Viriconium, de M. John Harrison

«No establecía distinción alguna entre la pornografía y las novelas del espacio, y a menudo se preguntaba en voz alta por qué no se incautaban estas y no las otras. A mí todo me parece lo mismo —afirmaba—. Consuelo y fantasías. Las dos cosas te carcomen el cerebro». («Egnaro», M. John Harrison)                                                         

A pesar de ser devoto seguidor de M. John Harrison desde el día que cayó en mis manos El mono de hielo, esa antología de relatos sobre la poética del misterio y la lobreguez como sustratos fundamentales de la vida cotidiana, confieso que he ido postergando innumerables veces la lectura de una de sus obras más emblemáticas, la saga Viriconium, como poseído por una reverencia temerosa ante el desafío de una montaña-tótem literaria. El caso es que desde hace años ronda por mi casa la edición Fantasy Masterworks de Gollancz, que recopila las novelas, novelas cortas y casi todos los relatos sobre la Ciudad Pastel, un tochazo que sólo de verlo dan ganas de ponerse a hacer cualquier otra cosa, pero como lectorcillo tembloroso ante la magna obra y sintiéndome indigno del superlativo estilo de Harrison en su idioma original, no me atrevía. No ha sido hasta que me he decidido por fin a hacerme con la edición española publicada por Bibliópolis, que vuelca la edición de Gollancz al castellano, cuando me he decidido a acometer este particular rito de paso, hasta tal punto que no descarto escribir una aportación metanarrativa al ciclo algún día, una novela-diario de épica costumbrista, El señor que leía Viriconium, o algo así.

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El ladrón cuántico, de Hannu Rajaniemi

El ladrón cuántico

El ladrón cuántico

Como todo ser humano, tengo mis debilidades. En lo que a la literatura se refiere, una de las muchas recae en mi predilección por las editoriales que tienen una línea más o menos clara; sellos que dejan entrever la personalidad de su editor. Una «marca» que, sin ser excluyente, va más allá de la temática, de seleccionar novelas con premio o la búsqueda de meros pelotazos. Un compromiso con una visión de la narrativa, no presente en todos y cada uno de los títulos pero sí fehaciente en una mayoría suficiente, que invita a conocer libros sobre los que apenas tienes información.

Ya he hablado alguna vez de mi sintonía con la visión de Paco Porrúa y su Minotauro o con Alejo Cuervo, su etapa detrás de Martínez Roca o gran parte de los primeros años de Gigamesh. Y con independencia de las diferencias de criterio o los borrones que se pueden encontrar, me ocurre otro tanto de lo mismo con Luis G. Prado y sus sellos Bibliópolis, Marelle y Alamut. Además tiene algo que cada vez echo más a faltar en este mercado editorial repleto de retruécanos, medias verdades y colaboradores disfrazados de lectores de base que vocean y vocean como si no tuvieran relación alguna, sin ningún tipo de autocrítica. Acostumbra a hablar claro, dar los datos objetivos (que puede) y vender sus productos como lo que suelen ser.

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