The Power, de Naomi Alderman

The PowerMañana las chicas jóvenes comienzan a manifestar una capacidad: un órgano incipiente desarrollado sobre su tórax les permite emitir descargas eléctricas. A medida que más y más mujeres descubren esa habilidad, de forma natural o inducida, y aumenta la intensidad de la electricidad emitida, la extrañeza da paso a una serie de alteraciones que empujan las relaciones familiares, económicas o de poder en nuevas direcciones. Como ocurre en los sistemas no lineales, las pequeñas agitaciones detrás de las primeras interacciones desencadenan una serie de movimientos amplificados imprevisibles.

En The Power Naomi Alderman toca diversos subgéneros sin decantarse por ninguno hasta sus últimas páginas. Utiliza con destreza elementos propios de la historia de catástrofes, la preapocalíptica, el thriller e, incluso, de nacimiento de una distopía. Este jugar a tantos palos es una de las características más atractivas de su concepción unida a una secuencia narrativa muy meditada. Sus 350 páginas se encuentran divididas en secciones etiquetadas en una cuenta regresiva. The Power comienza diez años antes del presente y en cada una de ellas sitúa (en principio) cuatro capítulos protagonizados por otros tantos personajes que muestran los diferentes cambios hasta llegar al “ahora”.

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The Kraken Wakes, de John Wyndham

The Kraken WakesEntrar en cualquier librería británica con un poco de fondo y pasear por sus secciones es algo cercano a encontrarse en Sangri-La. No sólo por el volumen de novedades o el precio medio de los ejemplares; los autores añejos con un cierto nombre cuentan con multitud de títulos disponibles en ediciones más o menos recientes. En una reciente visita a Manchester no pude resistirme a este pequeño placer ni a hacerme con un puñado de libros de este pelo entre los que se contaba éste; una de mis múltiples asignaturas pendientes de los tiempos heroicos que en castellano sólo se pude conseguir con una apolillada traducción de los años 50.

The Kraken Wakes es otra novela apocalíptica de John Wyndham en la cual unas criaturas extraterrestres desean terminar con el mundo tal y como lo conocemos. En sus primeras páginas la pareja protagonista observa la caída de un objeto en el océano que, unas semanas más tarde, se revela como uno de los cientos de objetos llegados a la Tierra desde otro planeta siguiendo un amenazante plan en varias etapas. Así, lo que se inicia como una batalla entre humanos y alienígenas, con barcos perdidos, bombas nucleares detonadas en llanuras abisales y algunos ataques en superficie, lentamente se transforma en una ola de destrucción abrumadora con la civilización humana arrinconada, sorteando a duras penas su extinción.

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El nuevo escenario

Ciencia ficción en la UCMComo anunciaba Ismael Martínez Biurrun aquí mismo hace unas semanas, acudimos al Paraninfo de la Universidad Complutense, ante casi 200 alumnos y junto a varios profesores universitarios de distintas facultades, para debatir sobre el tema “Utopía, capitalismo, distopía, postapocalipsis: narrativa realista para la España actual” con Fernando Ángel Moreno como moderador. No creo que sea buena idea hacer una crónica de lo allí comentado (innecesario) ni posponer algunas reflexiones hasta articularlas como ensayito (excesivo), así que aquí van mis reflexiones sueltas sobre lo mucho comentado allí y sobre la (me da la impresión) creciente presencia de ciertos debates propios del género en el contexto de la sociedad civil y, en particular, en la universidad.

Tu utopía no es la mía

Mi desconfianza en el concepto de utopía lleva años creciendo pero es, ahora mismo, completa. Simplemente, no quiero someterme a la utopía de los demás. Ni creo que sea razonable pretender imponer la mía a otros. En mi mundo ideal, por decir sólo un par de cosas para explicar mi postura, todos viviríamos en comunidades pequeñas razonablemente autosuficientes, pero exploraríamos el espacio. Es obvio que hay gente, sin embargo, que adora vivir en grandes ciudades y que considera que enviar carísimas naves a explorar peñascos estériles es de dudosa utilidad. La utopía supone la imposición de ideales. Y por tanto no es buena idea, a grandes rasgos.

Un miembro destacado de Podemos envió desde Bruselas una pregunta esclarecedora para debatir en la mesa: ¿por qué no hay parlamentarismo en las utopías? La respuesta es sencilla: el utopista tiene claro lo que es mejor para los demás y cualquier debate posterior, como el que supone el parlamentarismo real (y no el que tenemos), resulta superfluo. La imposición de una utopía pasa por ciertos mecanismos (la elección con criterios cuestionables de una oligarquía de sabios o una reeducación de la población disconforme para ajustarse a la utopía escogida) que son inevitablemente sospechosos.

