La casa del callejón, de David Mitchell

La casa del callejónAunque tiene novelas más convencionales, David Mitchell se ha labrado su fama a golpes de narrativa fragmentada. A partir de historias interrelacionadas en diverso grado ha articulado argumentos y visiones del mundo observadas desde una mirada tan heterogénea y fascinante como su enfoque de los géneros. Escritos fantasma, El atlas de las nubes y Relojes de hueso (que no he leído todavía) integraban una visión multipolar que, en cierta forma, ha marcado su carrera al mismo nivel que su esmero en la elección del narrador, su voz o el tono de su discurso. Este conjunto de pautas vuelven a ser esenciales en La casa del callejón, una novela construida a partir de cinco relatos separados por lapsos de nueve años, cada uno abordado por un narrador singular.

Mitchell entra de lleno dentro del territorio de las historias de casas encantadas al plantar en una ciudad inglesa una mansión de encaje imposible, inadvertida para el común de los mortales salvo en pequeñas ventanas temporales en las cuales se manifiesta para atraer a sus víctimas. Resolver el enigma detrás de Slade House, las presencias que la habitan, la naturaleza de sus víctimas y sus periódicas apariciones es la clave de una obra enormemente accesible.

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La fortaleza de la soledad, de Jonathan Lethem

La fortaleza de la soledadCapturar el espíritu de un tiempo y un lugar de la historia de EE.UU.; reflejar el modo de vida de unos personajes, vehículo de las ideas de ese momento concreto; condensar las transformaciones que se produjeron y cómo catalizaron la sociedad hacia una nueva etapa;… Escribir la gran novela americana. Una de esas etiquetas a las que se acude para describir cualquier historia en dos patadas y, para qué negarlo, uno de los propósitos de Jonathan Lethem en La fortaleza de la soledad. Evocar el Brooklyn de los setenta, un hervidero de minorías mayoritarias en plena vorágine del cambio sociocultural. La época en la cuál la heroína y la cocaína tomaron las calles de la ciudad y el soul y el rhythm & blues dieron paso a la música disco y el funk. En la primera mitad de La fortaleza de la soledad suena, se huele, se siente ése Brooklyn antes de que fuera sepultado por las toneladas de dólares y gente “de bien” tras su gentrificación. Particularmente en una serie de fragmentos en presente donde el lenguaje utilizado por Jonathan Lethem, expresivo, colorista, atrapa un microcosmos tan expresivo como auténtico.

No obstante, por encima de este nivel de lectura se alza el relato de crecimiento personal de Dylan Ebdus. El chaval mediante el cuál Lethem observa todo lo anterior y cuya vida queda moldeada por las calles de Brooklyn y acontecimientos como la huída de su madre, Rachel, cuando apenas era un niño; una ausencia convertida en presencia a través de unas postales sin sentido que recibe por correo. Ahí queda cristalizada la relación con su padre, Abraham, un pintor al que la necesidad de sacar adelante a su hijo le fuerza a buscar el sustento como ilustrador de cubiertas de libros de ciencia ficción; un sacrificio que no le lleva a abandonar la creación de una película que colorea manualmente fotograma a fotograma. Día tras día, mes tras mes, año tras año.
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Un minuto antes de la oscuridad, de Ismael Martínez Biurrun

Un minuto antes de la oscuridad

De todas las novedades anunciadas por Fantascy para esta primera mitad de 2014 me interesaba sobremanera Un minuto antes de la oscuridad. Una novela que explora una serie de temores tácitamente arraigados entre los lectores de clase trabajadora con ínfulas de clase media. La mayoría de sus personajes se asoman a un abismo construido en base a grandes raciones de rutina e incertidumbre, esperanza y mentira; un cocktail saturado de amargura que funciona como un incisivo reflejo de la España acomodada de hoy en día.

Su puesta en escena incluye varias crisis. La más importante, y a la postre mejor construida, atañe a su pareja protagonista: el matrimonio formado por Ciro y Sole. Ciro es un profesor universitario en un Madrid al borde del colapso. Por el día asiste a su facultad a pesar de que sus aulas se hallan bajo mínimos; la mayoría de sus compañeros y alumnos ya han huido hacia unos refugios en las provincias de la meseta, unos lugares con connotaciones cuasi míticas de los que apenas se sabe nada. Y cuando termina su jornada regresa a los suburbios para reunirse con su familia y sus vecinos; a quemar una basura que ya nadie recoge, comentar las últimas noticias sobre el declive y planificar acciones para resistir hasta la aparición de los brotes verdes, esa luz al final del túnel que no termina de llegar. Su mayor preocupación viene de los ataques de los denominados hawaianos; hordas que deambulan por el extrarradio de la capital mientras atacan a sus habitantes de manera aleatoria. La masa informe a la que nadie hace frente y que amenaza con devorarlos.

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Ready Player One, de Ernest Cline

Ready Player One

Hace unas semanas, tras contemplar entre atónito y entregado, el documental Beyond The Lighted Stage, sobre el grupo de rock canadiense Rush, tuve la revelación de que los que ahora (y a lo mejor desde siempre, o al menos desde que Lucas y Spielberg se hicieron con el cotarro cinematográfico) mandan en el mundo de la cultura popular anglosajona son los gustos de los empollones, los pringaos de instituto, los nerds. Cien minutos celebrando a un grupo que cuando yo los descubrí eran de culto, muy lejos de lo que viene siendo un gusto musical presentable entre la inteligentsia musical; rock lumpen inspirado por Ayn Rand y letras fantástico-pretenciosas berreadas por un cantante extremadamente feo. Pero han pasado veintimuchos años y ya lo ves, un grupo que después de los conciertos se dedicaban a ver la tele o a leer (¡en una gira con Kiss!), tienen su propio documental laudatorio y todo, donde grandes estrellas que, sospecho, fueron también grandes nerdos en su adolescencia, cantan alabanzas al trío canadiense.

Leyendo Ready Player One tuve esa misma sensación, que estaba ante una novela de aventuras juveniles sobre el triunfo del empollón, o, mejor aún, sobre ese alto porcentaje de varones blancos, “jóvenes” de entre veinte y cuarenta y tantos años, con dinero para gastar, que han tomado los mandos de la cultura popular. Entendiendo como cultura popular ese marasmo que abarca internet, los videojuegos, el anime, los tebeos, la pornografía, los juguetes electrónicos, el cine, la literatura fantástica, algo, pero menos, la música… y que se celebran en obras como ésta, uno de los títulos más populares del año pasado en el campo de la ciencia ficción.

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