Un día, tras visionar el documental Beyond The Lighted Stage, sobre el grupo de rock canadiense Rush, llegué a la conclusión, fruto de una profunda reflexión junto a mis santos huevos, de que los que ahora (y a lo mejor siempre) mandan en el mundo de la cultura popular son los empollones, los raritos, los nerds. Cien minutos celebrando a un grupo que cuando yo los conocí eran de culto, muy lejos de lo que se entendía como gusto musical presentable entre la inteligencia musical; rock lumpen inspirado por Ayn Rand y letras pretenciosas berreadas por un cantante extremadamente feo. Pero han pasado veintimuchos años y ya lo ves, un grupo que después de los conciertos se dedicaban a ver la tele o a leer (¡en una gira con Kiss!), tienen su propio documental laudatorio y todo, donde grandes estrellas que, sospecho, fueron también grandes nerdos en su adolescencia, cantan alabanzas al trío canadiense.
Leyendo Ready Player One tuve esa misma sensación, que estaba ante una novela de aventuras juveniles sobre el triunfo del empollón, o, mejor aún, sobre ese alto porcentaje de varones (y alguna chica) blancos, “jóvenes” de entre veinte y cuarenta y tantos años, con dinero para gastar, que han tomado los mandos de la cultura popular. Entendiendo como cultura popular ese marasmo que abarca internet, los videojuegos, el anime, los tebeos, la pornografía, los juguetes electrónicos, el cine, la literatura fantástica, algo, pero menos, la música… y que se celebran en obras como ésta, uno de los títulos más populares del año pasado en el campo de la ciencia ficción.



