Robopocalipsis, de Daniel H. Wilson

Robopocalipsis

Robopocalipsis

Vaya por delante que en una hipotética guerra de robots contra humanos, me pondría del lado de los robots. Reconozcámoslo, el único régimen político que puede meternos en cintura de una santa vez es la dictadura del robotariado. Así que, aunque aprovecho la ocasión para ofrecer mi lealtad a nuestros futuros amos robóticos, intentaré ser lo más imparcial posible.

Porque Robopocalipsis va de eso, la rebelión de las máquinas, el síndrome de Frankenstein de toda la vida, contado por enésima vez ¿Encontraremos esta vez algo distinto, un punto de vista original en un tema clásico de la cf? Veamos; el doctor Hank Pym logra crear en su laboratorio la primera Inteligencia Artificial consciente; Ultrón V, quien, tras balbucear el clásico “¿papá?” se cosca de que es el último de una saga de conejillos de indias cibernéticos sacrificados en aras de la ciencia, así que ya a la tercera línea de diálogo, presa de un Edipo frustrado, se rebota. Que si es un ser superior, que si los humanos estáis acabados como especie, que os voy a borrar de la faz de la tierra, en fin, el habitual discurso de máquina con delirios de grandeza, fruto del típico subidón de neonato.

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World War Z, de Max Brooks

World War Z

World War Z

En 1968, basada libremente en la novela Soy leyenda, de Richard Matheson, llegó a la gran pantalla una película destinada a sacudir y revitalizar los cimientos del terror en el cine y la literatura. El film en cuestión se titulaba La noche de los muertos vivientes; y los padres de la criatura, George A. Romero y John A. Russo, se ganaron con él un lugar de honor en el Olimpo particular de los aficionados a disfrutar pasando miedo. Casi cuatro décadas más tarde, en septiembre de 2006, uno de estos aficionados decide rendirle tributo a la obra de Romero con una novela destinada a convertirse en éxito de ventas desde el momento mismo de su gestación. Nace así World War Z, del neoyorquino Max Brooks. Y digo bien, WWZ es un sentido homenaje a Romero y «sus» zombis, no tanto a Russo y los suyos, por motivos que expondré a continuación.

Impulsada por la buena acogida de la ópera prima de su autor –The zombie survival guide, 2003–, así como por el relativamente reciente redescubrimiento de la temática zombi entre escritores y cineastas, WWZ se gana rápidamente el beneplácito de críticos y lectores por igual con una decidida «vuelta a los orígenes», saliéndose a propósito de la nueva carretera que intentan asfaltar películas de reciente cuño como Resident evil, 28 días después, Slither o Planet Terror. Los zombis que nos ofrecen éstas y otras obras contemporáneas se apartan del canon involuntariamente establecido por George Romero y abrazan sin disimulo algunas de las bases sentadas por John Russo en su obra individual, caracterizada principalmente por dos factores: sus muertos vivientes retienen la capacidad de correr, y su estado se debe a una causa reconocible, a veces incluso reversible. Los zombis de Max Brooks, sin embargo, tienen más en común con los de Romero: caminan a duras penas, arrastrando los pies y con los brazos levantados, entre gemidos, y el origen de la infección permanece envuelto en las nieblas del misterio. Para ellos sólo existe una cura posible, y ésta pasa por la destrucción de su cerebro.

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