Homúnculo, de James P. Blaylock

No recuerdo si les he dado la brasa todavía con la piedra angular de mis primeros pasos en esto del fantástico, es decir, los tres primeros números de la revista Gigamesh. Si no ha sido así, ya iba tocando. Para un jovencito de veinte años, pretencioso pero despistado, que apenas salía del cascarón escogiendo lecturas de lo más variopintas por el infalible método de “la portada mola” (tenía la estantería llena de ultramares) y cuyos ídolos del momento eran William Gibson y Gene Wolfe, la constante lectura y relectura de aquellos tres números supusieron la forja del lector profundamente snob que soy ahora, el periodo larvario de un crítico furibundo. Y es que, en unas circunstancias de escasez de información y desconocimiento del panorama editorial, aquellas páginas se convirtieron en imprescindible guía de compra (el primer estado del lector de crítica) a la que acudir para escoger lecturas. Además de las numerosas reseñas (muy graciosas en su mayoría), se incluían listas con lo mejor del año o especiales como aquel cyberpunk, abundante en nombres y libros, una mina para un lector solitario de ciudad dormitorio en los tiempos inmediatamente pre-internet. Y de entre toda aquella avalancha de títulos enseguida me llamó la atención Homúnculo, de James P. Blaylock, que recomendaba fuertemente el crítico y traductor Albert Solé, cuyos artículos y reseñas me molaban bastante por su sentido del humor y porque más o menos coincidíamos en gustos, para qué engañarnos. Era una novela con buenas puntuaciones en el Hit-parida de la crítica y la etiqueta con la que se vendía resultaba de lo más sugerente; steampunk, un “movimiento” literario que había surgido hacía algunos años en USA y que poco a poco iba llegando al mercado español.

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Kirinyaga, de Mike Resnick

Reconozco que de un (largo) tiempo a esta parte, la avalancha de antiutopías, distopías o simples futuros chungos disfrazados de tales que aparecen por doquier, ya me resulta un pelín cansina, e incluso contrarrevolucionaria. Yo es que soy de la vieja guardia del Partido, de los que le tenían un poco de manía a Revolución en la granja de Orwell, no por sus méritos o deméritos literarios, sino por su carácter de cachiporra al servicio de los apologetas del vivimos en el mejor de los mundos posibles. Ya más en serio, es cierto que la naturaleza humana es profundamente imperfecta y jode casi todo lo que toca, que la cruda y sucia realidad se da de ostias con el prístino mundo de las ideas y que en teoría funciona hasta el comunismo. En teoría. Pero es que ha llegado un momento en el parece que tener convicciones políticas y aspirar a ponerlas en práctica equivale a convertirse en un tirano en potencia y que lo que se aleje un poquito del capitalismo tecnológico de mercado y la democracia liberal es camino seguro al Holocausto como mínimo. También me apena un poco que, por lo general, la ciencia ficción se afane mucho más en advertirnos de los peligros de poner en práctica las especulaciones político-filosóficas de burgueses ociosos, que en imaginar de forma más o menos rigurosa otros sistemas económicos, sociales y políticos viables y diferentes al que disfrutamos ahora. Y Kirinyaga viene a confirmarme esta pequeña frustración con el género.

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Transcrepuscular, de Emilio Bueso

Los ojos bizcos del sol 1

Para todo aquel que siga la literatura fantástica española y esté al día, debe de haber sido imposible sustraerse al fenómeno que la editorial Gigamesh, apoyada en una efectiva explotación del estado actual de las cosas dentro del mundillo, ha provocado. Supongo que el autor de Transcrepuscular, Emilio Bueso, estará muy contento con el despliegue y la efectividad de la promoción, pero, a mi juicio, esta ha producido un efecto colateral inverso, una mengua en la atención a la calidad real de la obra y la objetividad en favor de una devoción por el producto. Y como producto incluyo, dado su particular talento para la autoventa, el apellido del propio escritor.

