Esperando a los bárbaros, de J. M. Coetzee

Esperando a los bárbarosJavier Avilés escribía hace unos meses sobre La infancia de Jesús, de J. M. Coetzee, prestando especial atención a su título y cómo condiciona su lectura. Su publicación coincidió con mi lectura de Esperando a los bárbaros, una de las novelas más conocidas del autor sudafricano cuyo título produce un efecto parecido. A lo largo de toda su extensión resulta imposible abstraerse de esos bárbaros acechantes desde la primerísima plana del libro; una amenaza fantasmagórica que también intimida y atenaza a sus personajes. Una presencia incierta que apenas toma forma puntualmente para acentuar el camino de arrepentimiento y expiación de su narrador.

Esperando a los bárbaros está contada por un magistrado de la frontera norte del Imperio, da lo mismo cuál. Coetzee prescinde de todo límite concreto para potenciar la carga alegórica de una historia atemporal, con ecos al poema de CavafisEl desierto de los tártaros de Buzzati. Su protagonista ha aprendido a disfrutar de la vida en los límites de la “civilización” y a sobrellevar las inevitables tensiones cuando interactúa con quienes se hallan en órbitas más próximas al régimen establecido. Un hombre feliz en su rutina de gestionar el día a día de su pequeña ciudad, sentarse con un gin tonic a ver las puestas de sol y retozar con alguna prostituta cuando cae la noche.

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Para llegar al otro lado, de Vladímir Lórchenkov

Para llegar al otro ladoCreo que el humor que mejor funciona es el que sale de la mayor desesperación. Partir del barro y el dolor para describir en tono humorístico una situación complicada y retratar una sociedad es un ejercicio muy complicado. Pero Vladímir Lórchenkov, el autor de Para llegar al otro lado, ha logrado los distintos objetivos que se plantea el libro: hacer reír, satirizar a un país que roza el absurdo, avasallar con imágenes asombrosas y sintetizar una narración de esta clase en menos de 200 páginas.

El libro parte del intento migratorio hacia Italia que trata de realizar gran parte de la sociedad moldava. Desde los pueblerinos más incultos al presidente de gobierno, todos quieren llegar a Roma y conseguir cualquier trabajo. Entre sus métodos, están dispuestos a pagar 4000 euros, estrellar aviones o fabricar un submarino en la estructura de un tractor. Lo que sea para atravesar las fronteras.

Moldavia es descrita como una república sin rumbo tras la caída de la Unión Soviética donde no hay presente ni futuro, sólo miseria, religión y una desesperación que es la gasolina de sus ciudadanos. Todos los protagonistas de esta narración coral son seres activos, llenos de ambición y que desprecian al país tanto como a sus compatriotas. Ninguno busca la absolución, prefieren la huída hacia esa Italia soñada que más parece en sus palabras el Imperio Romano que el país actual.

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La fortaleza de la soledad, de Jonathan Lethem

La fortaleza de la soledadCapturar el espíritu de un tiempo y un lugar de la historia de EE.UU.; reflejar el modo de vida de unos personajes, vehículo de las ideas de ese momento concreto; condensar las transformaciones que se produjeron y cómo catalizaron la sociedad hacia una nueva etapa;… Escribir la gran novela americana. Una de esas etiquetas a las que se acude para describir cualquier historia en dos patadas y, para qué negarlo, uno de los propósitos de Jonathan Lethem en La fortaleza de la soledad. Evocar el Brooklyn de los setenta, un hervidero de minorías mayoritarias en plena vorágine del cambio sociocultural. La época en la cuál la heroína y la cocaína tomaron las calles de la ciudad y el soul y el rhythm & blues dieron paso a la música disco y el funk. En la primera mitad de La fortaleza de la soledad suena, se huele, se siente ése Brooklyn antes de que fuera sepultado por las toneladas de dólares y gente “de bien” tras su gentrificación. Particularmente en una serie de fragmentos en presente donde el lenguaje utilizado por Jonathan Lethem, expresivo, colorista, atrapa un microcosmos tan expresivo como auténtico.

No obstante, por encima de este nivel de lectura se alza el relato de crecimiento personal de Dylan Ebdus. El chaval mediante el cuál Lethem observa todo lo anterior y cuya vida queda moldeada por las calles de Brooklyn y acontecimientos como la huída de su madre, Rachel, cuando apenas era un niño; una ausencia convertida en presencia a través de unas postales sin sentido que recibe por correo. Ahí queda cristalizada la relación con su padre, Abraham, un pintor al que la necesidad de sacar adelante a su hijo le fuerza a buscar el sustento como ilustrador de cubiertas de libros de ciencia ficción; un sacrificio que no le lleva a abandonar la creación de una película que colorea manualmente fotograma a fotograma. Día tras día, mes tras mes, año tras año.
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Modelos animales, de Aixa de la Cruz

Modelos animalesConocí a Aixa de la Cruz a través de “Romperse”, el relato seleccionado por Juan Gómez Bárcena para la antología generacional Bajo treinta; la disección de un personaje que, aferrado a la taza del baño, vomita su vida en un puñado de páginas. Modelos animales es su primera colección de relatos y, como ocurrió con “Romperse”, me ha gustado más de lo que me gustaría reconocer. No, no es una frase hecha ni el habitual postureo de comentarista en busca de un gancho. En su interior hay una voz que se recrea de manera insidiosa en el dolor de personajes perturbadores. Sobre todo por cómo nos ponen en contacto con una serie de sentimientos latentes bajo esa pátina superficial en la cual nos desenvolvemos cotidianamente y que llamamos convivencia.

