Nos mienten, de Eduardo Vaquerizo

Nos mientenLa primera novela indignada de la ciencia ficción“. “Una distopía indignada cuyo futuro podría ser el nuestro“. “Un grito de auxilio desde el mañana“… Estas son algunas de las frases utilizadas para promocionar Nos mienten, la última novela publicada de Eduardo Vaquerizo. Sin querer entrar en polémicas estériles sobre la idoneidad de ciertas etiquetas, una vez más los chicos de marketing de Fantascy exhiben su oportunismo a la hora de colocar el producto exacerbando alguna de las características de la obra hasta ponerlas por delante de otras mucho más relevantes. Aun con su componente de crítica social, Nos mienten es un inconfundible thriller de futuro cercano donde la resolución del misterio planteado en las 50 primeras páginas y la acción derivada de ello lo son todo. Del olvido de obras anteriores escritas desde una óptica similar mejor no hablar. En esa carrera sin freno hacia la venta de un producto único, pionero, original, exclusivo… la honestidad ocupa su lugar en el gallinero, justo entre la mesura y el (re)conocimiento.

Por citar una de las muchas historias con las cuales comparte base, Nos mienten empieza a crecer con los mimbres de El fugitivo: a mediados del presente siglo una guardaespaldas a sueldo de una de las familias al mando de España (y Europa; y el mundo), los Ramoneda, es acusada de un crimen que no ha cometido. Perseguida por sus antiguos compañeros dentro del servicio de seguridad, se ve obligada a huir por su vida para, más tarde, indagar cómo ha llegado a esa situación. Manipulada por un poder superior, ayudada por fuerzas en el margen del sistema, se descubre en medio de un plan destinado a mantener el status quo global por los siglos de los siglos detrás del cual se encuentra esa oligarquía obsesionada por perpetuarse como dueños del corral.

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Wolves, de Simon Ings

Wolves

Wolves

No me extraña que el fugaz e inexorable paso del tiempo sea un tema fundamental en el arte y la literatura desde tiempo inmemorial. Lo he sufrido en mis carnes hace nada, cuatro días atrás como quien dice me encontraba reseñando Dead Water de Simon Ings, y en un visto y no visto (¡más de tres años ya!) ha publicado otra novela, Wolves, con gran éxito entre la crítica anglosajona más cabal, moderna y sensata. ¿Y qué he estado haciendo yo durante todo ese tiempo? Pues absolutamente NADA, querido lector, como mucho dedicado a pergeñar de vez en cuando cuatro reseñas mal contadas sobre libros y películas que a duras penas soy capaz de entender. Y es que si me entrego al derrotismo es porque he recibido un severo correctivo leyendo Wolves, uno de tal calibre que ha minado mi autoestima de lector culto, ilustrado y hasta un poquitín moderno con barba, sumiéndome en el desconcierto, la confusión y hasta la melancolía.

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Aniquilación, de Jeff Vandermeer

Aniquilación

Recuerdo que una reseña de Joan Carles Planells a la antología de Robert Bloch Escalofrrríos comenzaba con una frase del estilo: “Este libro debería titularse Bosteeezos”. Le he dado vueltas a cómo empezar este texto sobre Aniquilación con un chiste en la misma línea, a lo que el título de esta novela invita tanto como su contenido, pero temo que ninguna de mis ocurrencias estaría a la altura del maestro.

Me llama la atención lo poco que se ha escrito sobre lo que supone este libro. Porque es algo así como la respuesta desde el interior del género a bastantes tendencias imperantes. Porque, seamos claros: en un mercado editorial benévolo como nunca en la historia con los géneros fantásticos, George R.R. Martin es el único de la familia, de LOS NUESTROS, que ha pillado cacho de verdad. Que si Patrick Rothfuss, que si Suzanne Collins, que si Max Brooks; advenedizos a los que leen por todas partes gente que verdaderamente no entiende del asunto. Bueno, Sapkowski también es un poco de los nuestros, pero lo suyo sigue otro derrotero distinto.

El pedigrí de Jeff Vandermeer, que se lo lleva currando unos cuantos añitos, está en cambio fuera de toda duda: escribió en fanzines, está casado con la que fuera editora de Weird Tales, ha sido finalista de unos cuantos premios del género e incluso ha ganado alguno. Hasta ha enseñado en Clarion. Es, definitivamente, uno de los nuestros. Pero también es un tipo avispado. Así que ha construido un producto a medida para conseguir esos lectores de fuera, aprovechando además que tiene un pie muy bien puesto dentro. Como ha confirmado ganando el Nebula con esta novela.

