Una casa de hojas poco antes del vendaval

La casa de hojasEntre otras cosas, este 2020 es el vigésimo cumpleaños de la publicación de La casa de hojas. Pero puestos a mencionar fechas, o, peor, efemérides, como a veces se les llama, por el carácter conmemorativo que arbitrariamente le otorgamos a la casilla X del calendario, podríamos recordar que Mark Z. Danielewski tardó diez años en escribir ese tapiz de excursos entrecruzados, y que el empeño se nota. Recupero ahora, más de seis años después, estos apuntes sobre la novela, y los paso a C, después de pulirlos un poco, para celebrar esta fiesta de cumpleaños.

Un resumen apresurado podría ir así: Johnny Truant se encuentra un manuscrito, amorfo y caótico, escrito por un tal Zampanò. El texto es una exégesis erudita sobre un documental dirigido por Will Navidson, padre de familia, acerca de la peculiar anomalía que descubre en su casa: es más grande por dentro que por fuera. Ya desde el principio nos dicen que The Navidson Record, el documental, no existe. Todo es un poco raro, vemos.

La paradoja afecta a todos. Como dice Zampanò: la paradoja son dos verdades irreconciliables. Dos realidades contrapuestas, enfrentadas, “que ni la mente ni el cuerpo pueden aceptar”. Desquiciador: no es lo mismo pensar la paradoja que vivirla. El lento deterioro del núcleo familiar está registrado por las cámaras de Navidson, y Truant, el que encuentra el texto, se dedica a anotar a pie de página sus impresiones sobre el texto con largas digresiones autobiográficas, peregrinas y caprichosas, que normalmente nada o muy poco tienen que ver con el texto.

Ya tenemos dos hilos narrativos: el texto de Zampanò sobre el documental, y las impresiones de Johnny Truant sobre el texto que Zampanò escribe sobre el documental que no existe. Vemos que Borges está por todas partes.

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Rafael Sánchez Ferlosio y la ciencia ficción

Sánchez FerlosioEs muy probable que lo que vaya a decir, que las palabras que ahora siguen, no sean más que una simple tontería. Pero bueno, a veces las cosas hay que decirlas igual. Es verdad que la relación entre Rafael Sánchez Ferlosio y la ciencia ficción, no fueron, precisamente, muy buenas; ni muy cordiales ni fructíferas. Él, que es una de las mayores aventuras del idioma en las que te puedes embarcar, dijo algunas cosas feas sobre nuestro género. Las cosas como son. En “Personas y animales en una fiesta de bautizo”, que abre sus Altos estudios eclesiásticos, habla de “las desmelenadas invenciones de la ciencia ficción”, mencionándolas como “inversión del escéptico, lúdico, prudente (…) espíritu científico”; y en esa obra maestra que recorre la barbarie humana que es Mientras no cambien los dioses, nada habrá cambiado, dice: “Y el sedicente ‘espíritu de aventura’ no es sino el elementalismo emocional vinculado a la mala literatura (…) o una regresión senil hacia las lecturas de infancia, con su percepción del mundo en clave de tebeo, por mucho que ese tebeo adopte los modernos escenarios de la ciencia ficción”. O la primera frase de ese mismo libro, por mí torpemente manoseada, hace poco, en el texto sobre humor y ciencia ficción, que es condescendiente y perfecta: “El desprestigio popular del espacio era completamente normal”. Visto así, la cosa es delicada.

Pero, primero: pensemos en los hechos. ¿Es un rechazo definitivo? ¿Radical? Porque, si vamos, como digo, a los hechos, a su obra, veremos que Ferlosio, cuando rechaza, rechaza bien, con argumentos, pensando, contextualizando y exponiendo, en frase poliarticulada, un pensamiento que socava lo que le es desagradable, lo que le es contrario al bien común del ser humano, con razonamientos y silogismos irresistiblemente persuasivos. ¿Ha sido merecedora de tales mecanismos de crítica ilustrada, la ciencia ficción, en Sánchez Ferlosio? Veamos.

