Víbora, de Andrzej Sapkowski

VíboraAndrzej Sapkowski es el autor de una de las mejores sagas de fantasía de todos los tiempos, o eso dicen, porque un servidor, que no es un ávido lector de esa fantasía que podríamos llamar «de capa y espada», de «héroes y gestas», «épica», no la ha leído, y si me he animado con esta Víbora es porque se presenta como una rareza dentro de la producción del polaco.

Víbora es una novela pegada a la realidad (aunque la cubierta del libro, precisa y paradójicamente por la literalidad con que ilustra una escena de la novela, pueda hacernos pensar lo contrario). En ella Sapkowski retrata someramente las desventuras y tropelías de un pelotón ruso allá por los años ochenta (del siglo pasado), cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas invadió Afganistán. Cierto que es una realidad trufada de misterios, de esos subterfugios de lo incognoscible, de lo irretratable, que se ovillan en los resquicios de la historia, tan antiguos, si no más, como el propio homo sapiens. Pero incluso esa parte misteriosa, esa fantasmagoría liminar, se plasma en primera instancia de forma realista gracias al uso que hacen nuestros protagonistas de ciertas sustancias que tan a mano se tienen por esas tierras y que tan irresistibles resultan en las circunstancias extremas de la guerra.

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La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

La lluvia amarillaEl disputado voto del señor Cayo había sido hasta el momento mi único acercamiento literario al mundo de la despoblación en España. Y si algo recuerdo de aquella novela no es tanto ese tema en concreto sino su manera de representar la fractura entre dos realidades, la rural y la urbana, casi siempre enfrentadas. Sin embargo es un tema por el cual me he sentido cada vez más interesado, sobre todo después de desarrollar la afición a fotografiar lugares abandonados. Mi buen amigo Santiago L. Moreno tiene el proyecto de visitar Ainielle, el pueblo donde Julio Llamazares había situado una de sus obras más conocidas: La lluvia amarilla. Y como la idea es acompañarle, me he zambullido en esta lectura desgarradora que va mucho más allá de ese tema.

La narración tiene la forma de un monólogo: el de Andrés, el último habitante de Ainielle, pueblo del norte de la provincia de Huesca que, como tantos otros del resto de España, padece la despoblación de mediados del siglo XX. Ese testimonio, narrado desde la emoción, el dolor y una cierta locura, sigue el febril sendero de su pensamiento. Un hilo inquieto que atraviesa sus recuerdos de manera vertiginosa para construir un panorama amargo en el cual el recuerdo de sus seres queridos, sus vecinos y diversos momentos arraigados en su memoria dan pie a una abrumadora reflexión sobre la familia, la soledad, el paso del tiempo y la muerte. Estas ideas cobran forma no solo a través de sus facetas más obvias (la muerte de su mujer Sabina, familiares, vecinos) sino también a través de aspectos como el descuido de sus quehaceres, la decadencia de su entorno, las estaciones predominantes a lo largo de sus recuerdos (el otoño y el invierno), o unas relaciones personales ásperas y, ante la hosca personalidad de Andrés, condenadas a desvanecerse o ser guillotinadas sin contemplaciones.

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El cielo de Lima, de Juan Gómez Bárcena

El cielo de LimaA veces basta coger cualquier libro y leer unos párrafos sueltos para comprobar si el autor escribe bien, si su dominio del lenguaje pasa de la media habitual, o si es capaz de mantener un nivel narrativo que merezca la pena. Bien, les invito a realizar la prueba con El cielo de Lima; ábranlo por cualquier página y lean un par de párrafos. Es muy probable que después compren el libro.

La novela nace de una anécdota real: la correspondencia que mantuvieron dos jóvenes peruanos con el poeta Juan Ramón Jiménez. Simularon ser una mujer –a la que dieron el nombre de Georgina Hübner– de la que el poeta llegaría a enamorarse, o al menos mostraría gran interés por visitar, y a la que incluso acabaría dedicando el poema “Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima”. Partiendo de una anécdota tan interesante, Juan Gómez Bárcena escribe su propia ficción de los hechos.

