Qué difícil es ser un dios, de Aleksei German

Qué dificil es ser un dios

Qué dificil es ser un dios

No sé si se acordarán, pero hace muchos años la parrilla de la televisión pública giraba alrededor del cine. Todos los días tocaba película, había ciclos de géneros, directores, actores…  Incluso de madrugada echaban películas subtituladas de “arte y ensayo”, o de cinematografías que entonces parecían ignotas. Por aquella época yo era una máquina de ver películas con mucho tiempo libre y, como a todo el mundo que se aficiona a esto del cine, me llegó el “momento Tarkovski”, en mi caso Solaris primero y Stalker después, que además tenían ese aura misteriosa de ciencia ficción rara del otro lado del telón de acero. Solaris no tanto, pero Stalker me impresionó muchísimo (y eso que por aquel entonces me sabía el 2001 de Kubrick de memoria). Yo no tenía ni idea de quien era Tarkovski, ni de nadie que fuera remotamente similar, no leía revistas ni libros de cine y veía las películas con mucha inocencia y sin ideas preconcebidas, no como ahora, que sigo sin tener ni puta idea y encima no soy consciente de ello.

Stalker me fascinaba con su mágica combinación de narrativa difusa y difícil de discernir y su poderosa imaginación visual. Se trataba de una experiencia muy diferente al cine “clásico” norteamericano al que estaba acostumbrado, por lo general sometido a la dictadura de un guión férreamente estructurado, preocupado por contar historias cerradas que generasen la ilusión de verosimilitud, con su adecuado desarrollo de personajes, su abundancia de diálogos ingeniosos y espléndidamente escritos, etcétera. Sin embargo, lo de Stalker era como si hubiese estado mirando por la mirilla de una puerta, y esa puerta se fuese abriendo poco a poco revelando un paisaje nuevo que hasta entonces desconocía.

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El Ministerio del Tiempo, ideología y mecanismos de la ciencia ficción

El Ministerio del Tiempo

En estos tiempos que corren, se da por descontado que no estar a favor es estar en contra. Y, por añadidura, muy en contra. Las discusiones en internet se inclinan de inmediato a los extremismos. A la hora de poner mis peros (numerosos) a El Ministerio del Tiempo, me encuentro en la tesitura de que, ante la ola de entusiasmo, se me coloque en el bando de los haters. Y no, no es cierto. Entiendo en parte las razones de la rápida popularidad de esta serie, pero me resulta pasmoso el entusiasmo que está generando. Y en particular, me desconcierta que guste en el sector de los aficionados con cierto bagaje en la cf, cuando se trata de un producto con serias carencias respecto a otras obras del género que seguramente conocen, y con los que por tanto lo pueden comparar.

Para que no quede ninguna duda sobre mi posición al respecto, empezaré con las razones obvias por las que entiendo que El Ministerio del Tiempo no es un mal trabajo.

+ La producción en general está por encima de la media de las series españolas. La ambientación es obviamente cuidada, las interpretaciones bastante razonables por lo general… No, no es la HBO, pero se trata de un producto técnicamente correcto.

+ Siempre he defendido la idea de que la cf española debería utilizar materiales locales (historia, leyendas…) como medio para atraer a un público mayor. El Ministerio del Tiempo lleva a cabo esa labor de manera adecuada. No es algo hecho desde fuera, sino con cariño y conocimiento, y eso está pesando mucho en su favor. De manera lógica.

+ El sentido del humor y las referencias. Poner en una serie de viajes en el tiempo a los heavies de la Gran Vía, por citar un ejemplo, es brillante. Sí, puede que no sean más que chistes para consumo doméstico; pero la simpatía se cultiva con esos mecanismos.

Bien, son aspectos con algún peso. Mi sorpresa es cuando se obvian en cambio problemas bastante evidentes.

