El Ministerio del Tiempo, ideología y mecanismos de la ciencia ficción

El Ministerio del Tiempo

En estos tiempos que corren, se da por descontado que no estar a favor es estar en contra. Y, por añadidura, muy en contra. Las discusiones en internet se inclinan de inmediato a los extremismos. A la hora de poner mis peros (numerosos) a El Ministerio del Tiempo, me encuentro en la tesitura de que, ante la ola de entusiasmo, se me coloque en el bando de los haters. Y no, no es cierto. Entiendo en parte las razones de la rápida popularidad de esta serie, pero me resulta pasmoso el entusiasmo que está generando. Y en particular, me desconcierta que guste en el sector de los aficionados con cierto bagaje en la cf, cuando se trata de un producto con serias carencias respecto a otras obras del género que seguramente conocen, y con los que por tanto lo pueden comparar.

Para que no quede ninguna duda sobre mi posición al respecto, empezaré con las razones obvias por las que entiendo que El Ministerio del Tiempo no es un mal trabajo.

+ La producción en general está por encima de la media de las series españolas. La ambientación es obviamente cuidada, las interpretaciones bastante razonables por lo general… No, no es la HBO, pero se trata de un producto técnicamente correcto.

+ Siempre he defendido la idea de que la cf española debería utilizar materiales locales (historia, leyendas…) como medio para atraer a un público mayor. El Ministerio del Tiempo lleva a cabo esa labor de manera adecuada. No es algo hecho desde fuera, sino con cariño y conocimiento, y eso está pesando mucho en su favor. De manera lógica.

+ El sentido del humor y las referencias. Poner en una serie de viajes en el tiempo a los heavies de la Gran Vía, por citar un ejemplo, es brillante. Sí, puede que no sean más que chistes para consumo doméstico; pero la simpatía se cultiva con esos mecanismos.

Bien, son aspectos con algún peso. Mi sorpresa es cuando se obvian en cambio problemas bastante evidentes.

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De Kant a la ciencia ficción

«Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera,
cortar tablas o distribuir el trabajo.
Evoca primero en las personas el anhelo del mar libre y ancho.»
(Antoine de Saint-Exupéry)

Historia y antología de la ciencia ficción españolaEn la introducción a la antología que trabajamos Julián Díez y yo para Cátedra, hacíamos una afirmación que varias personas me han cuestionado con mayor o menor escepticismo. La afirmación era la siguiente:

Tras Kant se había separado el conocimiento en dos grandes áreas complementarias: la cuantificable con fórmulas y números, y la que pertenece más al terreno de lo trascendente. Esta separación creó un nuevo concepto de sociedad, de ser humano, de universo. A partir de ese momento, comenzó a plantearse que la estética, la ética, la justicia, el amor… tenían una parte material y otra parte de construcción intelectual. Es decir, se certificó que muchos supuestos postulados se deben a opiniones nuestras disfrazadas de justificaciones divinas o (falsamente) universales.

Durante el siglo XIX este cisma derivó en el positivismo y en la pasión por la ciencia y la tecnología. Combinada con la revolución industrial que se producía de forma simultáneamente en esos años, introduciendo en la sociedad de manera progresiva elementos de ciencia cada vez más avanzada, constituiría así el germen del nacimiento de la ciencia ficción.

Este texto final ya contenía algunas modificaciones de Julián a mi teoría de que existe cierta vinculación entre la nuevas perspectivas de la Ilustración y lo que siglo y medio después sería conocido como «ciencia ficción». En fin, las puntualizaciones de mi querido colega me parecieron pertinentes, tanto desde un punto de vista teórico como desde lo divulgativo, especialmente en lo referido a la revolución industrial.

Considero justificadas las críticas que me han llegado desde la publicación, por el acto de fe que exijo ante una concepción de la historia del género que, hasta donde llego, nadie había defendido. Entiendo el escepticismo, que se dude de mi intención, puesto que no creo en ningún acto de fe en ciencias humanísticas. (Cuando dicho acto se le debe a un profesor de universidad, creo menos aún, si no se aportan explicaciones detalladas; conozco demasiado bien la universidad (española o no) como para confiar en los postulados de muchos investigadores.)

Por otra parte, me encantaría realizar algún día una comprobación empírica de mi teoría para satisfacer a los fanáticos irracionales de la razón. Lamentablemente, como tanto pasa en Humanidades, a menudo debemos basarnos en deducciones y justificaciones teóricas más que en comprobaciones empíricas. Eso no deslegitima a las Humanidades, sino que invita a trabajar sus afirmaciones, sincrónica y diacrónicamente, de una manera diferente que en las ciencias empíricas. Sobre esto también escribo más abajo.