El relato que abre y da nombre a Modelos animales es una buena medida de lo que vamos a encontrar: un narrador en primera persona que parte de una estampa cotidiana en un momento concreto para, después de habernos introducido en su vida, desgranar sus pensamientos más ocultos. Una serie de temores, anhelos, deseos que afectan a su comportamiento y dan pie a situaciones siniestras, aderezadas con el morbo inevitable tras ese ejercicio de nudismo personal. En ocasiones desde una distancia heladora; una frialdad que contribuye a desarmar al lector y dejarle desvalido, incómodo ante unos afectos y unas visiones pocas veces puestas de manifiesto.

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Ascensión, de Tom Perrotta

AscensiónNo me habría acercado a Ascensión si no fuera por The Leftovers, la serie escrita por Damon Lindelof para la HBO a partir de esta novela de Tom Perrotta. Un tenso relato polisémico con la religión y la búsqueda de sentido a las contrariedades de la vida como centro de su circo de tres pistas. Y si he seguido con él hasta prácticamente el final ha sido por encontrar alguna razón que explicara el por qué de su adaptación televisiva. Una pregunta para la cual apenas tengo una respuesta: partiendo de una idea magnífica, Lindelof tenía claro cómo conseguir tensión narrativa e imprimir angustia donde Perrotta sólo muestra un arsenal de carencias.

Desde sus primeras páginas Perrotta intenta escribir una historia a lo Stephen King con el pie apretando el freno, con una pequeña comunidad enfrentada a un acontecimiento sobrenatural que, supuestamente, debería liberar tensiones acumuladas durante años. El elemento fantástico está muy contenido, no hay la menor intención de explicar qué hay detrás, y todo se fía a describir la rutina cotidiana de sus personajes tras proporcionar dosis brutales de rohypnol; tanto que cualquier posible conflicto expuesto exhibe la intensidad de un perezoso en pleno ataque de furia.

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Ojos de lagarto, de BEF

Ojos de lagartoEl relato de frontera clásico ha perdido peso en la literatura de género; el progresivo conocimiento del mundo y la práctica desaparición de escenarios que se presten al encuentro con lo desconocido, lo misterioso, lo incierto, ajenos a lo que llamamos civilización, lo ha desplazado hacia otras fronteras: el espacio, lo sobrenatural, la fantasía… Sin embargo todavía surgen relatos situados en un entorno deudor de historias clásicas y que reivindican su arraigo, su vitalidad, su… pertinencia.

En Ojos de lagarto BEF nos ofrece un cóctel de pequeñas narraciones situadas a finales del siglo XIX y comienzos del XX enhebradas entorno a la posible existencia de animales antediluvianos. Primero en diversas localizaciones repartidas por varios continentes para, a mitad de novela, concentrarse en Mexicali, ciudad en la “raya” que separa México y EEUU. A través de capítulos muy breves, en su mayoría de entre una y cuatro páginas, esparcidos por el tiempo y el espacio, da forma a unos personajes que confluyen allí en la década de los años 20 del siglo pasado.

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Requiem, de Graham Joyce

RequiemLa muerte de Graham Joyce el pasado mes de Septiembre ha supuesto una pérdida irreparable para la literatura fantástica británica. Incluso me atrevería a decir que de un calibre similar a la de Iain Banks, con el cual compartía generación, militancia y relevancia dentro del entorno aficionado anglosajón (fuera ya es otro asunto). Su novela más conocida, Los hechos de la vida, fue su incomparable tarjeta de presentación en España y, a la postre, también un lastre: todo lo traducido posteriormente ha padecida la comparación con un libro polifacético que tanto funciona como retrato social de la Inglaterra tras la Segunda Guerra Mundial, saga familiar de personajes atractivos o leve recreación fantástica de la realidad. En su obituario para The Guardian, Christopher Priest comentaba que Joyce no gustaba de repetirse en sus novelas y eso es algo evidente a poco que se hayan leído El fin de mi vida, Amigos nocturnos o La tierra silenciada. Títulos traducidos que apenas comparten entre sí nada más de un sutil acercamiento desde la fantasía oscura a temas universales: la muerte, el paso de la adolescencia a la edad adulta, las relaciones entre generaciones… Requiem es un ejemplo más en una carrera truncada de manera desafortunada y prematura.