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Para una autopsia de la vida cotidiana, de J. G. Ballard

Para una autopsia de la vida cotidianaPara una autopsia de la vida cotidiana es un libro que recoge cuatro entrevistas realizadas a J.G. Ballard entre 1982 y 1991. Ha sido publicado por la editorial argentina Caja Negra y contiene un breve prólogo de Pablo Capanna, que sitúa a J.G. Ballard para aquel que no lo conozca. Los originales aparecieron en revistas inglesas y estadounidenses de temática cultural no especializadas de literatura, más interesadas en la visión del autor que en su obra escrita.

En estas entrevistas encontramos a un autor consagrado (ya ha publicado Crash, Rascacielos, Hola, América y Compañía de sueños ilimitada). Vive solo en los suburbios, interactuando poco con la sociedad, viudo desde hace años y con los tres hijos independizados, afirma sentirse huraño ante reuniones sociales. Con sus comentarios trasmite la impresión de llevar una rutina tranquila: escribe, lee, pasea, cuida el jardín y ve la televisión por la noche. Ballard no parece hablar con emoción, resulta reflexivo y, quizá, desapasionado. Deja clara su falta de interés en convertirse en un personaje público, prefiere disfrutar escribiendo y leyendo las publicaciones médicas y científicas a las que está suscrito.

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La aldea de F., de Las Microlocas

La aldea de F.Como cuenta Clara Obligado en el prólogo, la idea de La aldea de F. surgió del relato de Juan José Arreola “El guardagujas”; concretamente de un fragmento que narra el naufragio de un tren en un desierto tras el cual los pasajeros crean una comunidad alrededor de los restos. Un acontecimiento de una formidable carga alegórica se convierte en el punto de partida de un universo cincelado mediante un centenar y medio de relatos de entre tres líneas y página y media. Microficciones articuladas alrededor de cuatro núcleos temáticos (la aldea, la muerte, el amor, la infancia) que Eva Díaz Riobello, Isabel González González, Teresa Serván e Isabel Wagemann, Las Microlocas, abordan desde una miríada de ángulos.

En mi desconocimiento de la ficción efímera, La aldea de F. me ha ofrecido una perspectiva que no había probado hasta el momento: un lugar narrativo compartido con un enorme potencial; sus personajes, sus criaturas, sus situaciones… modelan un cosmos exuberante, maravilloso, heterogéneo según la visión y estilo de cada autora. Hay belleza en ese universo parcialmente abigarrado que van componiendo las historias a medida que cada microloca se acerca a temas similares desde sus diferentes formas de componer la literatura, o recogen elementos de historias precedentes para recrearlos según sus particulares códigos creativos.

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Así es como la pierdes, de Junot Díaz

Así es como la pierdes

Junot Díaz no es un narrador prolífico; en su haber sólo cuenta con una novela, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, y dos colecciones de relatos. Así es como la pierdes es la última de ellas, traducida hace unos meses y un tanto decepcionante. Apenas tres o cuatro de sus nueve relatos escapan de la mediocridad. El resto son meras repeticiones de un lugar común devaluado con cada iteración. Historias tan escasas de frescura y de sentido que ponen en tela de juicio cualquier proceso de selección que hayan podido atravesar.

El relato clave para entender Así es como la pierdes es “Guía de amor para infieles”. La historia de un hombre que engaña y pierde al amor de su vida para, durante cinco años, quedar marcado por su recuerdo. La manera elegida por el protagonista para desplegar su mapa de relaciones fracasadas resulta sumamente atractiva, con esa sorna caribeña tan característica de Díaz en la cual se suceden ingenio y autocrítica. Merece especial atención la imposibilidad del dominicano medio para mantener una relación monógama; un imperativo sociocultural, si no genético, observable tanto en su narrador como, sobre todo, a través de su mejor amigo: Elvis. Un antiguo soldado “felizmente” casado que mantiene una pseudofamilia paralela en la República Dominicana. Hay gotas de desarraigo, del peso de roles heredados y mucha añoranza de la vida tal y como debiera haber sido y no fue.

