Cada corazón, un umbral, de Seanan McGuire

Cada corazón, un umbralEn la reseña sobre Agentes de Dreamland alababa la capacidad del escenario ideado por Caitlin R. Kiernan para acoger nuevos relatos. Este potencial inacabable para la autoexplotación, cómo el lugar narrativo permite a los creadores desarrollar más historias (nuevas, viejas, se verá con el tiempo) es una de las virtudes de estas novelas cortas que Runas está traduciendo para publicar en tapa dura. Desde luego me parece el principal valor de Cada corazón, un umbral, novela juvenil que presenta un mundo bastante sugerente en menos de 200 páginas sin, por ello, renunciar a la concisión ni a la autonomía.

En sus primeras páginas, Seanan McGuire parece escribir una de internados británicos con rasgos de enmienda al ambiente de la escuela Charles Xavier para Jóvenes Talentos. La protagonista, Nancy, ingresa en La residencia para niños descarriados de Eleanor West, una escuela para, supuestamente, recuperar a los jóvenes que en algún momento de su vida encontraron una puerta hacia otro mundo (Narnia, Rocavarancolia…) y, por diferentes motivos, fueron expulsados semanas, meses, años más tarde. Escribo supuestamente porque la tarea se antoja una quimera; la necesidad de regresar a esos lugares de fantasía donde vivieron y encajaron es tan fuerte que todos anhelan toparse de nuevo con SU puerta para atravesarla, independientemente del tipo de entorno al que conduzca. Porque los había muy chungos… o locos.

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Lago negro de tus ojos, de Guillem López

Lago negro de tus ojosEn Lago negro de tus ojos (ed. Runas) hay una misteriosa laguna que conecta con un lugar remoto del sistema solar. Contemplarla es hermoso y sobrecogedor al mismo tiempo. Su existencia es un enigma repleto de paradojas. Las tomografías revelan que su profundidad es uniforme, pero la masa de agua carece de fondo. Es imposible saber lo que hay en el interior y las imágenes que refleja su superficie son engañosas. Así, exactamente igual que la laguna alienígena descrita en sus propias páginas, es la última obra de Guillem López: oscura, desasosegante, atrayente e imposible de aprehender en su totalidad.

La novela arranca cuando la periodista Carla Babiloni —personaje principal solo en apariencia, porque el auténtico protagonista de la historia es Bernat, el narrador,— regresa a su pueblo natal, El Clot, tras más de quince años de ausencia. Su objetivo es escribir un artículo sobre la desaparición de una actriz… y, quizá también, cerrar heridas relacionadas con sucesos de su propio pasado. En El Clot se encuentra la más grande de las extrañas balsas de agua que hace siete años, durante un proceso conocido como El Incidente, aparecieron diseminadas por todo el planeta. En el pueblo también hay una plaga de bichos: la inexplicada omnipresencia de insectos (mosquitos que se te meten en la boca, polillas enormes que revolotean en armarios, hileras de hormigas en los capós de los coches, moscas recalcitrantes, arañas acechantes) transmite a lo largo de toda la novela una persistente sensación de angustia e incomodidad. Los lugareños son sospechosamente recelosos. Muchos de ellos albergan secretos, asuntos de los que apenas hablan en voz alta pero acerca de los cuales el lector va recibiendo pistas que el autor —extraordinariamente hábil a la hora de esbozar situaciones inquietantes y mantener la tensión in crescendo— dosifica con sabiduría.

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Agentes de Dreamland, de Caitlin R. Kiernan

Agentes de DreamlandCaitlin R. Kiernan es la escritora detrás de La joven ahogada, la novela más modernuqui entre las publicadas por Valdemar en la colección Insólita y, tengo el pálpito, de las que menos repercusión logró. Es hasta entendible dado que aquel relato heterodoxo y fragmentado de búsqueda de la propia identidad a través de los cuentos de hadas estaba más próxima a las inquietudes de los lectores de una colección generalista; poco terror/horror/espanto había en sus páginas, más allá del que pudiera despertar su vértigo existencial. Además de por este libro, Kiernan es apenas conocida en España por sus guiones para La chica que quería ser muerte, entre lo más aseado de los tebeos surgidos al calor de Sandman, y sus relatos Lovecraftianos presentes en Alas tenebrosas y Ominosus. Una vertiente dentro de la cual encuadraría Agentes de Dreamland. Si bien queda alejada de los mundos concebidos por el autor de Las montañas de la locura, comparte ingredientes con su concepción del terror preternatural.

