Estación Central, de Lavie Tidhar

Estación centralHay libros cuya trama te atrapa: una vez que te adentras en ellos no puedes dejar de leerlos porque necesitas saber lo que va a pasar a continuación. En otros casos, su fuerza no radica en lo que te están contando, sino en cómo te lo están contado: están tan bien escritos, sus frases fluyen de tal manera y hay tanta verdad en ellas, que leerlos es simplemente un placer; el argumento acaba convirtiéndose, en esos casos, en algo prácticamente accesorio. Estación Central no pertenece a ninguna de esas dos categorías. No porque su argumento carezca completamente de interés y tampoco porque su prosa sea ramplona —todo lo contrario—, sino porque su principal atractivo, lo que verdaderamente acaba encandilando al lector, no es el qué ni tampoco el cómo, sino el dónde. El ingrediente x de la obra de Lavie Tidhar es precisamente esa Estación Central ruidosa, colorida, abarrotada y abigarrada que da título al libro y (ampliando un poco el foco) el universo entero en el que está ambientada, ese futuro lejano en el que kilométricas arañas mecánicas recorren la superficie lunar para terraformarla, robots autoconscientes fantasean con reencarnarse en máquinas más sofisticadas y los humanos viven con un pie en el mundo real y otro en el virtual: un personaje que nació sin nodo y, por tanto, sin capacidad para conectarse a la red, es descrito como un minusválido.

Concebida no como una novela al uso, sino como un fix-up o compendio de relatos interrelacionados (la obra es “un homenaje a una antigua era de la ciencia ficción en la cual muchas novelas eran publicadas inicialmente en revistas, en forma de relatos más o menos autónomos, antes de ser recopilados en un libro”, en palabras del propio Tidhar), Estación Central describe un futuro abigarrado, desordenado y ruidoso, como es frecuente dentro del ciberpunk, pero menos oscuro y pesimista de lo que es habitual en el subgénero.

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Las estrellas son Legión, de Kameron Hurley

Las estrellas son LegiónEn Las estrellas son Legión, dos narradoras en primera persona, Zan y Jayd, cuentan cómo se coordinan para escapar de la Legión; una miríada de naves-mundo basadas en una tecnología de base orgánica y pobladas por mujeres. A imagen y semejanza de los relatos clásicos de naves generacionales, el origen, la razón de ser, la historia pasada de este extravagante ecosistema interestelar se ha perdido y, después del tiempo transcurrido desde su formación, su equilibrio se resiente. Una corrupción que afecta a cualquier ente biológico pone en riesgo su potencial de autoconservación. Esta amenaza explica la frenética lucha que se ha iniciado entre los mundos de la Legión. Hordas de guerreras batallan por hacerse con el control de cada nave y apoderarse de sus recursos. Sin embargo detrás del propósito de ruptura de Zan y Jayd, el gran misterio escondido hasta el tramo final de la historia, hay bastante más.

Kameron Hurley estructura Las estrellas son Legión en tres actos, divididos a su vez en capítulos relativamente breves. Zan y Jayd intercalan sus textos en una secuencia ordenada en el tiempo mientras cubren con un velo de intriga los acontecimientos pasados que han terminado con Zan desmemoriada y atrapada en un ciclo sin aparente fin. Su nave-mundo, Katazyrna, la envía al frente de grupos de tropas a la conquista del Mokshi, el mundo que parece haber escapado de la Legión. No obstante Zan fracasa constantemente y regresa a Katazyrna amnésica, para desazón de su señora. Este detalle, unido a su relato en presente y cómo, a ratos de manera en exceso artificiosa y un tanto cargante, Jayd se guarda cualquier detalle sobre lo ocurrido, imprime una oportuna atmósfera enigmática.

