Aniara, de Harry Martinson

Aniara

Cuando llegó a mi conocimiento la existencia de Aniara supe inmediatamente que tenía que leerla como fuese. Es decir, un cenizo como yo no podía resistirse a un oscuro poema épico existencial sueco ¡de ciencia ficción! Pero una vez comenzada la lectura, llegaron los sudores fríos; ¿cómo iba a reseñar yo esto si soy un ceporro (mal)criado con morralla popular, cuyos conocimientos de alta literatura del siglo XX se reducen a cuatro nociones básicas y un par de lugares comunes? Tras terminar el libro tuve que resignarme a la triste evidencia, si no quería que la crítica pareciese un comentario de Goodreads escrito en cinco minutos, no me quedaba otra que reseñar Aniara desde el único punto de vista del que soy capaz, desde la del lector habitual de ciencia ficción. Más que nada, por no hacer demasiado el ridículo.

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The Kraken Wakes, de John Wyndham

The Kraken WakesEntrar en cualquier librería británica con un poco de fondo y pasear por sus secciones es algo cercano a encontrarse en Sangri-La. No sólo por el volumen de novedades o el precio medio de los ejemplares; los autores añejos con un cierto nombre cuentan con multitud de títulos disponibles en ediciones más o menos recientes. En una reciente visita a Manchester no pude resistirme a este pequeño placer ni a hacerme con un puñado de libros de este pelo entre los que se contaba éste; una de mis múltiples asignaturas pendientes de los tiempos heroicos que en castellano sólo se pude conseguir con una apolillada traducción de los años 50.

The Kraken Wakes es otra novela apocalíptica de John Wyndham en la cual unas criaturas extraterrestres desean terminar con el mundo tal y como lo conocemos. En sus primeras páginas la pareja protagonista observa la caída de un objeto en el océano que, unas semanas más tarde, se revela como uno de los cientos de objetos llegados a la Tierra desde otro planeta siguiendo un amenazante plan en varias etapas. Así, lo que se inicia como una batalla entre humanos y alienígenas, con barcos perdidos, bombas nucleares detonadas en llanuras abisales y algunos ataques en superficie, lentamente se transforma en una ola de destrucción abrumadora con la civilización humana arrinconada, sorteando a duras penas su extinción.

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La constelación del perro, de Peter Heller

La constelación del perroBig Hig y Bangley viven en un aeródromo de Colorado. Han sobrevivido a una pandemia que ha diezmado a la humanidad hasta situarla al borde de la extinción. Los escasos supervivientes deambulan en busca de recursos y la mayor parte de las interacciones entre grupos es violenta. Bangley aporta al dúo su determinación y su destreza con las armas mientras que Hig vuela diariamente en su Cessna, rastreando la llegada de merodeadores; merodeadores que, si no atienden a las instrucciones de alejarse en otra dirección, son tratados como hostiles. Sin misericordia. La convivencia entre ambos es tensa; Bangley tiene una personalidad huraña propia de un hombre de la frontera y zahiere a Hig sobre su comportamiento, como si la civilización siguiera existiendo. Unos códigos que saltaron en pedazos con la televisión, los límites de velocidad y las colas de los supermercados. Hig aguanta porque sabe que su vida depende de la mutua colaboración y mantiene el asidero de Jasper, su avejentado perro, fuente de compañía y “calor” imposibles de encontrar en Bangley.

La constelación del perro, de Peter Heller, recoge el testimonio en primera persona de Hig. En pasado, desgrana sus días en el aeródromo, su convivencia con Bangley, su… rutina. Frente a otros libros que cuentan lo mismo, Heller sustenta su aportación en su narrador y cómo construye su relato. Ha pasado cerca de una década desde el fin del mundo y los años en soledad hacen mella. En el narración de Hig destaca su manera no lineal de evocar su vida. En mitad de las acciones que acomete se deslizan recuerdos de otros tiempos, relacionados o no con lo que está contando, que crean un flujo de conciencia dislocado, ideal a la hora de emular la memoria de alguien que llevan mucho tiempo encerrado en sí mismo, atenazado por las pérdidas sufridas, las decisiones tomadas y el peso de los recuerdos. Para redondear la redacción, Heller prescinde de cualquier acotación. Diálogos, descripciones, pensamientos… se suceden de forma continua, con un ritmo endiablado, y potencian la fractura del testimonio.

