La era del espíritu baldío, de Damián Cordones

El grupo pop avant-garde formado por globos oculares con cuerpo humano más famoso de todos los tiempos, The Residents, publicó a mediados de los años setenta su clásico The Third Reich´n`Roll, un disco en el que se proponía una lista de éxitos del pop que sonaría en el Reich de los Mil Años, lista formada por versiones de standards del acervo de la música popular norteamericana pero como retransmitidas desde el infierno a través un transistor de esos que llevamos los señores mayores para oír el Carrusel Deportivo durante el paseo de los domingos. El resultado es una sátira de la tiranía radiomusical, la música pop vista como ese puto ruidillo de fondo que suena a todas horas por todas partes, que banaliza y quita valor al acto de escuchar música. Pero, y tratándose de mí siempre hay un pero, al llevar este concepto a un extremo en el que la forma se ajusta al fondo como un guante de terciopelo forjado en hierro, el resultado es un pelín árido de escuchar, más cercano al arte conceptual que a la inmediatez de la música popular. Y me viene de perlas traer este disco a colación, porque la lectura de La era del espíritu baldío me ha recordado a la experiencia de escuchar el sarcástico elepé del grupo de chalados de San Francisco; la traslación implacable al papel de una serie de conceptos dificilillos y nada simpáticos, básicamente la disolución de nuestra realidad consensuada y los pilares que la sostienen como es nuestra propia identidad, la imposibilidad de entender un mundo del que los descubrimientos científicos arrojan una imagen cada vez más abstracta y refractaria a la percepción humana y el apocalipsis no como punto final, sino como transición hacia una nueva realidad totalmente ajena e incomprensible para los seres humanos que la habitan.

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Ursula K. Le Guin, In Memoriam

Ursula K. Le Guin

En cuanto los grandes iconos de la cultura popular han entrado en la senectud, las redes sociales se han convertido en un gigantesco velatorio. En su interior, es inevitable tomar conciencia de la dimensión de nombres concretos cuando las menciones, y las palabras, se acumulan. Entre sus seguidores, sus pares, los medios de comunicación, las empresas que difunden su obra… La muerte el 22 de Enero de Ursula Kroeber Le Guin ha deparado una de las explosiones de tristeza y admiración más extendidas y sostenidas desde que llegué a esto de internet. Pocas veces las palabras de elogio y recuerdo me han resultado tan justificadas. Frente al inevitable positivismo y la (ocasional) exageración consustanciales a toda añoranza, me ha quedado la sensación que con Le Guin el riesgo ha sido justo el contrario. Escasos autores de géneros tenidos por menores durante tantas décadas alcanzaron tal grado de reconocimiento sin contar con grandes adaptaciones en los mercados audiovisuales o una visibilidad en campos como el de la divulgación histórica, científica, tecnológica… Esta apreciación le llegó en exclusiva por su desempeño en la ficción escrita. En vida.

A diferencia de la mayoría de los escritores de ciencia ficción de su generación, cuyo bautismo tuvo lugar en las revistas y pequeñas editoriales de los 50, Le Guin tardó en publicar su primer texto. Como cuenta Julie Philips en este extenso artículo para The New Yorker, tras terminar la Universidad se volcó en la escritura de cuatro novelas que quedaron inéditas, incapaces de contentar a un mundo editorial a la búsqueda de temas, voces y patrones narrativos realistas a los que nunca tuvo interés en plegarse. Entre ese material no publicado comenzaban a tomar forma una serie de relatos y una novela situados en Orsinia, un imaginario país Europeo sobre el cual representaría pequeñas estampas vitales donde ya se intuían su preocupación por los mecanismos de cambio social o la represión desde las estructuras establecidas. Las ansias de libertad y dignidad.

Encontraría la ventana de oportunidad para llegar al público ya entrada la década de los 60. Su aliento imaginativo halló acomodo en el burbujeante panorama de la ciencia ficción en plena transición hacia la new wave. Una pequeña revolución que abrió las puertas a un género renovado que, según palabras de la propia Le Guin

the change tended toward an increase in the number of writers and readers, the breadth of subject, the depth of treatment, the sophistication of language and technique, and the political and literary consciousness of the writing. The sixties in science fiction were an exciting period for both established and new writers and readers. All the doors seemed to be opening

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Clásico o polvoriento

¡Están vivos!

El acercamiento a la ciencia ficción de muchos medios generalistas con frecuencia se me antoja mohoso. Sirva de ejemplo la recomendación de títulos básicos de Kiko Llaneras en Jot Down apostando por una lista embadurnada en naftalina, sin resquicio a la más mínima sorpresa; no sólo entendida desde la actualidad sino desde una aproximación diferente a lo esperado/lo-que-debe-ser-porque-siempre-ha-sido-así. Esta atención al canon con la C de clásico y caballero mientras se olvidan las últimas tres décadas en las cuales la ciencia ficción se ha convertido en moneda común en las ficciones de cualquier tipo, contrasta con otros hechos difícilmente cuestionables.