Todo ello arroja definitivamente luz sobre las razones por las que el género de ciencia ficción, por definición crítico, ha dedicado más tiempo a las distopías, mientras que las utopías parecen más ligadas a una literatura de compromiso político o ideológico directo.

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Nosotros somos los que estamos bajo sospecha

The NEXT, Nguyen Manh Hung

Esto comenzó como un comentario al pequeño ensayo de Ismael Martínez Biurrun, pero llegado cierto punto era casi tan largo como el artículo original, así que supongo que es mejor que aparezca como un artículo que como una simple respuesta. Espero que no se interprete como un intercambio de golpes, una enmienda a la totalidad de la persona, como parece que han quedado reducidos los debates en estos tiempo de espectáculo televisivo y redes sociales para autoafirmarnos. Es una crítica a ciertos aspectos con los que no coincido, aunque varias ideas de fondo sean las mismas.

Yo, Ismael, con todo el respeto, sí que creo que estás completamente a favor de muchos dogmas neoliberales (especialmente el primar el individualismo frente al colectivismo) tanto por este texto como por otras conversaciones que hemos tenido. Y no pasa nada, ¿eh? Yo también, que me considero ateo y racionalista militante, vivo atormentado por conceptos tan católicos como la culpa y la penitencia. Es algo normal porque nuestra sociedad nos ha alimentado constantemente con estos valores hasta convencernos de que son los correctos. Es muy difícil desprogramarse cuando casi todos los productos culturales y discursos políticos desde los 80 se han centrado en la excepcionalidad del héroe individual, siempre frenado por una masa borrega. De hecho el mensaje más repetido en la literatura juvenil de toda la vida (“Solo no puedes, con amigos sí”) desaparece casi por completo al llegar a la “ficción adulta”. Pocas veces el compañerismo o la compensación de virtudes y defectos con otras personas se nos muestran como algo más deseable que el “sólo tú puedes hacer las cosas bien”. De hecho, las escasas voces discordantes con ese discurso se presentan más en la ficción de género que en la más mainstream.

Dentro de esa loa al individualismo, la figura del Artista es de las más destacables. El Artista se presenta como un tipo brillante, por encima del común de los mortales, dotado de genio creador. Nunca es un tipo vulgar, una persona mediocre como los demás. Sorprendentemente (o no) hoy en día todo el mundo tiene inquietudes artístico-creativas. Tal vez porque el ser humano siempre o casi siempre tiene inquietudes artístico-creativas y el Artista no es para tanto. Sólo un tipo que sabe hacer algo bien, igual que hay gente que mete canastas mejor que otros o que suelda tuberías con virtuosismo rafaelita. Lo que pasa es que ciertos trabajos en esta sociedad se presentan como inherentemente superiores y, por tanto, merecedores de mayor estatus y nivel económico. Es más, hay un cierto pataleo constante al que todos nos hemos entregado que se resume “Cómo ese escritor/músico/actor puede ser millonario y conocido y no yo, que valgo mil veces más”. Porque parece que el artista sólo ha creado algo que funciona si le hace ser famoso, no si le hace disfrutar durante durante su creación. El éxito es, siempre, económico y/o de prestigio. De hecho el mantra “Quiero escribir esto pero como no vende no merece la pena” se repite con insistencia enfermiza entre muchos escritores de género que conozco. Porque parece que no hay que crear la obra que apetece, sino la consumible. Si no, está condenada al fracaso. Al fracaso de ventas, el único que importa.

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El futuro bajo sospecha

Semana de la ciencia ficción en la Complutense“Utopía, capitalismo, distopía y postapocalipsis: narrativa realista en la España actual”: este es el título elegido por Fernando Ángel Moreno para la mesa redonda que tendrá lugar el próximo lunes en la Facultad de Filología de la Complutense, y a la que he sido invitado como castigo por haber escrito una novela distópico-apocalíptica sin encomendarme a Dios ni al diablo. Pues bien, acataré la sentencia con sumo placer.

