Ursula K. Le Guin, In Memoriam

Ursula K. Le Guin

En cuanto los grandes iconos de la cultura popular han entrado en la senectud, las redes sociales se han convertido en un gigantesco velatorio. En su interior, es inevitable tomar conciencia de la dimensión de nombres concretos cuando las menciones, y las palabras, se acumulan. Entre sus seguidores, sus pares, los medios de comunicación, las empresas que difunden su obra… La muerte el 22 de Enero de Ursula Kroeber Le Guin ha deparado una de las explosiones de tristeza y admiración más extendidas y sostenidas desde que llegué a esto de internet. Pocas veces las palabras de elogio y recuerdo me han resultado tan justificadas. Frente al inevitable positivismo y la (ocasional) exageración consustanciales a toda añoranza, me ha quedado la sensación que con Le Guin el riesgo ha sido justo el contrario. Escasos autores de géneros tenidos por menores durante tantas décadas alcanzaron tal grado de reconocimiento sin contar con grandes adaptaciones en los mercados audiovisuales o una visibilidad en campos como el de la divulgación histórica, científica, tecnológica… Esta apreciación le llegó en exclusiva por su desempeño en la ficción escrita. En vida.

A diferencia de la mayoría de los escritores de ciencia ficción de su generación, cuyo bautismo tuvo lugar en las revistas y pequeñas editoriales de los 50, Le Guin tardó en publicar su primer texto. Como cuenta Julie Philips en este extenso artículo para The New Yorker, tras terminar la Universidad se volcó en la escritura de cuatro novelas que quedaron inéditas, incapaces de contentar a un mundo editorial a la búsqueda de temas, voces y patrones narrativos realistas a los que nunca tuvo interés en plegarse. Entre ese material no publicado comenzaban a tomar forma una serie de relatos y una novela situados en Orsinia, un imaginario país Europeo sobre el cual representaría pequeñas estampas vitales donde ya se intuían su preocupación por los mecanismos de cambio social o la represión desde las estructuras establecidas. Las ansias de libertad y dignidad.

Encontraría la ventana de oportunidad para llegar al público ya entrada la década de los 60. Su aliento imaginativo halló acomodo en el burbujeante panorama de la ciencia ficción en plena transición hacia la new wave. Una pequeña revolución que abrió las puertas a un género renovado que, según palabras de la propia Le Guin

the change tended toward an increase in the number of writers and readers, the breadth of subject, the depth of treatment, the sophistication of language and technique, and the political and literary consciousness of the writing. The sixties in science fiction were an exciting period for both established and new writers and readers. All the doors seemed to be opening

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La hemorragia de Constanza, de Damián Cordones

Siempre que encaro una colección de relatos, me surge la misma pregunta: ¿voy a encontrar vínculos más allá de la necesidad de un editor o del propio autor de ver reunida una parte de su ficción breve? La búsqueda de esas líneas que unan los puntos es a la vez un pequeño placer y una potencial fuente de frustración. Por el reto a tu comprensión, por cómo te expone ante tus limitaciones o el inevitable ridículo de terminar señalando conexiones que sólo figuran en tu cabeza. Para qué negarlo, la encrucijada donde me ha dejado La hemorragia de Constanza, de Damián Cordones. Según reza el texto de cubierta trasera, la primera colección de relatos del autor de La era del espíritu baldío.

La primero de las cuatro piezas que recoge, del mismo título de la colección, merece una detenida lectura; permite observar cómo construye Cordones su narrativa breve. Parte de una semilla argumental que puede antojarse una mera anécdota: un hombre entrado en años visita a una antigua pareja postrada en una cama. Con ambos enfrentando el tramo final de sus vidas, y ella en un estado vulnerable, fantasea con la posibilidad de recuperar ese viejo amor. Las primeras páginas cuentan la llegada del hombre a la casa, el tránsito por el pasillo hasta la habitación de la enferma, sin extenderse demasiado. Cordones se sirve de esta secuencia mundana y algunos pensamientos del personaje para levantar un ambiente incómodo que, lejos de amansarse con el esperado reencuentro, no detiene su crecimiento. No sólo por el motivo más evidente: la mujer está conectada a una máquina que extrae de ella un fluido abyecto. Se aprecia el peso de la relación con su doctor, observador silente del diálogo.