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Pinceladas (I): La ballena dios, La nave estelar, Candyman y Muero por dentro

La ballena diosFrente a la digitalización del libro, la industria editorial tuvo que reinventarse. Y uno de los logros en ese terreno, uno de los más visibles, fue la proliferación de editoriales de vocación artesanal, conscientes de que un libro no es sólo lo que ocurre entre página y página, activado por la lectura, sino un objeto físico que hay que cuidar, que puede en sí mismo ser un atractivo. Las portadas actuales son delicadas y sofisticadas. Pero eso no es novedad; la ciencia ficción y otras literaturas tradicionalmente despreciadas siempre vieron en la ilustración de portada un lugar del objeto-libro al que dedicarle parte de sus esfuerzos, de sus mayores talentos creativos. Pienso, por pensar sólo en dos, en las portadas de Edaf, que oscilan entre lo muy bonito y lo encantadoramente cutre, o en las primeras ediciones de Minotauro. No me parece exagerar demasiado decir que algunas podrían exhibirse en las vitrinas de algún museo (de arte contemporáneo, por qué no). Una de las portadas más llamativas, en el mejor sentido, de Edaf, es la de la novela La ballena dios, de T. J. Bass. Otras portadas destacables de otras editoriales son las de La nave estelar, de Brian Aldiss, Candyman, de Vincent King, o Muero por dentro, de Robert Silverberg.

Larry Dever, el protagonista de La ballena dios, queda inmóvil de cintura para abajo. En el mundo futuro en el que vive, consiguen adaptar los restos de su cuerpo a circuitos electrónicos, con lo que pasa a convertirse en un ciborg, y más o menos sobrevive en plenitud ayudado por la ciencia. Pero algunas de sus extremidades han perdido para siempre la capacidad de sentir, y prefiere que le congelen, como la leyenda dice de Walt Disney, hasta que la ciencia del futuro garantice una vida mejor. Le despiertan para colonizar un planeta lejano, pero han extraído de sus células un clon sentiente para hacerle de donante de todo aquello que perdió, pero él, terco y humano, prefiere seguir esperando en el congelador porque el clon moriría después de cumplir con las funciones con las que le crearon. Envían, así pues, al clon al planeta por colonizar, y Larry sigue durmiendo, expectante. Ahí se dispara. La formación de Bass como médico y biólogo se hace notar en todas las páginas de la novela, sin que interfiera en el ritmo de lectura. Su uso de la jerga y la indisimulable devoción con la que alude al gremio no son casualidad.

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Terror y ciencia ficción

FrankensteinEl terror y la ciencia ficción, como mínimo en cine, han hecho muy buenas migas. Alien, Terror en el espacio, La cosa, Scanners, Terminator, Horizonte final, Cube o The Faculty son unos pocos ejemplos de lo bien que ligan las idiosincrasias del terror y la ciencia ficción, de lo mucho que se llegan a nutrir la una de la otra hasta lograr esas obras híbridas que son lo que son, y algo más. Salvo excepciones, el idilio ha sido mucho más rico en cine que en literatura, y más estimulante, como decía en el texto anterior, que el del humor y la ciencia ficción. ¿Por qué más en cine que en literatura? A eso, la verdad, no tengo mucha respuesta.

Pero si la ciencia ficción es, como dije en el texto sobre Los jugadores de Titán de Philip K. Dick, la deformación plausible de la realidad, quiere decir que, si prescindimos, por un momento, de los escenarios metafísicos del terror paranormal, veremos que la relación entre avance científico y terror, o entre futuro y terror, es muy natural. Veremos que un género se deriva ágilmente del otro, da igual el orden, y que el terror, así, contribuye también a esa misma deformación plausible de la realidad. Los robots rebelados o el salvajismo que brota en una situación desesperada de sociedad postapocalíptica nos plantean posibilidades de horror fascinante más allá del simple slasher (es un decir), porque el caso es que la ciencia ficción ensancha las posibilidades y el imaginario del terror extendiéndolo a través del tiempo y del espacio en la misma medida en que el terror modifica y matiza los logros que normalmente le atribuimos a la ciencia ficción, acercándola más, con sus espantos, a lo sublime. Se retroalimentan, vemos.

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Humor y ciencia ficción

¡Tierra!El predominio anglófono en la literatura de ciencia ficción está completamente aceptado. Hasta hace unos años, al menos. De todos modos, eso no nos tiene que hacer olvidar una tarea que viene implícita en la aceptación de esa realidad: descubrir lo que está sepultado por esas obras en inglés que acaparan las estanterías de nuestro género. Fuera del idioma están Stanislaw Lem, Jean-Pierre Andrevon, Rafael Marín y otros muchos, sí. Pero hay más. Y, de entre esas figuras que destacan en la multitud, está, algo olvidado, el italiano Stefano Benni y su novela ochentera ¡Tierra!

Después de la sexta guerra mundial, la Tierra queda cubierta por una aplastante capa de hielo, y robots y humanos, al recibir la noticia de un capitán medio loco que ha encontrado un planeta con condiciones para la vida, saltan a las estrellas para llegar hasta allí, colonizarlo y sobrevivir. A la vez, descubren en las ruinas de Cuzco una fuente de energía que, quién sabe, podría llegar a restaurar los recursos perdidos de la Tierra.

