Fracasando por placer (VII): Breve antología de ciencia ficción. Selección de Paula Labeur y Claudia Moreno, 1995

Breve antología de ciencia ficción

¿Por qué estáis siempre haciendo antologías?, me preguntó mi mujer al verme leer este libro. Bien, quizá su visión está levemente influida por el hecho de haber terminado conmigo, que he hecho unas cuantas antologías y me paso el día leyendo cuentos. Pero lo cierto es que ningún otro género, salvo quizá la poesía, es tanto de hacer antologías como la ciencia ficción. Se me ocurren varias razones: la más bonita está en el protagonismo de los formatos cortos en la cf. Hay mucho material bueno, que vale la pena reeditar. Luego hay otras menos edificantes: por ejemplo, la facilidad con la que se consigue que las editoriales tengan la sensación de producir un libro importante pero por cuatro perras, fundando además la decisión en su completa ignorancia de los incontables intentos previos. El adanismo es un curioso fenómeno recurrente en un género que para otras cosas es tan autoconsciente de sí mismo, aunque fundamentado en que periódicamente llega un enterao que no sabe nada y tiene el entusiasmo del converso para transmitir su iluminación. También está el ego de los antologistas, vicio en el que espero no haber incurrido nunca y que me pone especialmente nervioso cuando veo a esos tipos que hablan de cómo han escogido cuentos como si eso fuera ingeniería atómica, una labor incluso más relevante que la de los propios creadores. Aunque en una era en que hemos llegado al fenómeno de los correctores de estilo estrellas, y en la que no descarto que lleguemos a ver a los repartidores de la distribuidora con galones, que dejen su impronta en el libro (ESTE LO REPARTIÓ PACO EL DE ZARZAQUEMADA), tampoco es muy de extrañar.

En particular, hay una descomunal cantidad de antologías con LOS MEJORES CUENTOS DE NUNCA JAMÁS, un fenómeno casi anual. En policiaco, por ejemplo, yo creo que sólo conozco cinco o seis, mientras que de cf debo tener unas treinta. Todas están bien, todas vienen a publicar casi lo mismo, y todas tienen alguna tarita por la cual no resultan del todo definitivas. La del año pasado, The Big Book of Science Fiction, a cargo de los VanderMeer, tenía pinta de ir a por todas con la inclusión de una gran cantidad de material no anglosajón. Sin embargo, la elección como contenido español de un cuento tontísimo de Miguel de Unamuno, malo desde el punto de vista de género y sin ninguna representatividad, le resta credibilidad al hacer temer que el resto de las decisiones tomadas sobre otros países sean igualmente absurdas.

Un subgénero también casi específico de la cf es el de las antologías introductorias. No creo conocer ninguna antología de relatos románticos planteada como una justificación para que usted, que no lee novela romántica, pueda darse cuenta de que al fin y al cabo no es la basura que cree. En cambio, ha habido unas cuantas en este plan de «descubra que la cf no es la porquería que piensa». Esta a la que me vengo a referir hoy es una versión mucho más simpática de ese concepto, al tratarse de una recopilación dirigida a un público juvenil. Sí, en Argentina han ido tan por delante de nosotros en este tema que se publicó en una editorial importante un libro para que los estudiantes leyeran ciencia ficción, incluso con material académico complementario al que no he tenido acceso; y además hubo ediciones para Colombia (que es la que ha llegado a mis manos), Venezuela y Ecuador.