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Últimos días en el Puesto del Este, de Cristina Fallarás

Últimos días en el Puesto del Este

Últimos días en el Puesto del Este

La ficción literaria está repleta de lugares comunes. Desde hace décadas se repiten en ella temáticas, tramas, argumentos e incluso paisajes narrativos, y son raras las ocasiones en las que esa circunstancia no afecta, por comparación directa con las anteriores, a la calidad de una determinada obra. Una de las excepciones presenta un escenario por el que ya han transitado escritores tan prestigiosos como Dino Buzzati y J. M. Coetzee, e incluso nuestro Albert Sánchez Piñol. La tensa espera en un olvidado puesto fronterizo sitiado por los bárbaros ha sido tratada en obras como El desierto de los tártaros, Esperando a los bárbaros y La piel fría, tres novelas de calidad mayúscula. La nouvelle de Fallarás viene a sumarse a ese pequeño grupo de élite, y aunque no llega a alcanzar las mismas cotas que sus predecesoras, cuenta con la calidad suficiente como para ser sumada sin rubor en el haber de ese nicho temático.

Además de la similitud existente entre sus correspondientes escenarios narrativos, muchas de estas obras participan de un denominador común. Al igual que ocurre en el poema de Kavafis del que todas parten, la amenazadora presencia del invasor más allá de las murallas juega un papel secundario en la trama; en realidad, los bárbaros sólo son el percutor de los sucesos que acontecen tras las murallas. El interés de la novela se  centra siempre en la peripecia personal de los sitiados. Mediante la descripción de sus reacciones y de los recursos que emplean para adaptarse a las circunstancias, el autor analiza lo mutable que se torna el concepto de humanidad cuando es sometido a los rigores de la supervivencia. Las penurias del asedio terminan por socavar la esperanza de los resistentes, difuminando los principios morales y la escala de valores que compartieron antaño. Fallarás centra la atención en uno solo de esos personajes, con un estilo tan íntimo y directo que produce la sensación inequívoca de que la protagonista no es, en realidad, otra cosa que el vehículo de sus propias emociones.

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La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz

La maravillosa vida breve de Óscar Wao

El tiempo corre que se las pela, la memoria tiene una capacidad de retención equivalente a la de Latro, la actualidad lo domina todo y las atrocidades de ayer cubren bajo gruesos paños de polvo cualquier barbaridad cometida hace más de una década. Por eso viene bien leer una novela como ésta que ofrece una mirada singular a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo; tres décadas que sumieron a la República Dominicana en una sima de la que todavía no ha sido capaz de sacar la cabeza (aunque el mérito no es exclusivamente suyo. Contribuyeron mucho los posteriores gobiernos del “demócrata” Joaquín Balaguer). Sin embargo lo mejor de La maravillosa vida breve de Óscar Wao no recae exclusivamente en su modo de hacer memoria sino en la aproximación utilizada por Junot Díaz a la hora de tocar temas como la integración de los emigrantes, la incomunicación generacional o la angustia adolescente.

No invento la rueda si digo que su personaje central es Óscar (Wao) de León; la novela se abre y se cierra con él mientras su narrador pretende esclarecer si existe o no un fukú (maldición) sobre su familia. Pero su vida apenas es un fragmento de un tapiz mucho más vasto que abarca tres generaciones de los Cabral-De León. En él figuran personajes tan dispares como su hermana Dolores, junto a Óscar el miembro más joven y eminentemente estadounidense de su family; su madre Hipatia Belicia Cabral, Beli, el nexo de unión entre la República Dominicana y EE.UU.; y el “perdido” patriarca del clan, Abelardo, el padre de Beli, caído en desgracia en la década de los 40 cuando sufrió toda la saña del régimen de Trujillo.

