Sobre el relato postapocalíptico

The Road

Uno de los subgéneros más encantadores de la ciencia ficción, uno de los que más puede atraer a los no interesados en el género, que puede ser terreno compartido para lectores de todas las sensibilidades y tendencias, es la literatura postapocalítpica. No hace mucho vimos, con La carretera de Cormac McCarthy, un boom del subgénero, un auge explosivo que lo popularizó más allá de sus fronteras, que gustó a todo el mundo y que llegó, de manos de un autor no especializado en el género, a todas las capas del público lector. Creció y se multiplicó (yo creo, por otra parte, que ese libro es uno de los motivos por los que se ha expandido, también, el universo primo hermano de los zombies). Independientemente de los incuestionables valores de la novela, del asombroso talento de McCarthy, creo que la propia naturaleza de lo postapocalíptico contribuyó a extender el subgénero. Pero, ¿por qué llegó tan lejos? ¿Por qué lo postapocalíptico sí y la interacción con alienígenas, por ejemplo, no?

La puesta en escena de la literatura postapocalíptica tiende a ser menos excéntrica que, digamos, la de la space opera o la de los viajes al futuro, que exigen, para ser aceptadas, un poco más de ese entusiasmo innato que siente el freak por las transgresiones de la ciencia ficción. En general, no asistiremos a ese despliegue de imaginario cienciaficcionesco tan exagerado que vemos en la space opera. Por el contrario, veremos tierras arrasadas, edificios abandonados, agrietados y moribundos, todo será ruina, calles invadidas por una vegetación que crece desatada, gente enloquecida, que sobrevive como puede, pequeños, miserables caudillos que se aprovechan de su fuerza para depredar a los más débiles, veremos escenas de una pobreza ilimitada, hambre, dolor, sufrimiento. Mucho frío y mucha soledad. Veremos muerto todo lo que está vivo. Algo con lo que cualquier lector, sea o no aficionado al género, puede identificarse. Lo vemos en la actualidad: siempre pienso en el escenario de después de una guerra, más o menos, y en ese sentido quien lea no tendrá que pedirle a su cerebro el esfuerzo que necesitaría para aceptar las delicias futuristas de lo que me gusta llamar “la ciencia ficción más colorida”. Es un desgarro de la realidad que puede aceptar cualquiera porque no está tan alejado de la realidad común.

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Espectra, de Pilar Pedraza

EspectraEspectra es un descenso a las criptas de la literatura y el cine para estudiar cómo novelas, relatos, películas y artes plásticas se han acercado a la figura de la mujer muerta. Para centrar su ensayo, Pilar Pedraza divide este campo tan vasto en diversas parcelas: las mujeres que regresan de la muerte, las empusas, vampiras e hijas de vampiros, las mujeres sujeto de lecciones de anatomía, las muertas en brazos de vivos… Nueve clados enmarcados en otros tantos capítulos que funcionan como un pequeño catálogo de referencias inexcusables para los aficionados al fantástico.

La aproximación cronológica es la esperable. Aun así, en ese desglose de las raíces de cada una de las facetas estudiadas, en los relatos de la mitología griega o romana citados, las historias góticas de finales del XVIII o comienzos del XIX mencionadas,ya se vislumbra el talento de Pedraza. Por el conocimiento del fantástico desde sus mismos orígenes pero, sobre todo, por cómo utiliza cada una de las historias para trazar el recorrido por cada faceta e incorporarlo a un discurso homogéneo donde destaca una mirada feminista.

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Antirresurrección, de Juan Ramón Biedma

Antiresurrección

Antiresurrección

Fiel como ese alcohólico que cierra cada día el bar de la esquina, he vuelto a mi anual novela de zombis. Sí, ya sé que hoy en día se estila tomar una posición entre distante y flagelante ante una temática “tediosa y agotada”; un sumidero especialmente indicado para ver tu nombre impreso en la portada de un libro y buscar un mini pelotazo con más chance que escribiendo una de horror psicológico o una gafapastada de ciencia ficción social. Pero a mi estas historias de horror ante la masa me divierten y, según el contexto, todavía me aterran más que los responsables del colapso de Lehman Brothers. En esta ocasión he solazado mis vísceras con Antiresurrección, la primera y única incursión de Juan Ramón Biedma en la temática. Y aunque el resultado final dista de ser completamente satisfactorio me ha parecido bastante más recomendable que las doZ novelaZ patriaZ máZ vendidaZ: la lamentable Los caminantes y el “homenaje” al blog de Alpha Dog, Apocalipsis Z. Tampoco significa mucho pero es un comienzo.