Al poco de conocerse la muerte de Brian Aldiss me dio por comprobar en la tienda Cyberdark.net cuántas de sus obras continuaban en catálogo. El resultado no por esperado fue menos desolador: apenas aparecían Un mundo devastado y Enemigos del sistema, no precisamente entre lo más memorable de su bibliografía. Esta carestía se ha convertido en norma en un mercado donde, salvo excepciones muy contadas, los “clásicos” en reimpresión se reducen a unas decenas de títulos. Los nombres fuera de circulación son tan abracadabrantes como que algunos de los logros más destacables de la ciencia ficción de todos los tiempos, desde El libro del sol nuevo, de Gene Wolfe, a la obra de Octavia Butler, pasando por los relatos de Cordwainer Smith, James Tiptree, Jr. o Robert A. Heinlein, no sólo no están disponibles. Sin peli, serie de televisión o presidente de EE.UU. que les haga un blurb, ni se les espera. Queda el consuelo de las bibliotecas con fondo, la segunda mano, la lengua de Ursula K. Le Guin o medios alegales. Aunque en las librerías uno espera algo más que novedades.

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Japón especulativo, selección de Grania Davis y Gene van Troyer

Japón especulativoHay que felicitar a Satori Ediciones por recuperar esta colección de cuentos, traducida al inglés y lanzada en el año 2007 coincidiendo con la celebración de la 65 WorldCon en Yokohama. Una puerta abierta a la ciencia ficción japonesa de los años 60 y 70, aderezada con varios textos de acompañamiento: una introducción de David Brin, breves comentarios de los antólogos Gene Van Troyer y Grania Davis y uno de Asakura Hisashi sobre cómo se abordó la traducción. Aunque mantengo alguna reserva que expresaré más adelante, recomiendo mucho su lectura. Japón especulativo ofrece una inmersión en una ciencia ficción diferente donde, además de una ambientación local, sobresale un enfoque basado en unos códigos propios. Como testimonio de ello, lo primero que me viene a la cabeza son los relatos más largos aquí reunidos: “¿A dónde vuelan ahora los pájaros?” y “La leyenda de la nave espacial de papel”. De la quincena de ficciones seleccionadas es donde mejor percibo ese aroma singular exigible en una antología de este tipo.

“¿A dónde vuelan ahora los pájaros?”, de Yamano Kōichi (1971), es desde un punto de vista estructural la pieza más elaborada. El autor parte de un hilo de acontecimientos y lo fracciona en diversos pasajes, desordenados y recolocados en una secuencia que sitúa al lector in media res y le obliga a recomponer la cadena de principio a fin. Este recurso, lejos de ser gratuito, va en consonancia a la confusión de sus personajes, obligados a enfrentarse a una invasión sutil que se desenvuelve en un plano metafísico: unas criaturas que dan pie a una realidad en descomposición. No contento con esto, Kōichi también se desenvuelve con soltura por la historia de universos paralelos, la pequeña distopía y la búsqueda personal gracias a leves pinceladas que imprimen una deliciosa complejidad.

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Astronautas, de Stanislaw Lem

AstronautasA finales de los años cuarenta, Stanislaw Lem se encontraba en un momento vital complicado. Por un lado, su novela, El hospital de la transfiguración, no recibía luz verde para ser publicada por culpa de una censura que le exigía continuos cambios, y, por el otro, no se decidía a presentar su tesis de licenciatura en medicina para no acabar destinado como recluta forzoso en una guarnición militar de provincias. Así que los problemas económicos acuciaban a un atribulado Lem. Pero haciendo caso a una sugerencia de un amigo del Consejo de Escritores decide pergeñar a toda velocidad una novela de ciencia ficción, escrita con todas las concesiones posibles para pasar la censura sin problemas y que, inesperadamente, cosecharía un enorme éxito que salvaría la carrera y casi la vida de Lem; Astronautas, la novela que Impedimenta, embarcada en la sagrada misión de traducir y publicar todo Lem en castellano, ha lanzado recientemente en una cuidadísima e impecable edición.