Por decirlo de algún modo, cierta crítica que, aun haciendo el juego, no se reconoce (ni a veces se sabe) parte de la maquinaria publicitaria, se ha limitado a repetir, como si de un mantra se tratara, los argumentos, etiquetas y comentarios que el propio aparato editorial ha ido volcando a través de la sinopsis, de las entrevistas en los medios a editor y autor, de los blurbs, de los textos camuflados como opiniones en Goodreads y otras plataformas de internet. Instrumentos de propaganda que han vomitado una retahíla de conceptos tales como biopunk, evolución por simbiosis, road movie, worldbuilding, ida de olla y un puñado de sentencias más, todas en tono ditirámbico, y que aquellos lectores cortos de criterio han aceptado sin hacerse preguntas, considerando el conjunto como único argumento válido para imprimirle a la novela el marchamo de la excelencia.

Curiosamente, los pocos apuntes propios que he leído provenientes de los reseñadores hacen referencia al desconcierto que el peculiar estilo de Bueso, excesivamente coloquial, ha producido en ellos. Un detalle que, sin embargo, no parece pesar en sus valoraciones finales, derrotado ante el gran número de puntos a favor asimilados, copiados desde el argumentario del propio autor y la editorial. La afinidad de algunos de estos reseñadores con la casa y su escritor es responsable, también, de que el exceso de expectativas ni siquiera haya jugado a la contra, como sucede usualmente cuando se da tanto bombo previo a una obra.

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Mundo Infierno, de Philip José Farmer

Mundo InfiernoYa he escrito por aquí en varias ocasiones sobre la pobreza de enfrentarse a un género como la ciencia ficción sin acceder, desde hace lustros o décadas, a una miríada de títulos fuera de catálogo sin posibilidad de una nueva traducción o una simple reimpresión. Un Olimpo reservado a un puñado de autores y obras que sí gozan del demostrado calor de los que pergueñan los listados tipo “Las 19 novelas de ciencia ficción que debes leer esta semana” y los equipos editoriales estándar. Una situación si cabe más sangrante cuando se compara con la labor realizada por Valdemar en el campo del terror. Sin embargo no recuerdo haber escrito sobre el problema relativo al formato; cómo un cierto tipo de novela ha desaparecido como producto. Historias de entre 100 y 250 páginas, con una extensión un poco por encima de la habitual en la categoría de la novela corta, muy popular hasta finales de los 70 y desde entonces en clara regresión, relegada a una excepción frente a libros más gruesos, más suculentos para el librero y la empresa publicadora. No es ya el predominio de las novelas por entregas o las series; es la imposición de una imagen de novela como volumen de más de 100000 palabras / 400 páginas en la cual el lector pueda ver satisfecha la proporcionalidad entre precio pagado y cantidad de papel entregada en el punto de venta.

Ante este contexto, se entiende mejor por qué me declaro fan de la colección Gigamesh Breve. Una serie de libros con esa extensión entre los cuales se encuentran un puñado de títulos que sería muy complicado ver en otro sello. Nadie se va a fijar en ellos para producir una película o una serie de televisión; sus autores están casi todos muertos; se atienen a esquemas narrativos no demasiado populares hoy en día. Queda la duda de cuáles pueden ser considerados clásicos con C mayúscula, pero eso daría para una discusión entre sus (contados) lectores. Uno de los últimos en sumarse a su catálogo es este Mundo Infierno, novela de Philip José Farmer sepultada en España por la popularidad de su Mundo del Río o Los amantes. Y, supongo, muy mediatizada por la edición que tuvo en los años 70 de la mano de Infinitum. Que no tengo pero, por otras obras sufridas en mis propias carnes, no es aventurado pensar que dejaba bastante que desear.

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Sobre Incrustados, de Ian Watson, y por qué merece la pena reemplazar nuestro ejemplar de Empotrados

Incrustados y otros delirios racionalistasA pesar de las arrugas y las canas, todavía encuentro su encanto al zambullirme en una novela previa a la década de los 80. Allá cuando los libros de más 250 páginas eran una excepción, las presentaciones jamás se dilataban, los desarrollos entraban con rapidez en vereda y no existían los continuarás. Quizás muchos personajes pecaban de un cierto descuido, pero se apreciaba una espontaneidad que echo en falta en gran parte de la ciencia ficción actual, en ocasiones demasiado apegada al metrónomo, los bloques y patrones aprendidos en talleres de escritura. Esta sensación se ha reforzado tras leer Incrustados, conocida en España como Empotrados y buque insignia de Watsonianas. El proyecto de la editorial Gigamesh cuyo objetivo es recuperar la obra de Ian Watson en castellano.