Puestos a resumir su contenido en un blurb, Agentes de Dreamland funciona como piloto de un Planetary Lovecraft Edition. Sus páginas están dominadas por un par de agentes cínicos de la muerte a la caza de una secta que quiere recuperar la Tierra para unas criaturas inhumanas, primas hermanas de las creadas por el carca de Providence y su maestro fungoso, William Hope Hodgson. En la epidermis, son evidentes sus puntos comunes con El archivo de atrocidades, aunque sin lo que me alejó de ella (los ladrillos de información; los guiños geek) y con un relato dislocado entre varios tiempos y narradores que, a brochazos, establecen el contexto de un universo cuyo desarrollo podría desarrollarse en futuras historias. O no.

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Sigilo, de Ismael Martínez Biurrun

SigiloEl formato puesto en marcha por Runas para publicar novelas breves me despierta sentimientos encontrados. Me resulta incomprensible para títulos como Agentes de Dreamland o Cada corazón, un umbral. Historias mínimas de lectura más o menos autónoma, en origen editadas en electrónico con un coste muy asequible, parte del sentido de ese formato. La naturaleza episódica de cada una, el precio marcado por una edición en tapa dura en un mercado en comparación más pequeño, me llevan a preguntarme por qué no agruparlas con alguna continuación en un libro más sustancioso. Por contra, también me parece ajustado para obras como Sigilo, una historia independiente de 50000 palabras que, por su extensión, hallaría difícil acomodo en otro volumen rollo colección o antología de relatos. Además, en un espacio de competencia tan supeditada a la relación espacio/beneficio como las estanterías de una librería, depara una visibilidad de la cual carecería en bolsillo, a un precio más reducido.

Sea como fuere, Sigilo supone el regreso de Martínez Biurrun a la historia de fantasmas (heterodoxa). El terreno donde emplazó la magnífica Rojo alma, negro sombra; un lugar ideal para escarbar en el pasado de unos personajes y rendir cuentas con sus miserias, pero marcando las distancias con aquella desde el momento que la perspectiva es aquí radicalmente diferente. Su composición formulaica (encadena tres planos narrativos, presenta cada uno de forma independiente, los vincula, dota a dos de toques de thriller en algún caso un poco forzados…) consuma un relato de suspense directo y contundente sin por ello sacrificar la elegancia intrínseca del autor de Mujer abrazada a un cuervo y El escondite de Grisha.

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Rosalera, de Tade Thompson

RosaleraDe la ciencia ficción se dice a menudo que es “la literatura de las ideas” y, ateniéndonos a este criterio, Rosalera (Runas / Alianza) es una novela sobresaliente. Ubicada en un escenario refrescante (la acción no solo transcurre en Nigeria sino que, para mayor gustirrinín del lector, en las primeras páginas se menciona como de pasada que los Estados Unidos, localización sempiterna del género, han “desaparecido del mapa”), y ambientada en un futuro próximo salpimentado con unas gotitas de ucronía (en 2012, un alienígena del tamaño de Hyde Park aterrizó en Londres), la primera novela del británico Tade Thompson —y primera entrega de una serie, la Trilogía del Ajenjo— es un bombardeo continuo de ideas estimulantes y ocurrencias asombrosas.

El protagonista del libro es Kaaro, un nigeriano de etnia yoruba que se ha convertido en “sensible” por la reacción de su organismo a la exposición de microorganismos alienígenas. Su condición le da capacidades telepáticas y le permite acceder a la “xenosfera”, una especie de plano virtual al que todos los humanos suben información de forma inconsciente, pero del que solo unos pocos —otros sensibles como él— pueden extraer datos. Kaaro vive en Rosalera (una ciudad con forma de rosquilla surgida en torno a una cúpula de origen extraterrestre que se abre periódicamente para liberar una sustancia con poderes curativos) y, además de poner sus habilidades extraordinarias al servicio de un banco (evitando que otros telépatas puedan acceder a los datos personales de los clientes de la entidad), trabaja para una agencia secreta del gobierno, la Sección 45.

