A propósito de La Estrella de Ratner: la desprestigiada herencia de Voltaire y Swift

La estrella de RatnerBilly Twillig, un genio de las matemáticas de 14 años galardonado a tan temprana edad con el Nobel, es trasladado a una megaestructura apartada del ruido contemporáneo en la que trabaja el exquisito grupo de elegidos del Experimento de Campo Número Uno. ¿Y para qué una reunión de escogidos cerebros superespecializados, que trabaja y vive allí enclaustrada? Para lograr el Conocimiento. Con C mayúscula. En concreto, a Billy Twillig lo han llamado para que descifre un código de números en apariencia muy simple. La señal procede de algún lugar invisible cercano a la estrella de Ratner, y parece tratarse del primer contacto con una inteligencia alienígena. Esa es la excusa para, a lo largo de los 12 capítulos que conforman la primera parte, ir presentando de la mano del joven Billy a los diversos pobladores del Experimento de Campo Número Uno, científicos disfuncionales socialmente en el mejor de los casos y del todo idos en el peor. La segunda parte, como un juego musical de Preludio y Fuga, conduce a los elementos presentados en la primera -una riada de personajes, ideas e historias en las que prevalece el desconcierto y el sinsentido- hacia un desenlace coral y en bucle acorde con lo mostrado.

Han tenido que pasar 38 años para que La Estrella de Ratner conozca una primera edición en español. Si no fuera una novela del ya entronizado Don DeLillo, cabe preguntarse cuántos más habrían transcurrido hasta que hubiera visto la luz en la lengua de Cervantes, o si alguna editorial habría encargado una traducción. Tildada de espesa, extraña, enigmática, La Estrella de Ratner se ha convertido en una rara avis dentro de la producción del norteamericano. Y, es cierto, la novela exige, pero sobre todo obliga a romper con el estereotipo de novela realista contemporánea al que el lector de hoy está tan acostumbrado (asaltado constantemente por lo que se podría llamar el pienso editorial o, con menos finura, proteínas prensadas y ofrecidas en paquetes blandos similares a las de Snowpiercer).

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14 maneras de describir la lluvia, de Daniel Pérez Navarro

14 maneras de describir la lluviaBajo este sugerente título se halla una novela peculiar sobre una hija, un padre y el misterio que ambos ocultan. Un enigma relacionado con la profesión del padre y el origen de su hija que pone en peligro a todos los que se relacionan con ellos. Lo refrescante viene del camino elegido por Daniel Pérez Navarro para construir esta historia sobre el cambio generacional en un pueblo del litoral Mediterráneo, con gotas de thriller y de tebeo de superhéroes underground.

Como el propio autor ha revelado, en el estilo de 14 maneras de describir la lluvia se adivina la influencia de El Jarama. Tengo demasiado atrás en el tiempo la obra de Sánchez Ferlosio, pero se puede encontrar su rastro en cómo Pérez Navarro ha enfocado al narrador omnisciente. Al igual que el de El Jarama, es completamente imparcial; no se entromete en la narración y prescinde de acotaciones que suelen sobre explicar los hechos. Tal ejercicio de objetividad tiene un precio. Estamos demasiado habituados a que se nos describa con pelos y señales qué piensan o qué les ocurre a los personajes. La eliminación de parte del contexto implica, primero, un distanciamiento que puede derivar en una ligera dificultad para comprender la narración; y, segundo, dota de una importancia decisiva a los diálogos.

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