Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez

Los peligros de fumar en la camaTras el éxito en España de Las cosas que perdimos en el fuego es entendible el deseo de Anagrama por capitalizarlo de alguna manera; poner al alcance de sus lectores otro libro de Mariana Enríquez mientras su recuerdo se mantiene encendido. Pero como los procesos creativos no atienden a estas necesidades, la editorial ha vuelto sus ojos hacia Los peligros de fumar en la cama; una colección de relatos publicada en Argentina en 2009. En el caso de que se haya leído Las cosas que perdimos en el fuego, esta detalle me parece de la máxima relevancia: puede marcar su lectura de forma decisiva. Aunque Los peligros de fumar en la cama abre de nuevo las puertas a una realidad igual de insidiosa, puede hacerse decepcionante si no se recalibra cualquier expectativa generada.

Así sus tres primeros cuentos, “El desentierro de angelita”, “La virgen de la tosquera” y “El carrito”, me han despertado sensaciones encontradas. Contienen detalles atractivos (el tono macabro del primero; la manera de reflejar el capricho adolescente del segundo y la comunidad maldita del tercero) pero andan cortos de intensidad dramática, sus atmósferas son un tanto insustanciales y sus conclusiones no aciertan a reconducir la impresión. Mejor funciona “El aljibe”, la cuarta historia. Resulta inquietante cómo las mujeres adultas de una familia proyectan sobre su joven protagonista todo un arsenal de limitaciones, frustraciones y miedos. Sin embargo se hace realmente turbador cuando toda esa mierda deviene en parte imprescindible de su esencia. El potencial ilimitado inherente a la infancia queda coartado y destruido hasta el punto de impedirle una vida normal. Igualmente Enríquez hace uso muy hábil de la figura del narrador. Se retrotrae hacia un momento concreto del pasado e introduce la atmósfera a través de una descripción donde las memorias de la infancia se exponen de modo impresionista para desarrollar las consecuencias de manera más prolija cuando el personaje central cobra conciencia, junto al lector, de lo ocurrido.

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Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez

Las cosas que perdimos en el fuegoDe las colecciones de relatos que leí en 2016, el mejor recuerdo me lo ha dejado Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez. Vale, fue de las últimas lecturas del año, ese estimable potenciador del recuerdo a la hora de elaborar cualquier “Lo mejor de…”. Pero ofrece detalles que suponen un estimable valor añadido, caso de su coherencia en la acreción de las narraciones elegidas para aparecer en él. Sin huir de la diversidad, están conectadas por una serie de enfoques, una cierta unidad estilística y un tono dentro de los cuales cada pieza individual crece y se beneficia del resto. En esa secuencia Enríquez evoca una Argentina a lo largo de los últimos 30 años azotada por la crisis económica, la desigualdad, un machismo atroz y las secuelas de la dictadura militar. Una realidad cruda donde las víctimas endurecen su mirada y se sirven de su dolor bien para golpear a sus verdugos, bien para tomar su lugar como si su padecimiento no hubiera existido. Los gestos de humanidad reciben como recompensa un castigo psicológico, antesala de un sufrimiento físico hurtado ocasionalmente por un final elíptico .

Mi relato preferido es el que lleva el titulo del libro. Abre la mirada a un presente extrañado donde grupos de mujeres, hartas de observar cómo se hacen oídos sordos a los actos de violencia machista, inician un acto de protesta incontestable durante el cual, si sobreviven, quedan desfiguradas. Tras superar la convalecencia en el hospital, salen a la calle y se exhiben en los espacios públicos como si nada hubiera ocurrido, convirtiéndose en portavoces de un cambio social a múltiples niveles. Enríquez escribe desde una narradora que parte de lo concreto (una de estas mujeres entra en el metro, se cuenta cómo va vestida, las reacciones que despierta…) para llegar a lo general, con una aproximación distante quebrada después de su transformación. La solución como una válvula de escape se describe desde una racionalidad aterradora.

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El imperio de Yegorov, de Manuel Moyano

El imperio de YegorovConfieso que soy seguidor del Premio Herralde de Novela. Cada año estoy atento a los ganadores y finalistas por si hay alguno de mi interés. Suele ser una fuente de sorpresas, es de los pocos premios grandes que todavía se permite arriesgar en sus elecciones y lo hace con buen criterio. En esta ocasión un buen amigo me hizo llegar el libro finalista de la última edición, El imperio de Yegorov, de Manuel Moyano. Tras leerlo en dos tardes puedo reafirmar mis ideas.

El imperio de Yegorov es una historia sobre el ansia de vivir eternamente y la corrupción del poder. Tras encontrar en un aislado ecosistema de Papua-Nueva Guinea la fórmula para no envejecer, una empresa decide comercializarla a estrellas de cine y personas poderosas. Es una fórmula tramposa, necesita tomarse constantemente o se fallecerá antes de una semana. Partiendo de esa base, nace el deseo por guardar el secreto, la sumisa y persistente necesidad de los clientes, el afán de poder y un análisis del sistema capitalista: ¿qué no estarían dispuestos a dar o hacer las personas más poderosas por alargar su vida?

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