Prayers to Broken Stones, de Dan Simmons

Prayers to Broken StonesSiempre me resultó curioso cómo, a comienzos de los 90, Dan Simmons se convirtió en una cierta garantía de ventas en España y su editorial, Ediciones B, no le dio la más mínima oportunidad al campo en el que había conseguido resultados más notables: el relato. Quizás la única colección con la que entonces contaba, Prayers to Broken Stones, ya hubiera visto traducida la mitad de su contenido; quizás imperó el miedo al desencuentro entre relatos y público; quizás influyera el asunto del elevado coste pagado por sus derechos, aireado por Miquel Barceló en una de sus entradas en su blog al comienzo de cada nuevo título de Nova Ciencia Ficción… Sea como fuere, un cuarto de siglo más tarde parece olvidado que, aparte de Hyperion y tochazos de más de 600 páginas, Simmons fue uno de los más reputados cuentistas de terror de la década de los 80.

Andaba temeroso de comprobar cómo me acercaba a varios de estos relatos con dos décadas más en el cuentakilómetros y varios galones de cinismo en el depósito. Historias con una cierta inclinación por lo macabro, capaces de hacer surgir el terror de situaciones cotidianas y con una afilada vena satírica, pero con espacio para narraciones más sensibles donde cada recodo rezuma sentimiento de pérdida. Tal es el caso del relato elegido para abrir Prayers to Broken Stones: “El río Estigia fluye corriente arriba”. El cuento con el cual Simmons impresionó a Harlan Ellison en un taller de escritura en Denver en 1981. Una carta de presentación difícilmente mejorable.

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El hombre vacío, de Dan Simmons

El hombre vacío

El hombre vacío

Tras el éxito de sus últimas novelas de ciencia ficción, Ilión y Olimpo, era de esperar que Nova siguiese apostando por la obra de Dan Simmons. De ahí que en abril de este año se publicase El hombre vacío, si no me equivoco la única obra de ciencia ficción pendiente de traducción y con un cierto renombre debido a lo «inusual» de su temática: la telepatía. Un concepto que, tras su edad de oro en los años 40 y 50 –de la mano de escritores como Henry Kuttner, Alfred Bester, Isaac Asimov o Theodore Sturgeon–, y alcanzar su culmen a comienzos de los setenta con Robert Silverberg y Muero por dentro, había caído en el olvido –a pesar del uso que de ella han hecho otros autores como Marion Zimmer Bradley o, de nuevo, Isaac Asimov–. Muchas expectativas que, parcialmente, terminan en agua de borrajas: además de no aportar nada nuevo, las dos secuencias en las que se divide la novela no quedan del todo conjuntadas.

Jeremy Bremen es un profesor universitario que acaba de perder a su mujer, Gail. Ambos compartían una cualidad, la telepatía, que les había permitido conocerse y comprenderse con una profundidad mayor que cualquier otra pareja. Desolado y sin ganas de vivir, corta con su trabajo, quema su casa, se deshace de su pasado y se refugia en un pantano de Florida para aislarse de lo que denomina neurocháchara, los pensamientos de los que le rodean, un caótico ruido de fondo del que se había librado junto a Gail y que, sin ella, amenaza con volverle loco. Cuando apenas han pasado tres días y está a punto de suicidarse, se topa con Vanni Fucci –el primero de los numerosos guiños a la Divina Comedia–, un mafioso de tres al cuarto que se está deshaciendo de un cadáver y que, al ser descubierto, se lo lleva para que un compañero con menos escrúpulos lo mate. Ahí comienza un descenso a los abismos de la condición humana que le lleva a recorrer medio país y a descubrir algunas respuestas a cuestiones que le preocupan desde hace años.

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Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro

Nunca me abandones

Nunca me abandones

Siempre que aterriza en nuestro querido gueto una obra que rompe con la socarrona definición del género dada por Norman Spinrad (“ciencia ficción es lo que se publica en las revistas de ciencia ficción”) se reaviva una de esas discusiones atávicas e insolubles que se desatan de forma más o menos regular sobre qué es o qué no es ciencia ficción. Debate que, visto desde los verdes prados de la literatura general, donde desde hace muchos años se han asimilado otros “géneros populares” sin mayor problema (la novela negra p.ej.), debe asemejarse a las evoluciones de un psicótico gastando preciosas energías arreándose cabezazos contra las paredes acolchadas de su celda o dos boxeadores sonados lanzando torpes golpes al aire antes de despatarrarse sobre la lona del ring.

Mientras, fuera del manicomio, autores insignes de esos que copan los suplementos literarios adoptan, con mayor o menor fortuna, los hallazgos más felices de la ciencia ficción, libres de prejuicios hacia la literatura de género y sin el hándicap de encontrarse inmersos en un entorno literario tan cerrado que roza el solipsismo; Houellebecq, Cunningham, Murakami, Gosh, Casariego, Mosley,… son escritores que, además, no sólo aprovechan los elementos más típicos y superficiales de la ciencia ficción como la ambientación o la parafernalia. Es algo más, más profundo, más esencial. Es algo que la propia ciencia ficción ha dejado de lado demasiadas veces en favor de la bisutería pulp y la autorreferencia estéril. Su valor más importante, lo que justifica su existencia y reivindicación como género literario: la ciencia ficción como poderosa herramienta para examinar la condición humana y su relación con el mundo. De entre estos autores, Kazuo Ishiguro, sin la más remota intención de escribir una novela de ciencia ficción, ha entendido, quizá involuntariamente pero a la perfección, la esencia de lo que es el género para facturar una de las novelas más hermosas, tristes, emotivas de entre las publicadas el año pasado.

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