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Luna de lobos, de Ian McDonald

Luna de lobosConstruir un buen culebrón no es moco de pavo. Y el logro se enreda sobremanera cuando, como parte del manejo de la trama y la tensión, se convierte en un elemento esencial la muerte de varios protagonistas. Las resurrecciones imposibles, las milagrosas recuperaciones del coma, las reconstrucciones corporales gracias al transmigrificador molecular, nunca llegan a funcionar tan bien como en el más-allá-de-toda-vergüenza mundo de los superhéroes. Se hace imprescindible sustituir a unos cuantos caídos por figuras que aporten (o no) nuevas cualidades. En la mayoría de las ocasiones te das con un canto en los dientes si se consiguen sosias con mínimas variaciones de los desaparecidos. El marrón indeseado explota cuando las incorporaciones no les llegan a la suela de los zapatos a los fallecidos y te encuentras arrojado al hastío de unos guías que, incluso, te cuesta saber quiénes son si no ponen en práctica las dos o tres características que el escritor se ha encargado de fijar sobre sus maniquíes, etiquetas fundamentales para visibilizar su individualidad.

Durante demasiadas páginas este problema clava sus zarpas sobre Luna de lobos. Después del pirotécnico desenlace de Luna nueva, con la familia Corta al borde de la erradicación tras el ataque de los Harkon… McKenzie, el obligado paso al frente para tomar la alternativa de varios personajes no le sienta nada bien a la trama. Por poner el ejemplo más evidente, el alivio cómico involuntario, Lucasinho Corta, parecía ahogado entre caracteres más dominantes y una irrelevancia entendible dada su edad y su obligado rol secundario. Pues quien albergara esperanzas de que diera un paso al frente seguramente verá cómo sigue atrapado en la telaraña de la frivolidad más risible, tal y como muestra su conflicto estrella de la primera mitad de este volumen: una crisis de pareja porque tenía ganas de que le hicieran una paja (sic). No es el único.

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Contracultura, ¿dónde estás?

Cómo acabar con la contraculturaJordi Costa no es crítico de cine. Es fácil pensar que lo es, teniendo en cuenta sus disecciones, cada viernes por la mañana, en las páginas de El país, pero esas brillantes lecturas que desgrana en la prensa sólo son una pequeña parte de su contribución a la cultura crítica y al ensayismo más lúcido que se escribe en castellano. Autor, entre otras maravillas, de Películas clave del cine de animaciónde Vida mostrenca. Contracultura en el infierno posmoderno, y partícipe, a menudo destacado, en libros colectivos como CT o la cultura de la Transición o Una risa nueva, Costa ha sido una notable influencia en otros autores de la no ficción española –Jordi Carrión lo llamaba maestro en un estado de Facebook– y precursor de algunos de los mejores ensayistas de nuestro tiempo (pienso en Eloy Fernández Porta y Jorge Fernández Gonzalo). Es, además, un hipnótico prosista, afilado y sorprendente. (Atención al uso que hace aquí de la palabra “polinización”). Y, ahora, en su último libro, Costa absorbe las tareas y los talentos del historiador y el analista político para añadirlos a los suyos habituales. Entre otras cosas, ha pensado la cultura española del fin de siglo XX y del cambio al XXI en un contexto político social muy consciente, con sus macabros paralelos con el pasado.

En Cómo acabar con la Contracultura. Una historia subterránea de España, analiza Costa la cultura desplazada, podríamos decir, de la España de los años sesenta en adelante. Empieza con el nacimiento del rock sevillano en los sesenta y el cómic irreverente underground, pasando por el cine entendido “como una piedrecita en el zapato” y las primeras discotecas de Barcelona e Ibiza. ¿Qué tiene cada una de estas manifestaciones de elemento contracultural? Lo que tienen de “impugnación de los discursos dominantes precedentes”. Siempre se es contracultural, como el propio nombre indica, en oposición a algo, y, en el caso de la España en la que se abre paso la Contracultura, se es en oposición al “prejuicio cultural”, como subraya el autor con total pertinencia, pues los mismos prejuicios actúan hoy en otros aspectos de la vida cultural de este país. A través de la Contracultura nos habla a la vez de la cultura, la oficial y propagada por el Estado, y de ese Estado postfranquista –menos post que franquista– al que se opone en sus inicios. Así, establece preocupantes concomitancias con la situación de nuestro Estado actual: la Contracultura se puede entender como una ofensa al gusto extendido, oficial, de las instituciones, a ese gusto que pasaría de ser patrimonio de “la sotana y el atavío militar a la pana (social)demócrata”.

