Razonables pasadizos

La guerra interminable, según Marvano

A los parecidos razonables que a veces identificamos entre obras, Vicente Luis Mora los llamó, hace tiempo, pasadizos. Los hay entre Menos que cero, Contacto e Historias del Kronen. Estas novelas de Bret Easton Ellis, Dennis Cooper y José Ángel Mañas, respectivamente, tienen un aire parecido, como de lejano parentesco. Se escribieron con pocos años de diferencia y no creo, o nada nos puede hacer pensar, que los autores hablaran entre sí ni se conocieran. La explicación hay que buscarla en otra parte.

Una época, con todas sus manifestaciones sociales, temáticas, políticas, estéticas y ambientales, incide, o puede incidir, de maneras distintas en distintas personalidades. Pero, de la misma manera, puede también estimular o avivar los talentos de personalidades parecidas, de sensibilidades afines, e incidir en ellos de manera similar, y el resultado pueden ser textos que comparten algunos de sus rasgos constitutivos esenciales, como el enfoque de determinado tema, el tema en sí, los escenarios, el argumento o el punto de vista, y nada de esto, cuando ocurre, tiene por qué ser sospechoso ni desvirtuador.

En la ciencia ficción hay un caso paradigmático de estos parecidos inquietantes, de estos sorprendentes pero comprensibles pasadizos literarios. Me refiero a ese binomio formado por La guerra interminable, de Joe Haldeman, y El juego de Ender, de Orson Scott Card (a mi juicio bastante inferior en sus méritos que la novela de Haldeman). Estas novelas son hijas de la herida emocional, psíquica, social y (también) literaria que dejó en Estados Unidos la guerra de Vietnam (en la que Haldeman, por cierto, luchó en su juventud). Hay parecidos en sus novelas que se deben a su tiempo, al crisol político-social que les dio vida. Guerras, enemigos mayormente desconocidos, ignorancia de los motivos políticos que orquestan la guerra, etc. Los autores metabolizan un mismo momento histórico, desde perspectivas cercanas.

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La hija del dragón de hierro, de Michael Swanwick

La hija del dragón de hierro

La hija del dragón de hierro

Michael Swanwick es otro más de los escritores surgidos en la deslumbrante y fugaz explosión cyberpunk que, una vez superado el acné literario, produjo sus mejores obras. Tras un comienzo titubeante con En la deriva (Júcar) y la más afianzada Vacuum Flowers (su novela más accesible y plenamente cyber, muy deudora del Cismatrix de Sterling), abandonó, como casi todos sus compañeros de chip, las coordenadas habituales del movimiento pero portando consigo su espíritu, la parte punk de la palabreja maldita. Resultado de una admiración rendida por Gene Wolfe y un atracón de las obras del maestro escribió su siguiente novela, la extraña y embriagadora Estaciones de la marea (Martínez Roca), una empanada mental importante que a un servidor le tuvo fascinado durante años. A ver sino dónde han visto ustedes en la misma narración a un gris burócrata que se tira casi todo el libro puesto de hongos (y encima es el narrador de la historia), vagando de un lado para otro en un planeta exótico que parece sacado de una novela de Faulkner ambientada en el decadente Sur estadounidense, instrucciones precisas para la práctica del sexo tántrico, un maletín contestón o un resentido y rabioso avatar de la Madre Tierra, encadenada por traicionar a la raza humana y ansiosa de «arrancar pollas a mordiscos». Son majaderías como ésta las que me recuerdan porqué me gusta la ciencia ficción.

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