Para una autopsia de la vida cotidiana, de J. G. Ballard

Para una autopsia de la vida cotidianaPara una autopsia de la vida cotidiana es un libro que recoge cuatro entrevistas realizadas a J.G. Ballard entre 1982 y 1991. Ha sido publicado por la editorial argentina Caja Negra y contiene un breve prólogo de Pablo Capanna, que sitúa a J.G. Ballard para aquel que no lo conozca. Los originales aparecieron en revistas inglesas y estadounidenses de temática cultural no especializadas de literatura, más interesadas en la visión del autor que en su obra escrita.

En estas entrevistas encontramos a un autor consagrado (ya ha publicado Crash, Rascacielos, Hola, América y Compañía de sueños ilimitada). Vive solo en los suburbios, interactuando poco con la sociedad, viudo desde hace años y con los tres hijos independizados, afirma sentirse huraño ante reuniones sociales. Con sus comentarios trasmite la impresión de llevar una rutina tranquila: escribe, lee, pasea, cuida el jardín y ve la televisión por la noche. Ballard no parece hablar con emoción, resulta reflexivo y, quizá, desapasionado. Deja clara su falta de interés en convertirse en un personaje público, prefiere disfrutar escribiendo y leyendo las publicaciones médicas y científicas a las que está suscrito.

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La aldea de F., de Las Microlocas

La aldea de F.Como cuenta Clara Obligado en el prólogo, la idea de La aldea de F. surgió del relato de Juan José Arreola “El guardagujas”; concretamente de un fragmento que narra el naufragio de un tren en un desierto tras el cual los pasajeros crean una comunidad alrededor de los restos. Un acontecimiento de una formidable carga alegórica se convierte en el punto de partida de un universo cincelado mediante un centenar y medio de relatos de entre tres líneas y página y media. Microficciones articuladas alrededor de cuatro núcleos temáticos (la aldea, la muerte, el amor, la infancia) que Eva Díaz Riobello, Isabel González González, Teresa Serván e Isabel Wagemann, Las Microlocas, abordan desde una miríada de ángulos.

En mi desconocimiento de la ficción efímera, La aldea de F. me ha ofrecido una perspectiva que no había probado hasta el momento: un lugar narrativo compartido con un enorme potencial; sus personajes, sus criaturas, sus situaciones… modelan un cosmos exuberante, maravilloso, heterogéneo según la visión y estilo de cada autora. Hay belleza en ese universo parcialmente abigarrado que van componiendo las historias a medida que cada microloca se acerca a temas similares desde sus diferentes formas de componer la literatura, o recogen elementos de historias precedentes para recrearlos según sus particulares códigos creativos.

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Así es como la pierdes, de Junot Díaz

Así es como la pierdes

Junot Díaz no es un narrador prolífico; en su haber sólo cuenta con una novela, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, y dos colecciones de relatos. Así es como la pierdes es la última de ellas, traducida hace unos meses y un tanto decepcionante. Apenas tres o cuatro de sus nueve relatos escapan de la mediocridad. El resto son meras repeticiones de un lugar común devaluado con cada iteración. Historias tan escasas de frescura y de sentido que ponen en tela de juicio cualquier proceso de selección que hayan podido atravesar.

El relato clave para entender Así es como la pierdes es “Guía de amor para infieles”. La historia de un hombre que engaña y pierde al amor de su vida para, durante cinco años, quedar marcado por su recuerdo. La manera elegida por el protagonista para desplegar su mapa de relaciones fracasadas resulta sumamente atractiva, con esa sorna caribeña tan característica de Díaz en la cual se suceden ingenio y autocrítica. Merece especial atención la imposibilidad del dominicano medio para mantener una relación monógama; un imperativo sociocultural, si no genético, observable tanto en su narrador como, sobre todo, a través de su mejor amigo: Elvis. Un antiguo soldado “felizmente” casado que mantiene una pseudofamilia paralela en la República Dominicana. Hay gotas de desarraigo, del peso de roles heredados y mucha añoranza de la vida tal y como debiera haber sido y no fue.

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Últimos días en el Puesto del Este, de Cristina Fallarás

Últimos días en el Puesto del Este

Últimos días en el Puesto del Este

La ficción literaria está repleta de lugares comunes. Desde hace décadas se repiten en ella temáticas, tramas, argumentos e incluso paisajes narrativos, y son raras las ocasiones en las que esa circunstancia no afecta, por comparación directa con las anteriores, a la calidad de una determinada obra. Una de las excepciones presenta un escenario por el que ya han transitado escritores tan prestigiosos como Dino Buzzati y J. M. Coetzee, e incluso nuestro Albert Sánchez Piñol. La tensa espera en un olvidado puesto fronterizo sitiado por los bárbaros ha sido tratada en obras como El desierto de los tártaros, Esperando a los bárbaros y La piel fría, tres novelas de calidad mayúscula. La nouvelle de Fallarás viene a sumarse a ese pequeño grupo de élite, y aunque no llega a alcanzar las mismas cotas que sus predecesoras, cuenta con la calidad suficiente como para ser sumada sin rubor en el haber de ese nicho temático.