Tal y como las circunstancias en las que fue concebida, escrita y publicada sugieren, Astronautas es una novela que ni de lejos alcanza el nivel de las posteriores obras de Lem, es más, a ratos resulta bastante ladrillo por diversas razones. Pero antes de entrar en materia cerremos rápidamente el trámite de contarles el argumento. En un futuro lejano en el que el mundo ha abrazado el socialismo y la humanidad ha derrotado a la peste, la guerra y el hambre, una sonda extraterrestre se estrella en Tunguska. En su interior los científicos descubren un aparatito que ha estado monitorizando a los seres humanos con aviesas intenciones y se determina que su origen es el planeta Venus. Así que como es mejor prevenir que curar, se envía a Venus la nave interplanetaria Cosmócrator tripulada por una expedición de científicos que determinarán el alcance y la dimensión de la amenaza venusiana y harán algo al respecto (si pueden).

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Aniara, de Harry Martinson

Aniara

Cuando llegó a mi conocimiento la existencia de Aniara supe inmediatamente que tenía que leerla como fuese. Es decir, un cenizo como yo no podía resistirse a un oscuro poema épico existencial sueco ¡de ciencia ficción! Pero una vez comenzada la lectura, llegaron los sudores fríos; ¿cómo iba a reseñar yo esto si soy un ceporro (mal)criado con morralla popular, cuyos conocimientos de alta literatura del siglo XX se reducen a cuatro nociones básicas y un par de lugares comunes? Tras terminar el libro tuve que resignarme a la triste evidencia, si no quería que la crítica pareciese un comentario de Goodreads escrito en cinco minutos, no me quedaba otra que reseñar Aniara desde el único punto de vista del que soy capaz, desde la del lector habitual de ciencia ficción. Más que nada, por no hacer demasiado el ridículo.

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El nuevo escenario

Ciencia ficción en la UCMComo anunciaba Ismael Martínez Biurrun aquí mismo hace unas semanas, acudimos al Paraninfo de la Universidad Complutense, ante casi 200 alumnos y junto a varios profesores universitarios de distintas facultades, para debatir sobre el tema “Utopía, capitalismo, distopía, postapocalipsis: narrativa realista para la España actual” con Fernando Ángel Moreno como moderador. No creo que sea buena idea hacer una crónica de lo allí comentado (innecesario) ni posponer algunas reflexiones hasta articularlas como ensayito (excesivo), así que aquí van mis reflexiones sueltas sobre lo mucho comentado allí y sobre la (me da la impresión) creciente presencia de ciertos debates propios del género en el contexto de la sociedad civil y, en particular, en la universidad.

Tu utopía no es la mía

Mi desconfianza en el concepto de utopía lleva años creciendo pero es, ahora mismo, completa. Simplemente, no quiero someterme a la utopía de los demás. Ni creo que sea razonable pretender imponer la mía a otros. En mi mundo ideal, por decir sólo un par de cosas para explicar mi postura, todos viviríamos en comunidades pequeñas razonablemente autosuficientes, pero exploraríamos el espacio. Es obvio que hay gente, sin embargo, que adora vivir en grandes ciudades y que considera que enviar carísimas naves a explorar peñascos estériles es de dudosa utilidad. La utopía supone la imposición de ideales. Y por tanto no es buena idea, a grandes rasgos.

Un miembro destacado de Podemos envió desde Bruselas una pregunta esclarecedora para debatir en la mesa: ¿por qué no hay parlamentarismo en las utopías? La respuesta es sencilla: el utopista tiene claro lo que es mejor para los demás y cualquier debate posterior, como el que supone el parlamentarismo real (y no el que tenemos), resulta superfluo. La imposición de una utopía pasa por ciertos mecanismos (la elección con criterios cuestionables de una oligarquía de sabios o una reeducación de la población disconforme para ajustarse a la utopía escogida) que son inevitablemente sospechosos.

Todo ello arroja definitivamente luz sobre las razones por las que el género de ciencia ficción, por definición crítico, ha dedicado más tiempo a las distopías, mientras que las utopías parecen más ligadas a una literatura de compromiso político o ideológico directo.

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A propósito de La Estrella de Ratner: la desprestigiada herencia de Voltaire y Swift

La estrella de RatnerBilly Twillig, un genio de las matemáticas de 14 años galardonado a tan temprana edad con el Nobel, es trasladado a una megaestructura apartada del ruido contemporáneo en la que trabaja el exquisito grupo de elegidos del Experimento de Campo Número Uno. ¿Y para qué una reunión de escogidos cerebros superespecializados, que trabaja y vive allí enclaustrada? Para lograr el Conocimiento. Con C mayúscula. En concreto, a Billy Twillig lo han llamado para que descifre un código de números en apariencia muy simple. La señal procede de algún lugar invisible cercano a la estrella de Ratner, y parece tratarse del primer contacto con una inteligencia alienígena. Esa es la excusa para, a lo largo de los 12 capítulos que conforman la primera parte, ir presentando de la mano del joven Billy a los diversos pobladores del Experimento de Campo Número Uno, científicos disfuncionales socialmente en el mejor de los casos y del todo idos en el peor. La segunda parte, como un juego musical de Preludio y Fuga, conduce a los elementos presentados en la primera -una riada de personajes, ideas e historias en las que prevalece el desconcierto y el sinsentido- hacia un desenlace coral y en bucle acorde con lo mostrado.

