Los nombres muertos, de Jesús Cañadas

Si me lo permiten, voy a comenzar con una pequeña “batallita” de fan. No me imagino lo que supone para un escritor dedicar un libro a uno de sus lectores. Sí entiendo mejor de la diferencia entre un simple garabato, más o menos parecido a una firma, y una palabras personalizadas. Sin embargo también tiene su atractivo una frase hecha que el escritor ha dejado y dejará en un porrón de libros cuando, de alguna manera, resume la parte de su narrativa que más te agrada. En este sentido recuerdo como si fuera ayer lo que Tim Powers escribió en mi edición de La fuerza de su mirada durante su visita a la Semana Negra en 2003:

This secret explanation. Cheers!

Es imposible condensar en menos palabras la peculiar manera de entender la Historia de Powers, una consecuencia de la acción de criaturas preternaturales, magia, oscuros complots… sobre personajes históricos más o menos cruciales. Teorías de la conspiración fruto de una imaginación enfermiza, de esa que no te importaría nada que estuviera detrás de los estúpidos enigmas regurgitados por Íker Jiménez y su tropa de freaks en Cuarto Milenio. Además, con ese cheers al final de la frase, captura la pasión de sus personajes por el alcohol.

Todo Powers en cuatro palabras.

Algo así podría poner Jesús Cañadas en las dedicatorias de ésta, su segunda novela. En Los nombres muertos se puede encontrar mucho de esa pasión por la historia dentro de la Historia y las explicaciones endiabladas. Aunque en este caso particular, su historia entre más a fondo en el campo de la ficción, la pirueta metaliteraria y la literatura pulp.

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Sherlock Holmes y las huellas del poeta, de Rodolfo Martínez

Las huellas del poeta

Las huellas del poeta

Creo que no sería exagerar mucho hablar de Sherlock Holmes como del personaje de ficción más influyente de la literatura universal. Sólo hay que echar un vistazo a sus incontables apariciones en todos los medios posibles, desde las letras a la imagen, pasando por la voz de los seriales radiofónicos. Y su vitalidad está lejos de apagarse, como demuestra la proliferación de pastiches e imitaciones con la que se ha bombardeado últimamente al aficionado holmesiano. El último ejemplo, desafortunado por cierto, es el intento del creador de El alienista, Caleb Carr, de intercalar un pastiche más en el canon del personaje con El caso del secretario italiano, aparecido en nuestro país no hará más de dos semanas y al que se le nota demasiado su condición de relato ampliado a novela.

Quizá la principal característica diferenciadora de los pastiches con respecto al canon es que en los primeros los autores utilizan la perspectiva que les da escribir muchos años después de que la época victoriana diera sus últimos estertores para hacer interactuar a Holmes con multitud de personajes que ahora son históricos, desde Marx hasta Freud, pasando por Wittgenstein o Jack el Destripador. Asimismo, este afán por el crossover se manifiesta en la insistencia de los autores por cruzar los pasos de Holmes con los de otros iconos de la novela popular, como, por ejemplo, FuManchú o Drácula. Rizando el rizo, algunos se han atrevido a hacerle chocar con su mismísimo padre literario, sir Arthur Conan Doyle –protagonista en solitario, además, de dos interesantes novelas de Mark Frost–. Como puede verse, poco de original puede depararnos ya el terreno del pastiche. Lo que ahora hemos de pedirles a los que se atrevan a adentrarse en sus procelosas aguas es, pues, tramas sólidas e interesantes que respeten lo más posible la personalidad e idiosincrasia del detective y el doctor.

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