Incrustados se encuentra en las tres listas de títulos fundamentales de ciencia ficción más conocidas en España: la de David Pringle, la de Miquel Barceló y la coordinada por Julián Díez. Como explicaba Alfonso García en su completa reseña, es una de las novelas esenciales sobre el problema de la comunicación con un enfoque muy diferente a las escritas anterior… y posteriormente. Frente a Babel-17, Los lenguajes de Pao o Lengua Materna, libros desarrollados alrededor de la hipótesis Sapir-Whorf, de nuevo boga tras el impacto de La llegada, Watson plantó su argumento sobre el innatismo postulado por Chomski y el concepto de la incrustación. Esa manera que tenemos de incorporar información relevante en el lenguaje a base de subordinadas y que, a mayor amplitud y profundidad, más dificulta la asimiliación; especialmente en el lenguaje oral cuando el cerebro no es capaz de absorber las ideas al ritmo que suelen fluir. Watson modela este sustrato mediante tres historias: unos científicos experimentan el potencial de la mente humana para tratar con la información a través de unos niños en un laboratorio; un antropólogo convive con una tribu amazónica cuyo uso de la incrustación tiene ramificaciones sociales y filosóficas; y unos alienígenas se interesan por las lenguas terrestres en un primer contacto. Cada una desde perspectivas complementarias, realimentadas entre sí a medida que Watson profundiza en su elaboración del marco de Chomski.

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¿Qué ediciones de clásicos de la ciencia ficción queremos?

El hombre en el castilloHace un par de semanas Ekaitz Ortega escribía en su blog sobre cómo una serie de editoriales enfoca la reedición de libros más o menos clásicos. En su argumentación comparaba dos posturas: la actualización de los originales mediante nuevas traducciones frente a las ediciones recauchutadas con traducciones provenientes de tiempos y/editoriales menos cuidadosos. Su casus belli: la nueva edición de los tres libros del Universo Bas-Lag de China MIéville por parte de Ediciones B recuperando los textos publicados por La Factoría de Ideas. Un ejercicio que comparaba a sostener un edificio de lujo con vigas defectuosas.

Mientras leía sus palabras no podía dejar de pensar en una exaltación a la enésima potencia de esta actitud: cómo algunas editoriales reimprimen de manera incansable traducciones con muchas décadas a sus espaldas. Libros que prácticamente ya nadie reseña porque o no interesan o, si llegaron a ser leídos (supongo), lo fueron durante la adolescencia y, por tanto, no se observan bajo la lupa aplicada a títulos más contemporáneos. (Pequeñas) Vacas explotadas sin piedad cuyos rendimientos no se utilizan para subsanar una edición en muchos casos poco admisible a estas alturas del siglo XXI. Una idea sobre la que ya he escrito en varias ocasiones, realimentada por mi reciente relectura de El hombre en el castillo en la traducción de Manuel Figueroa para Minotauro.

Tal y como se puede comprobar en la ficha del libro en La Tercera Fundación, esta edición de 1974 es la única en castellano y ha sido utilizada desde entonces en multitud de ocasiones. Un mínimo escrutinio de las primeras páginas deja al descubierto un texto vetusto y mohoso, pobremente vertido al castellano en el cual perviven anécdotas como que al Golden Gate de San Francisco se le llame la Puerta de Oro. Con pasajes confusos donde se hace difícil precisar si ya estaban allí (la redacción original de Dick podía ser caótica, cosa de no contar con la colaboración de editores tal y como los entendemos hoy en día) o se han colado por el camino. Basta testar las traducciones más recientes de este autor para apreciar la diferencia.

