| El hombre vacío |
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| Escrito por Ignacio Illarregui Gárate | |
| lunes, 15 de octubre de 2007 | |
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Jeremy Bremen es un profesor universitario que acaba de perder a su mujer, Gail. Ambos compartían una cualidad, la telepatía, que les había permitido conocerse y comprenderse con una profundidad mayor que cualquier otra pareja. Desolado y sin ganas de vivir, corta con su trabajo, quema su casa, se deshace de su pasado y se refugia en un pantano de Florida para aislarse de lo que denomina neurocháchara, los pensamientos de los que le rodean, un caótico ruido de fondo del que se había librado junto a Gail y que, sin ella, amenaza con volverle loco. Cuando apenas han pasado tres días y está a punto de suicidarse, se topa con Vanni Fucci –el primero de los numerosos guiños a la Divina Comedia–, un mafioso de tres al cuarto que se está deshaciendo de un cadáver y que, al ser descubierto, se lo lleva para que un compañero con menos escrúpulos lo mate. Ahí comienza un descenso a los abismos de la condición humana que le lleva a recorrer medio país y a descubrir algunas respuestas a cuestiones que le preocupan desde hace años.
Como decía en la introducción, El hombre vacío se divide mayormente en dos segmentos que se intercalan con regularidad. En los capítulos denominados OJOS un narrador externo relata en presente la vida en común de Jeremy y Gail, sus problemas para tener un hijo, la enfermedad de esta última y, sobre todo, la investigación del primero sobre la memoria, la conciencia y la actividad de nuestros cerebros en función de las ondas cerebrales. Un estudio que deriva hacia uno de los temas más apasionantes surgidos de la mecánica cuántica, la dualidad onda-corpúsculo, y las interpretaciones que se han hecho a partir de ella: la de Copenhague y la teoría de los muchos mundos. Tampoco es que tengan demasiado que ver con la telepatía pero en la ciencia ficción divulgativa à la Robert J. Sawyer, sin su dosis de melodrama barato, supone una atractiva aproximación.
En el resto de capítulos tenemos, en tercera persona, el descenso al infierno existencial de Bremen, un viaje por la América profunda que le lleva desde los Everglades hasta un casino de Nevada, pasando por los callejones de los sintecho de Denver o un rancho de Utah. Un trayecto guiado por una serie de personajes que le ponen en contacto con lo peor del alma humana, elevan al paroxismo la máxima «el infierno son los otros» y, en ausencia de una persona con la que compartir su vida, le hacen aferrarse a ésta como no se imaginaba que podría.
El contraste entre ambos segmentos es notable. Frente a la afirmación de la vida en pareja, el reto que supone comprender cómo se define la realidad que percibimos y los problemas del día a día, ensombrecida por la enfermedad y posterior muerte de Gail, se contrapone un mundo de crimen, pobreza, avaricia, perversión, desconfianza, violencia... que explota en la salvaje purificación del rancho de Utah, uno de los mejores pasajes de El hombre vacío en el que se aprecian las tablas de Simmons como escritor dotado para el terror. Una realidad «externa» a la pareja que, también es cierto, pierde cualquier nexo con nuestro entorno al abundar las bajas pasiones y los malos instintos apenas contrapesados por los buenas acciones y los sentimientos positivos. Un desequilibrio que enfatiza el desamparo y la soledad Bremen pero que pone en tela de juicio la suspensión de la incredulidad de la narración.
El tratamiento que se da a la telepatía es circunstancial, a años luz del extraordinario escalpelo mostrado, por ejemplo, por Silverberg en la mencionada Muero por dentro, tristemente olvidada por Miquel Barceló en su prólogo. Si a esto le sumamos que la parte especulativa repite ideas ya enunciadas en su cuento "Vanni Fucci está sano, vivo y en el infierno", extendiéndose mucho más sin profundizar apenas en lo que allí ya había establecido, y que la oscuridad en que envuelve la historia resulta, salvo momentos puntuales, escasamente inquietante –comparada con lo que otros autores, incluido el propio Simmons, han conseguido en otras obras–, mi sensación final es de ligera decepción. Antes que leer El hombre vacío veo más aconsejable acercarse a la mentada novela de Silverberg o a una obra con la que comparte puntos como La mujer del viajero en el tiempo de Audrey Niffenegger, y que al igual que Muero por dentro no utiliza la ciencia ficción únicamente como un recurso colorista sino que lo convierte en el leit motiv de la narración. En todo caso, es de justicia reconocer que Simmons demuestra su talento como narrador y su habilidad para mezclar géneros, tal y como hace con la ciencia ficción, el terror y la historia de carretera.
Para terminar, es de obligada mención el prólogo que se «marca», una vez más, Miquel Barceló, un infantil ajuste de cuentas con el editor de Ediciones B que en los años 90 pagó más de la cuenta por los derechos de los libros de Simmons que no se habían traducido y que, después del fiasco de ventas de Los fuegos del edén y Un verano tenebroso, quedaron en el limbo al ser imposible rentabilizar el dinero invertido. No es el lugar adecuado para saldar viejas rencillas, falta al respeto a un profesional que, por muy malo que sea, lo merece, y, una vez más, se preocupa más por la paja en el ojo ajeno sin mirar cómo anda la viga en el propio. Para algo así que haga como el resto de la humanidad y se abra un blog. Como catarsis seguro que le funciona igual de bien.
Título: El hombre vacío A la venta en la tienda de Cyberdark Reseña de Santiago Gª Solans en Lothlórien |
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Asimismo ambas secciones pecan de irregularidad, carecen de una intensidad sostenida y, como apuntaba al comienzo, la conexión entre ambas no queda del todo cerrada. La vida entre Gail y Jeremy, a pesar de lo extraordinario de su don, es un cúmulo discontinuo de topicazos descritos sin emoción y con un estilo reiterativo en sus formas. Mientras el descenso al infierno de éste último, como tal, no le anda a la zaga tanto en la prosa como en el paisanaje –estereotipos como el padre pedófilo; el policía que desconfía de los extraños; el grupo de jóvenes negros e hispanos que, sin venir a cuento, le pegan una paliza; un gangster de medio pelo que parece salido de una mala peli de serie B...–. 