Además de la similitud existente entre sus correspondientes escenarios narrativos, muchas de estas obras participan de un denominador común. Al igual que ocurre en el poema de Kavafis del que todas parten, la amenazadora presencia del invasor más allá de las murallas juega un papel secundario en la trama; en realidad, los bárbaros sólo son el percutor de los sucesos que acontecen tras las murallas. El interés de la novela se  centra siempre en la peripecia personal de los sitiados. Mediante la descripción de sus reacciones y de los recursos que emplean para adaptarse a las circunstancias, el autor analiza lo mutable que se torna el concepto de humanidad cuando es sometido a los rigores de la supervivencia. Las penurias del asedio terminan por socavar la esperanza de los resistentes, difuminando los principios morales y la escala de valores que compartieron antaño. Fallarás centra la atención en uno solo de esos personajes, con un estilo tan íntimo y directo que produce la sensación inequívoca de que la protagonista no es, en realidad, otra cosa que el vehículo de sus propias emociones.

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La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz

La maravillosa vida breve de Óscar Wao

El tiempo corre que se las pela, la memoria tiene una capacidad de retención equivalente a la de Latro, la actualidad lo domina todo y las atrocidades de ayer cubren bajo gruesos paños de polvo cualquier barbaridad cometida hace más de una década. Por eso viene bien leer una novela como ésta que ofrece una mirada singular a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo; tres décadas que sumieron a la República Dominicana en una sima de la que todavía no ha sido capaz de sacar la cabeza (aunque el mérito no es exclusivamente suyo. Contribuyeron mucho los posteriores gobiernos del “demócrata” Joaquín Balaguer). Sin embargo lo mejor de La maravillosa vida breve de Óscar Wao no recae exclusivamente en su modo de hacer memoria sino en la aproximación utilizada por Junot Díaz a la hora de tocar temas como la integración de los emigrantes, la incomunicación generacional o la angustia adolescente.

No invento la rueda si digo que su personaje central es Óscar (Wao) de León; la novela se abre y se cierra con él mientras su narrador pretende esclarecer si existe o no un fukú (maldición) sobre su familia. Pero su vida apenas es un fragmento de un tapiz mucho más vasto que abarca tres generaciones de los Cabral-De León. En él figuran personajes tan dispares como su hermana Dolores, junto a Óscar el miembro más joven y eminentemente estadounidense de su family; su madre Hipatia Belicia Cabral, Beli, el nexo de unión entre la República Dominicana y EE.UU.; y el “perdido” patriarca del clan, Abelardo, el padre de Beli, caído en desgracia en la década de los 40 cuando sufrió toda la saña del régimen de Trujillo.

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Sukkwan Island, de David Vann

Sukkwan Island

Sukkwan Island

Son infinitas las historias que exploran la supervivencia de uno o varios personajes en un entorno aislado, enfrentados a condiciones climatológicas extremas, paisajes indómitos y/o animales que poco entienden de sus necesidades. Sin embargo su atractivo ha variado bastante con el paso del tiempo. Del retrato del mundo natural y la exaltación del hombre como su dominador a la descripción de cómo se ve afectado el paisaje interior de los personajes. La manera en que sus relaciones y emociones son amplificadas por unas condiciones ante las cuales cualquier estabilidad resulta una quimera. Es en este sentido donde Sukkwan Island se reivindica como una de las lecturas más asfixiantes y revulsivas que he leído. Un relato que transporta a territorios límite a partir de unos elementos cuya sencillez potencia el horror insondable ante el cual te sitúan.

El narrador omnisciente que relata la historia sigue a Roy mientras acompaña a su padre a una cabaña aislada de Alaska con un propósito lúgubre: sublimar toda una serie de fantasías masturbatorias alrededor del modus vivendi en la frontera y las relaciones paternofiliales a lo televisión años 50. Sin embargo, a medida que pasan los días y los acontecimientos se alejan de la estimulante aventura que había planificado, el personaje del padre queda definido en todo su esplendor. Su insatisfactoria relación con las mujeres, sus sucesivas frustraciones vitales, su profunda soledad golpean a un Roy sin escapatoria, obligado a soportar cargas impropias para alguien de su edad.

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Un poco de Fin, de David Monteagudo, y Fin, según José Torregrossa

Nota: Más o menos hacia la mitad de este texto voy a entrar a saco en el argumento de la novela y en el de la película. Si usted se siente molesto cuando se comentan giros importantes, odia a David Pringle por lo que hizo en sus listas de novelas recomendadas de ciencia ficción y fantasía o estaba en la cola del cine cuando Homero Simpson salió de ver El Imperio Contraataca, no continúe leyendo. También voy a mojarme en la interpretación de ambas, tal y como las recuerdo. Siéntase libre de corregirme, aportar su propia experiencia o, por qué no, darme una en toda la cara. ¡Me la merezco!

