Todos los pájaros del cielo, de Charlie Jane Anders

Todos los pájaros del cieloCharlie Jane Anders consiguió con su primera novela, Todos los pájaros del cielo, hacerse con dos de los premios literarios de género más importantes el mundo: Locus y Nebula. La historia, que va desgranando la relación de sus protagonistas —una bruja y un científico— desde la infancia hasta la edad adulta, parte de una premisa arriesgada, porque se mueve a caballo entre dos géneros —ciencia ficción y fantasía— en principio antagónicos, a pesar de esa frase de eslogan, “la ciencia y la magia pueden ser las dos caras de una misma moneda”, que reza la contraportada del libro. Y aunque el resultado, en mi opinión, esté más cerca del cuento de hadas que de ninguna otra cosa (por mucho que haya entre sus páginas inteligencias artificiales, tablets hiperevolucionadas y máquinas generadoras de agujero de gusano), el experimento es un éxito debido sobre todo al carisma de sus personajes, el ritmo ágil y una cierta socarronería que parece impregnarlo todo, como si Anders, en el fondo, no esperara que el lector se tomara su obra completamente en serio.

La novela arranca con la presentación de dos niños, Patricia y Laurence, que tienen muchas cosas en común: ambos están inadaptados en el colegio, son incomprendidos por sus familias y tienen capacidades extraordinarias: ella puede hablar con los animales y él consigue construir una máquina del tiempo que le permite viajar dos segundos hacia el futuro. Entre ambos no tarda en surgir una bonita amistad (y soy consciente de lo desgastado que suena ese adjetivo, “bonita”, para calificar una amistad, pero la relación de camaradería que mantienen los dos es realmente cautivadora) que se mantendrá con sus más, sus menos y sus paréntesis, a lo largo de sus vidas.

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El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, de Becky Chambers

El largo viaje a un pequeño planeta iracundoEl fenómeno de los libros autopublicados y más tarde recuperados por una editorial se ha convertido en moneda de curso común. Son múltiples los títulos aparecidos en los últimos tres o cuatro años que, relanzados por sellos establecidos, han permitido a sus autores hacerse un hueco en el siempre abarrotado panorama profesional. Becky Chambers y El largo viaje a un pequeño planeta iracundo suponen uno de los últimos ejemplos de esta oportunidad. Según cuenta la escritora en las notas incluidas al final, pudo terminar la novela gracias a una campaña iniciada en una plataforma de mecenazgo, y ya publicada le llevó a firmar un contrato para continuar su carrera, ser traducida a otras lenguas… El sueño de cualquier escritor novel. Personalmente mantengo un arraigado prejuicio sobre este tipo de títulos. Como lector chapado a la antigua con el argumento de autoridad casi impreso en el ADN, soy un firme creyente en la labor del editor. A la hora de valorar una obra, auspiciar su publicación y, sobre todo, en el trabajo intermedio, en el caso de ser necesario algún diálogo con el autor para ajustar el original y lograr el mejor resultado posible. Después, cuando hablo con profesionales el tema pierde ese aire mitificado, pero en la soledad de la lectura mi apolillado clasismo se regenera. Más cuando me enfrento a una opera prima que sobrepasa las 400 páginas.

El largo viaje a un pequeño planeta iracundo parece levantarse sobre la visión del mundo de su autora. Apuesta por unas relaciones sociales utópicas que, en una aventura espacial clásica, rompen con la peripecia tecnificada, los personajes oscuros y sus tragedias, o diferentes dosis de autoparodia; los ingredientes dominantes de este tipo de historias. Rebosa la frescura y el rechazo por los corsés propios de la ausencia de complejos. Sin embargo, más allá de cómo pueda cada uno responder ante las ideas, las situaciones, los personajes y los desarrollos utilizados por Chambers, cae en una tendencia hacia la digresión que, siendo parte de la gracia de una novela que huye de una trama y una estructura al uso, se vuelve un poco en su contra.

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El archivo de atrocidades, de Charles Stross

Poco se imaginaba el bueno de H.G. Wells que la parábola socialista escenificada por los morlocks y los eloi que el escritor inglés presentaba en su clásico La máquina del tiempo, acabaría convirtiéndose en metáfora de uno de los conflictos laborales más crudos y despiadados de nuestra contemporaneidad; la guerra soterrada que transcurre en las oficinas de todo el mundo entre los ingenieros y técnicos de IT, popularmente conocidos como “los informáticos”, y todos los demás. Así que por un lado tenemos a los eloi, los de contabilidad, ventas o marketing, que consideran a los trabajadores de IT poco más que un mal necesario, quejicas y rezongones a la hora de colaborar o solucionar entuertos, siempre presentando irritantes objeciones expresadas con una condescendencia apenas reprimida en el mejor de los casos. Y por otro lado los morlocks, los sufridos trabajadores de IT, atrincherados en el rincón más apartado de la planta baja, presas de un complejo de superioridad técnica e intelectual, pero cuyos conocimientos de cómo funciona la realidad de las cosas informáticas no son valorados en absoluto. Esclavos de horarios demenciales, sufren el desprecio y la incompetencia de los eloi quienes, atrapados aún en el pensamiento mágico en lo que a tecnologías de la información respecta, solicitan características imposibles de implementar en los sistemas, no se molestan en leer los putos correos de seguridad y encima imponen una serie de procedimientos y directrices administrativas absurdas que complican cada vez más el trabajo. Y mientras, se consuelan a la hora de comer; “ay, el día que hagamos huelga se lía, vaya si se lía…”

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