Zona uno, de Colson Whitehead

Zona unoEl reciente Pulitzer a Colson Whitehead por El ferrocarril subterráneo se ha traducido en la recuperación de dos obras ya publicadas y hasta hace unas semanas fuera de catálogo: su personal guía sobre la Gran Manzana, El coloso de Nueva York, y esta Zona Uno. Una narración de temática zombie traducida en 2012 y reimpresa hace unas semanas por Destino. Como utilizar la etiqueta zombie estigmatiza casi al mismo nivel que decir que tocas el bajo en un grupo de agropop o escribes novelas post-románticas, al realizar las aclaraciones pertinentes sobre Zona uno se suele precisar que a) no parece un libro de muertos vivientes y b) lo importante es la parte literaria del texto. Se entienda lo que se entienda por esto. En ocasiones también se alude a c) lo mortalmente aburrida que resulta y d) la falta de carisma de sus personajes. Así, entrando por la directa.

A las pocas páginas ya es evidente cómo Zona uno se aleja de los patrones más trillados en los relatos de muertos vivientes. No en lo que suele resultar mejor recibido: el escenario. Whitehead se mantiene fiel al canon en su criatura, la imaginería y el resto de recursos argumentales: te muerden y después de la muerte te aguarda un regreso a la vida; los personajes se desempeñan entre los vestigios de la sociedad desaparecida; hay un atisbo de reconstrucción… Lo radical de su propuesta surge de su libro de estilo, en las antípodas a los grandes éxitos Z tanto en ventas nacionales (los inconsistentes Apocalipsis Z o Los caminantes) como foráneos (Guerra Mundial Z). Su mirada y, sobre todo, la manera de estructurar y contar su narración participan de estándares ajenos a la épica del superviviente o el giro en la trama. Mientras, cultiva un discurso concienzudo obsesionado con retratar el paisaje interior, la nueva sociedad tras el desastre y los vínculos de ambos con sus existencias anteriores.

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Saliendo de la estación de Atocha y 10:04, de Ben Lerner

Llegué a la conclusión de que, mucho más que cualquier argumento o sentido convencional, me importaba la mera direccionalidad que sentía al leer la prosa, la textura del tiempo al pasar, la máquina blanca de la vida [1]

Leaving The Atocha StationAsí se expresa Adam Gordon, el alter ego de Ben Lerner en Leaving the Atocha Station, la primera entrega de lo que parece que va a ser la novelística del autor de Topeka (Kansas), una serie de romans à clef en las que se narra y se cuestiona la peripecia de este (y otros) sosias del escritor. Ben Lerner/Adam Gordon no engaña a nadie, deja bien claro que eso es lo que le atrae de la narrativa [2], y eso es lo que el lector va a encontrarse. Quien busque otra cosa saldrá escaldado.

Adam es un poeta estadounidense que gracias a una beca pasa unos meses en Madrid, supuestamente con la intención de escribir unos poemas relacionados con la Guerra Civil. Vive solo en un apartamentito en la plaza de Santa Ana; se da sus paseos por el centro; se tumba en los céspedes del Retiro, a la bartola, disfrutando de la distancia con lo real que ofrece un porro bien calibrado; lee El Quijote, entendiendo de la misa la media (Adam entiende de la misa la media todo el rato, tanto en sus lecturas como en sus intercambios con sus pocos conocidos españoles, y en eso reside gran parte de la singularidad de su visión, en lo sesgada que es su percepción de la realidad –lingüística– en un entorno que le es extraño: al no tener ni papa de español, todas las conversaciones se convierten en suposiciones, en variables, en alternativas de significados posibles); se corre sus juergas en eso que se ha dado en llamar «la noche madrileña»; va a alguna que otra fiesta en las afueras; hace alguna que otra escapada fuera de la ciudad (un fin de semana fugaz en Granada en compañía de uno de sus rolletes españoles); y, de vez en cuando, porque le da por ahí, miente sobre algunos detalles de su vida, como si se dejara llevar por la irrealidad constituida por el extrañamiento cultural y geográfico en el que vive. También va al museo del Prado, a alguna galería y a alguna que otra presentación poética. Básicamente se aburre. Hace como que escribe. Se fuma otro porro. Lee sus poemas. Y así hasta que se le acaba la beca y se vuelve a los Estados Unidos.

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