Gambling Apocalypse Kaiji, de Nobuyuki Fukumoto

En los largos meses que he dejado de colaborar en C por pura vaguería, he comprobado con creciente alarma como el nivel de la página ha ido subiendo de forma imparable, siendo ya conocida en algunos círculos como Les Cahiers du Sci-Fi. «Lo llevo crudo», pensé cuando me picaron las ganas de volver a escribir, mientras barajaba algún tema que me exigiera poco esfuerzo. Menos mal que en mi larga experiencia de persona extremadamente perezosa he llegado a dominar las técnicas de la excusa barata, la autojustificación y el colar gato por liebre en mi interminable carrera hacia el sillón. Así que mientras voy poniéndome trabajosamente a la altura preparando sesudos artículos sobre temas tan apasionantes como la raíz gnóstica de la serie Dryco de Jack Womack o epistemología, consciencia y humanismo en la obra de Matthew De Abaitua, qué mejor para coger el ritmo que pasar completamente de la temática habitual de la página e ir regurgitando lo que más he leído y disfrutado desde hace ya bastante tiempo, esto es, mangas, la mejor manera de hinchar las estadísticas en Goodreads y ahuyentar a los lectores de la página. Pero como soy una persona que siempre decepciona, no se trata de mangas de cf o fantasía (bueno, alguno caerá), o de reputados artistas tipo Taniguchi, Takahashi o Urasawa ya de sobras conocidos, no, no. En este caso la intención inicial es reseñar algunos mangas no publicados en España, de autores muy desconocidos y temáticas variadas, cuando no directamente demenciales y cuanto más japonesas y ajenas a las formas de contar con las que nos encontramos cómodos en occidente, mejor. Y aprovechando su inminente edición en inglés, comenzaremos con uno de los mejores mangas que he leído en estos dos o tres años de atracón de tebeos nipones, el magnífico Tobaku Mokushiroku Kaiji de Nobuyuki Fukumoto.

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El caminante, de Jirō Taniguchi

Leí por primera vez El caminante en un sitio harto improbable; la revista El Víbora de principios de los noventa, publicado creo recordar que por capricho de Josep María Berenguer, editor de la Cúpula, a quien le hacía gracia el contraste. El caminante apareció de forma incompleta durante cuatro números, junto a las entonces series estrella de la revista, como el ultraviolento Ángel el indeseable, de Iron o las Pequeñas viciosas de Santiago Segura y Jose Antonio Calvo, más desubicado que un monje zen en la mansión Playboy. Pero aquellas cuatro historias me produjeron una profunda impresión, no por su carácter casi alienígena si lo comparábamos con el resto de las historietas con las que compartía páginas, sino por sus valores propios que son muchos y muy valiosos. Porque si la literatura u otras artes narrativas nos proporcionan herramientas que nos permiten reflexionar sobre nuestras experiencias, nuestra identidad y nuestro lugar en el mundo, El caminante podría ser el ejemplo perfecto de esta afirmación.

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