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Las estrellas son Legión, de Kameron Hurley

Las estrellas son LegiónEn Las estrellas son Legión, dos narradoras en primera persona, Zan y Jayd, cuentan cómo se coordinan para escapar de la Legión; una miríada de naves-mundo basadas en una tecnología de base orgánica y pobladas por mujeres. A imagen y semejanza de los relatos clásicos de naves generacionales, el origen, la razón de ser, la historia pasada de este extravagante ecosistema interestelar se ha perdido y, después del tiempo transcurrido desde su formación, su equilibrio se resiente. Una corrupción que afecta a cualquier ente biológico pone en riesgo su potencial de autoconservación. Esta amenaza explica la frenética lucha que se ha iniciado entre los mundos de la Legión. Hordas de guerreras batallan por hacerse con el control de cada nave y apoderarse de sus recursos. Sin embargo detrás del propósito de ruptura de Zan y Jayd, el gran misterio escondido hasta el tramo final de la historia, hay bastante más.

Kameron Hurley estructura Las estrellas son Legión en tres actos, divididos a su vez en capítulos relativamente breves. Zan y Jayd intercalan sus textos en una secuencia ordenada en el tiempo mientras cubren con un velo de intriga los acontecimientos pasados que han terminado con Zan desmemoriada y atrapada en un ciclo sin aparente fin. Su nave-mundo, Katazyrna, la envía al frente de grupos de tropas a la conquista del Mokshi, el mundo que parece haber escapado de la Legión. No obstante Zan fracasa constantemente y regresa a Katazyrna amnésica, para desazón de su señora. Este detalle, unido a su relato en presente y cómo, a ratos de manera en exceso artificiosa y un tanto cargante, Jayd se guarda cualquier detalle sobre lo ocurrido, imprime una oportuna atmósfera enigmática.

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Detrás de sus ojos, de Sarah Pinborough

Detrás de sus ojosTras la fantástica impresión de La casa de la muerte, tenía ganas de descubrir qué más había escrito Sarah Pinborough. Ya dejé escrita por aquí mi opinión sobre 13 Minutes, un entretenido y un tanto tramposete culebrón de instituto que, supongo, terminará traducido si la producción que estaba preparando Netflix llega a consumarse. Ahora escribo sobre Detrás de sus ojos, la novela publicada por Runas a finales de 2017 con traducción de Pilar Ramírez Tello, que abunda y ahonda en la línea de 13 Minutes. Confieso que mi lectura está muy mediatizada por mi creciente dificultad para entrar en historias que fían su potencial a la sorpresa; esos relatos que no les importa sacrificar su consistencia en el altar de romper los esquemas y previsiones del lector. Así, mientras en 13 Minutes encontré ingredientes adicionales (el drama de la necesidad de encajar en la sociedad, la crudeza del acoso escolar), Detrás de sus ojos ha ofrecido poco más a lo que aferrarme.

Su arranque no difiere mucho de una película de sobremesa de un fin de semana cualquiera en la televisión convencional. Madre divorciada (Louise) con problemas de autoestima y algo de mal fario, se medio lía una noche de farra con quien será su futuro jefe (David). Esa situación embarazosa, aparentemente resuelta de manera profesional y preámbulo de un affaire, se adereza con su encuentro causal con Adele, la mujer de David; una manipuladora nivel legendario que juguetea con la vida profesional y personal de Louise. Al principio inocentemente y de forma cada vez más retorcida hasta tejer a su alrededor una telaraña enrevesada y multicapa de la cual le será imposible escapar.

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Las diez mil vidas de Milo, de Michael Poore

Las diez mil vidas de MiloMilo lleva reencarnándose miles de años en un bucle que se aproxima a su final. Ya ha empleado nueve mil novecientas noventa y cinco de sus diez mil oportunidades para consumar una existencia perfecta y, así, pasar a ser uno con la Ultraalma. Sobre su cabeza revolotea la idea de fracasar y verse abocado a la nada; la desaparición de quienes no consiguen ese único, gran, trascendente premio. Mientras aguarda en la Otra Vida cada nueva oportunidad, vive junto a una serie de personajes y reflexiona sobre sus errores y aciertos, siente y aprende de cada nueva experiencia. Uno de esos seres es Suzie, una encarnación de la muerte con la que mantiene una relación romántica cada vez más intensa, hasta el punto que ésta lleva un tiempo planteándose su labor, si está dispuesta a continuar con ella.