El problema es que se le ve demasiado el plumero.

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Asesinato en la planta 31, de Per Wahlöö

Asesinato en la planta 31En los años sesenta, la novela negra empezó a dejar de ser un fenómeno únicamente estadounidense. Como suele ocurrir en estos casos, los franceses fueron los que se pusieron al mando secundados por algún italiano como Giorgio Scerbanenco. Pero ninguno de ellos consiguió por entonces ser traducido regularmente al inglés, e incluso ver alguna de sus novelas adaptadas por Hollywood. Ese logro correspondió a una pareja de comunistas suecos, la compuesta por Maj Sjöwall y Per Wahlöö, en las diez novelas presuntamente protagonizadas por el inspector Martin Beck (aunque con un peso narrativo muy repartido entre distintos miembros de la oficina de homicios de la Policía Nacional sueca). Una serie que dio comienzo a la expansión del género en su país, la que luego nos trajo a Henning Mankell, Stieg Larsson y demás.

Los casos investigados por Beck señalan las carencias del estado de bienestar sueco, las rendijas que luego le llevarían a resquebrajarse. Las novelas se van tornando progresivamente más obvias en el plano ideológico, al punto que la última, Los terroristas, tiene tintes de parodia con la llegada de un senador estadounidense a Suecia en una especie de remedo de Bienvenido mister Marshall. El fallecimiento de Wahlöö con sólo 48 años puso fin a la serie, que pese a sus excesos es en conjunto verdaderamente extraordinaria y hoy puede disfrutarse en castellano cronológicamente, con traducciones directas del sueco.

Sjöwall escribió alguna cosa tras la muerte de su pareja literaria y afectiva, pero nada sabíamos de la producción previa de Wahlöö, que era diez años mayor que ella, tenía una sólida formación como periodista y llevaba tiempo publicando cuando la conoció. Asesinato en la planta 31 corresponde a ese periodo formativo, pero es una novela más que valiosa por sí misma: junto a Kallocaína y Aniara, conforma un terceto de novelas suecas de cf recientemente publicadas, clásicos con décadas de antigüedad que ofrecen una visión del género alternativa a la convencional anglosajona mucho más que interesante, yo diría que imprescindible para cualquiera que tenga algún interés por la sustancia de la literatura prospectiva, más allá del último titulito de moda. Que estas novelas (y otras que sin duda puede haber por ahí) nos hayan resultado desconocidas hasta ahora es desconcertante; que podamos disfrutarlas ahora, un auténtico golpe de suerte.

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El último teorema, de Arthur C. Clarke y Frederik Pohl

El último teoremaEs curioso cómo ciertos autores de ciencia ficción, en el otoño de sus carreras, han vuelto su mirada hacia el juvenil. Tipos de 60 años o más escribiendo aventuras espaciales con protagonistas en plena edad del pavo orientadas fundamentalmente a lectores en formación. De las que he podido leer, quien mejor parado salió fue ese verso suelto llamado John Varley. Con Trueno rojo homenajeó las historias juveniles de Heinlein con un grupo de chavales y el sabio misántropo de turno salvando desde la iniciativa privada a unos EEUU a punto de perder la carrera espacial a Marte; el sueño húmedo de cualquier seguidor de FOX News aficionado a la ciencia ficción. Su éxito habla por sí solo: en EEUU acaba de publicarse su cuarta entrega. En la esquina contraria pondría a Joe Haldeman y su Rumbo a Marte. El inicio de una trilogía de nuevo con pretensiones Heinleinianas sobre la que ya me despaché en Prospectiva; en parte por caer en moldes narrativos tan viejos para los lectores neófitos como endebles para los más experimentados.

No creo que un autor tenga que tener veintipocos años para escribir una buena novela juvenil. Pero si va a situar como vehículo de su historia a jóvenes actuales o de un futuro cercano, es obligado un esfuerzo para lograr unos personajes que, demasiadas veces, terminan como una visión idealizada de la juventud… de hace tres o cuatro décadas. Lo menos. Este, uno de los problemas clásicos de una parte de las novelas destinadas a los programas escolares y que tiene a Gonzalo Moure como máximo exponenete, es uno de los males que aqueja a este El último teorema. Casi diría que el menor de una obra que he sido incapaz de terminar.

