Sobre Philip K. Dick y Los jugadores de Titán

Los jugadores de TitánLa ciencia ficción es la deformación plausible de la realidad. En las coordenadas que nos propone todo relato, por muy extraña que nos parezca su idiosincrasia interna, lo que ocurre tiene sentido porque todo está estructurado para que lo tenga. En ese marco alterado, todo es verosímil y creíble, todo emana pensamiento crítico y sentido de la maravilla.

En la narrativa de Philip K. Dick vemos cómo se cuestiona la realidad interior de ese marco hasta el punto de despojarla por completo de su primera apariencia. Esa es una de las claves de Dick. Sí, la estructura de sus novelas no estará tan lograda como en otros autores como Arthur C. Clarke o Stanislaw Lem, ni su prosa será tan brillante como la de Samuel R. Delany o Ray Bradbury, y su sentido del humor no habrá tenido el aplauso unánime, digamos, que sí tuvo el de Kurt Vonnegut, Jr. Sin embargo, su extraña imaginación, su sentido crítico y sus imágenes excéntricas le han otorgado a su obra una cualidad única, un carácter de rareza incomparable en el magma de la ciencia ficción literaria.

Roberto Bolaño dijo en Entre paréntesis que “Dick es bueno incluso cuando es malo”. Para hablar de Dick, pues, cojamos hoy una de sus novelas menos brillantes. Por ejemplo, Los jugadores de Titán. Para despejar posibles dudas, supongo que es justo enumerar cuáles son para mí, por contraste, sus mejores novelas: Dr. Bloodmoney, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Ubik, Valis, Muñecos cósmicos, Laberinto de muerte y La invasión divina. Creo que tras una relectura atenta podría añadir Los tres estigmas de Palmer Eldritch y Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, pero a día de hoy las recuerdo poco, menos que las escogidas como representantes personales del mejor Dick.

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Nieve en Marte, de Pablo Tébar

Nieve en MarteEn el interior de Nieve en Marte, premio Minotauro 2017, pugnan entre sí dos novelas. Una de ellas, la más breve y a la postre la más alejada del centro del argumento, se focaliza sobre una pareja de dramas en un planeta Tierra al borde del colapso y en trámite de ser abandonado por unos millones de afortunados, futuros colonos de Marte. Estos relatos de pelea contra la adversidad, de luchas física y psicológica en un escenario que invita a la rendición, funcionan mucho mejor que la otra novela anidada en Nieve en Marte; la más extensa y sobre la cual prioriza sus esfuerzos Pablo Tébar. El descubrimiento en el planeta rojo de un muro con un texto en una lengua similar a las primeras civilizaciones mesopotámicas y la búsqueda en la Tierra de un asesino en serie, El Enterrador, embarcado en una cruzada para exterminar a los nombres más significados con la colonización. Este cúmulo de tramas ligeramente interrelacionadas, más tendentes al guirigay que al patrón armónico, se desarrollan en paralelo mediante el habitual narrador omnisciente de los thrillers. El recurso que empuja el libro con escasas concesiones a nada que escape a su tiranía.

En su primera novela, Tébar marca el ritmo a base de que todo el rato estén pasando cosas. La teniente Lora Walters persigue al Enterrador por varios continentes. El narcotraficante Félix y la joven zombie/emigrante-ilegal Nunú huyen por medio orbe terrestre en pos de una salida a su desesperada situación. El pobre traductor León Miranda tanto investiga la verdad oculta en los textos del muro como revuelve entre los trapos sucios de su patrón, Edgar Edgar, y lo sucedido con el anterior traductor, desaparecido años atrás. Entre el impulso desabrido de este batiburrillo, apenas las fugaces miradas al día a día de la familia de Miranda y su hundimiento en el preapocalipsis planetario, además de pequeños oasis en la relación de Félix y Nunú, imprimen un poco de calma, crean espacio para que surja un poco de intimidad y calen unas gotas de amargura. En su incansable agitación, el resto de relatos traquetean como un tren desbocado y una narración que debiera estar engrasada, trastablilla sin rubor… salvo cuando se abunda en detalles innecesarios en un ejercicio donde predomina el contar sobre el mostrar.

