El sable láser de Rey: los cuentos siempre vuelven

Rey vs Kylo Ren

Hay veces en la ficción en las que un momento concreto hace de bisagra, y a partir de él nada es como antes. Ese instante de cambio puede ser un sacrificio, un acto de valentía o cobardía, o un segundo esclarecedor, de entendimiento, y vale tanto una acción como una palabra o una idea simple. Lo que debe tener de particular ese momento bisagra es la capacidad para romper el curso de lo que se está narrando, de manera que las cosas cambien o alteren sustancialmente la percepción tanto de situaciones como de personajes. Ese momento de claridad lo vive Emma cuando se da cuenta de que ella, tan listilla, tan celestina de mansión inglesa, está enamorada de Knightley como una colegiala. Le sucede a Neo cuando, en lugar de huir, se sacude el polvo e invita al agente Smith a que vaya a por él. Le ocurre a Gandalf al enfrentarse al Balrog en el puente de Minas Tirith. Lo tiene de aceptación Superman en Man of Steel cuando sale de entre la chatarra de Smallville, los soldados se apartan y le dejan pasar y el coronel Hardy anuncia que ese hombre no es su enemigo. Aparece en Sigfried cuando el héroe que no conoce el miedo, después de haber peleado contra un dragón como quien se come una salchicha frankfurt, se echa a temblar al ver por primera vez a Brunhilde. Da lo mismo que se trate de un criticado blockbuster o de un ambicioso festival escénico-musical de 15 horas, en esos momentos de anunciación aparece un personaje que adquiere consciencia de quién es, de su tiempo, de lo que sus acciones significan, un personaje que por decirlo de algún modo provoca un silencio entre los testigos invisibles. La resonancia que dentro de nosotros provoca ese silencio, y da lo mismo que suceda en un teatro de ópera, en una sala de cine o en el espacio reducido que es la página de una novela, explica en parte por qué leemos, vamos al cine y escuchamos música. No debe extrañar que, en esencia, reducidos a su forma más simple, esos personajes que conocen una transfiguración provengan de los cuentos infantiles; sobre todos los que cambian positivamente al protagonista y modifican para bien el curso de la historia, los que se convierten en emblemas, símbolos, figuras míticas. Ese momento lo conoce Rey en Star Wars 7 cuando se enfrenta a Kylo Ren y utiliza la Fuerza para empuñar el sable láser que hasta entonces ha rechazado.

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El Libro de las cosas nunca vistas, de Michel Faber

El Libro de las cosas nunca vistasEsta es la típica lectura que invita a hacer una reseña de destrucción masiva. El análisis FIAWOLesco en el cual el aspirante a entendido se luce con las cuatro cosas que cree saber de un género y sus mecanismos a costa de los puntos débiles en una obra que encuentra meliflua, desnortada, apoyada en diálogos insustanciales y, sobremanera, excesivamente extensa para lo que termina contando. Pero quizás por ser tan fácil caer en ese análisis destructivo (y haber leído hace nada Música de mierda, de Carl Wilson, libro que les recomiendo desde ya), me sienta inclinado a tomar un camino más constructivo. Establecer una pequeña búsqueda de por qué Michel Faber ha podido escribir El Libro de las cosas nunca vistas. Entre sus valedores cuenta gente tan poco sospechosa de caer en los elogios desmedidos como Philip Pullman o David Mitchell, y ha inspirado análisis críticos bastante elogiosos como éste.

A lo largo de sus 600 páginas, Michel Faber plasma la epopeya de Peter Leigh, un sacerdote enviado al planeta Oasis por una corporación privada. Allí se ha establecido una base poblada por personal técnico; un grupo de ingenieros, mecánicos, médicos… cuyo propósito es establecer una colonia. En esa compañía Peter, con facilidad para entender los problemas personales a su alrededor, se siente alienado. Apenas comparte nada con el resto y acusa la distancia de hallarse a media galaxia de su iglesia y su mujer, Bea. Sólo puede comunicarse con ella a través de correos electrónicos en texto plano, un parche insatisfactorio y problemático a la hora de mantener la relación. En este contexto, se entiende su estado de ánimo y la entrega a su misión: llevar la palabra de Dios a un grupo de nativos ya iniciados en el cristianismo. En ciclos de 360 horas (unos 5 días en tiempo del planeta), convive con sus nuevos fieles y, mientras se implica en su día a día, llena los vacíos y dependencias de su interior.

