Parable of the Talents, de Octavia E. Butler

Parable of the TalentsSe hace doloroso observar cómo de las escritoras surgidas al abrigo de la ciencia ficción anglosajona durante la década de los 70, quien mejor ha soportado los rigores del tiempo (si exceptuamos a Tiptree, Jr., que publicó un puñado de relatos a finales de los 60) sea quien menos se ha traducido. Ya sea por su escasa repercusión en el fandom anglosajón o por la importancia en su narrativa de cuestiones raciales y de género, apenas hemos visto en España cuatro de sus obras. La última este año por Capitán Swing, con una repercusión que medio justifica la prevención a la hora de editar unos libros, los suyos, alejados de las coordenadas aceptadas por el entorno aficionado y las colecciones abiertas a una ficción híbrida. Butler es otro ladrillo de ese muro demasiado mainstream para el género, demasiado de género para el mainstream. Una circunstancia que lamento una vez más tras leer Parable of the Talents, su novela más apreciada tras ganar el premio Nebula en 1999.

Tras plantear Parable of the Sower como un relato preapocalíptico y de crecimiento interior, Butler dio varios pasos al frente con esta continuación que se inicia 5 años más tarde. La comunidad establecida por Lauren Olamina, Acorn, se ha afianzado y ha logrado la autosuficiencia. Sin embargo el ataque a una granja cercana les pone sobre aviso de grupos organizados dispuestos a destruir pequeños poblados para secuestrar o aniquilar a los supervivientes. En sincronización con estos asaltos, un baptista alienta y se beneficia del caos para llegar hasta la Casa Blanca bajo el grito de “Make America Great Again” (sic). En su punto de mira no figuran explícitamente los inmigrantes de primera o segunda generación. En el centro de su obsesión sitúa a quienes no profesan su misma fe; nuevos paganos destinados a ser perseguidos para ser esclavizados y, quizás, convertidos mientras sus hijos pasan a ser criados por familias adeptas al credo verdadero.

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La estación del crepúsculo, de Kate Wilhelm

La estación del crepúsculoAborrecer lo ocurrido en las últimas décadas con la mayor parte de los premios a la mejor novela de ciencia ficción concedidos en EE.UU. no implica quitar valor a muchas de las obras agraciadas con él desde sus comienzos. De la mano de esta sensación camina otra idea; cómo el paso del tiempo y la dificultad para conseguir algunos de ellos en España ha desdibujado su relevancia. La estación del crepúsculo, traducida por Bruguera como Donde solían cantar los dulces pájaros, me parece uno de los ejemplos más relevantes. Apenas fue publicada una vez en la primera encarnación de la colección Nova, allá en 1979. Jamás fue reimpresa ni en esa editorial ni en su heredera, Ediciones B, y su reedición por Bibliópolis con una nueva traducción tres décadas más tarde se hizo desde una cierta clandestinidad. A la deficiente distribución de la casa se le unió una imagen de cubierta fea a rabiar. Por si esto no fuera suficiente, ha aquejado el desconocimiento de la figura de una autora, Kate Wilhelm, con apenas tres libros y un puñado de relatos traducidos hace ya demasiados años. Que una novela como Juniper Time, incluida por David Pringle en su lista de 100 mejores novelas de ciencia ficción en lengua inglesa, no haya sido traducida mientras nos han llegado multitud de títulos de autores de medio pelo da que pensar sobre los motivos que han llevado a esta situación.

Y eso que las primeras páginas de La estación del crepúsculo son un tanto decepcionantes: un narrador omnisciente relata cómo una familia muy numerosa, los Sumner, se prepara para el fin de la civilización en un recóndito valle de Virginia. Para no caer en los ladrillos informativos, Wilhelm pone en primer plano la historia de amor entre los primos David y Celia Sumner, al principio no correspondido para después acercarse al rollo “te quiero pero no puedo estar contigo”. En paralelo muestra el contexto del drama: una civilización en colapso muy de los 70, en la encrucijada de la catástrofe climatológica, la hecatombe nuclear y el apocalipsis demográfico de Hijos de los hombres o El cuento de la criada. Los Sumner afrontan este final con el optimismo de los tiempos de La edad de oro. Su reducto autosostenible se abastace de todo lo necesario para culminar las investigaciones punteras sobre clonación e iniciar un proyecto para atajar la creciente infertilidad.

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Barbagrís, de Brian W. Aldiss

BarbagrísLo escribió Julio Numhauser y la cantó Mercedes Sosa, aunque ya lo sabíamos desde Heráclito. Panta rei, todo fluye, todo cambia; en la realidad y en la vida, en las costumbres y los hábitos. Y en los pequeños asuntos cotidianos. Si se compara el mercado del libro actual con el del pasado se percibe enseguida un claro contraste. Aquellas tendencias que hace treinta años apenas comenzaban a vislumbrarse, hoy son imperio. La necesidad de estar al día, de leerse lo último, esa novedad de la que todo el mundo habla, ha pasado de mero postureo a obligación. Las editoriales se encargan de que la dependencia sea intensa y esté bien cubierta. No puede ser de otra forma en nuestra amada sociedad capitalista. El negocio es el negocio. El caudal insostenible de novedades, así como la obligación autoinfligida de leer lo que hay que leer, acaba provocando un cierto estrés a ambos lados del libro. Como “ritmo demencial” lo denunciaba el escritor Guillem López, ganador de los dos últimos premios Ignotus en la categoría de novela española, en un tweet reciente. “Un día de estos, alguien tendrá que plantear el debate, porque no es normal y no está bien”, acababa diciendo.

