Siete malos tragos, de Joaquín Revuelta

Siete malos tragos

Siete malos tragos

La ciencia ficción es un género en el que los relatos cortos han brillado con tanta fuerza o más que las novelas o las sagas interminables. Aun hoy en día autores como Ted Chiang demuestran que un buen cuento es superior a páginas y páginas de malas novelas. La teoría de los sacos de estiércol y los frascos de perfume. Y no solo eso. Hay escritores como el australiano Greg Egan que no ha logrado alcanzar en sus novelas la excelencia que muestra en muchos relatos. Y sin embargo el mercado se ha inclinado inexorablemente hacia el género más extenso. Al parecer se prefieren los malos tochos de 400 páginas a los buenos relatos de 20.

España y su magra producción no es una excepción. Desaparecidas casi por completo las publicaciones periódicas, surgen por doquier e-zines y proyectos de antologías de varios autores, pero su trascendencia es escasa. Es difícil encontrar los relatos ganadores de los muchos premios que se convocan. Las editoriales que siguen funcionando prefieren sacar novelas a antologías de autores y esto produce un feedback: los autores escriben novelas y dejan el relato corto porque si las primeras no las lee prácticamente nadie cuando son publicadas en condiciones bastante malas, con los segundos no hay ni publicación. Muchos comentan que el libro electrónico puede cambiar esa percepción, y algunos, como el gaditano Joaquín Revuelta, han decidido comprobarlo sacando a la luz esta antología titulada Siete malos tragos, tantos como relatos la componen.

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Gel azul, de Bef

Gel azul

Gel azul

La ciencia ficción mexicana, al igual que ocurre con la procedente del resto de hispanoamérica, es una gran desconocida para el lector español. Es una pena, porque la coincidencia idiomática se presta a un mayor intercambio cultural también en lo que se refiere al género fantástico. Sin embargo, la realidad editorial es la que es y no parece que vaya a cambiar a corto plazo. Por ahora nos tendremos que conformar con las ocasionales narraciones que nos llegan a través del premio UPC o con las contadas novelas que se publican, como la reciente Ygdrasil del chileno Jorge Baradit.

“Gel azul”, obra de Bernardo Fernández “Bef” publicada dentro de la colección Vórtice de Ediciones El Parnaso, incluye dos novelas cortas y un relato. La primera de las novelas cortas, que da título al libro, es una mezcla de cyberpunk con novela negra hard boiled, dos géneros que tienden a combinarse bien debido a la deshumanización que puede llegar a producirse en las sociedades en las que se mezcla la tecnología avanzada y la pobreza de amplios sectores de la misma.

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La ciencia ficción, en la encrucijada del siglo XXI

Nota: Este artículo fue publicado en el número 217 de Revista de Literatura, correspondiente a Mayo de 2006

0043CFJDJimBurns.jpg El futuro ya está aquí. La mayor parte de los sueños de la ciencia ficción tradicional se han incorporado al imaginario colectivo, o han sido descartados como imposibles por la ciencia, o incluso se han convertido en realidad. El género tal y como se le conoció en sus primeros cincuenta años de vida ha quedado, en cierta forma, obsoleto. Parte de sus propósitos, aquellos que tomó de la literatura utópica anterior a su nacimiento, siguen en pie; pero la cf ha cedido esos intereses a la literatura general, que parece haber recobrado el interés por la prospectiva, por el distopismo.

Todo este fenómeno no es bueno ni malo. Desde dentro de la cf se ve en parte como un problema, en parte como una demostración más del rechazo del establishment cultural hacia el género. Algo que no es del todo cierto. Es verdad que se acumulan libros que tocan temas característicos de la cf pero que en su contraportada aseguran que el texto «trasciende la cf», algo que la mayor parte de las veces no es cierto. Pero también es verdad que la cf, debido a algunas características innatas, se ha convertido en un campo a veces difícil de seguir.

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Cismatrix, de Bruce Sterling

Cismatrix

Cismatrix

Si algo ha perjudicado al cyberpunk en su toma de contacto con el lector español es que, en general, es un subgénero que hemos conocido de oídas o por su pálido reflejo, meramente estético y superficial, en otros campos de la cultura popular como el cine, la música o la animación japonesa. Problema agudizado por el efecto distorsionador de muchas obras tardías o derivativas, explotación comercial de un subgénero cuyos fundadores habían abandonado ya. Hasta que al final se ha tomado la parte por el todo, es decir, Neuromante y todo lo que vino después, como plantilla de una corriente más diversa de lo en un principio podría parecer. Que obras claves del movimiento permanezcan aún inéditas contribuye a crear esta deformada imagen popular del cyberpunk como una enorme urbe decadente donde personajes marginales se ven envueltos en confusas tramas construidas a base de los peores clichés del género negro, abundante quincallería tecnológica y virtual, capitalismo extremo y un corto y aburrido etcétera. Paradigma de esta situación lo tenemos en el retraso de veinte años con que nos llega por fin Cismatrix, obra emblemática del subgénero, la seminal y ambiciosísima space opera de Bruce Sterling cuya onda expansiva aún se puede sentir en la ciencia ficción moderna (sobre todo en la nueva space opera británica desde Alastair Reynolds hasta Charles Stross). La obra que atestigua que el cyberpunk era mucho más que estética vacua, el cyberpunk era una actitud, una literatura reflejo del mundo, de los temores, ansiedades y deseos de su época que todavía es un poco la nuestra.

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