D de Destructor, de Ramón Muñoz

D de Destructor

Una de mis muchas lagunas lectoras en cuanto a fantasía, ciencia ficción, terror, literatura fantástica en general, se refiere, es la de los autores españoles (aunque más lamentable aún es mi ratio de libros escritos por mujeres, actualmente se encuentra en un paupérrimo cinco sobre cincuenta reseñas escritas en total, de las cuales sólo una fue positiva). Desconozco la razón, quizá se trate de un mecanismo mental involuntario en mi anárquica forma de escoger lecturas, la asunción profunda a nivel inconsciente de la (falsa) premisa de que el fantástico es un género fundamentalmente anglosajón y qué mejor que ir al original. O es quizá envidia de que la misma persona que me precede en la cola del Mercadona abarrotado un sábado a las doce y media de la mañana pueda estar fabulando otros mundos mientras yo sólo llego a odiar muy fuertemente mi vida y las decisiones que me han llevado a ese preciso momento espaciotemporal. O mejor aún, como manda el tópico perezoso, todo crítico literario es un escritor frustrado y yo no iba a ser menos. Bueno, no del todo, aunque como casi toda persona muy lectora he intentado emular a mís ídolos, enseguida me di cuenta de que aquello no era lo mío, escribir un relato, una novela, es una cosa dificilísima completamente fuera de mi alcance.

Bueno, les largo todo este rollo en plan excusatio non petita, pero que sinceramente es algo que me reconcome, para celebrar que llego a las dos, DOS, reseñas de autores españoles en un sólo año. En este caso se trata de D de Destructor la antología de relatos de Ramón Muñoz que ha publicado Cyberdark en su colección de antologías de autores españoles. ¿Y por qué he escogido la antología de Ramón Muñoz?. Pues porque a finales de los noventa, en la revista Gigamesh, entre relato de Greg Egan y relato de Greg Egan, su cuento “Días de tormenta” me impactó muchísimo, un relato a la altura del mejor Lucius Shepard.

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Vida en tiempo de guerra, de Lucius Shepard

Vida en tiempo de guerraEn España la valoración de obras y autores de género, su relevancia y su recuerdo con el paso del tiempo están, hasta cierto punto. mediatizados por la colección en la que se publicaron. Lucius Shepard me parece el mejor ejemplo de ello. Traducido a finales de los 80 por colecciones de corto recorrido como Júcar o Alcor, con la crisis editorial de mediados de los 90 quedó relegado a la esquina de los autores para gafapastas. Un buen escritor, con una visión rarita de la ciencia ficción, conocido por unos pocos al que ni siquiera rescató del ostracismo la recuperación de su excelente colección de cuentos El cazador de jaguares por Círculo de lectores. Como ocurre con otros tantos autores, apenas nos ha llegado una pequeña parte de su obra generalmente seleccionada entre sus primeros títulos. Resulta complicado hacerse una composición de lugar; saber si su evolución siguió un crescendo, un sostenuto o si su calidad fue menguando, algo que me apena más tras disfrutar de Vida en tiempo de guerra. Una novela de ciencia ficción bélica que podríamos tomarnos como la respuesta slipstream a Tropas del espacio o La guerra interminable.

A comienzos de la década de los 80 Shepard trabajó de corresponsal en El Salvador. De aquella experiencia bebió su obra inicial; a nivel de ambientación, situando en el polvorín centroamericano una fracción relevante de sus historias breves (“Salvador”, “R&R”), y por su enfoque. Shepard se aproximó al hecho fantástico de manera heterodoxa, con una concepción influenciada por lo real maravilloso de Alejo Carpentier y su gusto por el mestizaje cultural y el surrealismo. En este sentido, Vida en tiempo de guerra podría ser la novela más representativa de este período, una obra además con leves conexiones con el movimiento cyberpunk.

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Dorada, de Lucius Shepard

Dorada

Dorada

Lucius Shepard es un nombre que sonará un poco a aquellos lectores del fantástico que ya estaban en activo a principios de los 90 del pasado siglo. En efecto, su antología The jaguar hunter (1987), que aquí fue publicada por Alcor en dos tomos –descatalogados hace años–, El cazador de jaguares y El hombre que pintó el dragón Griaule (1990), fue un discreto éxito en nuestro país. Estos cuentos, que junto a la antología cosecharon unos cuantos premios internacionales, mostraron al lector español un autor complejo, imaginativo y de una gran riqueza estilística. Razones éstas, junto a una forma de escribir más cercana al realismo mágico que a la ciencia ficción o la fantasía «standard», que hicieron que fuese editado especialmente fuera de colecciones de género –como fue el caso de estas antologías pero también de su novela Vida en tiempo de guerra por Jucar, todavía disponible en alguna librería de segunda mano a precio de risa–, y que en nuestro país le perjudicó un tanto ya que, probablemente, evitó una mayor resonancia dentro de los círculos más «fandomíticos» y, por tanto, su desaparición como autor a editar.

Para aquellos que disfrutamos con sus obras, Shepard se convirtió en uno de esos autores añorados al que sólo podíamos seguir de lejos viendo los títulos –The Scalehunter’s Beautiful Daughter, The Father of Stones, Lousiana Breakdown, Viator…– y premios que recibía en años sucesivos –entre otros, seis Locus, dos Premios Internacionales de Fantasía, un Nebula y un Hugo–. Personalmente, además, me hice en ocasiones la pregunta de cómo habría evolucionado alguien tan especial como Shepard y óomo se habría desenvuelto en un mercado tan competitivo y atroz –para gente como él, tan diferente de los autores más adocenados y proclives al best-seller– como el que surgió en EE.UU. a mediados de los 90. Bien, gracias a una editorial tan arriesgada –por suerte para todos– como Bibliópolis parte de estas preguntas han obtenido respuesta gracias a la publicación de Dorada, una novela de 1993 que ganó el Locus a la mejor novela de terror.

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