Por cierto, aprovecho para defender que de ahí parte la necesidad de una imprescindible visión postmoderna de las mismas (no equivalente a un «todo vale»), visión no aplicable a las certezas empíricas de la tecnología. Esta manera de entender la cultura humana resulta fundamental para lo que pretendo exponer aquí, pero desgraciadamente su discusión merece otros espacios de debate. Espero que el propio desarrollo de mi argumentación permita prescindir por el momento de la eterna e interesante discusión sobre la postmodernidad.

En fin, todo esto me sirve para aclarar que mi afirmación se basa solo en una teoría, aunque esta parta, por supuesto, de las investigaciones y estudios que durante muchos años he realizado en torno a la ciencia ficción, la cultura popular y la filosofía y la historia del siglo XIX y principios del XX (con todas mis humildes limitaciones). Insisto: como debe hacerse siempre en Humanidades (y en cualquier tipo de estudio), mis afirmaciones habrán de ser complementadas, ratificadas, hundidas o matizadas.

Al lío…

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La isla de Bowen, de César Mallorquí

La isla de Bowen

La isla de Bowen

Hace unas semanas, César Mallorquí ganó el premio nacional de literatura infantil y juvenil con La isla de Bowen. Según el jurado, “un canto a la aventura y homenaje a la literatura clásica, escrita con pasión, amenidad, humor e inteligencia”. Cuesta no dar la razón a tal elogio, incluido al uso del calificativo clásico, en demasiadas ocasiones utilizado para enmascarar una obra apolillada, vetusta, antigua. La isla de Bowen surge del amor a una literatura de otra época, cuando todavía quedaban territorios inexplorados sobre nuestro planeta, los escritores contaban con abundante terreno para sorprender y los lectores eran más impresionables.

En un texto escrito a raíz del premio, el propio Mallorquí relata la génesis de La isla de Bowen y cómo buscó recuperar con ella el espíritu de la novela de aventuras a caballo de los siglos XIX y XX. Es fácil encontrar en sus páginas el hálito de las grandes obras de Verne, London, Stevenson o Wells, el cine de Richard Fleisher (Los Vikingos, 20000 Leguas de viaje submarino) o La isla del fin del mundo (basada en la novela The Lost Ones, de Ian Cameron), con la que comparte pequeñas similitudes. Sin limitarse a ser una mera imitación, utilizando con ingenio múltiples recursos ya inventados, sin caer en vicios que deslucen hoy algunas de ellas (me costaría encontrar una novela de Verne en la que no pasase páginas y más páginas leyendo en diagonal).

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La guerra de los mundos, de Howard Koch y Orson Welles, y el estudio posterior de Hadley Cantril sobre la psicología del pánico

Nota inicial (30/10/2013): Antes de la lectura de esta reseña recomiendo pasarse por el siguiente artículo que habla sobre la repercusión que tuvo la emisión del Mercury Theatre, bastante menor de lo que se suele comentar. Sus autores, Jefferson Pooley y Michael Socolow, son profesores universitarios de comunicación y periodismo y autores de un libro sobre el fenómeno La guerra de los mundos y el estudio de Cantril. El artículo señala varios errores cometidos en el estudio de las cifras por el sociólogo de la Universidad de Princeton que se refieren a las dimensiones del “pánico”, pero no a lo que llevó a parte del público a alarmarse/asustarse.

El título más largo e inexacto del mundo

El título más largo e inexacto del mundo

Hace 75 años, el 30 de Octubre de 1938, el Mercury Theatre puso en antena la adaptación de La guerra de los mundos de H. G. Wells escrita para la ocasión por Howard Koch. El temor que indujo entre un porcentaje significativo de sus oyentes, especialmente en zonas rurales, forma parte de nuestro imaginario colectivo, probablemente sobreestimado por el paso del tiempo y el efecto magnificador de unos medios de comunicación que disparon su alcance. Este libro resulta interesante para indagar en lo ocurrido; además del guión utilizado por la compañía de Orson Welles incluye un estudio del sociólogo Hadley Cantril sobre las causas del pánico desencadenado aquella noche de otoño. Entre miles, decenas de miles o centenares de miles de radioyentes.