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Sukkwan Island, de David Vann

Sukkwan Island

Sukkwan Island

Son infinitas las historias que exploran la supervivencia de uno o varios personajes en un entorno aislado, enfrentados a condiciones climatológicas extremas, paisajes indómitos y/o animales que poco entienden de sus necesidades. Sin embargo su atractivo ha variado bastante con el paso del tiempo. Del retrato del mundo natural y la exaltación del hombre como su dominador a la descripción de cómo se ve afectado el paisaje interior de los personajes. La manera en que sus relaciones y emociones son amplificadas por unas condiciones ante las cuales cualquier estabilidad resulta una quimera. Es en este sentido donde Sukkwan Island se reivindica como una de las lecturas más asfixiantes y revulsivas que he leído. Un relato que transporta a territorios límite a partir de unos elementos cuya sencillez potencia el horror insondable ante el cual te sitúan.

El narrador omnisciente que relata la historia sigue a Roy mientras acompaña a su padre a una cabaña aislada de Alaska con un propósito lúgubre: sublimar toda una serie de fantasías masturbatorias alrededor del modus vivendi en la frontera y las relaciones paternofiliales a lo televisión años 50. Sin embargo, a medida que pasan los días y los acontecimientos se alejan de la estimulante aventura que había planificado, el personaje del padre queda definido en todo su esplendor. Su insatisfactoria relación con las mujeres, sus sucesivas frustraciones vitales, su profunda soledad golpean a un Roy sin escapatoria, obligado a soportar cargas impropias para alguien de su edad.

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Un poco de Fin, de David Monteagudo, y Fin, según José Torregrossa

Nota: Más o menos hacia la mitad de este texto voy a entrar a saco en el argumento de la novela y en el de la película. Si usted se siente molesto cuando se comentan giros importantes, odia a David Pringle por lo que hizo en sus listas de novelas recomendadas de ciencia ficción y fantasía o estaba en la cola del cine cuando Homero Simpson salió de ver El Imperio Contraataca, no continúe leyendo. También voy a mojarme en la interpretación de ambas, tal y como las recuerdo. Siéntase libre de corregirme, aportar su propia experiencia o, por qué no, darme una en toda la cara. ¡Me la merezco!

Fin

Fin

Como me suele ocurrir cuando Santiago L. Moreno publica una crítica, me cuesta dar mi punto de vista. Sus análisis son tan certeros y colonizan tanto mi memoria que me resulta entre pretencioso y redundante añadir nada. Pero mi imprudencia de este verano de “furia” me empuja a dejar aquí mis impresiones sobre Fin, de David Monteagudo. Un sleeper publicado en el año 2009 que colecciona reimpresiones como pocos libros españoles de temática fantástica han logrado. La primera novela publicada por un autor entrado en años, con una realidad laboral alejada de lo que solemos encontrar entre los escritores nacionales y llevada al cine en 2012 en una adaptación que me ha interesado bastante más después de haber leído el original.

En esa ceremonia de toma de posición que es toda reseña, creo que Fin es una novela valiosa. Por su manera de aproximarse al fantástico desde una cotidianidad típicamente española; por cómo toca las miserias y rencores que anidan en todo grupo humano que lleve suficiente tiempo en contacto; y por cómo describe al mundo natural tomando posesión del medio humano. También es un libro que muchos escritores preocupados por sus ventas (ya sé que no es TU caso, pero mira a tu alrededor y dime que no existen) debieran analizar si desean descubrir algunos de los secretos del éxito. Cómo se debe dosificar el misterio detrás de una historia; cómo graduar los pequeños giros y, a través de ellos, crear tensión narrativa; cómo se puede trabajar con una estructura fija con engranajes de una extensión medida al milímetro. Y, específicamente, cómo dotar de un cierto sabor a un lugar tan manido como el fin del mundo.

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