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El último sueño, de Guillem López

El último sueñoEn su asalto al primer plano de la literatura de género, Guillem López ha sabido reinventarse. Challenger, La polilla en la casa del humo y Arañas de Marte constituyen una terna de obras aconvencionales que han tomado distancia de la fantasía heroica de sus primeros títulos para abrirse a una visión del mundo desencantada, caótica, con la voz de sus narradores y la estructura del relato en el centro de sus historias. Una sintonía nada casual con el zeitgeist de este arranque de siglo XXI. Sentía mucha curiosidad por sus siguientes pasos; si se mantendría en ese plano o daría un nuevo giro. El último sueño, su nueva novela recién publicada por Minotauro, decanta esta disyuntiva con una respuesta ambivalente: integra las dos etapas de su carrera en un relato de aventuras que acontece en el escenario de La polilla en la casa del humo.

La ciudad de Paraíso lleva los estratos sociales grabados a fuego en su geografía. Las clases privilegiadas ocupan el centro de la urbe, un recinto presidido por el gran Zigurat. En las barriadas desparramadas a su alrededor, en una intrincada maraña de callejuelas, plazas, edificios y puentes, bandas de delincuentes compiten por territorio, influencia, dinero, en un delicado equilibrio tolerado por los guardianes del orden establecido mientras no haya excesivos desmanes. En el primer capítulo una fugitiva, Midkemia, es salvada por los miembros de una de estas bandas, Los Abandonados, de los acólitos de quienes la han retenido los últimos años. Su presencia es esencial para el mantenimiento de la fuente de energía que alimenta la ciudad: la Kamé. Un recurso extraído de unas criaturas, las Kas, encadenadas durante siglos en lo más recóndito del Zigurat y drenadas sin pudor para obtener esa forma de energía. Sin Midkemia la Kamé puede dejar de fluir y La Cofradía no se anda con chiquitas cuando la especia está en riesgo.

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Minotauro apuesta por el barbecho

Comunicado Premio MinotauroLa editorial Minotauro publicó el martes una nota de prensa anunciando un año en blanco en la trayectoria de su premio de novela; el primero desde su puesta de largo en aquel ya lejano 2004. En un texto escueto prometen retornar en 2019 con su actual colaboración con el Festival de Sitges intacta, sin especificar los motivos para saltarse su, hasta ahora, cita anual. No parece que este asunto haya despertado demasiada expectación. Un puñado de tweets prácticamente sin difusión, supongo que alguna mención en Facebook, unas líneas en La Vanguardia (¡y en Bolsamanía!)… El alcance queda apenas un poco por debajo de la repercusión lograda por los últimos fallos, escaso bagaje para un galardón que mantiene una dotación estimable (aunque comparado con los 18.000 euros de sus primeros años, empieza a plantear si merece la pena el esfuerzo) y garantiza una buena distribución. Más cuando lo comparas con el ruido y el debate alrededor de los Ignotus, cuya recompensa es una estuatilla de plasticote.

Desde la fandomsfera, con la visión de túnel característica del entorno ultra y la inevitable nostalgia de cualquier tiempo pasado fue la hostia, recuerdo la esperanza con que se recibieron los triunfos de León Arsenal, Rodolfo Martínez y Javier Negrete, acompañados de finalistas estimables: Carlos Gardini, Patricia Flores, Eduardo Vaquerizo, Rafael Marín… En su mayoría publicados a los pocos meses y acompañados de otras obras que habían corrido peor suerte. Fueron los años en los que Minotauro cambió el peso de su producción y se lanzó a imprimir textos en castellano como, literalmente, nunca había hecho. Es complicado afirmar que todos procedieran del certamen, pero queda fuera de cuestión su carácter dinamizador para la escritura de ciencia ficción, fantasía y terror en castellano. Ahí está también Leonís, de César Mallorquí, que Minotauro no tuvo arrestos de publicar por motivos muy cuestionables. Varias pequeñas editoriales como Espiral Ciencia Ficción, Equipo Sirius, el Grupo AJEC o Parnaso se nutrieron de ese impulso. Seguramente esa función de cantera prosigue; se siguen presentando un par de cientos de novelas todos los años.

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Nick y el Glimmung, de Philip K. Dick

Nick y el GlimmungMuchos de los lectores sabrán que antes de dedicarse por completo a la ciencia ficción, Philip K. Dick escribió otras novelas que no llegó a publicar. Novelas realistas, deprimentes y alguna con cierto interés. Pero seguramente pocos sabían hasta hace poco que en 1968 también trató de publicar una novela juvenil: Nick y el Glimmung.

Esta breve novela de Philip K. Dick fue escrita en uno de sus periodos más lúcidos, en los años de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Ubik o Gestarescala. Sobre todo, se pueden encontrar algunos puntos de conexión con esta última. Si alguien se pregunta el interés de Nick y el Glimmung más allá de conocer otra obra de Dick, la verdad es que es una novela entretenida con algunos momentos divertidos y el característico final de un autor que en demasiadas ocasiones parecía no prever el desenlace y lo cerraba como podía. Pero es innegable que tiene mayor interés para quien esté familiarizado con la obra del autor californiano.