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Richard Matheson. El maestro de la paranoia

Richard Matheson. El maestro de la paranoiaEl panorama de colecciones de ensayo dedicadas al fantástico se asemeja a un pequeño erial. Apenas Intempestivas de Valdemar merece tal categoría, con una treintena de títulos publicados en tres lustros. En este entorno o, mejor dicho, en su ausencia son comprensibles la esperanzas puestas en la colección de Gigamesh iniciada hace año y medio con El jardín crepuscular, de John Clute, y recientemente continuada con Richard Matheson. El maestro de la paranoia. Sea cual sea su ritmo, contribuirá a enriquecer la mirada a un género desarropado de perspectiva crítica o meramente divulgativa.

El maestro de la paranoia halla su sentido en los esfuerzos dedicados a la traducción de los cuentos fantásticos de Richard Matheson, editados entre 2014 y 2016. Por su visión ampliada a los temas del autor de Soy leyenda o La casa infernal, su contextualización en el momento y lugar en los cuales surgieron, la descripción de su forma de trabajo… es su complemento perfecto. Asimismo cualquier lector atraído por la cultura popular de la segunda mitad del siglo XX encontrará en sus páginas una esclarecedora guía sobre uno de los escritores esenciales para entender la literatura, la televisión y el cine creados en EE.UU.

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Apocalipsis suave, de Will McIntosh

Apocalipsis suaveLos futuros cercanos tortuosos atraen más que los luminosos. Sin conflicto no aparece la tensión y sin esa tensión la historia importa menos que el decoro en una fiesta organizada por Freddie Mercury. Basta observar lo ocurrido con las utopías, tan de moda a finales del siglo XIX, tan vestigio de una época pretérita ahora tenida como escasamente narrativa por el gran público… en el caso que el gran público se acerque a ellas. Mientras las novelas sobre el fin del mundo han perdurado hasta auparse como una de las temáticas más arraigadas y exitosas.

Si se atiende a la evolución del género en los últimos 30 años, es curioso cómo con el auge del cyberpunk a mediados de los 80, aquel futuro oscuro de ciudades superpobladas, control por corporaciones opresivas y catástrofes ecológicas de diversa índole era capaz de espolear una ligera fe en algún tipo de salida a sus particulares ratoneras. Sus mundos estaban en pésima forma pero a la civilización parecía quedarle cuerda. Con el nuevo milenio, esta perspectiva se ha cubierto de un pesimismo creciente. Una vez dejado atrás el pánico a la bomba vivimos los años del hundimiento energético, el cénit de las pandemias, el apocalipsis zombie… Ya sea por el afán de hacer proyecciones verosímiles o conjurar los miedos dominantes, el colapso goza de la salud de Mick Jagger.

La premisa de Apocalipsis suave es contar esa crisis huyendo de acontecimientos catastróficos. Relatar la caída de la civilización en EEUU, y por extensión todo occidente, a la manera de un pequeño deslizamiento de tierras. Desde un futuro cercano sumido en una permanente crisis económica hasta la creación de una comunidad capitidisminuida donde los residuos de nuestra sociedad tienen la oportunidad de perdurar en un porvenir incierto con la única certeza de la reducción de expectativas.

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Ciencia Ficción. “Nueva” guía de lectura, de Miquel Barceló

Ciencia ficción. "Nueva" guía de lecturaEn la HispaCon de Xatafi tuve el privilegio de moderar la mesa redonda “El ensayo de ciencia ficción”. Aquella mañana de sábado Iván Fernández Balbuena, Fernando Ángel Moreno y Cristóbal Pérez Castejón charlaron sobre cómo este género literario arroja luz sobre diferentes facetas de la literatura de ciencia ficción. Tal y como la recuerdo, el diálogo fue tan fluido que apenas tuve que intervenir media docena de veces para aclarar algún tema o mover la conversación hacia nuevos asuntos. Aparte de la introducción, mi única participación de más de veinte segundos fue hacia el final para hacer hincapié sobre la necesidad de dos proyectos editoriales por entonces de próxima aparición: la colección de libros de ensayo de Gigamesh y la “nueva” guía de lectura de Miquel Barceló. Fruto de una casualidad cósmica, ambas iniciativas no terminaron de materializarse hasta 2015. Doce años más tarde. En el mes de Abril Gigamesh abrió la colección Miscelánea con El jardín crepuscular, de John Clute, y en Septiembre apareció Ciencia ficción. “Nueva” guía de lectura. En este caso concreto, haciéndome pasar auténtica vergüenza recordando mis palabras al final de aquella mesa redonda.