En esta encrucijada sobre las cuestiones suscitadas por las maneras del emplear nuestro tiempo en vida y su sentido es donde Michael Poore ha emplazado Las diez mil vidas de Milo. Una sucesión de historias entre el relato y la parábola con una mínima fracción de la experiencia de Milo. Su plato principal son sus últimas cinco vidas; narraciones entre las 15 y las 90 páginas que abarcan de lo pseudohistórico a la ciencia ficción apocalíptica o distópica. Tres de ellas, «El caso del Club de las Gachas», «El Buda en invierno» y «La familia Stone», me han parecido lo mejor del libro al enfrentar a su protagonista con particulares infiernos opresivos y resolverlos mediante soluciones de lo más diversas.

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Las fuentes perdidas, de José Antonio Cotrina

Las fuentes perdidasHay una pequeña anécdota que refleja lo que fueron las ediciones de La Factoría de Ideas desde los primeros momentos de su colección más longeva, Solaris Ficción. Las fuentes perdidas, la primera obra española publicada por la editorial en Otoño de 2003, fue una de los primeras en tener su corrector acreditado. Este hecho tanto puede verse como el reconocimiento de una función editorial mal pagada y muchas veces descuidada, o la manera ladina de asignar responsabilidades; un alivio para el editor de unos libros entonces bastante criticados por sus errores y sus erratas. También fue uno de los últimos. Como cuenta su autor el volumen salió a la venta plagado de errores, como si el corrector no hubiera cuidado su tarea. Y nada más lejos de la realidad; aquella corrección fue entregada pero jamás llegó a la imprenta. Por uno de esos extraños vericuetos editoriales a los que La Factoría de Ideas era tan propensa, las modificaciones se perdieron y el lector español tuvo ante sí un texto sin el último pulido. Ese proceso, realizado de nuevo, se ha culminado catorce años más tarde con la reciente edición de Alianza en su colección 13/20; un formato muy agradable de leer y con una ilustración mucho más evocadora, ideal para el contenido del libro.

Las fuentes perdidas pasa por ser la primera novela de José Antonio Cotrina y se aleja un tanto de las que le hemos podido leer posteriormente. De hecho, para los que lo hayan conocido por títulos con un cariz más o menos juvenil de El ciclo de la Luna Roja o (menos) La canción secreta del mundo, puede suponer un sonoro contrapunto. Su estructura es más lineal, el desarrollo se muestra más contenido y el tratamiento de los personajes femeninos peca, sin hacer sangre, de pobre. Sin embargo es una obra esencial en su bibliografía. En sus páginas terminó de abrir las puertas a un universo creativo exuberante y desacomplejado dentro del cual los géneros se concilian sin disimulo. Elementos de ciencia ficción, fantasía y terror conviven sin prejuicios para modelar un escenario extraordinario donde nuestro mundo apenas es una capa en una multiplicidad de planos ocultos a los sentidos de los humildes mortales.

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El muro de las tormentas, de Ken Liu

El muro de las tormentasComprar el primer libro de una trilogía en España siempre ha tenido mucho de acto de fe; pocas veces existe el compromiso explícito de seguirla hasta su conclusión. Y de tenerlo, tampoco se suele apuntar cuándo puede hacerlo. Por eso valoro la labor de Alianza con los libros de La dinastía del diente de león de Ken Liu. Su primer volumen, La gracia de los reyes, llegó a las librerías hace menos de un año y su continuación, este El muro de las tormentas, lo ha hecho apenas medio año después de aparecer en inglés. A esto hay que unir el cuidado estándar de publicación: la tapa dura, los mapas a color, la calidad del papel, una aseada edición… Todo un acierto por parte del equipo detrás de la colección Runas.

En La gracia de los reyes Ken Liu abordaba un relato de tintes clásicos centrado en el nacimiento de una dinastía y el proceso de construcción de su imperio. Su principal interés y, a la sazón, lo atractivo de su lectura derivaba de cómo crecía su historia principal a medida que se adherían a ella multitud de historias más pequeñas. Cómo un narración épica sobre el poder, su conquista y sus consecuencias se sostenía muchas veces sobre la espalda de una miríada de personajes de las más variadas procedencias. Siguiendo esta línea, El muro de las tormentas se convierte en una obra más compleja y heterogénea. Liu incorpora facetas inéditas del escenario y profundiza en aspectos ya vistos mientras los enriquece con nuevas capas.

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