Su protagonista, Tom, llega a Jerusalem poco después de la muerte de su mujer, Kathy, para refugiarse en casa de su mejor amiga. Lo que en principio parecía una necesidad de cobijo para paliar su pérdida se revela como una huida de ciertos eventos ocurridos en su trabajo y su relación con Kathy. Mientras se aloja en un pequeño hostal durante sus primeros días en la ciudad, Tom conoce a un viejo judío que guarda un importante manuscrito del Mar Muerto. Un incunable atesorado con celo cuyo texto alberga otro enigma, esta vez relacionado con los últimos días de la vida de Jesús y el papel que su mujer, María Magdalena, jugó en los primeros días del cristianismo.

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La hormiga que quiso ser astronauta, de Félix J. Palma

La hormiga que quiso ser astronautaAhora que Félix J. Palma vuelve a ser actualidad por la publicación de su tercera novela postvictoriana, he aprovechado para dar cuenta de su primera novela, escrita a finales de los años 90 y reeditada hace un lustro por Marelle. El pequeño cajón de sastre donde Luis G. Prado continuó la linea iniciada por Malabares, manteniendo el nivel de calidad pero sin mejorar el resultado comercial. Una reedición de lo más necesaria al abrigo del éxito de El mapa del tiempo medio año antes: puso de nuevo en circulación una obra más cercana a la labor de Palma como relatista y, desde mi perspectiva, más satisfactoria.

A lo largo de 16 capítulos organizados en una cuenta regresiva, La hormiga que quiso ser astronauta descubre en primera persona la vida sentimental de Alejandro, un tardoadolescente sevillano cuya percepción de la realidad está condicionada por su imaginación. Convive con una serie de ilusiones que tiñen su experiencia cotidiana de un aire onírico, hasta el punto que es incapaz de discernir entre realidad y ficción. De esta forma, su día a día adquiere un tono vívido y evocador, el medio perfecto para imprimir frescura a una historia más vieja que el mundo: el rechazo a madurar; la negación a aceptar la hiel que tiñe las cosas buenas de la vida.

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Víbora, de Andrzej Sapkowski

VíboraAndrzej Sapkowski es el autor de una de las mejores sagas de fantasía de todos los tiempos, o eso dicen, porque un servidor, que no es un ávido lector de esa fantasía que podríamos llamar «de capa y espada», de «héroes y gestas», «épica», no la ha leído, y si me he animado con esta Víbora es porque se presenta como una rareza dentro de la producción del polaco.

Víbora es una novela pegada a la realidad (aunque la cubierta del libro, precisa y paradójicamente por la literalidad con que ilustra una escena de la novela, pueda hacernos pensar lo contrario). En ella Sapkowski retrata someramente las desventuras y tropelías de un pelotón ruso allá por los años ochenta (del siglo pasado), cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas invadió Afganistán. Cierto que es una realidad trufada de misterios, de esos subterfugios de lo incognoscible, de lo irretratable, que se ovillan en los resquicios de la historia, tan antiguos, si no más, como el propio homo sapiens. Pero incluso esa parte misteriosa, esa fantasmagoría liminar, se plasma en primera instancia de forma realista gracias al uso que hacen nuestros protagonistas de ciertas sustancias que tan a mano se tienen por esas tierras y que tan irresistibles resultan en las circunstancias extremas de la guerra.

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La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

La lluvia amarillaEl disputado voto del señor Cayo había sido hasta el momento mi único acercamiento literario al mundo de la despoblación en España. Y si algo recuerdo de aquella novela no es tanto ese tema en concreto sino su manera de representar la fractura entre dos realidades, la rural y la urbana, casi siempre enfrentadas. Sin embargo es un tema por el cual me he sentido cada vez más interesado, sobre todo después de desarrollar la afición a fotografiar lugares abandonados. Mi buen amigo Santiago L. Moreno tiene el proyecto de visitar Ainielle, el pueblo donde Julio Llamazares había situado una de sus obras más conocidas: La lluvia amarilla. Y como la idea es acompañarle, me he zambullido en esta lectura desgarradora que va mucho más allá de ese tema.

La narración tiene la forma de un monólogo: el de Andrés, el último habitante de Ainielle, pueblo del norte de la provincia de Huesca que, como tantos otros del resto de España, padece la despoblación de mediados del siglo XX. Ese testimonio, narrado desde la emoción, el dolor y una cierta locura, sigue el febril sendero de su pensamiento. Un hilo inquieto que atraviesa sus recuerdos de manera vertiginosa para construir un panorama amargo en el cual el recuerdo de sus seres queridos, sus vecinos y diversos momentos arraigados en su memoria dan pie a una abrumadora reflexión sobre la familia, la soledad, el paso del tiempo y la muerte. Estas ideas cobran forma no solo a través de sus facetas más obvias (la muerte de su mujer Sabina, familiares, vecinos) sino también a través de aspectos como el descuido de sus quehaceres, la decadencia de su entorno, las estaciones predominantes a lo largo de sus recuerdos (el otoño y el invierno), o unas relaciones personales ásperas y, ante la hosca personalidad de Andrés, condenadas a desvanecerse o ser guillotinadas sin contemplaciones.

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