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Las luminosas, de Lauren Beukes

Las luminosasEn el Chicago de la gran depresión, Harper Curtis encuentra una casa encantada que le permite viajar en el tiempo. Impulsado por una fuerza más allá de su comprensión, este tipo violento y marginal se desplaza por determinados momentos de las décadas posteriores. Se encuentra con una artista de variedades, una comunista arrinconada en plena caza de brujas, una trabajadora negra de la industria bélica de la Segunda Guerra Mundial… Chicas que, a sus ojos, desprenden una luz irresistible: las luminosas. Estas mujeres pertenecientes a minorías de diversa índole, en varios casos alienadas por la sociedad de su época, se convierten en víctimas de un asesino en serie que, crimen tras crimen, refina sus métodos y progresa en su nivel de sadismo. Kirby es la única superviviente a uno de sus ataques. Años después entra a trabajar como becaria en el Chicago Sun-Times con la intención de documentarse sobre crímenes salvajes para localizar a su brutal agresor. Es el comienzo de una búsqueda quimérica porque… ¿cuál es la probabilidad de descubrir a alguien capaz de viajar en el tiempo?

En Las luminosas, Lauren Beukes exhibe su pericia a la hora de construir un thriller. Imprime un ritmo vibrante a partir de capítulos breves y una narración fragmentada entre los viajes en el tiempo de Harper a la caza de sus víctimas y los otros personajes por los que mueve el foco del narrador: fundamentalmente Kirby y Dan, su jefe. Cada salto entre las diferentes localizaciones temporales de cada capítulo, apuntada con una fecha al inicio de cada uno de ellos, alimenta el misterio a medida que se suceden acontecimientos en los que los efectos llegan a preceder a las causas.

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Random Acts of Senseless Violence, de Jack Womack

Random Acts of Senseless ViolenceLa poda editorial durante los años de crisis no es algo nuevo. Aquellos que pasamos de los cuarenta recordamos las editoriales/colecciones desaparecidas hacia mediados de la década de los 90. Después de unos años de bonanza, con un porrón de sellos peleando por publicar fantasía y ciencia ficción, pasamos a un lustro de secano con apenas un par de colecciones traduciendo de manera sistemática: Minotauro y Nova Ciencia Ficción. Aquella catástrofe dejó unos cuantos libros notables sin traducir, alguno todavía inédito. Uno de ellos es este Random Acts of Senseless Violence, de Jack Womack, que perdió su oportunidad tras el hundimiento de la editorial que había publicado sus dos primeras novelas (Ultramar). Y así ha seguido, apartada en ese limbo de obras olvidadas, sin perspectivas de ser recuperada.

Random Acts of Senseless Violence (RAOSV) tiene la peculiaridad de ser la primera novela de la secuencia Dryco; seis volúmenes que se desarrollan en unos EEUU después de una catástrofe socioeconómica, convertidos en una “utopía” megacorporativa tercermundista. Sin embargo, a diferencia de las otras novelas traducidas (Ambiente y Terraplane), su atractivo aparece al margen de un contenido prospectivo aquí mantenido bajo mínimos. RAOSV se limita a coger los EEUU de hace veinticinco años y llevarlos 5 minutos hacia el futuro. Una escenario donde una crisis económica bestial demuele a mazazos el suelo bajo unas clases medias sentenciadas a caer hacia un abismo de pobreza y violencia. ¿Les suena?

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Los premios Ignotus: 1991-2000

Los premios Ignotus 1999-2000Larga (y discontinua) ha sido la gestación de este proyecto con más de diez años a su espalda. En 2005 iba a ser la editorial Bibliópolis quien se encargara de él. Incluso llegué a fantasear con una posible división en volúmenes. Aquél era FIAWOL del bueno. Sin embargo la realidad de un mercado editorial reacio al formato breve dio al traste con la iniciativa; la pieza de dominó nonata de la cadena de antologías Semillas de tiempo, Artifex y Paura. Tuvo que ser una editorial mucho más modesta y versátil, Sportula, con la publicación de colecciones de relatos y antologías en su ADN, la que recuperara la idea y diera a luz el primero de los volúmenes con los ganadores de la categoría de relato otorgados en el siglo XX. Una década más tarde.

Me parece un acierto la estructura incorporada al libro, en gran parte derivada de aquellos volúmenes de Los premios Hugo traducidos por Martínez Roca a finales de los años 80. Cada relato se acompaña de una introducción escrita por Rodolfo Martínez, muy alejada de lo habitual en estos casos. No hay semblanzas biográficas o descripciones de las claves de las historias prologadas sino anécdotas que Martínez recuerda de su relación con cada autor. Cómo se conocieron, cómo ha evolucionado su relación, algún detalle que admire, anécdotas… Un reflejo de aquellos textos de Asimov un tanto egocéntricos pero repletos de cercanía.