Su premisa es sencilla. En una Tierra “extremadamente superpoblada” se prohíbe tener mascotas. Cuando descubren que la familia de Nick vive con su gato Horace, quieren llevárselo, por lo que deciden emigrar con la mascota al Planeta del Labrador. Tras viajar en nave espacial, encuentran un planeta boscoso con un hábitat ligeramente hostil donde varias especies interactuarán con ellos de distintas formas: habrá quienes sean claramente molestos, otros más cariñosos y algunos tratarán de hacer negocio con la familia humana. Para añadir mayor dimensión, hay especies que mantienen una antiquísima guerra entre ellos.

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Ciudad, de Clifford D. Simak

CiudadAl igual que otros grandes autores que no cuentan con la bendición de las principales editoriales, la obra de Simak ha caído en el olvido. Mucho ha llovido desde que apareció la primera y única traducción al castellano de Ciudad, allá en los cincuenta. Fue reeditado en España por última vez en 2006 y hoy solo se puede encontrar en el mercado de segunda mano. Saturados como estamos por títulos cuya espectacular promoción muy rara vez se corresponde con las expectativas generadas, me pregunto qué podría suponer Ciudad para el lector actual de ciencia ficción. Por desgracia, las únicas alternativas con las que cuenta para averiguarlo son buscar en Internet, acercarse a una biblioteca o preguntar a un amigo benevolente, al menos mientras el sector editorial siga preocupándose más por los beneficios que por la calidad de los lanzamientos que coloca puntualmente en las mesas de novedades.

La ciudad… esta ciudad, todas las ciudades… ya están muertas.

A finales del siglo XX el desarrollo tecnológico ha llevado a la civilización a un mundo sin guerras. La amenaza atómica ha desaparecido, la nueva agricultura proporciona alimento en abundancia y el transporte y las comunicaciones han mejorado hasta tal punto que cualquiera puede ir de un sitio a otro velozmente y con total seguridad. En este contexto, la razón de ser de las ciudades como núcleo social se desvanece. La gente es libre de volver al campo y hacer realidad el viejo sueño de una existencia familiar y autosuficiente. Pero el cambio no ha sentado bien a todos: muchos trabajos han dejado de tener sentido, y quienes los desempeñaban deben ser asimilados al nuevo orden. Algunos nostálgicos, que recuerdan y anhelan los viejos días, se niegan a abandonar las últimas casas habitadas de las ciudades. Individuos como John J. Webster advierten que, a causa de la deshumanización y el aislamiento crecientes, el hombre corre el peligro de olvidar su propia identidad.

Así da comienzo Ciudad, crónica narrada desde un futuro remoto al que los ecos de la humanidad han llegado en forma de leyenda. A través de los siglos seguimos el hilo conductor de los Webster, una familia poderosa, un linaje que encarna los valores de toda la raza humana. Desde el punto de vista de unos seres —los perros— sobre los que nada sabemos inicialmente, el relato describe el ascenso y la caída del hombre, criatura mitológica que tal vez nunca existió.

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Brian W. Aldiss, In Memoriam

Brian W. Aldiss

La noticia del fallecimiento de Brian Aldiss no nos puede pillar de sorpresa puesto que el caballero tenía 92 años. Ya no quedan muchos escritores tan importantes de ciencia ficción que empezaran su carrera en los cincuenta: Robert Silverberg, Harlan Ellison… A vuelapluma no se me ocurre ninguno más de esa envergadura (teniendo en cuenta que Ursula K. Le Guin, que es de la misma edad, empezó a publicar en los sesenta).

Aldiss siempre fue una figura un poco excéntrica, dada su evidente fobia a encorsetarse de cualquier manera o su éxito en el ámbito académico inglés cuando eso era algo lejos de resultar corriente. En ese sentido, creo que es una de las grandes oportunidades perdidas del género. Una muestra de cómo han cambiado los tiempos, porque alguien con su perfil hoy tendría el camino mucho más despejado. Ya que el hombre lo intentó, vaya que sí: quiso hacer más grande a la cf con antologías en Penguin Modern Classic, historias del género elaboradas de forma muy seria para la época (A Trillion Year Spree), novelas decididamente próximas a la vanguardia literaria (en particular A cabeza descalza), y todo ello sin dejar de escribir ciencia ficción a calzón quitado, con toda la imaginería, incluyendo space-operas alternativas y siempre inteligentes, fuera de lo convencional.