Sigue leyendo

Hijas de norte, de Sarah Hall

Hijas del NorteDeben estar funcionándole bien a Alianza los libros de Sarah Hall como para publicar este Hijas del norte, novela aparecida originalmente en 2007 con el título de The Carhullan Army. Y en cierta forma es una alegría para los que la conocimos hace más de una década cuando la tristemente desaparecida Tropismos tradujo El Miguel Ángel eléctrico. Aquella novela, parcialmente fallida, era una promesa, ambiciosa y con pasajes realmente hermosos (en España beneficiados por el trabajo de Manuel de los Reyes). Suelto esta chapa porque si todo hubiera ido como debiera, Hijas del norte habría aparecido en la editorial salmantina en vez de quedar enterrada en un cajón hasta ahora, tantos años después de su publicación original. En un momento, para qué negarlo, particularmente propicio para una ficción como la que Hall aborda en estas páginas: una historia intimista en un escenario de futuro cercano con un Reino Unido sumergido en una espiral de decrecimiento aderezada con una tormenta reaccionaria. Además, protagonizada por una mujer que busca romper con una vida alienada marcada por los abusos.

Esta brevísima puesta en situación resume las 100 primeras páginas de Hijas del norte. El relato en primera persona de una mujer que huye de la ciudad de (Pen)Rith, en el norte de Inglaterra, hacia la granja de Carhullan. Condenada a una existencia rutinariamente opresiva, con la maternidad imposibilitada por un DIU que se le ha implantado y cualquier autoridad, civil, policial o militar es libre de comprobar que continúa ahí, con todas las relaciones más o menos cálidas condenadas a marchitarse, es fácil entender su idealización de esa comunidad de mujeres. Un Shangri-La donde aspira a reconectar con su humanidad y poner en práctica relaciones más sanas. No extraña que la disonancia entre sus aspiraciones y la Carhullan real sea de aúpa.

Sigue leyendo

Kentukis, de Samanta Schweblin

Kentukis¿Qué tienen en común el manual de seguridad de una retroexcavadora y La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin? La argentina Samanta Schweblin utiliza extractos de ambos textos como citas introductorias a su Kentukis (Literatura Random House), y eso dice mucho acerca de las tripas de la novela. Por un lado (“Antes de encender el dispositivo, verifique que todos los hombres estén resguardados de sus partes peligrosas”) nos habla sobre el aparato bruto, desnudo. La tecnología es neutra, impersonal y fría; puede resultar útil, pero también peligrosa, dependiendo del uso que le demos. Por otro (“¿Nos contará usted de los otros mundos allá entre las estrellas, de los otros hombres, de las otras vidas?”), nos evoca la curiosidad innata del ser humano, el romanticismo, la pátina de fascinación con la que a menudo revestimos las vidas de aquellos a los que no conocemos. Y esta dualidad es precisamente el eje central de Kentukis.

Los “kentukis” del título son unos dispositivos con forma de muñeco, controlados a distancia por un usuario, que hacen furor en todo el mundo. Una persona puede escoger entre comprar un “kentuki” para tenerlo en casa a modo de animal de compañía o adquirir un código que le permitirá controlar a un “kentuki” vía online. La conexión se realiza al azar en el momento en el que un muñeco y un código son activados, por lo que ni amo ni mascota tienen posibilidad de saber de antemano a quién se encontrarán al otro lado.

Sigue leyendo

Caminando hacia el fin del mundo, de Suzy McKee Charnas

Caminando hacia el fin del mundoDe las admirables reivindicaciones de la ciencia ficción feminista de los años setenta, de todas esas páginas, se desprende hoy una fuerza que cristaliza en historias e imaginarios tan impactantes como lúgubres. Y si digo lúgubres es por lo oscuro de los mundos que tejieron esas autoras, por la visión tan crítica y desesperanzada que tenían de las sociedades coercitivas en las que nacieron, no tan diferentes de las nuestras. Pienso en autoras como Ursula K. Le Guin, Joanna Russ o, en la mejor de todas, James Tiptree, Jr., alias de Alice B. Sheldon. Pero, sobre todo, en una novela en concreto, oscura y tétrica, que por encima de eso es una pieza explosiva de rabia y causticidad ácrata. Me refiero a Caminando hacia el fin del mundo, de Suzy McKee Charnas.