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Nick y el Glimmung, de Philip K. Dick

Nick y el GlimmungMuchos de los lectores sabrán que antes de dedicarse por completo a la ciencia ficción, Philip K. Dick escribió otras novelas que no llegó a publicar. Novelas realistas, deprimentes y alguna con cierto interés. Pero seguramente pocos sabían hasta hace poco que en 1968 también trató de publicar una novela juvenil: Nick y el Glimmung.

Esta breve novela de Philip K. Dick fue escrita en uno de sus periodos más lúcidos, en los años de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Ubik o Gestarescala. Sobre todo, se pueden encontrar algunos puntos de conexión con esta última. Si alguien se pregunta el interés de Nick y el Glimmung más allá de conocer otra obra de Dick, la verdad es que es una novela entretenida con algunos momentos divertidos y el característico final de un autor que en demasiadas ocasiones parecía no prever el desenlace y lo cerraba como podía. Pero es innegable que tiene mayor interés para quien esté familiarizado con la obra del autor californiano.

Su premisa es sencilla. En una Tierra “extremadamente superpoblada” se prohíbe tener mascotas. Cuando descubren que la familia de Nick vive con su gato Horace, quieren llevárselo, por lo que deciden emigrar con la mascota al Planeta del Labrador. Tras viajar en nave espacial, encuentran un planeta boscoso con un hábitat ligeramente hostil donde varias especies interactuarán con ellos de distintas formas: habrá quienes sean claramente molestos, otros más cariñosos y algunos tratarán de hacer negocio con la familia humana. Para añadir mayor dimensión, hay especies que mantienen una antiquísima guerra entre ellos.

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Sueño del Fevre, de George R. R. Martin

Sueño del FevreSueño del Fevre es una novela de George R. R. Martin antes de convertirse en GRRM, el autor de Canción de hielo y fuego, padre putativo de la celebérrima, espectacular y archiconocida serie de televisión Juego de tronos. Se trata de una de sus primeras novelas, y supone una incursión en el trabajoso y arduo género del vampirismo. Fue publicada inicialmente en 1982, y ha sido reeditada hace unas semanas por Gigamesh en su colección Omnium.

Hay géneros sobre los que cabría la tentación de afirmar que todo está dicho ya, si semejante estupidez se pudiera decir en ficción. En Sumer ya existían vampiros. La sangre es la vida, dice la ley mosaica. De todos los fluidos corporales estigmatizados por el tabú y guardados por un código de conducta que se erige para salvaguardar la civilización, la sangre es uno de los más cargados de simbolismo.

El vampiro moderno salta de la literatura al cine, convirtiéndose así en un mito de la modernidad para la nueva sociedad de masas que consume entretenimiento y estremecimiento en películas, cómics y novelas. La lista de los que han coqueteado con el no-muerto es inacabable. Lovecraft tocó el tema en varias de sus obras, y Richard Matheson imaginó un gran triunfo vampírico en Soy leyenda (1954). Stephen King lo abordó en El misterio de Salem’s Lot, y Anne Rice lo renovó con Entrevista con el vampiro (1969). El ansia (1981), de Whitley Strieber, concibió a los vampiros como una raza paralela a la humana, a la cual parasita. Los ejemplos en la literatura y el cine son incontables, y en 2005 el tema pareció haber tocado fondo con las ñoñas aventuras de las criaturas de Stephanie Meyer en la saga Crepúsculo.

