High-Rise, de Ben Wheatley y Amy Jump

High-Rise

El acontecimiento cinematográfico del 2016 que me tenía más culturalmente palote era sin duda alguna el estreno de High-Rise, la adaptación de Rascacielos de J.G. Ballard, novela culminación de la trilogía brutalista precedida por La isla de cemento y Crash. Digo acontecimiento porque los encargados de llevar Rascacielos a la pantalla grande serían el cineasta británico Ben Wheatley y su habitual guionista, Amy Jump, de quienes tengo en alta estima dos de sus películas; Kill List (2011), una extraña reelaboración en clave terrorífica del mito artúrico y el camino del héroe y, sobre todo, la magnífica, divertidísima, retorcida, inteligentísima, demoledora, graciosísima, y todos los -ísimos/as que le quieran añadir; Turistas (2012), que si no la han visto ya no sé que han estado haciendo con sus vidas.

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Snowpiercer, de Bong Joon-Ho

Snowpiercer

¡¡OJOCUIDAO!!  El texto que viene a continuación revela diversas claves de la trama, incluso el final de la misma, así que no siga adelante si no quiere que se la fastidie. Yo lo siento mucho, pero soy incapaz de reseñar una obra compleja como ésta sin tratar algo tan importante como es su conclusión. Si de todos modos quieren conocer mi opinión en dos palabras, se la doy; Snowpiercer mola. Ya si eso, vayan a verla y luego vuelvan aquí, a ver si le enriquezco la visión de la película o acaban por mandarme a la mierda.

A principios de los años noventa, se publicó en Francia el primer volumen de Le Transperceneige, un tebeo de Jean Marc Rochette y Jacques Lob, inspirado en una serie de novelas postapocalípticas de mucho frío, La Compagne des Glaces, de G. J. Arnaud. En él se planteaba un futuro lejano en el que una guerra atómica ha sumido el planeta en un eterno invierno nuclear que ha cubierto la Tierra de un espeso manto de nieve y hielo. Los supervivientes se han refugiado en un tren que circula sin descanso por las vías que aún permanecen operativas. Y en el interior de dicho tren se ha generado un microcosmos extremadamente jerarquizado, rígido e injusto, un reflejo de las sociedades humanas en general. En los vagones de la cola se pudren los desahuciados, olvidados por los habitantes de los vagones delanteros, donde las capas más acomodadas de la sociedad disfrutan de todas las comodidades sin remordimiento alguno, inconscientes de que esas diferencias sociales podrían arrastrarles al desastre.

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