Para enfocar este análisis, a la contra de la mayoría de reseñas que he encontrado, veo fundamental comparar la edición de 2015 con la de 1990. De ese ejercicio emana la percepción más nítida del gigantesco bluff autoral y editorial tras Ciencia ficción. “Nueva” guía de lectura. No sólo por uno de los motivos más comentados: gran parte del texto es el mismo sin modificaciones. Aunque la deficiente corrección del texto da lugar a momentos hilarantes como cuando se habla sobre Neuromante como “obra de lectura imprescindible para conocer una NUEVA presunta tendencia del género”, tres décadas más tarde de haber triunfado en las librerías, no es un tema que me preocupe. Los viajes en el tiempo, Fundación e Imperio o la percepción de Miquel Barceló sobre Philip K. Dick son tan estables como la trayectoria de la Tierra alrededor del sol. Mi mayor queja camina por otros derroteros menos evidentes. Los pequeños cambios introducidos desvirtúan el ensayo hasta el punto de convertirlo en un artefacto sectario que mutila la enorme diversidad de un género tan heterogéneo y heterodoxo. El resultado de aplicar una argumentación dominada por una desidia intelectual de dimensiones colosales, no corregida por la desidia de un ¿equipo? ¿editorial? que lejos de hacer honor a su nombre se ha limitado a dar el botón de imprimir.

Como no es cuestión de convertir este texto en una reseña río que saca a colación 30 pruebas de cargo a lo largo de 10000 palabras que nadie leerá, voy a centrarme en tres de ellas sabiendo que dejaré veinte más en el tintero.

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Pesadilla a veinte mil pies y otros relatos espeluznantes, de Richard Matheson

Los cuentos fantásticos completos de Richard Matheson

Disponer en España de un sello como Valdemar es una bendición. En su cuarto de siglo de historia no sólo se ha aupado a la posición de editorial de referencia en el género de terror. Lo ha logrado reuniendo dos facetas complicadas de sacar adelante: terror y clásicos. Basta mirar su catálogo para ser conscientes de esta proeza, no exenta de sus encontronazos con la terca realidad cuando se han alejado de esa línea, caso de la tristemente abortada colaboración con Es Pop o el parón de la colección de terror contemporánea Insomnia. Analizada desde otra óptica, si se establece una comparativa con otros géneros, su existencia también tiene algo de maldición. Cada anuncio de un nuevo título de su colección Gótica (o Frontera) pone de relieve el desolador vacío alrededor de la edición sistemática de clásicos en la fantasía y la ciencia ficción, una línea de publicación con escaso eco entre el público y una mayoría de editoriales entregadas a la celebración de la novedad y en cabalgar de ola de expectación en ola de expectación como si no hubiera mañana. En este contexto cobra especial importancia el catálogo de Gigamesh más allá de las obras más o menos completas de George R. R. Martin… del cual Pesadilla a veinte mil pies y otros relatos espeluznantes es su última pieza. El segundo y último volumen de los cuentos fantásticos de Richard Matheson iniciada hace dos años con Nacido de hombre y mujer.

A priori, la división entre ambos tomos parece hecha con tiralíneas para conseguir dos libros de un número de páginas equivalente. Sin embargo en cuanto el lector comienza a pasarlas descubre cómo, aparte de una decisión cuantitativa o meramente cronológica, hay otros factores involucrados. Aquí se recogen cuentos publicados entre 1955 y 1970, quince años en los cuales el volumen de ficción breve escrita por Matheson se atemperó respecto al lustro anterior. En estos años el autor de Soy leyenda diversificó su actividad profesional y dedicó tiempo a otros campos que hasta entonces no había tocado: la novela, el cine, la televisión… De ese cambio dan fe la propia estructura de la mayoría donde gana peso un lenguaje menos descriptivo, más centrado en una narración reducida a la mínima expresión, o una emigración temática desde la ciencia ficción hacia el suspense y el terror.

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