Es por ello que el género aparece particularmente manoseado hoy en día, cuando ha pasado por los filtros de la llamada baja cultura, la cinematografía de serie B, la novela pulp y el folletín, y ha sido rescatado y vuelto a filtrar para resurgir, cada tanto tiempo, como una próspera moda que trasciende los límites de la ficción y se arrastra por la periferia de la realidad, con gente que declara que bebe sangre humana de verdad. Como todos los géneros, responde a su propia lógica y limitaciones, quedando confinado a una serie de elementos que se convierten en el tejido folklórico del mismo, y que es lo que se espera encontrar cuando se aborda su lectura. Para el lector, es tranquilizador saber que en el género de zombies o el de fantasmas va a hallar los mismos familiares aspectos una y otra vez. Para el autor, el reto tal vez resida en darle otra vuelta de tuerca, en encontrar un giro diferente, una nueva situación, reparar en lo que nadie ha reparado antes que él, y así contribuir a una tradición vampírica literaria de celebrar los hallazgos pasados reelaborándolos o negándolos.

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Mano dura, de Brian Aldiss

Mano duraLa muerte en verano de 2017 de Brian Aldiss me llevó a rebuscar por las estanterías de pendientes a ver los títulos que tenía disponibles. Como llegué a la ciencia ficción a finales de los 80, me encontré con los títulos más señalados publicados en colecciones desaparecidas antes de aquellos años y nunca reeditados: Barbagris y Los oscuros años luz. También los dos títulos mainstream traducidos durante aquella década: Ruinas y este Mano dura. Este último me hizo recordar la recomendación de Iván Fernández Balbuena allá por 2001 o 2002: internados británicos y sexo, mucho sexo. Un combo polémico para una historia que, como curiosidad, terminó formando parte de la lista larga del premio Man Booker de 1970 junto a otra decena de novelas el año que, por un cambio en la mecánica de selección de obras, el certamen no se celebró. Una curiosidad rollo retroHugo que se llevó a cabo hace poco más de un lustro.

Contada en primera persona, el autor de La nave estelar y El tapiz de Malacia se sustancia en los recuerdos de infancia de Horatio Stubbs, un personaje que, como el propio Aldiss, vivió su niñez y adolescencia en el período de entreguerras en Norfolk. Sin embargo, para evitar la prolijidad que podría surgir de un propósito tan general, sitúa su foco sobre algo tan concreto como su iniciación sexual y la evolución de sus apetencias. Este hijo de un empleado de banca y un ama de casa, con un hermano mayor que va abriendo camino y una hermana más pequeñas con la que compartirá bastantes ratos, pasa con pies ligeros sobre cualquier faceta ajena a estas cuestiones para poner el peso sobre el descubrimiento de su sexualidad.

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En una estación roja, a la deriva, de Aliette de Bodard

En una estación roja, a la derivaMi pequeña «historia» personal con Aliette de Bodard se reduce a sendos encontronazos con sus relatos traducidos en su momento en Terra Nova vol.2 y Cuentos para Algernon Año I. Por este motivo era reacio a acercarme al Ciclo de Xuya, el volumen donde Fata Libelli recopiló las narraciones breves de esta secuencia ucrónica en la cual navegantes chinos llegaron a la costa oeste de América antes del viaje de Colón, crearon una alianza con los mexica y alteraron la historia tal y como la conocemos. Aprovechando la venta final del último mes de vida de la editorial, me hice tanto con este volumen como con En una estación roja, a la deriva. La novela corta donde Bodard abordaba su particular interpretación de la aventura espacial en este universo. Y he quedado más satisfecho. No tanto por el trasfondo, un universo muy conservador en la línea del que, salvando distancia, veíamos en uno de mis bluffs más sonoros de los últimos años: Justicia auxiliar.

