La brigada de luz, de Kameron Hurley

La brigada de luzHace tres meses escribía sobre Las siete muertes de Evelyn Hardcastle, y la esmerada labor de Stuart Turton sobre su trama; una novela trazada en una pared, situando una línea temporal de varios metros de largo con una pléyade de personajes y sucesos conectados por una multitud de hilos para marcar el curso de una narración plagada de saltos adelante y atrás para dar forma a un particular continuo espacio-tiempo. Ahora mismo no se me ocurre mejor imagen para comenzar a escribir sobre La brigada de luz, la última novela traducida de Kameron Hurley. Supongo que para alejarme en un primer momento (después será inevitable) del gran lugar común a la hora de referenciarla: Tropas del espacio y la ciencia ficción militarista estadounidense. El recurso al viaje temporal se encuentra tan impreso en su ADN que en esta reseña voy a romper el tabú de entrar en temas de argumento más allá de lo superficial. Avisados quedan si tienen intención de saltar al siguiente párrafo.

Porque además de hablar de Tropas del espacio, La guerra interminable y La vieja guardia, hay otras historias de Robert Heinlein que merece la pena encuadrar en la reseña: Puerta al verano, «Por sus propios medios» y, sobremanera, «Todos vosotros zombis». La brigada de luz se constituye como un gigantesca secuencia causal en la que el narrador termina atrapado. En principio condenado a experimentar una serie de sucesos desperdigados en el tiempo y en el espacio para, llegado un grado de comprensión, convertirse en el motor de sus decisiones en un momento donde la frontera entre predestinación y libre albedrío termina difuminándose. Este aparente giro no solo no supone un recurso injustificado sino que se realimenta con la historia bélica hasta el punto de convertirse en parte sustancial del novum de la historia.

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Fracasando por placer (XII): Zikkurath nº6, enero de 1982

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La historia de la ciencia ficción está muy condicionada por dos factores relacionados: la relevancia de la participación de los lectores, más significativa que en cualquier otro campo literario hasta tiempos recientes, y la división fundamental que existe entre ellos. Hay tres tipos de personas atraídas por la cf: las que buscan en esencia literatura de aventuras en un escenario futurista o exótico, una temática que durante un prolongado periodo se refugió casi únicamente en nuestro campo, y en rigor es la fundadora del género en cuanto a tal; las que quieren encontrar especulaciones científicas sólidas, que satisfagan su imaginación, que llegaron sobre todo de la mano de Astounding y su revolución, a partir de 1939, y que fue la chispa impulsora de pioneros como Mary Shelley o Verne; y quienes piensan que la cf es una literatura de posibilidades, no convencional, igual que poco convencional para nuestro entendimiento será el futuro (y no hay más que mirar el presente), una puerta que vislumbró Poe en Eureka, a la que quitaron el cerrojo Galaxy y The Magazine of Fantasy & Science Fiction en los cincuenta y que se abrió de par en par en los sesenta.

Por supuesto, hay lectores y escritores que suponen intersecciones de esos conjuntos (el propio Poe escribió también el primer gran cuento hard de la historia, «Un descenso al Maelstrom»), pero los integrantes más fieles de uno u otro bando suelen mirar a los demás con desconfianza. Mi impresión es, además, que cada uno piensa que en realidad los otros dos se entienden entre ellos, con acusaciones claras; para los primeros, los otros dos son finolis que leen cosas difíciles y poco entretenidas; para los segundos, los demás no entienden lo que es la cf de verdad, que se llama CIENCIA ficción al fin y al cabo; y para los terceros, el resto tienen visiones parciales y limitadas de hasta dónde puede llegar un género que hable de lo no real pero verosímil. La convivencia en el mismo territorio de estas distintas versiones es, sin duda, la que dificulta tanto una definición unificada de la cf: se pueden hacer propuestas que atiendan como mucho a dos de esos criterios, pero no a los tres.

En líneas generales, la parte más positiva que creo que aportamos al género los terceros (no creo que a estas alturas nadie que me conozca tenga dudas de en qué grupo me sitúo a priori, por generalizar) fue la ruptura de convencionalismos a distintas escalas. Siempre con lo injusto que resulta hacer generalizaciones, mientras los herederos de Edgar Rice Burroughs y de John W. Campbell estuvieron al mando del cotarro, es cierto que la cf fue hija de su tiempo y de sus convencionalismos; desde el punto de vista de hoy puede considerarte tirando a machista, ocasionalmente xenófoba, sin gran interés por los aspectos literarios etc. Pero, como ya he comentado aquí, eso quedó atrás hace cincuenta y cinco años, se dice pronto. Fue entonces cuando un autor negro y homosexual, Samuel R. Delany, empezó a acaparar premios; cuando uno de los grandes de las etapas anteriores como Frederik Pohl publicaba un relato, «El día millón», que fue considerado casi un clásico instantáneo y hablaba con normalidad de transexualidad, entre otras muchas cosas; cuando toda la comunidad de autores supo que Arthur C. Clarke era homosexual y guardó un respetuoso silencio; cuando empezaron a proliferar las mujeres en las páginas de las revistas, y el feminismo se convirtió en un tema central en la parte del género que más interesaba a la crítica y tiraba del carro creativo.

