con cierta doncella guerrera y abandona a los Lannister por su cargo en la guardia real. Lo siento pero no me cuadra. El Jaime de Juego de tronos no se comportaba igual que éste de Tormenta de espadas.
Y, por último, la escabechina generalizada de personajes empieza a ser preocupante. Una cosa es que no se tenga piedad con el lector –algo celebrado con alborozo en su momento– y otra que perdamos el norte. Me imagino que, en el fondo, las novelas no dejan de ser la historia de Jon Nieve y Daereys y que los demás son comparsas que viven y mueren en función de esa realidad. Me imagino. Si no es así, va a resultar que para la mitad de la saga ya no queda casi nadie vivo del primer libro y uno puede preguntarse para qué narices ha contado Martin con tanta meticulosidad la historia de determinados personajes si luego se los va a cargar con alegría y frenesí cuando ya no le sirvan. En fin, por poner un ejemplo, aún me pregunto cuanto sentido tenía tanto rollo sobre lo que pensaba o no Ned Stark si resultaba que iba a desaparecer cuando solo se llevaba un 20 % de la historia.
En fin, que no es que me quiera pasar de listo ni ir contra corriente. De verdad que Tormenta de espadas me ha gustado mucho pero puede que tanto ditirambo sobre esta serie esté siendo exagerado y acabemos siendo mas «martinistas» que el propio Martin. Que, no olvidemos, ha reconocido que sería mejor juzgar la obra una vez terminada y no por alguna de sus partes. Un mensaje de lo más sabio en tiempo de obnubilamiento. Nota: Esta reseña fue publicada originalmente en Memorias de un friki Título: Tormenta de espadas Autor: George R. R. Martin Título original: A Storm For Swords Año: 2000 Traducción: Cristina Macía Editorial: Gigamesh Colección: Gigamesh ficción nº32 Año: 2005 ISBN: 84-96208-08-7 Ilustración: Corominas A la venta en la tienda de Cyberdark Ficha en la biblioteca de la Tercera Fundación Ficha en la web de Ediciones Gigamesh Reseña de Ignacio Illarregui en El rincón de Nacho Reseña de Eloi Puig en la biblioteca de El Kraken Reseña de Luis Fonseca en BOL |