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3.0, de José Ramón Vázquez

3.0

Cuando era chaval y devoraba los tebeos de Spiderman, había un personaje que me dejó catacróquer la primera vez que asomó por la colección, se trataba de Wilson Fisk, más conocido como Kingpin. Kingpin era el amo de los bajos fondos neoyorquinos, un tipo imponente, gordo y calvo que lucía un estilismo impecable al colorido estilo Marvel; gruesas cejas carismáticas, chaqueta blanca, pantalones moraos, chaleco naranja, bastón con joyaza que lanzaba rayos, pañuelo de seda y broche rhinestone. Un tipo que fumaba cigarrillos con boquilla, a lo Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, mientras repartía bofetones con la mano abierta a sus esbirros. Un cruce entre Marlon Brando, Jaime de Mora y Aragón y el muñeco de Michelín. Aparte de ser mi referencia en lo que a forma de vestir se refiere, lo que me flipaba de chaval, (porque yo era gordo y torpe y lo sigo siendo), era que esa gordura, motivo de mofa en mi entorno, Kingpin la convertía en un símbolo de respeto y de poder. Aunque quizá ayudara que Kingpin, a diferencia de un servidor, era rápido como el demonio y daba ostias como panes, claro está.

¿Y a qué demonios viene esta gilipollez en una reseña sobre una antología de cuentos de ciencia ficción, se estarán preguntando? Pues muy fácil, porque la forma de entender la cf que José Ramón Vázquez plantea en 3.0, la antología completa de sus cuentos, se parece mucho a Kingpin.

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Qué difícil es ser dios, de Arkadi y Boris Strugatski

Qué difícil es ser diosApenas recordaba nada de Qué difícil es ser dios y lo poco que se mantenía en mi memoria no podría asegurar si venía de ella o de su adaptación al cine: El poder de un dios; una extrañísima coproducción europea que me dejó bastante flipado hace un cuarto de siglo (¡glubs!). En su discontinuada apuesta por recuperar las novelas más significativas de los hermanos Strugatski, Gigamesh la reeditó hace cuatro años y he aprovechado un reciente viaje en tren para releerla. Un placer éste, el de las relecturas, que debiera prodigar más a menudo. Entre los detalles más evidentes que había olvidado está su aire a folletín decimonónico. La tenía como una aventura más próxima a la fantasía medieval, cuando claramente su base es una historia de capa y espada con sus conspiraciones y sus villanos de opereta. Además esta vez he entendido mejor el primer capítulo, un vistazo al pasado de sus personajes cuya carga alegórica sólo queda expuesta cuando se llega a las últimas páginas.

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The 100

The 100

Esto de estar enganchado a las series de televisión incluye ese punto irracional que te lleva no sólo a ver las obras “maestras” de cada mes sino a picar una tras otra con series que, si valoraras un poco más tu tiempo, seguramente dedicarías a algo más provechoso como preparar esas oposiciones por las cuales tu madre sigue preguntándote todas las semanas. The 100 es una de ellas y ahora que estoy en pleno tramo final de su segunda temporada, me enfrento a una voz interior que me dice semanalmente “escribe algo sobre ella; abandona el postureo frikster elitista y reconoce cómo te lo pasas con ella”. Y aquí estoy, dándole al botón de publicar antes que el arrojo se evapore del todo.

The 100 es una de esas historias de ciencia ficción juvenil que tanto se estilan estos últimos años sólo que más que centrarse en una perspectiva distópica se lanza de lleno a trabajar un escenario postapocalíptico. Sus primeros episodios nos ponen sobre la pista de una Tierra a un siglo en el futuro tras un holocausto nuclear. Los que parecen los únicos supervivientes orbitan el planeta en una macroestación espacial en condiciones límite. La natalidad está controlada al mismo nivel que los recursos, cualquier crimen acarrea severas penas y la disidencia se pena con un paseíllo a través de la escotilla de aire. Sus habitantes viven entre la rutina y la resignación sin saber que se avecinan tiempos aún más duros; el consejo que gobierna la estación ha descubierto que el sistema vital está en trámite de petar y planifica soluciones desesperadas. La más evidente, lanzar de vuelta a la Tierra a 100 jóvenes “delincuentes” para comprobar si es posible la vida en la superficie. 100 zagales cuyos crímenes van desde ser el segundo hijo cuando sólo se permite uno hasta haber provocado una pequeña pérdida de oxígeno en la estación. Lo que en 13TV llamarían perroflautas antisistema. Estos “indeseables” llegan a la Tierra y, claro, se encuentran con un vergel perfecto para un nuevo comienzo lejos de leyes, convenciones, padres o tabús. Que a su alrededor haya peligrosos animales mutados, zonas con radiactividad residual, un humo amarillo con propiedades ácidas y los violentos salva… otro… “grounders”, inquieta menos cuando no tienes que rendir cuentas ante nadie. Y a los de arriba que les den. Más o menos.