Es un poco frustrante cómo a estas alturas del siglo XXI, a la hora de trazar una space opera, la idea de imperio galáctico dominante mantiene la concepción propia de la edad de oro de la ciencia ficción. Aunque de Bodard se preocupa de acercarse desde una perspectiva chino-vietnamita, con una jerarquía y unas costumbres sociales que siguen unas pautas ajenas al lector occidental, ahí están ese emperador poco preparado para su labor y manipulado por sus consejeros; la opresión de los súbditos, la rebelión en diversas regiones, el sufrimiento de los habitantes de los planetas involucrados, los castigos desproporcionados… Un escenario más propio de una novela histórica o una de fantasía heroica, como si después de echarle unas partidas a cualquier Civilization no hubiéramos descubierto las bondades para el progreso de cualquier otra forma de gobierno. Sigue leyendo

Por qué me comí a padre, de Roy Lewis

Por qué me comí a padreLos últimos ejemplares regalados por Gigamesh en el día de la lectura suponen un pequeño catálogo de ciencia ficción breve con joyas como Bill, héroe galáctico o Qué difícil es ser dios. Sin embargo para 2017 la sorpresa vino acompañada con un cambio en el género; de los grandes autores de ciencia ficción a la recuperación de este Por qué me comí a padre. Una divertidísima sátira social escrita en 1963 por un Roy Lewis del que, creo, sólo había visto traducida otra novela en España: la ucronía en clave de comedia La verdadera historia del último rey socialista, traducida por Nora Muchnick hace más de dos décadas.

No es extraño que el blurb que acompaña al libro («Es el libro más divertido que haya leído nunca…») sea de Terry Pratchett. Por qué me comí a padre es un antecesor de su manera de enfocar la narración humorística y deformar no sólo una temática literaria concreta (el relato prehistórico, cuyo máximo exponente serían Los herederos de William Golding) sino alguna cuestión social relevante. En este sentido puede enclavarse en la tradición Swiftiana y, por lo tanto, se aleja de la visión Wellsiana de la ciencia ficción lo que, también, puede distanciar a lectores más interesados en este género tal y como ésta se entiende en la actualidad.

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La estación del crepúsculo, de Kate Wilhelm

La estación del crepúsculoAborrecer lo ocurrido en las últimas décadas con la mayor parte de los premios a la mejor novela de ciencia ficción concedidos en EE.UU. no implica quitar valor a muchas de las obras agraciadas con él desde sus comienzos. De la mano de esta sensación camina otra idea; cómo el paso del tiempo y la dificultad para conseguir algunos de ellos en España ha desdibujado su relevancia. La estación del crepúsculo, traducida por Bruguera como Donde solían cantar los dulces pájaros, me parece uno de los ejemplos más relevantes. Apenas fue publicada una vez en la primera encarnación de la colección Nova, allá en 1979. Jamás fue reimpresa ni en esa editorial ni en su heredera, Ediciones B, y su reedición por Bibliópolis con una nueva traducción tres décadas más tarde se hizo desde una cierta clandestinidad. A la deficiente distribución de la casa se le unió una imagen de cubierta fea a rabiar. Por si esto no fuera suficiente, ha aquejado el desconocimiento de la figura de una autora, Kate Wilhelm, con apenas tres libros y un puñado de relatos traducidos hace ya demasiados años. Que una novela como Juniper Time, incluida por David Pringle en su lista de 100 mejores novelas de ciencia ficción en lengua inglesa, no haya sido traducida mientras nos han llegado multitud de títulos de autores de medio pelo da que pensar sobre los motivos que han llevado a esta situación.

Y eso que las primeras páginas de La estación del crepúsculo son un tanto decepcionantes: un narrador omnisciente relata cómo una familia muy numerosa, los Sumner, se prepara para el fin de la civilización en un recóndito valle de Virginia. Para no caer en los ladrillos informativos, Wilhelm pone en primer plano la historia de amor entre los primos David y Celia Sumner, al principio no correspondido para después acercarse al rollo «te quiero pero no puedo estar contigo». En paralelo muestra el contexto del drama: una civilización en colapso muy de los 70, en la encrucijada de la catástrofe climatológica, la hecatombe nuclear y el apocalipsis demográfico de Hijos de los hombres o El cuento de la criada. Los Sumner afrontan este final con el optimismo de los tiempos de La edad de oro. Su reducto autosostenible se abastace de todo lo necesario para culminar las investigaciones punteras sobre clonación e iniciar un proyecto para atajar la creciente infertilidad.

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