Esperando a los bárbaros, de J. M. Coetzee

Esperando a los bárbarosJavier Avilés escribía hace unos meses sobre La infancia de Jesús, de J. M. Coetzee, prestando especial atención a su título y cómo condiciona su lectura. Su publicación coincidió con mi lectura de Esperando a los bárbaros, una de las novelas más conocidas del autor sudafricano cuyo título produce un efecto parecido. A lo largo de toda su extensión resulta imposible abstraerse de esos bárbaros acechantes desde la primerísima plana del libro; una amenaza fantasmagórica que también intimida y atenaza a sus personajes. Una presencia incierta que apenas toma forma puntualmente para acentuar el camino de arrepentimiento y expiación de su narrador.

Esperando a los bárbaros está contada por un magistrado de la frontera norte del Imperio, da lo mismo cuál. Coetzee prescinde de todo límite concreto para potenciar la carga alegórica de una historia atemporal, con ecos al poema de CavafisEl desierto de los tártaros de Buzzati. Su protagonista ha aprendido a disfrutar de la vida en los límites de la «civilización» y a sobrellevar las inevitables tensiones cuando interactúa con quienes se hallan en órbitas más próximas al régimen establecido. Un hombre feliz en su rutina de gestionar el día a día de su pequeña ciudad, sentarse con un gin tonic a ver las puestas de sol y retozar con alguna prostituta cuando cae la noche.

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