Seguro que no me equivoco al reconocer en ese título la voz cascada pero radiante de Ursula K. Le Guin, quien, en su reciente discurso de aceptación de la medalla de los National Book Awards, habló de los autores de ciencia ficción como “los realistas de una realidad más amplia”. Dijo más cosas: “Creo que se aproximan tiempos difíciles en los que vamos a necesitar las voces de aquellos escritores que sepan ver alternativas a la forma en que vivimos”. De este llamamiento se podría deducir que Le Guin no ve a su alrededor a autores que estén haciendo eso, imaginar otros mundos posibles, a día de hoy. Pero lo cierto es que sí los hay. Más que nunca. Y no precisamente en la clandestinidad.

Gracias al éxito de sagas juveniles como Los juegos del hambre o Divergente, la literatura distópica vive el momento más popular de toda su historia. ¿Por qué los aficionados no lo estamos celebrando? ¿Por qué se montan mesas redondas en facultades de filología para poner en cuestión el valor de este fenómeno editorial? ¿Se trata de la simple desconfianza de los críticos hacia los títulos de gran impacto comercial? ¿Se trata de la nefasta calidad literaria de los textos, o de algo peor?

Mucho peor. Sobre la literatura distópica se ha cernido la sombra de la sospecha ideológica. Desde distintos foros se ha señalado la existencia de un mensaje latente bajo las peripecias y los fuegos de artificio de estas distopías de moda. Este mensaje dice: no hay alternativa al capitalismo. Toda sociedad planificada desemboca en el totalitarismo o en el caos. Demos gracias por vivir como ciudadanos libres en una economía de mercado, y desconfiemos de quien se nos presente con propuestas utópicas para el futuro.

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Un minuto antes de la oscuridad, de Ismael Martínez Biurrun

Un minuto antes de la oscuridad

De todas las novedades anunciadas por Fantascy para esta primera mitad de 2014 me interesaba sobremanera Un minuto antes de la oscuridad. Una novela que explora una serie de temores tácitamente arraigados entre los lectores de clase trabajadora con ínfulas de clase media. La mayoría de sus personajes se asoman a un abismo construido en base a grandes raciones de rutina e incertidumbre, esperanza y mentira; un cocktail saturado de amargura que funciona como un incisivo reflejo de la España acomodada de hoy en día.

Su puesta en escena incluye varias crisis. La más importante, y a la postre mejor construida, atañe a su pareja protagonista: el matrimonio formado por Ciro y Sole. Ciro es un profesor universitario en un Madrid al borde del colapso. Por el día asiste a su facultad a pesar de que sus aulas se hallan bajo mínimos; la mayoría de sus compañeros y alumnos ya han huido hacia unos refugios en las provincias de la meseta, unos lugares con connotaciones cuasi míticas de los que apenas se sabe nada. Y cuando termina su jornada regresa a los suburbios para reunirse con su familia y sus vecinos; a quemar una basura que ya nadie recoge, comentar las últimas noticias sobre el declive y planificar acciones para resistir hasta la aparición de los brotes verdes, esa luz al final del túnel que no termina de llegar. Su mayor preocupación viene de los ataques de los denominados hawaianos; hordas que deambulan por el extrarradio de la capital mientras atacan a sus habitantes de manera aleatoria. La masa informe a la que nadie hace frente y que amenaza con devorarlos.

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Cell, de Stephen King

Cell

Cell

Antes de empezar este comentario, tengo que dejar claro que soy una rendida admiradora de Stephen King y he leído sobre un ochenta por ciento de su obra, para no exagerar. Cualquiera que le eche un vistazo a la bibliografía de King se dará cuenta de que es casi imposible asegurar que uno lo ha leído TODO, pero me estoy acercando a ello. Descubrí a King hace casi treinta años, por casualidad, como suelen suceder las cosas importantes, mucho antes de que fuera conocido en España, y la primera novela que cayó en mis manos —en inglés— fue Salem’s Lot. ¡Qué buen libro! ¡Qué tensión, qué dominio para dosificar la inquietud y el miedo del lector, qué excelente juego con su modelo, Drácula, de Bram Stoker!

A partir de ese momento, he sido una fiel lectora de King –salvo de sus obras de fantasía que, de alguna extraña manera, nunca han conseguido prenderme–, y la compra anual de la nueva novela ha sido siempre para mí una pequeña fiesta y una gran alegría: El resplandor, La zona muerta, Misery, It –¡qué gran historia! –. Sin embargo, con el paso de los años, ha habido novelas que no me han gustado en absoluto –Los tommyknockers, por ejemplo; Buick 8–, otras que no me han apasionado –Retrato de Rose Madder, El cazador de sueños– y otras que me han devuelto el King que más me gusta –La milla verde, la primera historia de Corazones en la Atlántida–.

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