Además, y es lo más relevante del volumen aparte de los relatos, si alguien busca información más canónica, Los premios Ignotus 1991-2000 se abre con un ensayo de Juanma Santiago sobre la intrahistoria de los Ignotus. Medio centenar de páginas a modo de recuerdo de lo que fue la afición durante la década: la creación de la aefcft, el nacimiento de las antologías Visiones, la gestación de los premios, recuerdos año a años de los cuentos ganadores, algunos finalistas, las circunstancias importantes para llevarse el galardón… Memoria viva del fandom contada con un estilo espontáneo y autorreferencial, posiblemente tan apreciado por los iniciados en el sacrosanto misterio del fandom como extraño para el lego.

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This Is The Way The World Ends, de James Morrow

This Is The Way The World EndsSi no me falla La Tercera Fundación, James Morrow apenas tiene dos novelas publicadas en España: Su hija unigénita y Remolcando a Jehová; sendas sátiras sobre el cristianismo construidas sobre el absurdo de la lectura literal de sus dogmas, textos… En 1986, cuatro años antes de escribir la primera de ellas, Morrow había sorprendido al mundo de aficionados a la ciencia ficción y la fantasía con This Is The Way The World Ends, una mirada menos ácida y cargada de una enorme tristeza sobre uno de los temas claves para entender la segunda mitad del siglo XX: la Guerra Fría y el miedo a un holocausto nuclear.

Morrow alimenta This Is The Way The World Ends con el pánico nuclear, alentado durante los años 80 por la Iniciativa de Defensa Estratégica y una serie de ficciones que volvieron a poner de actualidad los efectos de la radiactividad sobre la población (The Day After, Cuando el viento sopla). Su protagonista, George Paxton, un hombre común que talla lápidas en un cementerio, se enfrenta al dilema de cómo conseguir un traje SCOPAS; el equipo de protección esencial para sobrevivir a la radiactividad. No tanto por él como para proteger a su hija pequeña. Después de firmar un contrato extravagante consigue uno para, en su regreso a casa, observar en el horizonte la detonación de un misil y el posterior hongo atómico; el aldabonazo de inicio a un holocausto nuclear. Entre los cascotes de una ciudad destruida, mientras intenta reunirse con su familia, sufre un violento encuentro con otro superviviente y, a punto de morir, es salvado por la tripulación de un submarino con destino La Antártida. La única zona del planeta a salvo de las detonaciones por el momento.

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22/11/63, de Stephen King

22/11/63El asesinato de JFK en Dallas, el 22 de Noviembre de 1963, es uno de los fulcros de la historia de EEUU del siglo pasado. Sobre el suceso se han escrito miles de libros, no ya desde el campo de la (supuesta) no-ficción. Novelistas como Don DeLillo (Libra) o James Elroy (América, Seis de los grandes) lo han utilizado como punto de partida o final para indagar en las causas, radiografiar algunos de sus participantes desde el mundo de la ficción o plasmar una visión de su país en los momentos previos a ese punto de inflexión. King, un adolescente en aquel momento, también lo ha convertido en el motivo central de esta novela. Un proyecto de larga gestación, prácticamente desde su inicio como escritor en la década de los 70. Sin embargo no pudo llevarlo a buen puerto hasta bien avanzado este siglo, cuando pudo dedicarle la ingente labor de documentación que demandaba.

La novela, larga, muy muy larga, arranca con un tutorial de 200 páginas durante las cuales su narrador, Jake Epping, se introduce con el lector en los entresijos del viaje en el tiempo tal y como King lo ha concebido. A través de un conocido, Epping descubre una pequeña grieta que le permite viajar a un día concreto de 1958: la madriguera de conejo. El regreso al presente mediante esa singularidad se realiza siempre dos minutos después de haber partido, cualquier materia transportada en ambos sentidos se conserva, iniciar un nuevo viaje a 1958 pone a cero los cambios introducidos en la anterior ocasión… El funcionamiento de la discontinuidad parece definido para eliminar cualquier posible paradoja. King no está interesado en contar una historia de viajes en el tiempo más.