Parecida en sus descripciones de una Tierra congelada a La nave de los hielos, de Michael Moorcock, o a la extraña novela Hielo, de Anna Kavan, ¡Tierra! plantea un escenario de protagonismos compartidos. Desde una primera pincelada melviliana en la que unos personajes se embarcan en una nave capitaneada por un émulo de Ahab, hasta las diferentes naves que compiten, por así decir, para llegar primero al extraño pero esperanzador descubrimiento de Van Cram –el capitán medio loco–, tenemos en ¡Tierra! una novela coral, humorística y atrevida, que se mete en distintos frentes sin perder el nervio y la garra. Nos describe partidas de ajedrez con fichas alienígenas que se aprenden los movimientos por sí solas, o cómo y por qué se reciclan las partes de un robot, o el ciclo infinito de piratas que roban a los ricos para dárselo a los pobres, que a su vez acaban haciéndose ricos hasta que llegan otros piratas para robarles y darles su riqueza otra vez a los pobres, y así para siempre en un bucle infinito; todo esto de camino al planeta nuevo.

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Time Pressure, de Spider Robinson

Time PressureCiencia ficción y hippies apartados de la civilización más caótica. Eso tenemos en Time Pressure, de Spider Robinson, así que la novela se podría enclavar en ese subgrupo literario que se conoce por el (acertado) nombre de ‘ciencia ficción pastoral’, como leemos en la versión de 1995 de La enciclopedia de ciencia ficción de John Clute y Peter Nicholls, o lo que también se podría llamar ‘ciencia ficción rural’: pienso en obras de Clifford D. Simak, George R. Stewart, Zenna Henderson o John Wyndham. El sentido de la maravilla, como en estos autores, proviene tanto de lo cienciaficcionesco –en este caso, la llegada de una viajera en el tiempo–, como del entorno natural, cubierto de nieve y hielo, donde habitan los protagonistas. Time Pressure también se puede leer como una variación del subgénero del primer contacto con especies alienígenas. Lo que llega del aire y se materializa entre los árboles nevados no es un platillo volante tripulado, como en esos casos, sino una mujer del futuro. A partir de ahí, el narrador va presentando a la chica en su círculo de amigos, cómo se desenvuelve y los motivos por los que ha vuelto.

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Rendición, de Ray Loriga

RendiciónAlgún día la ciencia ficción se hará realidad. (Ese día dejará de existir). Y no sé si hemos llegado o no a esos extremos, pero en tiempos de reclusión y retraimiento puede ser buena idea volver a una novela que pasó, creo, pelín inadvertida por la crítica, y que, sin embargo, es fuente de ideas y escenarios afines a lo que vemos hoy en la calle y en los medios. Rendición, de Ray Loriga, aportó –junto con algunas otras obras– frescura a un panorama que puede estancarse. Así que si queremos podemos identificar pasadizos secretos entre Rendición, penúltima novela, a día de hoy, de Loriga, y Esta noche arderá el cielo, de Emilio Bueso, e Intemperie, de Jesús Carrasco. Entre las tres hay pasadizos que permiten hacer una lectura muy particular del imaginario postapocalíptico. La novela de Carrasco era tímidamente postapocalíptica: tomaba prestados algunos paisajes del subgénero y los pasaba por un tamiz delibesiano; Bueso escribió una novela postapocalíptica sui generis que acepta muchas definiciones (incluida la de «western boreal»); y, con Rendición, Loriga escribió una que, en su primer tramo, es cien por cien postapocalíptica. O, mejor dicho, en trance de serlo, continuando así una secuencia no intencionada en nuestra literatura de novelas más o menos postapocalípticas. En ese sentido, la obra de Loriga fluctúa entre varios géneros: más adelante le da el relevo a la distopía, y, al final, al relato kafkiano. (Luego volveré sobre este asunto).

Las autoridades de Rendición, cuyo nombre ignoramos, pretextando seguridad y protección, expulsan a los habitantes de “la comarca” para enviarlos a una ciudad transparente que les servirá de refugio para una guerra que nadie recuerda por qué empezó. Así es como conocemos a la pareja protagonista, en medio de una evacuación precipitada. En un tenso clima de delaciones el narrador, que es el protagonista, y su mujer son respetados por el prestigio de tener a dos hijos en la guerra. También viven con un niño que no saben de dónde ha salido porque no habla ni se comunica con nadie. La evacuación se da en medio de un panorama en trance de ser postapocalíptico, como digo, en un mundo que está al final de su apocalipsis particular, a punto de entrar en lo que sea que le suceda.