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La rueda celeste, de Ursula K. Le Guin

La rueda celesteHace unos meses escribía por aquí sobre la tozudez de ciertas editoriales a la hora de actualizar las traducciones de títulos con varias, muchas décadas a sus espaldas. En este sentido, bien está alabar los ejemplos en los cuales te llevan la contraria y deciden actualizar un texto para darle aire fresco al ponerlo de vuelta en las librerías. Tal es el caso de Minotauro. En el mes de Abril reeditó dos de sus ya contados autores fetiche: Los jugadores de Titán, de Philip K. Dick, con traducción de Juan Pascual, y este La rueda celeste, de Ursula K. Le Guin, con una nueva versión en castellano obra de Miguel Antón. El ejemplar que he leído, además, es una edición electrónica muy asequible (menos de 5 €) a la que apenas se puede echar en cara alguna erratilla y el estúpido DRM.

La rueda celeste pasa por ser uno de los libros más singulares de la trayectoria de Le Guin. Justo por lo que se suele comentar siempre que se escribe sobre él: es Le Guin escribiendo una de Dick. Y por mucho que me guste tirarme el pisto de alejarme de los lugares comunes, me resulta del todo imposible porque, es necesario repetirlo, La rueda celeste es Ursula K. Le Guin escribiendo una de Dick. Sin embargo, aparte de conseguir una buena novela, la autora de Los desposeídos introdujo los suficientes matices propios como para realzar el resultado final por encima de la simple imitación/homenaje hasta convertirla en una novela que no tiene nada que envidiar a sus mejores obras siendo diametralmente opuesta en estilo, tono y personajes.

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El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, y El hombre en el castillo, según Frank Spotnitz

El mapa

Los dos volúmenes dedicados por Cátedra a sendas novelas de Philip K. Dick son un ejemplo de cómo se debe recuperar un clásico de la ciencia ficción. Nuevas traducciones, un formato agradable, estudios que alumbran las facetas más atractivas del título en cuestión, el autor, la época en que fueron creadas… Y algún contenido extra. En el caso de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Julián Díez acompañaba su magnífico ensayo de una enumeración con las diferentes adaptaciones al cine de la obra de Dick; un listado imprescindible para reafirmar su posición como escritor de ciencia ficción más influyente en la actualidad. Su figura ha trascendido sus narraciones y se ha ramificado hasta niveles que bien merecerían un estudio detallado. No obstante, tras mi reciente relectura de El hombre en el castillo, aprovechando el estreno de la segunda temporada de su adaptación a la televisión, también me ha llevado a la pregunta de hasta qué punto ese ascendiente se corresponde con lo que dejó por escrito, con lo que los guionistas entendieron y plasmaron después en las películas, con lo que pudieron verse obligados a potenciar o reducir para adecuarlo a las exigencias de la pantalla (dejando otras caras ocultas)… Un suculento debate al cual la producción de Amazon se presta desde múltiples vertientes.

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Aurora, de Kim Stanley Robinson

AuroraEl tema de los personajes en las novelas hard es un clásico en los debates de ciencia ficción. Utilizadas muchas veces como un vehículo para explorar ideas desde un rigor científico con mayor protagonismo casi que la propia historia, este aspecto ha sido criticado con regularidad desde dos extremos: bien cuando los personajes son vulgares caricaturas presentes por la simple necesidad de tener unos protagonistas para impulsar el argumento deseado; bien porque esos personajes pretenden ganar entidad a raíz de insuflar exceso en sus vidas. Un ejemplo evidente de lo primero sería Tau Cero, de Poul Anderson, tal y como la describe Alberto Cairo en su crítica en Bibliópolis. De lo segundo serviría cualquier novela de Robert J. Sawyer con sus indefectibles protagonistas bajo la presión de un acontecimiento traumático (una violación, acoso sexual, la sombra del adulterio, una enfermedad incurable…). Aunque en su caso no estemos ante un “hard” en sentido estricto.

Llevaba más de una década sin leer una libro de Kim Stanley Robinson. Sin entrar a valorar su competencia en este asunto, siempre le había tenido más como un practicante de lo segundo. Suele explotar el conflicto entre sus personajes desde múltiples niveles (políticos, sociales, personales) en aras de convertirlos en portadores de unas ideas por las cuales el lector sienta un interés, tome partido, cambie su percepción… Sin embargo tras la lectura de Aurora, da la sensación de haberse entregado sin ambages a lo que Alberto Cairo ponía de relieve en su texto sobre Tau Cero. Palabra por palabra.

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