Lo cierto es que, antes del cambio de siglo, aun existiendo el normal interés por la novedad, no se llegaba a estos extremos. Entonces pesaban más los nombres antiguos que los nuevos, uno quería leerse antes a los escritores consagrados que al autor del último hit, comentar las grandes obras antes que las novedades. Buscabas primero en la biblioteca y luego en la librería. Ahora sucede al revés, el orden se ha invertido y realiza más estar leyendo (e informar de que se está leyendo) lo últimísimo que hayan puesto a la venta las editoriales o los autores mejor promocionados. Las novelas con más de diez años solo son rescatadas por sucesos ajenos: alguna iniciativa de club de lectura, una película o, como ha sucedido con El cuento de la criada, de Margaret Atwood, gracias al éxito de una serie de televisión. Y esta displicencia se da con los clásicos, a los que es difícil ignorar debido a su pervivencia en las listas o en los escritos de los críticos viejunos; si vamos un paso más allá, encontraremos que las novelas con solera cuyo pecado fue el de ser “solamente buenas” están, a estas alturas, casi enterradas.

Llama la atención ese desafecto por lo anterior, el hecho de que atraiga más una novedad cuya calidad está por ver que un libro cuya bonanza literaria ha sido confirmada tanto por numerosas opiniones como por su perdurabilidad. Más cuando el descubrimiento de esos libros añejos por parte del devorador de novedades suele acabar con exclamaciones de sorpresa y satisfacción. Desentrañar las causas de semejante fenómeno no es labor de este texto, pero sí tratar de recuperar uno de esos libros a dos pasos de la excelencia. El fallecimiento de Brian W. Aldiss y algún comentario sorprendente sobre su irrelevancia no me han dejado opción a la hora de elegirlo.

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El cuento de la criada, de Margaret Atwood

El cuento de la criadaAnte el estreno inminente de su nueva adaptación, donde a cada nueva promoción se intuye el cuidado puesto en su acabado final, no tenía sentido continuar dilatando el momento de acercarme a El cuento de la criada. Escrita en pleno auge del pensamiento neoconservador de los tiempos de Ronald Reagan, se ha vuelto a poner de actualidad tras el triunfo de Donald Trump en las pasadas elecciones de Enero. Su imagen de megalómano con mando en plaza, el grupo de extremistas de los que se ha rodeado, las ideas que han puesto sobre la mesa (suspensión de las ayudas a los centros de planificación familiar, destrucción de los avances en el derecho a una sanidad universal, el total desprecio por las evidencias científicas…), han llevado a un buen número de lectores a acordarse, entre otras, de esta novela escrita hace más de tres décadas.

En El cuento de la criada Margaret Atwood plantea un único escenario: la República de Gilead. Una región indeterminada de EE.UU. donde, después de un golpe de estado, se ha producido una regresión social de dimensiones ciclópeas hasta convertirla en un reflejo de la Nueva Inglaterra de los colonos puritanos. Además, tras diversas catástrofes ecológicas, la esterilidad se encuentra tan extendida como las malformaciones durante el embarazo. Un panorama donde el futuro de la propia humanidad parece amenazada. Fieles a las raíces evangélicas de su Estado, han encontrado el remedio a esta situación en un relato bíblico. Tal y como se solucionaba la esterilidad de Raquel y Jacob acudiendo a Bilhah, una esclava, para concebir los hijos de la pareja, en Gilead recurren a las llamadas criadas. Mujeres fértiles que en muchos casos ya han sido madres, aleccionadas en escuelas para cumplir en un único servicio a sus patrones siguiendo la máxima: de cada uno según sus capacidades; a cada uno según sus necesidades.

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Incrustados y otros delirios racionalistas (Watsonianas/1), de Ian Watson

Siempre me ha parecido curioso que autores británicos de reconocido prestigio en su país, no acaben de calar en España, o que, en algunos casos, incluso provoquen un secular rechazo. Desde el increíble caso de J. G. Ballard que Francisco Porrúa publicaba por amor al arte y al espacio interior, hasta Michael Moorcock, convertido directamente en un puching ball, pasando por M. John Harrison, veneno para las ventas, John Brunner, un precursor de casi todo prácticamente olvidado, o Angela Carter, cuya obra medio se va recuperando ahora tras pasar largos años en el limbo de los descatalogados. O mismamente, Ian Watson, un autor que goza de gran reputación en Anglosajonia pero que no es especialmente apreciado por el fandom patrio, aunque buena parte de su obra haya sido publicada en nuestro país por varias editoriales que, erre que erre, lo intentaban con el autor inglés. Así que resulta como mínimo sorprendente que Gigamesh se lance a publicar algo a lo que ni las editoriales británicas se habían atrevido; nada menos que las obras completas de Ian Watson bajo el epígrafe de Watsonianas. Una cuidada edición que sospecho venderá entre nada y menos, pero que aporta prestigio al catálogo de Gigamesh, que ahora mismo puede permitirse este tipo de lujos sin despeinarse.

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