Han tenido que pasar 38 años para que La Estrella de Ratner conozca una primera edición en español. Si no fuera una novela del ya entronizado Don DeLillo, cabe preguntarse cuántos más habrían transcurrido hasta que hubiera visto la luz en la lengua de Cervantes, o si alguna editorial habría encargado una traducción. Tildada de espesa, extraña, enigmática, La Estrella de Ratner se ha convertido en una rara avis dentro de la producción del norteamericano. Y, es cierto, la novela exige, pero sobre todo obliga a romper con el estereotipo de novela realista contemporánea al que el lector de hoy está tan acostumbrado (asaltado constantemente por lo que se podría llamar el pienso editorial o, con menos finura, proteínas prensadas y ofrecidas en paquetes blandos similares a las de Snowpiercer).

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Luz, de M. John Harrison

LuzCreo que es útil esta tendencia de convertir las ideas-fuerza en un mantra, para que queden claras. La dialéctica de moda hoy tiende a perder de vista lo fundamental y a embarullar, con el fin de no avanzar. Es mejor que un punto quede muy claramente definido aunque suponga mayor pobreza retórica.

Así que he aquí un mantra para empezar: lo anómalo, repetido suficientes veces, termina por convertirse en normal. Lo anómalo sólo tiene sentido si es excepcional.

La publicación de Luz en castellano, allá por 2003, me pilló en el típico momento de mi vida en el que empezar un libro que no se entiende hasta bastantes páginas más adelante no termina de ser lo más adecuado. Luego ya no era un libro de actualidad, y la verdad es que me daba pereza ponerme con una novela a la que iba a tardarle en sacar el jugo. Pero todo llega.

El libro está bien, aunque la espera no ha valido especialmente la pena.

En la crítica, hay una serie de tentaciones que siempre están ahí y en las que es difícil no incurrir. A la que me enfrento yo en esta ocasión es a la de ejercer de aguafiestas, la de llamar la atención llevando la contraria. Una novela que ha gustado a muchas personas cuyo criterio aprecio… no es para tanto. ¿Y si la hubiera leído yo primero, habría hecho saltar las señales de alarma para anotarme el tanto de que estábamos ante el advenimiento de la nueva cf por parte de un autor de trayectoria atractivamente maldita? No, creo que no. Hay muchos elementos en la forma de hacer de Harrison en este libro que no me gustan. Pero lo que sí es cierto es que esos elementos no deben hacerme perder de vista las cualidades de Luz. Seguramente no tantas como sus panegiristas han señalado, pero evidentes.

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Lo mejor de 2013

Una vez que C ha recuperado momentum, retomamos una idea que ya abordamos en los años 2007 y 2008: la habitual lista con los mejores libros de fantasía, ciencia ficción, terror, fantástico, raruno, protopeterpunk, llámelo X… publicados durante el año anterior en España. Hemos preguntado a docena y media de aquilatados lectores por una novedad que mereciera tal privilegio y escribieran un breve comentario. Diez de ellos aceptaron el envite y he aquí reunidas cada una de sus recomendaciones

  • Ad Astra – Peter Watts
  • Cuentos completos de J. G. Ballard
  • Cuentos para Algernon, Año I – Varios autores
  • El cerco de la iglesia de la Santa Salvación – Goran Petrovic
  • El ladrón cuántico – Hannu Rajaniemi
  • La bomba número 6 – Paolo Bacigalupi
  • La casa de hojas – Mark Danielewski
  • Máscara – Santislaw Lem
  • Osama – Lavie Tidhar
  • Reyes de aire y agua – Jesús Fernández Lozano

A pesar del limitado número de títulos seleccionados, el listado reproduce a pequeña escala el variado y heterodoxo espectro editorial: colecciones especializadas, proyectos personales amateurs, sellos “generalistas”, iniciativas conjuntas de dos editoriales diferentes, editoriales grandes, editoriales pequeñas… Incluso tenemos un libro publicado originalmente en México. Por otro lado, seis de los diez títulos son colecciones o antologías de relatos. Como se ha visto en otras listas que se han ido publicando, caso de los premios otorgados por La tormenta en un vaso, 2013 ha sido un año especialmente marcado por el género breve. No tengo del todo claro si este entusiasmo de los “especialistas” es compartido por los lectores de base, pero la duda no resta importancia al hecho en sí: los aficionados a las distancias cortas estamos de enhorabuena, esperemos que por mucho tiempo.

Ignacio Illarregui Gárate

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