Estamos ante la precursora directa de las escalofriantes novelas del argentino Rafael Pinedo y de la Kameron Hurley de Las estrellas son Legión. Charnas mezcla postapocalipsis, fantasía macabra y crítica social en un todo que se podría calificar de “ciencia ficción gore”. Es decir: el marco es ciencia ficción, y en ese marco tienen cabida la fantasía, la sociología y el relato de aventuras –no muy cantarinas– en la línea de indagación en el horror que planteaba El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad.

Sigue leyendo

Contar es escuchar, de Ursula K. Le Guin

Contar es escucharEs curioso cómo, a pesar de su éxito y atreverse a publicar libros sobre Tolkien y ESDLA o la Guía del usuario para el nuevo milenio, de J. G. Ballard, Minotauro jamás editara ninguna de las colecciones de ensayos de Ursula K. Le Guin. Ni siquiera la que mejor maridaba con las obras que acumulaban reimpresiones y reediciones en su catálogo: The Language of the Night. Ha tenido que ser un sello alejado de la fantasía y la ciencia ficción, Círculo de tiza, quien se fijara en uno de estos títulos para publicarlo en castellano en una cuidada edición. En las características físicas del volumen y en la propia traducción, donde Martín Schifino mima cada aspecto de su labor, incluyendo las citas de múltiples fragmentos de otras obras, acudiendo a las ediciones más accesibles en castellano.

Contar es escuchar es la traducción de The Wave In The Mind, un conjunto de ensayos escritos entre 1988 y 2003. Individualmente aparecieron en todo tipo de publicaciones, fueron leídos en diferentes talleres o conferencias, y se corrigieron con vistas a su publicación en 2004. Divididos en cuatro apartados («Cuestiones personales», «Lecturas», «Discusiones y opiniones» y «Sobre la escritura»), su variedad se hace notoria en los dos primeros. Hasta el punto que, en la heterogeneidad de estas primeras páginas, los lectores menos interesados en su figura corren el peligro de distanciarse del contenido.

Sigue leyendo

The Language of the Night, de Ursula K. Le Guin

The Language of the NightEn el texto de recuerdo de Ursula K. Le Guin al poco de su muerte dediqué unas palabras a lamentar la escasa atención prestada en España a su obra de no ficción. Hasta la reciente publicación de Contar es escuchar, apenas se habían traducido un puñado de ensayos. A día de hoy, más allá de su relación epistolar con James Tipree, Jr., se pueden considerar inencontrables. Hace unos meses tuve la fortuna de hacerme por menos de 7 euros con un ejemplar de su primera recopilación de ensayos, The Language of the Night, proveniente de una biblioteca escolar y en perfectas condiciones. En su interior se encuentran algunos de sus textos de no ficción más afamados («Why are americans afraid of dragons?», «The Child and the Shadow», «A citizen of Mondath»), aderezados con otros menos conocidos, un material indispensable para conocer la trastienda de una escritora que, apenas unos años antes de su publicación (1979), había revolucionado la fantasía y la ciencia ficción con las que continúan siendo sus obras más conocidas.

The Language of the Night se divide en seis apartados: una introducción, una sección con estudios sobre fantasía y ciencia ficción, otra centrada en su visión de varias de su obras y tres autores (Tiptree, Jr., Tolkien y Dick) por los que sentía pasión, una cuarta dedicada al oficio de escribir, dos textos sobre su relación con el fandom de la época y una completa bibliografía; un apéndice imprescindible en los tiempos anteriores a internet. En prácticamente todos ellos, Le Guin afronta cada artículo desde un punto muy personal. Como afirma Susan Wood en la introducción, la autora de Un mago de Terramar y Los desposeídos creía firmemente que en el acto de contar historias iba implícita una traducción; la literatura era el instrumento que la ponía en contacto con facetas desconocidas de sí misma. Su mente, las partes inconscientes de su personalidad, quedaban expuestas a través del relato. De ahí que este compendio quede en el terreno comprendido entre la autoexploración y la autoafirmación.