El guión de Koch es un pequeño dulce. Uno pasa sus páginas mientras se imagina la puesta en escena y entiende por qué la gente se pudo alarmar de aquella manera. De un ingenio sibilino, y con una densidad más que notable, toca todos los momentos claves de la obra de Wells. No solo cuenta la llegada de los marcianos sino que también ofrece un vistazo a lo que sería el mundo tras la presumible aniquilación de la civilización humana antes de la proverbial salvación vía microbios. En apenas una hora junto a la introducción, las piezas musicales para crear atmósfera, los primeros noticiarios…

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El crepúsculo de los dioses, de Richard Garnett

El crepúsculo de los dioses

“Los agitadores y los fanfarrones no me preocupan, es a los callados, los tranquilos a los que hay que vigilar”. Ni recuerdo la cita exacta, ni recuerdo al autor, pero qué razón tenía el señor, abundando en el mito de la sabiduría popular según el cual el callado algo tiene que ocultar, siempre cavilando maldades. Y si es leidillo, peor aún.  Sin duda alguna, Richard Garnett, el autor de El crepúsculo de los dioses, encaja perfectamente en este perfil de elemento a vigilar. Hijo de un pastor anglicano, dedicó su vida profesional al Museo Británico, viviendo como un señor entre manuscritos, reliquias y caballeros eruditos, encargado de diversos puestos de responsabilidad en la Sala de Lectura, donde quizá coincidió con personalidades como el popular filósofo Karl Marx, que se pasaba la vida en la biblioteca, aprovechando que allí tenía calefacción y libros (me gusta imaginarle despertándole para que se marchase a casa de una vez). Un serio, discreto y respetado intelectual, al que nadie supondría un apóstata en la clandestinidad, que en sus ratos libres, que imagino serían muchos, se dedicaba a una muy victoriana y anglicana afición, la grafomanía. Artículos en revistas, poesía, entradas de la Britannica, traducciones de cinco idiomas, decenas de monografías, y a lo que veníamos hoy, El crepúsculo de los dioses, escrita en 1888, una colección de relatos fantásticos, de un ingenio cruel y juguetón, que hizo las delicias de escritores tan dispares como Oscar Wilde o H.G. Wells, también habituales de la Sala de Lectura.

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El mapa del tiempo, de Félix J. Palma

El mapa del tiempo

El mapa del tiempo

Primero las buenas noticias, aunque sean pocas. Félix J. Palma publica un nuevo libro, y eso siempre es positivo; uno de nuestros mejores autores de cuentos, y no hablo sólo de literatura fantástica, al que merece la pena leer y seguir. Segundo, es un libro de ciencia ficción, lo que tampoco está mal, ya que Palma tenía un tanto olvidado el género. Y, por último, ganador de uno de los grandes premios de literatura que se fallan en nuestro país: el Ateneno de Sevilla. Podría hablar ahora de la famosa normalización, pero a las pruebas me remito, no creo que haga falta decir mucho más sobre el tema visto lo éxitos recientes como éste o como Somoza con el Ciudad de Torrevieja, Zaldua ganador del Euzkadi o Casariego hace unos años finalista del Nadal.

Y ahora las noticias menos buenas que se pueden resumir en una: la novela es mediocre tirando a maleja. Y bien que me duele decirlo, porque, repito, Palma es un escritor de cuentos maravilloso. Pero, me temo, aún no le ha cogido el truco a la narrativa larga. Puede que nunca lo haga; gente como Sheckley, Brown o Borges hicieron su carrera, o sus mejores obras, en el género corto. O puede que sí pero, desde luego, debería de evitar muchos de los errores cometidos en esta novela.

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Jabberwock 2

Jabberwock 2

Jabberwock 2

La editorial Bibliópolis inaugura su nueva colección Bibliópolis antológica con el segundo volumen del anuario de ensayo fantástico Jabberwock. Esta nueva colección recoge el testigo dejado por Bibliópolis Bolsillo, mejorando no sólo en el tamaño sino también en el diseño y aumentando también la extensión. Jabberwock es sin duda un punto de referencia para todo aficionado a la literatura fantástica: por un lado es una excelente guía de lectura gracias a las críticas de las obras más destacadas publicadas el año anterior. Y por otro recoge una serie de ensayos y artículos que muestran el fantástico en todas sus vertientes. Todo ello coordinado por Arturo Villarrubia y Alberto García-Teresa los directores de este número.