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The 100

The 100

Esto de estar enganchado a las series de televisión incluye ese punto irracional que te lleva no sólo a ver las obras “maestras” de cada mes sino a picar una tras otra con series que, si valoraras un poco más tu tiempo, seguramente dedicarías a algo más provechoso como preparar esas oposiciones por las cuales tu madre sigue preguntándote todas las semanas. The 100 es una de ellas y ahora que estoy en pleno tramo final de su segunda temporada, me enfrento a una voz interior que me dice semanalmente “escribe algo sobre ella; abandona el postureo frikster elitista y reconoce cómo te lo pasas con ella”. Y aquí estoy, dándole al botón de publicar antes que el arrojo se evapore del todo.

The 100 es una de esas historias de ciencia ficción juvenil que tanto se estilan estos últimos años sólo que más que centrarse en una perspectiva distópica se lanza de lleno a trabajar un escenario postapocalíptico. Sus primeros episodios nos ponen sobre la pista de una Tierra a un siglo en el futuro tras un holocausto nuclear. Los que parecen los únicos supervivientes orbitan el planeta en una macroestación espacial en condiciones límite. La natalidad está controlada al mismo nivel que los recursos, cualquier crimen acarrea severas penas y la disidencia se pena con un paseíllo a través de la escotilla de aire. Sus habitantes viven entre la rutina y la resignación sin saber que se avecinan tiempos aún más duros; el consejo que gobierna la estación ha descubierto que el sistema vital está en trámite de petar y planifica soluciones desesperadas. La más evidente, lanzar de vuelta a la Tierra a 100 jóvenes “delincuentes” para comprobar si es posible la vida en la superficie. 100 zagales cuyos crímenes van desde ser el segundo hijo cuando sólo se permite uno hasta haber provocado una pequeña pérdida de oxígeno en la estación. Lo que en 13TV llamarían perroflautas antisistema. Estos “indeseables” llegan a la Tierra y, claro, se encuentran con un vergel perfecto para un nuevo comienzo lejos de leyes, convenciones, padres o tabús. Que a su alrededor haya peligrosos animales mutados, zonas con radiactividad residual, un humo amarillo con propiedades ácidas y los violentos salva… otro… “grounders”, inquieta menos cuando no tienes que rendir cuentas ante nadie. Y a los de arriba que les den. Más o menos.

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Sobre la precuela de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick

Do Androids Dream of Electric Sheep?Encontré referencias hace unos pocos días al hecho de que ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la célebre novela de Philip K. Dick en la que se basa Blade Runner, está parcialmente inspirada en un relato previo del autor. Se llama “La cajita negra”, está en el último tomo de los relatos completos de Dick y es un cuento verdaderamente interesante, que junto con “La fe de nuestros padres” prefigura los temas obsesivos de la última década de vida del californiano.

Los profesionales de las revistas populares estadounidenses de la época, en todos los géneros, acostumbraban a reciclar sus ideas para crear con ellas distintos contenidos. El proceso más habitual era—y lo sigue siendo hasta hoy— el de utilizar material empleado previamente en relatos para revistas, o bien prolongar esos mismos cuentos. Raymond Chandler, en el territorio de la novela policiaca, utilizó esta técnica con frecuencia, aunque luego retiró de cualquier antología posterior los relatos que habían sido, usando su propia expresión, “canibalizados”. Más tarde se han reeditado, en la línea de recuperar todo el material de un escritor que tampoco tiene tanta obra publicada.

Dick empleaba este recurso también en numerosas ocasiones. El caso más obvio es el de “Su cita será ayer”, un relato claramente superior a su prolongación, El mundo contra reloj, que quizá sea su peor novela (al menos de las publicadas). Un caso opuesto bien conocido lo encontramos en “Los días de Perky Pat”, afortunada génesis de Los tres estigmas de Palmer Eldritch.

