Jirō Taniguchi, in Memoriam

Jirō Taniguchi

Leer cómics en provincias en aquellos tiempos previos a internet, desconectado de la mayor parte de revistas y fanzines, sin librerías especializadas, tenía mucho de búsqueda del tesoro. Peinar un kiosko tras otro los viernes o los sábados en una perpetua sorpresa de no saber qué te ibas a encontrar. Esta impresión se acrecentó cuando llegaron las primeras filas del desembarco manga. Sin referencias. Sin bagaje. Debía tener 18 o 19 años cuando me topé con un tebeo particularmente llamativo: un álbum firmado por dos autores japoneses. Lo estuve hojeando, no tenía mucho texto… Me dejó impactado por su dibujo, cómo secuenciaba la acción a través de una narrativa limpia donde el tiempo se ralentizaba sin, por ello, sacrificar la sensación de movimiento. Una bala golpeaba un espejo en dos viñetas mientras otra disparada simultáneamente viajaba hacia su blanco a lo largo de tres o cuatro páginas. Un asesino descerrajaba un disparo sobre el pecho de un hombre mientras la bala salida de la pistola de su víctima dilataba su trayectoria durante varias páginas, golpeaba el suelo, se deformaba… Me lo llevé para casa.

Hotel Harbour View, que así se titulaba el álbum, fue mi entrada en el mundo de Jirō Taniguchi. También fue mi primer recuerdo cuando el pasado sábado me enteré de su muerte. Una vivencia que forma parte de mi (jarl) narrativa personal y me gusta recordar por su componente de descubrimiento; de disfrute personal cuando los tebeos comprados eran escasos y los releía una y otra vez; de choque cuando llegué al resto de su obra y observé su riqueza y su alejamiento de aquella base criminal. Supongo nacida de su guionista, Natsuko Sekikawa.

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Nosotros somos los que estamos bajo sospecha

The NEXT, Nguyen Manh Hung

Esto comenzó como un comentario al pequeño ensayo de Ismael Martínez Biurrun, pero llegado cierto punto era casi tan largo como el artículo original, así que supongo que es mejor que aparezca como un artículo que como una simple respuesta. Espero que no se interprete como un intercambio de golpes, una enmienda a la totalidad de la persona, como parece que han quedado reducidos los debates en estos tiempo de espectáculo televisivo y redes sociales para autoafirmarnos. Es una crítica a ciertos aspectos con los que no coincido, aunque varias ideas de fondo sean las mismas.

Yo, Ismael, con todo el respeto, sí que creo que estás completamente a favor de muchos dogmas neoliberales (especialmente el primar el individualismo frente al colectivismo) tanto por este texto como por otras conversaciones que hemos tenido. Y no pasa nada, ¿eh? Yo también, que me considero ateo y racionalista militante, vivo atormentado por conceptos tan católicos como la culpa y la penitencia. Es algo normal porque nuestra sociedad nos ha alimentado constantemente con estos valores hasta convencernos de que son los correctos. Es muy difícil desprogramarse cuando casi todos los productos culturales y discursos políticos desde los 80 se han centrado en la excepcionalidad del héroe individual, siempre frenado por una masa borrega. De hecho el mensaje más repetido en la literatura juvenil de toda la vida (“Solo no puedes, con amigos sí”) desaparece casi por completo al llegar a la “ficción adulta”. Pocas veces el compañerismo o la compensación de virtudes y defectos con otras personas se nos muestran como algo más deseable que el “sólo tú puedes hacer las cosas bien”. De hecho, las escasas voces discordantes con ese discurso se presentan más en la ficción de género que en la más mainstream.

Dentro de esa loa al individualismo, la figura del Artista es de las más destacables. El Artista se presenta como un tipo brillante, por encima del común de los mortales, dotado de genio creador. Nunca es un tipo vulgar, una persona mediocre como los demás. Sorprendentemente (o no) hoy en día todo el mundo tiene inquietudes artístico-creativas. Tal vez porque el ser humano siempre o casi siempre tiene inquietudes artístico-creativas y el Artista no es para tanto. Sólo un tipo que sabe hacer algo bien, igual que hay gente que mete canastas mejor que otros o que suelda tuberías con virtuosismo rafaelita. Lo que pasa es que ciertos trabajos en esta sociedad se presentan como inherentemente superiores y, por tanto, merecedores de mayor estatus y nivel económico. Es más, hay un cierto pataleo constante al que todos nos hemos entregado que se resume “Cómo ese escritor/músico/actor puede ser millonario y conocido y no yo, que valgo mil veces más”. Porque parece que el artista sólo ha creado algo que funciona si le hace ser famoso, no si le hace disfrutar durante durante su creación. El éxito es, siempre, económico y/o de prestigio. De hecho el mantra “Quiero escribir esto pero como no vende no merece la pena” se repite con insistencia enfermiza entre muchos escritores de género que conozco. Porque parece que no hay que crear la obra que apetece, sino la consumible. Si no, está condenada al fracaso. Al fracaso de ventas, el único que importa.

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La isla de Bowen, de César Mallorquí

La isla de Bowen

La isla de Bowen

Hace unas semanas, César Mallorquí ganó el premio nacional de literatura infantil y juvenil con La isla de Bowen. Según el jurado, “un canto a la aventura y homenaje a la literatura clásica, escrita con pasión, amenidad, humor e inteligencia”. Cuesta no dar la razón a tal elogio, incluido al uso del calificativo clásico, en demasiadas ocasiones utilizado para enmascarar una obra apolillada, vetusta, antigua. La isla de Bowen surge del amor a una literatura de otra época, cuando todavía quedaban territorios inexplorados sobre nuestro planeta, los escritores contaban con abundante terreno para sorprender y los lectores eran más impresionables.

En un texto escrito a raíz del premio, el propio Mallorquí relata la génesis de La isla de Bowen y cómo buscó recuperar con ella el espíritu de la novela de aventuras a caballo de los siglos XIX y XX. Es fácil encontrar en sus páginas el hálito de las grandes obras de Verne, London, Stevenson o Wells, el cine de Richard Fleisher (Los Vikingos, 20000 Leguas de viaje submarino) o La isla del fin del mundo (basada en la novela The Lost Ones, de Ian Cameron), con la que comparte pequeñas similitudes. Sin limitarse a ser una mera imitación, utilizando con ingenio múltiples recursos ya inventados, sin caer en vicios que deslucen hoy algunas de ellas (me costaría encontrar una novela de Verne en la que no pasase páginas y más páginas leyendo en diagonal).

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