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Cuentos para Algernon, año II, selección de Marcheto

Cuantos para Algernon Año IIHay cosas que por repetidas terminan pareciendo baldías. Sin embargo no conviene dejar de incidir en ellas: la labor de presentación de nuevos autores de narrativa breve en inglés que está realizando Marcheto, alma mater de Cuentos para Algernon, no tiene precio. Al ritmo de un relato mensual, una antología al año, está en proceso de erigir un hito que, al menos, parece que ha calado entre los aficionados a la ciencia ficción, la fantasía y el terror del núcleo duro; de ahí el merecido premio Ignotus como mejor página web de año 2013, compartido con la hasta ahora casi invencible La tercera fundación. Hace tres meses presentó el segundo volumen de su antología con todos los relatos publicados durante el año anterior, excepto “Pequeña américa”, de Dan Chaon, cuyo autor no dio el visto bueno para aparecer en ella.

Puestos a comenzar por algún lugar, me gustaría destacar el pequeño especial dedicado al humor situado al final de la antología; una tipología narrativa que, como bien comenta la antóloga, apenas cuenta con reconocimiento por parte de lectores y crítica. No tanto hacia los autores que la han cultivado en sus diferentes vertientes (Robert Sheckley, Fredric Brown, Kurt Vonnegut, Philip José Farmer) como hacia las obras en sí, incluso las más brillantes olvidadas en beneficio de otras de (un supuesto) mayor calado o, muchas veces, más vacías pero de temáticas más afines al grueso de lectores.

La aportación de este Cuentos para Algernon es un tanto desigual y honestamente me cuesta ver el ingenio insidioso de los autores citados en la selección de relatos, especialmente en los dos últimos. Aun así “La llamada de la compañía de tortillas”, de Ken Liu, como sátira de los cuentos lovecraftianos en clave mercadotécnica, y “Un Opera bello Spazio”, de Oliver Buckram, una vibrante ópera espacial en el sentido más estricto de la palabra, irradian ingenio y funcionan como sátiras de sus dos blancos respectivos. Incluso el de Liu es un artefacto sagaz que va más allá del guiño al maestro de Providence y extiende sus tentáculos hacia terrenos como la mercadotecnia o el espionaje industrial. Arena de otro costal son el segundo cuento de Buckram, “Media conversación, oída desde el interior de una babosa inteligente”, cuya principal virtud es su brevedad, y “De mat y mates”, de Anatoly Belilovsky, supongo que porque el humor apela a valores todavía más personales que cualquier otro tipo de ficción. No terminé de encontrar la gracia a esta historia sobre las conexiones que una pasión puede llevar a establecer entre personajes de lo más diverso sometidos al caos del mundo.

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Más verde de lo que creéis, de Ward Moore

Más verde de lo que creéisEn ciertos aspectos, Más verde de lo que creéis es un libro de actualidad: habla de una catástrofe ecológica provocada por la humanidad y llevada hasta sus últimas consecuencias por su estupidez. Sin embargo, es un libro al que difícilmente podrán acceder los lectores actuales si no es a través de una librería de viejo, por razones sencillas de explicar.

Ward Moore es un autor que nunca ha tenido una etiqueta más allá de la de clásico menor. Ahora mismo no creo que haya ningún aficionado que le tenga ni mínimamente presente. Se le recuerda apenas por dos novelas: la que vengo a comentar y la ucronía Lo que el tiempo se llevó, que Bibliópolis tiene anunciada desde hace unos cinco años y no ha publicado. Ambas son de una extensión inconvenientemente breve para lo que se estila ahora y no pasan de resultonas. En las monografías anglosajonas se cita también un cuento, “Lot”, que tiene una sola traducción al español del año 66, a cargo del mítico (por así decir) F. Sesén. Todo sumado da como resultante una casi absoluta imposibilidad de que este libro, publicado originalmente en 1947 y reimpreso por última vez en castellano en 1985, vuelva a circular por ahí. Se supone que las ediciones electrónicas nacieron para estas cosas; veremos.

