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domingo, 18 de mayo de 2008
 
 
Siembra de tinta (adelanto) PDF Imprimir E-Mail
lunes, 09 de octubre de 2006

 Siembra de tinta es un libro de microrelatos de corte fantástico escrito por Esteban Gayo, Mª Isabel Rodríguez y Felideus, e ilustrado por éste último y Jezabel Rodrigo; miembros todos ellos del Colectivo Paracelsus. La obra fue galardonada el pasado 12 de Agosto con el premio Mago Merlín de Narrativa Fantástica otorgado por el Centro de Estudios Literarios y de Arte de Castilla y León (CELYA Editorial).

En C nos ha surgido la posibilidad de ofreceros tres de los relatos y una muestra de las ilustraciones de acompañamiento. He aquí un breve adelanto de lo que podéis encontrar en la antología.

Si desea adquirir un ejemplar de Siembra de tinta, nada mejor que pasarse por aquí para conseguirla. 

Si quiere leer una reseña de Siembra de tinta no tiene más que pinchar aquí.

 


 

Navego el cemento - Felideus

 Atravieso paredes de hasta dos metros de espesor. Es como emerger de una cuba de mercurio. Pero cuando lo hago, toda mi ropa, todo lo que llevo, queda al otro lado del muro. Se desprende de mí y sólo yo, desnudo, broto al otro lado; fantasma nudista buceando un océano de cemento.

Cuando me zambullo en la pared, cuando surco la madera, cierro los ojos. No sé si podría hacerlo con los ojos abiertos, pero la sensación es tan placentera, que no quiero evitar cerrarlos. El mundo de pronto es una bañera caliente.

Atravieso varios metros de hormigón hasta el estómago del Banco. Las alarmas no me detectan.

Paseo desnudo dentro de la cámara acorazada. Cojo miles de euros con las dos manos y los arrojo, los rasgo con furia, los muerdo. Mastico un billete de quinientos y lo escupo con asco. Que filete tan caro y repugnante.

Salgo del banco y no me preocupo siquiera de recoger el arrugado montón de ropas que yace junto a la puerta. Son las cinco de la madrugada y camino desnudo por las calles, en línea recta, hasta el centro comercial.

Paseo por el Edén del supermercado. Sólo tengo que alargar la mano para recoger el pesado fruto de un árbol de cerdo. Mordisqueo el jamón y lo arrojo tras saciarme. Fuentes cristalizadas me ofrecen sus negros caldos y mi sed también se sacia.

Más tarde, leo a Wilde, tumbado en un colchón de seis mil euros. Sábanas de seda. Me vence el sueño.

Hace miles de años, cuando nuestros pies desnudos arañaban suavemente la piel de Gaia, no necesitábamos dinero... porque no había paredes.

 

Copyright "Navego el cemento" e ilustración: Felideus, todos los derechos reservados

 



El hermano oscuro - Esteban Gayo

 Uno de los lobos había logrado arrastrarse hasta los primeros peldaños antes de que el gas diese cuenta de él. Yo sentí la tensión agarrándose a mis testículos como un cepo. Estaba demasiado cerca de los extractores, los monitores no acertaban a decirme con claridad si estaba realmente muerto o no. Disparé un par de veces en cualquier caso, aunque tampoco quería arriesgarme a desperdiciar munición.

Con la espalda pegada al muro, apresuré el paso todo lo que pude sin que el peso de las bolsas ni de mi pequeño arsenal me desequilibrara. Todos los demás estaban donde debían estar, acurrucados unos junto a otros en la entrada de la cueva. Inmóviles. Un raro sedimento de cuerpos hinchados y pieles desnudas.

No me entretuve en arrojar con mimo los grandes trozos de carne ensangrentada por alrededor del abrevadero. El sistema estaba a punto de reciclar por completo el aire de la bóveda y corrí –ahora sí– de vuelta a la salida.

Al pasar a su lado le eché un vistazo por simple y mecánica precaución al cadáver al que acababa de obsequiar con varios precisos orificios en la cabeza. Chasqueé la lengua. No era un crimen en realidad: sólo íbamos a tardar unos poco minutos en volver a encender la luna llena.

Aun así, seguiría siendo mucho menos duro si no recobraran el aspecto humano entre las resurrecciones.


Copyright "El hermano oscuro": Esteban Gayo, todos los derechos reservados

Copyright ilustración: Felideus, todos los derechos reservados




Ofrenda de amor - Mª Isabel Rodríguez

 En medio del silencio, flotaba la muerte. La oscuridad difusa se extendía en abismos de calma cruzados por sombras añiles. Los hombres callaban, horrorizados hasta la insensibilidad, mientras se extinguía el último grito y el naufragio forzado se convertía en olvido. Uno de los marineros se acercó con precaución al cristal que le separaba del océano, temeroso de observar la pesadilla que les perseguía a todos. Sin embargo, contra la cordura y el sentido común, allí estaban. Bellas, gráciles, con pechos blancos iluminando sus piernas de aletas y sus colmillos de sangre. Allí estaban, devorando los cadáveres que el Capitán Nemo les ofrecía, demente, a través de las corrientes submarinas.

 

Copyright "Ofrenda de amor: Mª Isabel Rodríguez, todos los derechos reservados

Copyright ilustración: Jezabel Rodrigo, todos los derechos reservados


 Copyright de la edición: CELYA Editorial

Las imágenes y textos han sido reproducidos con permiso de sus respectivos autores

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