Sigue leyendo

Ursula K. Le Guin, In Memoriam

Ursula K. Le Guin

En cuanto los grandes iconos de la cultura popular han entrado en la senectud, las redes sociales se han convertido en un gigantesco velatorio. En su interior, es inevitable tomar conciencia de la dimensión de nombres concretos cuando las menciones, y las palabras, se acumulan. Entre sus seguidores, sus pares, los medios de comunicación, las empresas que difunden su obra… La muerte el 22 de Enero de Ursula Kroeber Le Guin ha deparado una de las explosiones de tristeza y admiración más extendidas y sostenidas desde que llegué a esto de internet. Pocas veces las palabras de elogio y recuerdo me han resultado tan justificadas. Frente al inevitable positivismo y la (ocasional) exageración consustanciales a toda añoranza, me ha quedado la sensación que con Le Guin el riesgo ha sido justo el contrario. Escasos autores de géneros tenidos por menores durante tantas décadas alcanzaron tal grado de reconocimiento sin contar con grandes adaptaciones en los mercados audiovisuales o una visibilidad en campos como el de la divulgación histórica, científica, tecnológica… Esta apreciación le llegó en exclusiva por su desempeño en la ficción escrita. En vida.

A diferencia de la mayoría de los escritores de ciencia ficción de su generación, cuyo bautismo tuvo lugar en las revistas y pequeñas editoriales de los 50, Le Guin tardó en publicar su primer texto. Como cuenta Julie Philips en este extenso artículo para The New Yorker, tras terminar la Universidad se volcó en la escritura de cuatro novelas que quedaron inéditas, incapaces de contentar a un mundo editorial a la búsqueda de temas, voces y patrones narrativos realistas a los que nunca tuvo interés en plegarse. Entre ese material no publicado comenzaban a tomar forma una serie de relatos y una novela situados en Orsinia, un imaginario país Europeo sobre el cual representaría pequeñas estampas vitales donde ya se intuían su preocupación por los mecanismos de cambio social o la represión desde las estructuras establecidas. Las ansias de libertad y dignidad.

Encontraría la ventana de oportunidad para llegar al público ya entrada la década de los 60. Su aliento imaginativo halló acomodo en el burbujeante panorama de la ciencia ficción en plena transición hacia la new wave. Una pequeña revolución que abrió las puertas a un género renovado que, según palabras de la propia Le Guin

the change tended toward an increase in the number of writers and readers, the breadth of subject, the depth of treatment, the sophistication of language and technique, and the political and literary consciousness of the writing. The sixties in science fiction were an exciting period for both established and new writers and readers. All the doors seemed to be opening

Sigue leyendo

La estación del crepúsculo, de Kate Wilhelm

La estación del crepúsculoAborrecer lo ocurrido en las últimas décadas con la mayor parte de los premios a la mejor novela de ciencia ficción concedidos en EE.UU. no implica quitar valor a muchas de las obras agraciadas con él desde sus comienzos. De la mano de esta sensación camina otra idea; cómo el paso del tiempo y la dificultad para conseguir algunos de ellos en España ha desdibujado su relevancia. La estación del crepúsculo, traducida por Bruguera como Donde solían cantar los dulces pájaros, me parece uno de los ejemplos más relevantes. Apenas fue publicada una vez en la primera encarnación de la colección Nova, allá en 1979. Jamás fue reimpresa ni en esa editorial ni en su heredera, Ediciones B, y su reedición por Bibliópolis con una nueva traducción tres décadas más tarde se hizo desde una cierta clandestinidad. A la deficiente distribución de la casa se le unió una imagen de cubierta fea a rabiar. Por si esto no fuera suficiente, ha aquejado el desconocimiento de la figura de una autora, Kate Wilhelm, con apenas tres libros y un puñado de relatos traducidos hace ya demasiados años. Que una novela como Juniper Time, incluida por David Pringle en su lista de 100 mejores novelas de ciencia ficción en lengua inglesa, no haya sido traducida mientras nos han llegado multitud de títulos de autores de medio pelo da que pensar sobre los motivos que han llevado a esta situación.