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ORA:CLE, de Kevin O’Donnell

ORA:CLEEs muy curioso cómo ciertos libros adquieren más prestigio en uno u otro país. Por dar otro ejemplo cercano, antes de entrar en materia con éste, citaré el caso bien conocido de Muerte de la luz, la primera novela de George R. R. Martin. Recuerdo que hubo un tiempo turbulento del fandom en el que Juanmi Aguilera, siempre en su papel de mediador, preguntaba al personal que circulaba por las hispacones cuáles eran sus cinco novelas favoritas. A quemarropa, sin pensar. Y junto a ciertas sospechosas habituales fáciles de imaginar, aunque también muy características de la visión española de la cf (Las estrellas mi destino, Pórtico, Dune…), aparecía con relativa frecuencia Muerte de la luz. Entonces Martin no era, ni de lejos, el escritor superventas de hoy; sólo un buen autor al que se solía colocar a la altura de John Varley, porque ambos se dieron a conocer por aquí casi simultáneamente. Pero Muerte de la luz estaba ahí, había dejado su sello.

El caso de ORA:CLE, a menor escala, es similar. Kevin O’Donnell es muy modestamente famoso en Estados Unidos por su labor interna en la gestión de la Asociación Mundial de Escritores de CF. Ninguna de sus obras está en catálogo en la actualidad en ningún país del mundo. El único premio conocido que ganó fue una cosa llamada Prix Litteraire Mannesmann Tally precisamente con este libro; si se googlea, lo que se encuentra a primera vista de ese premio francés para obras relacionadas con la informática es que lo ganó ORA:CLE, nada más. Fallecido relativamente joven en 2012, después de 14 años sin publicar nada, O’Donnell es uno más de esos nombres oscuros que sacaron unas decenas de relatos en revistas y algunas novelas en bolsillo. Pero cuando en 2002 un grupo de críticos españoles hicimos un listado con las 100 mejores novelas de cf publicadas en castellano, ORA:CLE estaba ahí, sin mayores discusiones. Publicada quince años antes y nunca reeditada, fue de las novelas que pasaron el corte de inmediato.

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Dulces dieciséis y otros relatos, de Eduardo Vaquerizo

Dulces dieciséis y otros relartosVivimos un período de reivindicación de la ciencia ficción española y, en concreto, de la generación HispaCon. Entre lo publicado el último año tenemos dos ejemplos evidentes: la primera antología de Los premios Ignotus, que tengo la sensación ha volado por debajo del radar incluso del público más especializado, y la colección Cyberdark presenta, lanzada por el complejo Cyberdark/Alamut/Bibliópolis. Un sello llamado a poner de nuevo en el mapa los mejores relatos de autores surgidos del fandom en las décadas de los 80 y los 90; hasta ahora han aparecido tres libros, aunque en la presentación en la librería Gigamesh en Marzo Luis G. Prado anunciaba la posibilidad de que fueran veintena, incluyendo antologías temáticas. De llevarse a cabo daría forma a la colección más completa a la hora de entender (un parte de) la literatura fantástica hecha en España; ninguna otra ofrecería una radiografía tan exhaustiva de un periodo de tiempo determinado.

En este contexto, el nombre llamado a abrir la iniciativa, Eduardo Vaquerizo, no resulta para nada extraño. Como comenta Juanma Santiago, la mayoría de autores importantes que cultivaron el relato con asiduidad en aquel período ya han visto recogidos los más significativos, en colecciones generalmente aparecidas en editoriales pequeñas. Rodolfo Martínez, Elia Barceló, Daniel Mares, Armando Boix, Rafael Marín, Félix Palma… cuentan con uno o varios volúmenes en su haber. Los más avispados han podido reunir a través de ellos los relatos publicados en una miríada de fanzines, revistas o antologías. Si no me falla la memoria, apenas él y José Antonio Cotrina (del que llevamos más de una década esperando su particular Cotrinomicón) no habían visto un volumen con sus mejores relatos. He aquí la oportunidad de solucionar ese olvido.

