Parable of the Talents, de Octavia E. Butler

Parable of the TalentsSe hace doloroso observar cómo de las escritoras surgidas al abrigo de la ciencia ficción anglosajona durante la década de los 70, quien mejor ha soportado los rigores del tiempo (si exceptuamos a Tiptree, Jr., que publicó un puñado de relatos a finales de los 60) sea quien menos se ha traducido. Ya sea por su escasa repercusión en el fandom anglosajón o por la importancia en su narrativa de cuestiones raciales y de género, apenas hemos visto en España cuatro de sus obras. La última este año por Capitán Swing, con una repercusión que medio justifica la prevención a la hora de editar unos libros, los suyos, alejados de las coordenadas aceptadas por el entorno aficionado y las colecciones abiertas a una ficción híbrida. Butler es otro ladrillo de ese muro demasiado mainstream para el género, demasiado de género para el mainstream. Una circunstancia que lamento una vez más tras leer Parable of the Talents, su novela más apreciada tras ganar el premio Nebula en 1999.

Tras plantear Parable of the Sower como un relato preapocalíptico y de crecimiento interior, Butler dio varios pasos al frente con esta continuación que se inicia 5 años más tarde. La comunidad establecida por Lauren Olamina, Acorn, se ha afianzado y ha logrado la autosuficiencia. Sin embargo el ataque a una granja cercana les pone sobre aviso de grupos organizados dispuestos a destruir pequeños poblados para secuestrar o aniquilar a los supervivientes. En sincronización con estos asaltos, un baptista alienta y se beneficia del caos para llegar hasta la Casa Blanca bajo el grito de “Make America Great Again” (sic). En su punto de mira no figuran explícitamente los inmigrantes de primera o segunda generación. En el centro de su obsesión sitúa a quienes no profesan su misma fe; nuevos paganos destinados a ser perseguidos para ser esclavizados y, quizás, convertidos mientras sus hijos pasan a ser criados por familias adeptas al credo verdadero.

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El cromosoma Calcuta, de Amitav Ghosh

El cromosoma CalcultaComo si de una muñeca rusa se tratara, hay muchos “cromosomas Calcuta” dentro de El cromosoma Calcuta, la novela de Amitav Ghosh publicada en 1995 y que en España fue editada por Anagrama (hoy está descatalogada, según indica la editorial en su página web). La historia gira en torno al descubrimiento, en la Calcuta de 1897, del mecanismo de transmisión de la malaria a cargo del oficial británico Ronald Ross, un científico inconstante y de vocación tardía cuyas investigaciones, pese a todo, acabaron batiendo a las de expertos a priori mejor preparados y más dedicados y experimentados que él. Su trabajo, que le valió el premio Nobel en 1902, es, pues, el núcleo de esta novela que comienza siendo una suerte de thriller médico futurista para ir evolucionando poco a poco hacia algo más oscuro y, si se quiere, trascendental.

Ghosh propone una intrincada trama en la que, por razones que se irán desvelando (hasta cierto punto) a lo largo de la novela, el descubrimiento de Ross no se debió completamente a méritos propios, sino que sus avances fueron dirigidos por personas que se encargaron de encauzar sus investigaciones en la dirección correcta.

El libro se desarrolla en tres momentos históricos distintos. En un futuro próximo (no muy alejado cronológicamente de nuestra época actual) Antar, un egipcio afincado en Nueva York, trata de averiguar qué fue de Murugan, un experto en la figura de Ronald Ross a quien conoció superficialmente unos años atrás y que se esfumó sin dejar rastro en Calcuta en 1995. En ese mismo año se sitúa la segunda pata de la narración, la que permite al lector acompañar a Murugan durante las horas previas a su desaparición. Por último (a través, fundamentalmente, del relato de Murugan), el lector es transportado también a la India colonial de finales del siglo XIX para conocer detalles acerca de Ross y la manera en la que se desarrollaron sus investigaciones con mosquitos. Las transiciones entre personajes y épocas son constantes y se entrelazan con una naturalidad brillante y sorprendente.

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La feria de las tinieblas, de Ray Bradbury

Something wicked this way comes

Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya.

Ray Bradbury.

1932. Una feria ambulante ha llegado al pueblo. Por segundo día, Ray espera ver al Señor Eléctrico. Ha venido con la excusa de un truco de magia que le compró y que no funciona. Pero lo que realmente pretende es que el mago le aclare el significado del extraño imperativo que le lanzó durante la función: vive para siempre.

Bradbury refiere este episodio de su infancia en Zen en el arte de escribir, una colección de once ensayos breves sobre el oficio de escritor. Como todas las cosas que representan un giro argumental en nuestra vida, como todas esas escenas que se quedan grabadas en nuestra memoria con tinta indeleble, el encuentro con el mago supuso un antes y un después en la vida del joven Bradbury.

Vive para siempre. El Señor Eléctrico le explicó que había reconocido en él a la reencarnación de su mejor amigo, muerto en la batalla de las Ardenas, durante la I Guerra Mundial. Charló amigablemente con el muchacho, le hizo alguna que otra amable recomendación, y a partir de ahí, Bradbury empezó a escribir sin cesar. De hecho, escribía compulsivamente, cumpliendo un programa autoimpuesto en el que no podía faltar un solo día. Si no escribía, se volvía loco. Tenía que volver una y otra vez a beber de ese pozo aparentemente insondable e inacabable, cuyas raíces se hunden en el inconsciente.

Mil palabras diarias, como mínimo. Un cuento a la semana durante los próximos diez años. Una actividad que, andando el tiempo, conocería cierta notoriedad por internet. El llamado  Bradbury challenge consiste precisamente en eso, en escribir un cuento a la semana. La idea, en palabras del propio escritor, es sencilla: es imposible escribir 52 cuentos malos seguidos. Así, propone un acercamiento cuantitativo a la escritura que redundaría a largo plazo en una mejora cualitativa del oficio.

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