Vemos que los ensayos se pueden dividir a priori en dos grandes bloques: unos los que afrontan el fantástico como herramienta para analizar la sociedad actual y otros los que estudian los límites del género y sus raíces comunes en el uso de distintos mitos e iconos. Dentro de la primera vertiente destaca el ensayo de Alberto García-Teresa “Las aventuras de Emmanel Goldstein. Usos ideológicos de la ciencia-ficción” donde analiza las obras, autores y corrientes literarias dentro de este género poniendo de manifiesto la carga ideológica que esconden, destacando los casos de obras y autores que rompen con la ideología conservadora mayoritaria, un ensayo muy esclarecedor y que desmonta los tópicos dentro de la ciencia ficción. Continuando esta línea de análisis político y social de la ciencia-ficción nos encontramos con el ensayo “La que está cayendo: lecciones para el mundo posterior al 11-S en la obra de Philip K. Dick” de Aaron Barlow, donde a través de la obra de Philip K. Dick analiza la esquizofrenia de la sociedad actual y el sometimiento del pueblo por el miedo al otro fomentado por los gobiernos, poniendo de manifiesto la vigencia de la obra de Dick. Es especialmente interesante la entrevista que realiza Arturo Villarrubia al escritor John Kessel, un autor comprometido socialmente que por medio del humor y de la provocación desarticula las falacias de los neoconservadores por medio de obras como American Apocalypse y El amor en tiempos de dinosaurios.

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El Prestigio, de Christopher Priest

El Prestigio

El Prestigio

A veces, algunos autores pecan de ambiciosos, quieren meter demasiadas cosas en sus libros y, al final, quedan desequilibrados, cojos, feos… Éste era un riesgo que Christopher Priest corría con El Prestigio, porque, efectivamente, a primera vista, hay muchas cosas en este libro: se inicia con un joven periodista, hijo adoptivo, que está obsesionado con la creencia de que tiene un hermano gemelo aunque no hay ninguna prueba que corrobore esa afirmación; continúa con una joven aristócrata que parece tener la clave de este problema y sigue con la vida de dos celebres magos de finales del XIX y principios del XX que se convierten en el eje de toda la novela. El Prestigio empieza, pues, como una novela de misterio con un ligero toque fantástico, se transforma después en una crónica realista del mundo de la magia en la Inglaterra victoriana para, más adelante, convertirse en ciencia ficción, y, al final, en un giro de lo más sorprendente, concluir como un relato de terror.

Como decía, muchas cosas en la coctelera. Pero Priest consigue que todas encajen a la perfección y logra, en vez del fiasco que muchos se podían temer, una de las novelas más redondas de los últimos años. Nos encontramos con un autor competente y preciso, uno de esos magos de las letras que hacen con el lector lo que les da la gana. A imagen y semejanza de los prestidigitadores que protagonizan su narración, Priest no para de sacarse conejos de la chistera consiguiendo que el asombro siga en pie página tras página sin ánimo de decaer, engañando al lector más avezado en esto de la literatura fantástica.

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Cuentos europeos de fantasmas

Cuentos europeos de fantasmas

Cuentos europeos de fantasmas

Una de las grandes ventajas que ha tenido el abaratamiento de los costes de edición en los últimos años es la aparición de pequeñas editoriales ultra-especializadas, capaces de crear pequeñas joyas a un precio relativamente asequible y que sólo interesan, desgraciadamente, a un pequeño grupo de lectores. Editoriales en las que el tamaño modesto no va unido a un descenso en la calidad del producto sino, más bien, todo lo contrario.

Éste es el caso de Clan Editorial, un sello especializado en las antologías temáticas de cuentos, inicialmente españoles y, recientemente, internacionales. Sus libros tienen un precio bastante asequible y están realizados con auténtico mimo y cariño. No sólo en las estupendas traducciones si no en la calidad del papel (especialmente en las cubiertas) y en las preciosas ilustraciones interiores. En fin, un producto de calidad que debería de sacar los colores a más de una gran editorial de fama. Estos Cuentos europeos de fantasmas son, además, muy bien recibidos por tratarse en su mayoría de relatos inéditos o de difícil acceso al común de los lectores. Además, presenta el doble interés de recoger obras de autores poco conocidos (como Jean Lorrain, Charles Ferdinand Ramuz o Georges Eekhoud), de tradiciones literarias poco tratadas (escritores suizos o belgas) o de autores famosos que frecuentaron más bien poco el fantástico (Lermontov, Zola).

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