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Qué difícil es ser un dios, de Aleksei German

Qué dificil es ser un dios

Qué dificil es ser un dios

No sé si se acordarán, pero hace muchos años la parrilla de la televisión pública giraba alrededor del cine. Todos los días tocaba película, había ciclos de géneros, directores, actores…  Incluso de madrugada echaban películas subtituladas de “arte y ensayo”, o de cinematografías que entonces parecían ignotas. Por aquella época yo era una máquina de ver películas con mucho tiempo libre y, como a todo el mundo que se aficiona a esto del cine, me llegó el “momento Tarkovski”, en mi caso Solaris primero y Stalker después, que además tenían ese aura misteriosa de ciencia ficción rara del otro lado del telón de acero. Solaris no tanto, pero Stalker me impresionó muchísimo (y eso que por aquel entonces me sabía el 2001 de Kubrick de memoria). Yo no tenía ni idea de quien era Tarkovski, ni de nadie que fuera remotamente similar, no leía revistas ni libros de cine y veía las películas con mucha inocencia y sin ideas preconcebidas, no como ahora, que sigo sin tener ni puta idea y encima no soy consciente de ello.

Stalker me fascinaba con su mágica combinación de narrativa difusa y difícil de discernir y su poderosa imaginación visual. Se trataba de una experiencia muy diferente al cine “clásico” norteamericano al que estaba acostumbrado, por lo general sometido a la dictadura de un guión férreamente estructurado, preocupado por contar historias cerradas que generasen la ilusión de verosimilitud, con su adecuado desarrollo de personajes, su abundancia de diálogos ingeniosos y espléndidamente escritos, etcétera. Sin embargo, lo de Stalker era como si hubiese estado mirando por la mirilla de una puerta, y esa puerta se fuese abriendo poco a poco revelando un paisaje nuevo que hasta entonces desconocía.

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Terra Nova vol. 3

Terra Nova vol. 3El tercer volumen de Terra Nova, publicado hace aproximadamente medio año, supone en algunos aspectos un avance respecto al volumen anterior. Por ejemplo a la hora de atraer la atención de sus posibles compradores, con una ilustración de cubierta bastante más adecuada para un público alejado del (micro)fandom. Sin embargo, en lo que a la selección se refiere, la cosa me ha parecido más desigual. La mitad del volumen se fía a tres relatos largos/novelas cortas, situados de manera consecutiva al final y gran parte de la valoración está condicionado por la impresión que produzcan. En mi caso particular, dos me han parecido tan tan flojos que han amargado mi percepción de la antología, con tres o cuatro relatos entre lo mejor de 2014. Especialmente por uno, sin duda entre lo peor publicado con diferencia y, para más inri, ganador de aquel curioso certamen ideado por los editores de la colección para dinamizar la participación de autores hispanos.

Comenzando por los no escritos en castellano, Terra Nova vol. 3 se abre con “El héroe” “El jugador”, de Paolo Bacigalupi. El autor de La chica mecánica explora la influencia que los padres tienen en sus hijos a través de un periodista de Laos emigrado a EEUU. Para indagar en esa conexión, encadena dos narraciones en paralelo: en la principal cuenta su labor mientras se relaciona con la redacción y las noticias, en un entorno donde el peso de las redes sociales y la interacción con los lectores lo domina todo. Mientras, en la “secundaria” se retrotrae a su infancia en Laos y la caída en desgracia de su padre; cómo sus principios estaban por encima de cualquier otra consideración. El clímax en este plano da pie a la resolución en la cual queda claro que es fiel hijo de su padre.

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Aniara, de Harry Martinson

Aniara

Cuando llegó a mi conocimiento la existencia de Aniara supe inmediatamente que tenía que leerla como fuese. Es decir, un cenizo como yo no podía resistirse a un oscuro poema épico existencial sueco ¡de ciencia ficción! Pero una vez comenzada la lectura, llegaron los sudores fríos; ¿cómo iba a reseñar yo esto si soy un ceporro (mal)criado con morralla popular, cuyos conocimientos de alta literatura del siglo XX se reducen a cuatro nociones básicas y un par de lugares comunes? Tras terminar el libro tuve que resignarme a la triste evidencia, si no quería que la crítica pareciese un comentario de Goodreads escrito en cinco minutos, no me quedaba otra que reseñar Aniara desde el único punto de vista del que soy capaz, desde la del lector habitual de ciencia ficción. Más que nada, por no hacer demasiado el ridículo.

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