Fin

Fin

Como me suele ocurrir cuando Santiago L. Moreno publica una crítica, me cuesta dar mi punto de vista. Sus análisis son tan certeros y colonizan tanto mi memoria que me resulta entre pretencioso y redundante añadir nada. Pero mi imprudencia de este verano de “furia” me empuja a dejar aquí mis impresiones sobre Fin, de David Monteagudo. Un sleeper publicado en el año 2009 que colecciona reimpresiones como pocos libros españoles de temática fantástica han logrado. La primera novela publicada por un autor entrado en años, con una realidad laboral alejada de lo que solemos encontrar entre los escritores nacionales y llevada al cine en 2012 en una adaptación que me ha interesado bastante más después de haber leído el original.

En esa ceremonia de toma de posición que es toda reseña, creo que Fin es una novela valiosa. Por su manera de aproximarse al fantástico desde una cotidianidad típicamente española; por cómo toca las miserias y rencores que anidan en todo grupo humano que lleve suficiente tiempo en contacto; y por cómo describe al mundo natural tomando posesión del medio humano. También es un libro que muchos escritores preocupados por sus ventas (ya sé que no es TU caso, pero mira a tu alrededor y dime que no existen) debieran analizar si desean descubrir algunos de los secretos del éxito. Cómo se debe dosificar el misterio detrás de una historia; cómo graduar los pequeños giros y, a través de ellos, crear tensión narrativa; cómo se puede trabajar con una estructura fija con engranajes de una extensión medida al milímetro. Y, específicamente, cómo dotar de un cierto sabor a un lugar tan manido como el fin del mundo.

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Nadie me mata, de Javier Azpeitia

Nadie me mata

Nadie me mata

Nadie me mata es una de esas novelas con título oblicuo que se llena de contenido cuando se profundiza en ella. Una obra polisémica con múltiples niveles de lectura que tanto funciona como deconstrucción de un cierto tipo de novela criminal, exploración de la manera en la que se elabora la identidad personal o indagación del hecho creativo a partir de la metaficción. Y aunque su primera mitad me ha dejado un tanto frío, las sinergias que se establecen entre estos niveles han hecho evolucionar mi valoración hasta compartir la opinión del jurado del premio Xatafi-Cyberdark del año 2008, que le otorgó el máximo galardón por delante de obras estimables como Porvenir o Corazón de tango.

El narrador de Nadie me mata despierta en una habitación para descubrir que tiene amnesia. Mientras es presa de una enorme confusión llegan sus primeros escarceos con el pasado: una chica atractiva aparece en su habitación, le llaman al teléfono que encuentra a su lado, acude a una cita donde es testigo de un crimen en el que está implicado… sin abandonar en ningún momento el microuniverso del barrio de la Latina al que pertenece. Pero no el barrio de la Latina de nuestro Madrid sino uno ligeramente “desplazado”, sometido a ataques terroristas en una Europa atemorizada por una pandemia de gripe aviar. Sin embargo el escenario aparece difuminado y se limita a ser un lugar neblinoso que, por contraste, ayuda a enfocar la tragedia que atenaza a los personajes.

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El buscavidas, de Walter Tevis

El buscavidas

El buscavidas

Esto de acumular libros como si fueras una hormiga psicópata, almacenando al año en La Pila tres veces más de los que puedes leer en uno, causa que leas cuatro años después de haberla adquirido una obra en la que tenías mucho mucho mucho interés. Me seducía la idea de acercarme a la novela en la que se basó una de mis películas favoritas, no sé si inédita en España o mucho tiempo fuera del mercado. Pero los caminos de La Pila son inescrutables.

Suena un poco estúpido contar lo siguiente sobre El buscavidas, cuya adaptación pasa por ser una de las películas más conocidas de Paul Newman. Pero debido al alarmante déficit de clásicos que pasan por la televisión española, especialmente en comparación con los que conocimos la época anterior a la llegada de las privadas, no viene mal recordarlo. Estamos ante una historia de crecimiento personal en el mundo del billar. Un ¿deporte? que en la cultura popular estadounidense no ha sido tan explotado como el football, el baseball o el boxeo, y que, como este último, permite un tipo de historia en la base del sueño americano: el hombre hecho a sí mismo que experimenta el rito de paso que pule sus últimas aristas gracias a la intercesión de un guía espiritual.

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In the Penny Arcade, de Steven Millhauser

In The Penny Arcade

Allá por el 2004, la editorial argentina Interzona publicó varias obras de autores anglosajones de género fantástico en su línea C (no tenemos nada que ver) que sólo el amor puro e incondicional pudo inspirar. A saber; Paz de Gene Wolfe, Preparativos de viaje de M. John Harrison, El Azogue de China Miéville y así, de refilón, August Eschenburg de Steven Millhauser. Yo me los pillé todos excepto el de Miéville, con gran visión de futuro; la línea cerró enseguida y creo que la mayoría están descatalogados.

El caso es que por aquella época tenía en mente colocar aquí una reseña del Millhauser, porque era un tipo (para mí) desconocido y porque la novelita me sorprendió y gustó una barbaridad. Pero el tiempo pasa y pasa y uno está a otras cosas, se van los años a lo tonto y en fin, que de vuelta a esto del reseñeo a voleo y sin rigor, me acordé de August E. y la crítica que “debía”.

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