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Tik-Tok, de John Sladek

Tik-TokAunque ya lo he comentado otras veces, me apena ver novelas como esta sin un hueco en el mercado. Libros de hace más de dos décadas, con menos de trescientas páginas, alejados de las corrientes contemporáneas y con una acusada componente sociopolítica. A lo que en este caso se une una vertiente satírica que la hermana con el fantástico descendiente de Jonathan Swift y, por tanto, la separa de la estirpe de Verne o Wells, hoy en día la más común y considerada como “importante”. Librerías de viejo, bibliotecas con fondo, ebooks conseguidos de aquella manera o aprender idiomas son las vías de acceso de los reacios a olvidar que la ciencia ficción tuvo un pasado más allá de la última década y los títulos reeditados treinta y cinco veces en cuatro colecciones distintas. Un pasado muchas veces si no deslumbrante sí con sus fogonazos de inteligencia, ingenio y perspicacia.

En Tik-Tok, John Sladek construye un demencial reflejo de las historias de robots asimovianas. Mediante la primera persona se introduce en la mente de un robot que, en el capítulo inicial, comete su primer asesinato. Este punto de ruptura da pie a un recorrido oscilante entre el relato de sus correrías posteriores y el recuerdo de su vida hasta ese momento. Una sucesión de acontecimientos a cada cual más extravagante.

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The Quiet Woman, de Christopher Priest

The Quiet WomanDe todas las novelas escritas por Christopher Priest, The Quiet Woman es probablemente la menos conocida. Aun cuando forma parte de su etapa de madurez, publicada a mitad de la década que separa El glamour de El prestigio, se ha mantenido en un oscuro segundo plano eclipsada por cualquier otro de sus títulos, a excepción de su labor garbancera a sueldo de productoras audiovisuales. Después de haberla leído entiendo mejor el por qué: The Quiet Woman aqueja un tremendo desequilibrio entre su trama, una intriga criminal alrededor de un asesinato, y el subtexto establecido a su alrededor. Y aunque esa falta de estabilidad no llega a convertirla en ilegible, sí puede resultar un tanto molesta.

Todo empieza cuando Alice Stockton se entera de la muerte de Eleanor Traynor, una mujer con la que había intimado tras haber emigrado de Londres a Wiltshire. Alice buscaba en la campiña una vía de escape a su divorcio y estaba entregada a la escritura de una de sus obras de no ficción sobre mujeres. Pero no parecen buenos tiempos tampoco en esta faceta: ese último libro se ha topado con los censores. Se han quedado con la versión final de su último manuscrito y no hay manera de descubrir cuál es su problema. Esta vulneración de su libertad de expresión es la puerta de entrada a una realidad diferente a la nuestra, uno de los grandes aciertos de The Quiet Woman; cómo se introduce un Reino Unido distópico donde el gobierno ejerce, desde las bambalinas, un férreo control sobre la vida de sus ciudadanos.

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D de Destructor, de Ramón Muñoz

D de Destructor

Una de mis muchas lagunas lectoras en cuanto a fantasía, ciencia ficción, terror, literatura fantástica en general, se refiere, es la de los autores españoles (aunque más lamentable aún es mi ratio de libros escritos por mujeres, actualmente se encuentra en un paupérrimo cinco sobre cincuenta reseñas escritas en total, de las cuales sólo una fue positiva). Desconozco la razón, quizá se trate de un mecanismo mental involuntario en mi anárquica forma de escoger lecturas, la asunción profunda a nivel inconsciente de la (falsa) premisa de que el fantástico es un género fundamentalmente anglosajón y qué mejor que ir al original. O es quizá envidia de que la misma persona que me precede en la cola del Mercadona abarrotado un sábado a las doce y media de la mañana pueda estar fabulando otros mundos mientras yo sólo llego a odiar muy fuertemente mi vida y las decisiones que me han llevado a ese preciso momento espaciotemporal. O mejor aún, como manda el tópico perezoso, todo crítico literario es un escritor frustrado y yo no iba a ser menos. Bueno, no del todo, aunque como casi toda persona muy lectora he intentado emular a mís ídolos, enseguida me di cuenta de que aquello no era lo mío, escribir un relato, una novela, es una cosa dificilísima completamente fuera de mi alcance.

Bueno, les largo todo este rollo en plan excusatio non petita, pero que sinceramente es algo que me reconcome, para celebrar que llego a las dos, DOS, reseñas de autores españoles en un sólo año. En este caso se trata de D de Destructor la antología de relatos de Ramón Muñoz que ha publicado Cyberdark en su colección de antologías de autores españoles. ¿Y por qué he escogido la antología de Ramón Muñoz?. Pues porque a finales de los noventa, en la revista Gigamesh, entre relato de Greg Egan y relato de Greg Egan, su cuento “Días de tormenta” me impactó muchísimo, un relato a la altura del mejor Lucius Shepard.

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