Y eso que las primeras páginas de La estación del crepúsculo son un tanto decepcionantes: un narrador omnisciente relata cómo una familia muy numerosa, los Sumner, se prepara para el fin de la civilización en un recóndito valle de Virginia. Para no caer en los ladrillos informativos, Wilhelm pone en primer plano la historia de amor entre los primos David y Celia Sumner, al principio no correspondido para después acercarse al rollo «te quiero pero no puedo estar contigo». En paralelo muestra el contexto del drama: una civilización en colapso muy de los 70, en la encrucijada de la catástrofe climatológica, la hecatombe nuclear y el apocalipsis demográfico de Hijos de los hombres o El cuento de la criada. Los Sumner afrontan este final con el optimismo de los tiempos de La edad de oro. Su reducto autosostenible se abastace de todo lo necesario para culminar las investigaciones punteras sobre clonación e iniciar un proyecto para atajar la creciente infertilidad.

Sigue leyendo

Kirinyaga, de Mike Resnick

Reconozco que de un (largo) tiempo a esta parte, la avalancha de antiutopías, distopías o simples futuros chungos disfrazados de tales que aparecen por doquier, ya me resulta un pelín cansina, e incluso contrarrevolucionaria. Yo es que soy de la vieja guardia del Partido, de los que le tenían un poco de manía a Revolución en la granja de Orwell, no por sus méritos o deméritos literarios, sino por su carácter de cachiporra al servicio de los apologetas del vivimos en el mejor de los mundos posibles. Ya más en serio, es cierto que la naturaleza humana es profundamente imperfecta y jode casi todo lo que toca, que la cruda y sucia realidad se da de ostias con el prístino mundo de las ideas y que en teoría funciona hasta el comunismo. En teoría. Pero es que ha llegado un momento en el parece que tener convicciones políticas y aspirar a ponerlas en práctica equivale a convertirse en un tirano en potencia y que lo que se aleje un poquito del capitalismo tecnológico de mercado y la democracia liberal es camino seguro al Holocausto como mínimo. También me apena un poco que, por lo general, la ciencia ficción se afane mucho más en advertirnos de los peligros de poner en práctica las especulaciones político-filosóficas de burgueses ociosos, que en imaginar de forma más o menos rigurosa otros sistemas económicos, sociales y políticos viables y diferentes al que disfrutamos ahora. Y Kirinyaga viene a confirmarme esta pequeña frustración con el género.

Sigue leyendo

La rueda celeste, de Ursula K. Le Guin

La rueda celesteHace unos meses escribía por aquí sobre la tozudez de ciertas editoriales a la hora de actualizar las traducciones de títulos con varias, muchas décadas a sus espaldas. En este sentido, bien está alabar los ejemplos en los cuales te llevan la contraria y deciden actualizar un texto para darle aire fresco al ponerlo de vuelta en las librerías. Tal es el caso de Minotauro. En el mes de Abril reeditó dos de sus ya contados autores fetiche: Los jugadores de Titán, de Philip K. Dick, con traducción de Juan Pascual, y este La rueda celeste, de Ursula K. Le Guin, con una nueva versión en castellano obra de Miguel Antón. El ejemplar que he leído, además, es una edición electrónica muy asequible (menos de 5 €) a la que apenas se puede echar en cara alguna erratilla y el estúpido DRM.

La rueda celeste pasa por ser uno de los libros más singulares de la trayectoria de Le Guin. Justo por lo que se suele comentar siempre que se escribe sobre él: es Le Guin escribiendo una de Dick. Y por mucho que me guste tirarme el pisto de alejarme de los lugares comunes, me resulta del todo imposible porque, es necesario repetirlo, La rueda celeste es Ursula K. Le Guin escribiendo una de Dick. Sin embargo, aparte de conseguir una buena novela, la autora de Los desposeídos introdujo los suficientes matices propios como para realzar el resultado final por encima de la simple imitación/homenaje hasta convertirla en una novela que no tiene nada que envidiar a sus mejores obras siendo diametralmente opuesta en estilo, tono y personajes.

Sigue leyendo