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Caminando hacia el fin del mundo, de Suzy McKee Charnas

Caminando hacia el fin del mundoDe las admirables reivindicaciones de la ciencia ficción feminista de los años setenta, de todas esas páginas, se desprende hoy una fuerza que cristaliza en historias e imaginarios tan impactantes como lúgubres. Y si digo lúgubres es por lo oscuro de los mundos que tejieron esas autoras, por la visión tan crítica y desesperanzada que tenían de las sociedades coercitivas en las que nacieron, no tan diferentes de las nuestras. Pienso en autoras como Ursula K. Le Guin, Joanna Russ o, en la mejor de todas, James Tiptree, Jr., alias de Alice B. Sheldon. Pero, sobre todo, en una novela en concreto, oscura y tétrica, que por encima de eso es una pieza explosiva de rabia y causticidad ácrata. Me refiero a Caminando hacia el fin del mundo, de Suzy McKee Charnas.

Estamos ante la precursora directa de las escalofriantes novelas del argentino Rafael Pinedo y de la Kameron Hurley de Las estrellas son Legión. Charnas mezcla postapocalipsis, fantasía macabra y crítica social en un todo que se podría calificar de “ciencia ficción gore”. Es decir: el marco es ciencia ficción, y en ese marco tienen cabida la fantasía, la sociología y el relato de aventuras –no muy cantarinas– en la línea de indagación en el horror que planteaba El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad.

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Las estrellas son Legión, de Kameron Hurley

Las estrellas son LegiónEn Las estrellas son Legión, dos narradoras en primera persona, Zan y Jayd, cuentan cómo se coordinan para escapar de la Legión; una miríada de naves-mundo basadas en una tecnología de base orgánica y pobladas por mujeres. A imagen y semejanza de los relatos clásicos de naves generacionales, el origen, la razón de ser, la historia pasada de este extravagante ecosistema interestelar se ha perdido y, después del tiempo transcurrido desde su formación, su equilibrio se resiente. Una corrupción que afecta a cualquier ente biológico pone en riesgo su potencial de autoconservación. Esta amenaza explica la frenética lucha que se ha iniciado entre los mundos de la Legión. Hordas de guerreras batallan por hacerse con el control de cada nave y apoderarse de sus recursos. Sin embargo detrás del propósito de ruptura de Zan y Jayd, el gran misterio escondido hasta el tramo final de la historia, hay bastante más.

Kameron Hurley estructura Las estrellas son Legión en tres actos, divididos a su vez en capítulos relativamente breves. Zan y Jayd intercalan sus textos en una secuencia ordenada en el tiempo mientras cubren con un velo de intriga los acontecimientos pasados que han terminado con Zan desmemoriada y atrapada en un ciclo sin aparente fin. Su nave-mundo, Katazyrna, la envía al frente de grupos de tropas a la conquista del Mokshi, el mundo que parece haber escapado de la Legión. No obstante Zan fracasa constantemente y regresa a Katazyrna amnésica, para desazón de su señora. Este detalle, unido a su relato en presente y cómo, a ratos de manera en exceso artificiosa y un tanto cargante, Jayd se guarda cualquier detalle sobre lo ocurrido, imprime una oportuna atmósfera enigmática.

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El libro de Joan, de Lidia Yuknavitch

El libro de JoanNo se me ocurre un lugar narrativo más incómodo que el holocausto planetario. A pesar de ello, es una de las temáticas donde más fértil ha resultado la ciencia ficción. Desde su carácter admonitorio, al explorar el miedo a ese final tenido durante tanto tiempo por probable, especular sobre qué quedaría después, lanzar un canto a lo mejor y lo peor de la humanidad, nos ha traído novelas inolvidables, en algunos casos escritas desde una poética deslumbrante. Textos de una belleza arrebatadora capaces de conmover por el destino de sus personajes y el de todo el género humano, los sentimientos y las emociones evocados. Lidia Yuknavitch ofrece en El libro de Joan su particular acercamiento al fin del mundo, un relato lleno de desesperanza y, sin embargo, atrayente en muchos pasajes como las pesadillas más desquiciadas.

La Tierra se ha convertido en una bola de lodo tóxica. Los escasos supervivientes malviven enfrentados a las fuerzas de un caudillo que exprime los últimos recursos planetarios para llevarlos a la CIEL, una estación espacial en órbita. Es el reducto de los seguidores de Jean de Men, el líder a cargo de una sociedad enfrentada a su casi segura extinción; tras varias décadas de encierro los órganos sexuales se han atrofiando, la natalidad se ha detenido y la estructura social es de una crueldad extrema. A imagen y semejanza de un Doctor Mengale embutido en un mandil de carnicero, de Men se sirve de los disidentes para recuperar la fertilidad perdida. En su mayoría mujeres e inadaptados, los rebeldes son encerrados en un panóptico y enfrentados a un destino fatídico.

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