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Snowpiercer, de Bong Joon-Ho

Snowpiercer

¡¡OJOCUIDAO!!  El texto que viene a continuación revela diversas claves de la trama, incluso el final de la misma, así que no siga adelante si no quiere que se la fastidie. Yo lo siento mucho, pero soy incapaz de reseñar una obra compleja como ésta sin tratar algo tan importante como es su conclusión. Si de todos modos quieren conocer mi opinión en dos palabras, se la doy; Snowpiercer mola. Ya si eso, vayan a verla y luego vuelvan aquí, a ver si le enriquezco la visión de la película o acaban por mandarme a la mierda.

A principios de los años noventa, se publicó en Francia el primer volumen de Le Transperceneige, un tebeo de Jean Marc Rochette y Jacques Lob, inspirado en una serie de novelas postapocalípticas de mucho frío, La Compagne des Glaces, de G. J. Arnaud. En él se planteaba un futuro lejano en el que una guerra atómica ha sumido el planeta en un eterno invierno nuclear que ha cubierto la Tierra de un espeso manto de nieve y hielo. Los supervivientes se han refugiado en un tren que circula sin descanso por las vías que aún permanecen operativas. Y en el interior de dicho tren se ha generado un microcosmos extremadamente jerarquizado, rígido e injusto, un reflejo de las sociedades humanas en general. En los vagones de la cola se pudren los desahuciados, olvidados por los habitantes de los vagones delanteros, donde las capas más acomodadas de la sociedad disfrutan de todas las comodidades sin remordimiento alguno, inconscientes de que esas diferencias sociales podrían arrastrarles al desastre.

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Room 237, de Rodney Ascher

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En un principio esta reseña iba a ser una respuesta a la pregunta planteada al final de un pasado post de aquí el compañero, pero mientras le daba vueltas en la cabeza y la réplica iba tomando forma, la cosa acabó convirtiéndose en una serie de desvaríos, razonamientos absurdos, perogrulladas, lugares comunes y simples y llanas estupideces, que, por supuesto, no dan respuesta ninguna a la cuestión formulada, pero que por eso mismo se convertían en una típica entrada de las mías, ¡así tendría que escribir menos! ¡dos pájaros de un tiro!

Lo que se preguntaba Nacho tras comparar la versión cinematográfica de Fin de Daniel Monteagudo, con el original literario es, muy resumidamente, por qué en el cine (sobre todo comercial) el espectador “exige” una historia cerrada, sin incertidumbres, con todo bien explicadito y mascado, a diferencia de lo que ocurre en literatura, donde se arriesga mucho más en ese sentido. Por ejemplo, en literatura es muy habitual, como dice Nacho, emplear el narrador falible para mentir o vacilar al lector, pero no tanto en el cine, sobre todo en el cine comercial, insisto, donde el público no suele tolerar “los agujeros de guión”, y ya no digamos que se le mienta directamente. Es posible que la propia idiosincrasia del cine impida este tipo de experimentos, la fuerza de “la imagen real” que se dice, nos sugestiona de tal manera que suspendemos la incredulidad de tal modo que tendemos a identificar lo que ocurre en la pantalla con la propia realidad. Y también es clave el aspecto comercial, las productoras cinematográficas no suelen hacer grandes inversiones a fondo perdido por amor al arte, su intención es dar al público lo que creen que el público espera. Y reconozcámoslo, a la mayoría de nos gusta ver/leer/escuchar historias bien contadas y estructuradas, en los que las reacciones de los personajes tengan lógica, motivaciones claras y no queden incógnitas por resolver. Que “se entiendan”, vamos. Es decir, nos gusta ver en la ficción todo lo que la realidad no es y si no, nos enfadamos (un ejemplo al azar, esto es lo que dijo en su día el crítico Carlos Boyero sobre la estupenda Holy Motors, de Leos Carax; “una sucesión de tonterías sin gracia, los caprichos vacuamente surrealistas de un niño consentido e irritante”). Una paradoja que revela claramente la tremenda importancia que tienen en nuestra cultura las obras de ficción.