Es una pena, como decía, porque posiblemente Más verde de lo que creéis es el primer acercamiento de la historia de la literatura a los problemas resultantes de la manipulación humana de la ecología global. Bien es cierto que desde una perspectiva muy de los años cuarenta, pero con ocasionales aciertos indudables. La trama arranca en torno a una típica -de manera atípica- figura del origen del género: el científico loco. Por mucho que Moore se empeñe en usar un espejo deformante para retratar a la creadora del producto que hará enloquecer a la hierba, convirtiéndolo en una mujer gigantona, obesa y con un ocasional aura mística, a la postre es el chiflado solitario con bata habitual.

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La libertad interminable, de Joe Haldeman

La libertad interminableDebe ser duro que, justa o injustamente, todo el mundo recuerde tu primera novela como tu mejor obra. Más cuando acumulas una extensa carrera plagada de nuevas historias, enfoques, estructuras, personajes… y una profundización / progresión / llámeloX en esto de la narrativa. Joe Haldeman me parece el mejor ejemplo de esta situación. Su opera prima, La guerra interminable, arrasó en los premios de género el año de su publicación. Se ha mantenido en el mercado de manera ininterrumpida durante cuatro décadas (incluso en España), figura dentro del canon de la ciencia ficción y es la medida con la cual se ha comparado toda su obra posterior. En la cual, por cierto, hay títulos como los de la trilogía iniciada en Mundos, Compradores de tiempo o ese solvente juego narrativo que es La llegada. De sus últimas novelas traducidas, como Camuflaje, Viejo siglo XX o Rumbo a Marte mejor no escribir mucho.

Era inevitable que tarde o temprano terminara regresando a aquel universo creativo y aquellos personajes. Al menos más allá del retorno parcial a su corpus de temas en la fallida La paz interminable. Y eso hizo hace quince años con La libertad interminable. Novela que, de manera inexplicable, permaneció inédita durante más de una década, varios años con su traducción guardada en un cajón.

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Disjecta Membra, de Alberto Hontoria Maceín

Disjecta MembraLas modificaciones corporales han sido un asunto importante en la ciencia ficción desde hace más de medio siglo. Cuando sale a colación, me vienen a la cabeza dos grandes clásicos: Limbo, de Bernard Wolfe, y Homo Plus, de Frederik Pohl; novelas que trataron un variado conjunto de consecuencias tanto para la sociedad como los personajes que se someten a ellas. Sin embargo el peso que ha ganado el concepto de cyborg, sobre todo en el mundo del cine, ha eclipsado el tema, atenuado bajo la estética o una permanente deriva hacia el thriller o la acción. Disjecta Membra, de Alberto Hontoria Maceín, recupera la faceta humanística de ambos clásicos. Aunque se ha promocionado como una historia de superhéroes, a las pocas páginas toma posición como algo más amplio; a pesar de que pone en juego estereotipos como el megalómano impulsor del supergrupo, el caído en desgracia en busca de rehabilitación, la lucha contra el crimen como excusa operativa o la necesidad de un cuartel general, son más bien un punto de partida para explorar otros aspectos como la figura del discapacitado y sus traumas o el impacto que podría suponer para la sociedad el perfeccionamiento de las prótesis.

Como deja claro la ilustración de cubierta, Disjecta Membra tiene tres protagonistas en el centro de su escenario: Amelia Gallagher, que ha perdido sus dos piernas en un accidente de coche; Seth Randolph, que nació sin su brazo izquierdo; y Jack Endore, que padece una degeneración visual que le ha llevado a la ceguera. Cada uno enfrenta su discapacidad a su manera. La primera, por ejemplo, tras sufrir el accidente se aísla en su casa sumida en la autocompasión, rechazando la condescendencia de su familia y amigos. Un estado cercano a la depresión que sólo abandona cuando una pequeña gesta la convierte en el centro de atención de los medios de comunicación. Hontoria Maceín realiza esta exploración individual a través una serie de capítulos en primera persona, una fórmula ideal para ahondar en sus ideas y sentimientos.

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