La feria de las tinieblas, de Ray Bradbury

Something wicked this way comes

Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya.

Ray Bradbury.

1932. Una feria ambulante ha llegado al pueblo. Por segundo día, Ray espera ver al Señor Eléctrico. Ha venido con la excusa de un truco de magia que le compró y que no funciona. Pero lo que realmente pretende es que el mago le aclare el significado del extraño imperativo que le lanzó durante la función: vive para siempre.

Bradbury refiere este episodio de su infancia en Zen en el arte de escribir, una colección de once ensayos breves sobre el oficio de escritor. Como todas las cosas que representan un giro argumental en nuestra vida, como todas esas escenas que se quedan grabadas en nuestra memoria con tinta indeleble, el encuentro con el mago supuso un antes y un después en la vida del joven Bradbury.

Vive para siempre. El Señor Eléctrico le explicó que había reconocido en él a la reencarnación de su mejor amigo, muerto en la batalla de las Ardenas, durante la I Guerra Mundial. Charló amigablemente con el muchacho, le hizo alguna que otra amable recomendación, y a partir de ahí, Bradbury empezó a escribir sin cesar. De hecho, escribía compulsivamente, cumpliendo un programa autoimpuesto en el que no podía faltar un solo día. Si no escribía, se volvía loco. Tenía que volver una y otra vez a beber de ese pozo aparentemente insondable e inacabable, cuyas raíces se hunden en el inconsciente.

Mil palabras diarias, como mínimo. Un cuento a la semana durante los próximos diez años. Una actividad que, andando el tiempo, conocería cierta notoriedad por internet. El llamado  Bradbury challenge consiste precisamente en eso, en escribir un cuento a la semana. La idea, en palabras del propio escritor, es sencilla: es imposible escribir 52 cuentos malos seguidos. Así, propone un acercamiento cuantitativo a la escritura que redundaría a largo plazo en una mejora cualitativa del oficio.

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Clásico o polvoriento

¡Están vivos!

El acercamiento a la ciencia ficción de muchos medios generalistas con frecuencia se me antoja mohoso. Sirva de ejemplo la recomendación de títulos básicos de Kiko Llaneras en Jot Down apostando por una lista embadurnada en naftalina, sin resquicio a la más mínima sorpresa; no sólo entendida desde la actualidad sino desde una aproximación diferente a lo esperado/lo-que-debe-ser-porque-siempre-ha-sido-así. Esta atención al canon con la C de clásico y caballero mientras se olvidan las últimas tres décadas en las cuales la ciencia ficción se ha convertido en moneda común en las ficciones de cualquier tipo, contrasta con otros hechos difícilmente cuestionables.

Al poco de conocerse la muerte de Brian Aldiss me dio por comprobar en la tienda Cyberdark.net cuántas de sus obras continuaban en catálogo. El resultado no por esperado fue menos desolador: apenas aparecían Un mundo devastado y Enemigos del sistema, no precisamente entre lo más memorable de su bibliografía. Esta carestía se ha convertido en norma en un mercado donde, salvo excepciones muy contadas, los «clásicos» en reimpresión se reducen a unas decenas de títulos. Los nombres fuera de circulación son tan abracadabrantes como que algunos de los logros más destacables de la ciencia ficción de todos los tiempos, desde El libro del sol nuevo, de Gene Wolfe, a la obra de Octavia Butler, pasando por los relatos de Cordwainer Smith, James Tiptree, Jr. o Robert A. Heinlein, no sólo no están disponibles. Sin peli, serie de televisión o presidente de EE.UU. que les haga un blurb, ni se les espera. Queda el consuelo de las bibliotecas con fondo, la segunda mano, la lengua de Ursula K. Le Guin o medios alegales. Aunque en las librerías uno espera algo más que novedades.

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