Room 237 (Rodney Ascher, 2012), la película que me vino a la mente tras pergeñar toda esta perorata, trata precisamente de esto, de las obras de ficción y su especial e íntima relación con el público lector/espectador, relación llevada al límite gracias a los avances tecnológicos.

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Extraterrestre, de Nacho Vigalondo

La desproporción hecha blurb

La desproporción hecha blurb

Tremenda decepción me llevé el sábado con Extraterrestre, la película de Nacho Vigalondo estrenada hace una semana. No es sólo que disfrutase mucho más con Los cronocrímenes, un film que apostaba sin ambages por el género como mecanismo para contar historias… Venía empujada con mucho viento limpio: (cierto) éxito en varios festivales, una promoción bastante inteligente, opiniones muy positivas el día del estreno… Pero me resulta difícil compartir ese entusiasmo que ha despertado.

Parto de la base que percibo en Extaterrestre un déficit, bien de dirección de actores, bien de casting, que neutraliza o impide la química que debiera existir entre la pareja protagonista. Además Michelle Jenner tiene todavía mucho que aprender sobre el arte de la actuación, al menos en el campo de la comedia. Sosa, a ratos rozando lo hierático (eso sí, abriendo los ojos y la boca cuando se tercia), no trasmite emociones, como si se hubiera quedado atorada en la primera fase que atraviesa su personaje, Julia, incómoda ante la presencia en su piso del “extraterrestre” del título: Julio (Julián Villagrán). Bastante más entonado como el intruso torpe, pasmado y liante que, un domingo a media tarde, despierta fuera de lugar para descubrir que Madrid ha sido evacuada tras la llegada de una gigantesca alienígena. Obviamente, se hace complicado entender la atracción que surge entre ambos, más allá de lo que haya ocurrido la noche anterior (y que ninguno de los dos aparentemente recuerda), lo que lastra la parte de comedia romántica que pretender ser Extraterrestre.

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WALL·E

WALL·E

WALL·E

El cine prospectivo o incluso el de pura ciencia ficción ha producido un mayor caudal de buenas películas del que la crítica académica está dispuesta a reconocerle. Es un abanico amplio: joyas escondidas como el falso documental postatómico The War Game, películas comerciales con sorprendentes elementos ambiciosos como Nivel 13, modestas series B de connotaciones épicas como El increíble hombre menguante, o incluso éxitos de moda con muchas ínfulas y algunos aciertos como Matrix. Sin embargo, todas estas citadas, y otra treintena larga –desde Aelita hasta El truco final, pasando por Ultimátum a la Tierra, El planeta de los simios, Soylent Green o El show de Truman– son películas, a mi juicio, de un segundo peldaño: bien por una imaginería chocante a la que hoy resulta difícil abstraerse, bien por falta de convicción en los elementos especulativos planteados, por debilidades propias de una producción escasa de medios, por incoherencias argumentales, o por varias de esas razones combinadas. En suma, a mí me salen sólo siete obras maestras casi impecables, siete películas en las que los defectos son escasos o quedan sepultados por cualidades de mayor jerarquía. Son, por orden de producción, Metrópolis, La invasión de los ladrones de cuerpos, 2001, Alien, Blade Runner, Brazil y Gattaca.

Comparten diversas cualidades: por ejemplo, su temática de carácter, efectivamente, antes prospectivo y alegórico que lúdico o especulativo en el plano científico. En ellas, el uso de la imaginería de la cf es una herramienta con la que se fuerza una situación límite para reflexionar en torno a las preocupaciones de la sociedad de su tiempo. También coinciden en la influencia de su imaginería visual, que ha contribuido a forjar la imagen del futuro en la cultura occidental, mucho más que los éxitos de taquilla: para casi cualquier espectador, las naves espaciales futuras verosímiles se parecen mentalmente más a la Nostromo que al Halcón milenario, por citar sólo un ejemplo. Y todo ello sin desdeñar, por supuesto, la calidad intrínseca de cada uno de esos filmes.

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