Extraterrestre, de Nacho Vigalondo

La desproporción hecha blurb

La desproporción hecha blurb

Tremenda decepción me llevé el sábado con Extraterrestre, la película de Nacho Vigalondo estrenada hace una semana. No es sólo que disfrutase mucho más con Los cronocrímenes, un film que apostaba sin ambages por el género como mecanismo para contar historias… Venía empujada con mucho viento limpio: (cierto) éxito en varios festivales, una promoción bastante inteligente, opiniones muy positivas el día del estreno… Pero me resulta difícil compartir ese entusiasmo que ha despertado.

Parto de la base que percibo en Extaterrestre un déficit, bien de dirección de actores, bien de casting, que neutraliza o impide la química que debiera existir entre la pareja protagonista. Además Michelle Jenner tiene todavía mucho que aprender sobre el arte de la actuación, al menos en el campo de la comedia. Sosa, a ratos rozando lo hierático (eso sí, abriendo los ojos y la boca cuando se tercia), no trasmite emociones, como si se hubiera quedado atorada en la primera fase que atraviesa su personaje, Julia, incómoda ante la presencia en su piso del «extraterrestre» del título: Julio (Julián Villagrán). Bastante más entonado como el intruso torpe, pasmado y liante que, un domingo a media tarde, despierta fuera de lugar para descubrir que Madrid ha sido evacuada tras la llegada de una gigantesca alienígena. Obviamente, se hace complicado entender la atracción que surge entre ambos, más allá de lo que haya ocurrido la noche anterior (y que ninguno de los dos aparentemente recuerda), lo que lastra la parte de comedia romántica que pretender ser Extraterrestre.

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La tierra silenciada, de Graham Joyce

La tierra silenciada

La tierra silenciada

Una pareja inglesa, Zoe y Jake, está de vacaciones en una estación en medio de los Pirineos franceses. Mientras esquiaban a primera hora de la mañana en unas pistas desiertas, un alud sepulta a Zoe y queda enterrada boca abajo. Jake consigue rescatarla y ambos se dirigen hacia su hotel para encontrar que está tan vacío como el resto del pueblo. Inquietos por dónde estará la gente, no le dan más importancia hasta que, a las pocas horas, descubren que no pueden abandonar el lugar: aparece una niebla que está a un tris de conducirles a un precipicio; se dirigen con los esquís en una dirección y, tras unas horas, retornan al punto de partida… Este es el misterio que mueve La tierra silenciada.

Las primeras cien páginas que relatan esta sinopsis se hacen un tanto innecesarias: no contribuyen a enriquecer lo que el lector intuye de la situación ni apenas desarrollan los personajes. Ambos quedan definidos a través de su comportamiento sin enseñar casi aristas, hasta el punto que muestran una escasa reacción ante lo insólito. Más preocupante resulta que en una atmósfera como la que se presenta no surjan conflictos entre ellos. Estamos hablando que una pareja se queda varios días en la más absoluta soledad, sometida a un estrés brutal, con una rutina cotidiana enervante rota por hechos inusuales… En este panorama, La tierra silenciada está más cerca de una versión esotérica de Robinson Crusoe que de Dos en la carretera, condensada en un microescenario y a lo largo de unos pocas jornadas. También es cierto que aparecen un par de cuentas pendientes del pasado, pero todo lo demás se circunscribe al lánguido paso de los días y los pequeños cambios que observan a su alrededor.

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