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World War Z, de Max Brooks

World War Z

World War Z

En 1968, basada libremente en la novela Soy leyenda, de Richard Matheson, llegó a la gran pantalla una película destinada a sacudir y revitalizar los cimientos del terror en el cine y la literatura. El film en cuestión se titulaba La noche de los muertos vivientes; y los padres de la criatura, George A. Romero y John A. Russo, se ganaron con él un lugar de honor en el Olimpo particular de los aficionados a disfrutar pasando miedo. Casi cuatro décadas más tarde, en septiembre de 2006, uno de estos aficionados decide rendirle tributo a la obra de Romero con una novela destinada a convertirse en éxito de ventas desde el momento mismo de su gestación. Nace así World War Z, del neoyorquino Max Brooks. Y digo bien, WWZ es un sentido homenaje a Romero y «sus» zombis, no tanto a Russo y los suyos, por motivos que expondré a continuación.

Impulsada por la buena acogida de la ópera prima de su autor –The zombie survival guide, 2003–, así como por el relativamente reciente redescubrimiento de la temática zombi entre escritores y cineastas, WWZ se gana rápidamente el beneplácito de críticos y lectores por igual con una decidida «vuelta a los orígenes», saliéndose a propósito de la nueva carretera que intentan asfaltar películas de reciente cuño como Resident evil, 28 días después, Slither o Planet Terror. Los zombis que nos ofrecen éstas y otras obras contemporáneas se apartan del canon involuntariamente establecido por George Romero y abrazan sin disimulo algunas de las bases sentadas por John Russo en su obra individual, caracterizada principalmente por dos factores: sus muertos vivientes retienen la capacidad de correr, y su estado se debe a una causa reconocible, a veces incluso reversible. Los zombis de Max Brooks, sin embargo, tienen más en común con los de Romero: caminan a duras penas, arrastrando los pies y con los brazos levantados, entre gemidos, y el origen de la infección permanece envuelto en las nieblas del misterio. Para ellos sólo existe una cura posible, y ésta pasa por la destrucción de su cerebro.

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Cell, de Stephen King

Cell

Cell

Antes de empezar este comentario, tengo que dejar claro que soy una rendida admiradora de Stephen King y he leído sobre un ochenta por ciento de su obra, para no exagerar. Cualquiera que le eche un vistazo a la bibliografía de King se dará cuenta de que es casi imposible asegurar que uno lo ha leído TODO, pero me estoy acercando a ello. Descubrí a King hace casi treinta años, por casualidad, como suelen suceder las cosas importantes, mucho antes de que fuera conocido en España, y la primera novela que cayó en mis manos —en inglés— fue Salem’s Lot. ¡Qué buen libro! ¡Qué tensión, qué dominio para dosificar la inquietud y el miedo del lector, qué excelente juego con su modelo, Drácula, de Bram Stoker!

A partir de ese momento, he sido una fiel lectora de King –salvo de sus obras de fantasía que, de alguna extraña manera, nunca han conseguido prenderme–, y la compra anual de la nueva novela ha sido siempre para mí una pequeña fiesta y una gran alegría: El resplandor, La zona muerta, Misery, It –¡qué gran historia! –. Sin embargo, con el paso de los años, ha habido novelas que no me han gustado en absoluto –Los tommyknockers, por ejemplo; Buick 8–, otras que no me han apasionado –Retrato de Rose Madder, El cazador de sueños– y otras que me han devuelto el King que más me gusta –La milla verde, la primera historia de Corazones en la Atlántida–.

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