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Todos los pájaros del cielo, de Charlie Jane Anders

Todos los pájaros del cieloCharlie Jane Anders consiguió con su primera novela, Todos los pájaros del cielo, hacerse con dos de los premios literarios de género más importantes el mundo: Locus y Nebula. La historia, que va desgranando la relación de sus protagonistas —una bruja y un científico— desde la infancia hasta la edad adulta, parte de una premisa arriesgada, porque se mueve a caballo entre dos géneros —ciencia ficción y fantasía— en principio antagónicos, a pesar de esa frase de eslogan, “la ciencia y la magia pueden ser las dos caras de una misma moneda”, que reza la contraportada del libro. Y aunque el resultado, en mi opinión, esté más cerca del cuento de hadas que de ninguna otra cosa (por mucho que haya entre sus páginas inteligencias artificiales, tablets hiperevolucionadas y máquinas generadoras de agujero de gusano), el experimento es un éxito debido sobre todo al carisma de sus personajes, el ritmo ágil y una cierta socarronería que parece impregnarlo todo, como si Anders, en el fondo, no esperara que el lector se tomara su obra completamente en serio.

La novela arranca con la presentación de dos niños, Patricia y Laurence, que tienen muchas cosas en común: ambos están inadaptados en el colegio, son incomprendidos por sus familias y tienen capacidades extraordinarias: ella puede hablar con los animales y él consigue construir una máquina del tiempo que le permite viajar dos segundos hacia el futuro. Entre ambos no tarda en surgir una bonita amistad (y soy consciente de lo desgastado que suena ese adjetivo, “bonita”, para calificar una amistad, pero la relación de camaradería que mantienen los dos es realmente cautivadora) que se mantendrá con sus más, sus menos y sus paréntesis, a lo largo de sus vidas.

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Aguas profundas, selección de José María Nebreda

Aguas profundasEl verano pasado me zambullí (guiño, guiño) en Mares tenebrosos, la afamada antología editada por José María Nebreda para Valdemar. Por su selección de autores, la diversidad de narraciones, su calidad, un muestrario de relatos de terror y misterio en el mar imprescindible. En esta línea, Aguas profundas era una apuesta arriesgada. Al continuar la senda marcada por aquel libro, las comparaciones iban a ser inevitables.¿Estaría la galería de nombres a la altura? ¿Conseguiría Nebreda mantener las señas de identidad, variando el menú lo suficiente como para insuflar frescura en su propuesta? ¿Sería capaz de encontrar un nuevo «Al otro lado de la montaña«?

El primer «relato», una columna del semanal del grupo Vocento escrita por Pérez Reverte, supone una pequeña bofetada en la mejilla. Vale, el creador del Capitán Alatriste habla sobre una supuesta experiencia con un barco fantasma mientras se encontraba en la costa de Tarifa, y la conecta con su bagaje personal sobre este tópico. Un texto anecdótico, que podría haber pasado como una presentación del volumen con mínimos retoques, se incluye como parte esencial en un puesto de privilegio. Me parece una decisión poco afortunada en una antología donde la atmósfera, la descripción de los escenarios, las emociones de los personajes, la pequeñez del hombre frente a la inmensidad del océano, marcan el paso de las páginas. Más cuando, puestos a alejarse del «clasicismo», se incluyen un par de textos notables que podrían haber ocupado su lugar; sendos cuentos de escritores españoles impresos por primera vez en este libro.

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