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En busca de Philip K. Dick, de Anne R. Dick

En busca de Philip K. DickNo me atrevería a llamarlo biografía. En busca de Philip K. Dick, de Anne R. Dick –que firma con el apellido prestado– entra y sale de varios géneros, con menos intención que naturalidad, hasta el punto de fijar su inicio no en el nacimiento de Philip K. Dick, como cabría esperar, sino en 1958, cuando Anne y Phil se conocieron, y en ese sentido es menos una biografía que una memoria de su vida compartida. Como tal memoria que es, no es solo un complemento a la literatura crítica sobre Dick: En busca de Philip K. Dick es una grabación en super-8 de nuestro autor sentado una tarde de verano en el salón de su casa. (Si le he llamado Phil es porque la misma autora usa el diminutivo para referirse a él; a ella la citaré por el nombre de pila para diferenciarla de las menciones a Dick, Philip K.).

Anne da menos contexto e indaga menos en la infancia de Dick que Emmanuel Carrère en Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Porque no estamos ante un libro sobre Dick, en realidad, sino ante uno de Anne sobre ella misma, sobre cómo era Phil en casa y sobre cómo era el vivir con él, sobre cómo le veía, y en ese sentido es un tipo de texto nuevo, diferente, sobre cómo vive un escritor, y sobre cómo influyen sus derivas emocionales en la gente de su entorno. Hay menos palos a Dick de lo que podríamos esperar, y el tono de Anne es, a veces, como el de esa persona que quiere justificarse, o el de esa persona que quiere dejarse bien a sí misma y desdecir lo que otros han escrito sobre ella (aunque sea bajo la distorsión literaria de unos personajes novelescos). Todo esto es comprensible dada la imagen, algo brusca y tiránica, que tenemos de ella si leemos a Carrère o si sabemos encontrar las alusiones a ella en las novelas de Dick.

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Temporada alta, de Nadal Suau

Temporada altaEn el sector turístico se suele medir la veteranía del empleado o la empleada por el número de temporadas altas que lleva trabajando. Josep Maria Nadal Suau, crítico de referencia de El Cultural (y no sólo de El Cultural, también del país entero), ha escogido este concepto, Temporada alta, como título de su segundo libro, un ensayo sobre, entre cosas, el turismo en su Palma de Mallorca natal; sobre cómo entender ese fenómeno omnívoro tan complejo, y sobre cómo entender, también, la propia ciudad. ¿Qué es una ciudad que vive del turismo? ¿En qué queda?

Suau abre el libro con una refrescante dosis de sentido común: “un barrio, un domicilio o un salario son puntos de vista”. Consciente de eso, separa esa “otra Palma” que  “se extiende sobre el trazado de Palma” con “la forma de lo vacío, lo rentable y de lo segregado”. Y si vivimos, como dice, en un espacio y en un tiempo en el que “se anula el significado de cualquier icono (…) que no responda a una lógica de la productividad”, ya tenemos un caldo de cultivo perfecto para que arraigue el “monocultivo turístico” de nuestro tiempo. Hay páginas para todas esas Palmas en Temporada alta. Basten estas breves citas para ver una pequeña muestra de cuánto y cómo incide Nadal Suau en estas cosas, con ejemplos y pensamiento crítico tonificantes.

Además, se encarga de espaciar los tramos más ensayísticos de su obra para que quepa su propio punto de vista, para adentrarse en lo que ve. Escoge muestras de un paisaje real, pre-turismo, que se solapan a las de una Palma cedida a los vicios del capitalismo como prueba y contraste de este problema, el turismo masivo, de tan difícil solución, que no produce nada “salvo apariencia de imágenes y de experiencias”.

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El mundo invertido, de Christopher Priest

El mundo invertidoYa el propio punto de partida de este libro es raro. Y lo es de esa manera en que nos desconcierta lo descontextualizado, lo extraño, ante lo que normalmente reaccionamos con alguna de las variantes de la pregunta: ¿cómo se le ha podido ocurrir al autor una cosa así? En El mundo invertido, de Christopher Priest, la ciudad de Tierra, con sus edificios y sus gentes trabajadoras y bien organizadas, se mueve sobre raíles que hay que ir construyendo y arreglando sobre la marcha. La ciudad avanza hacia un punto inalcanzable llamado Óptimo, sin que acabemos de saber, igual que los personajes, por qué. Hay unos gremios especializados en la construcción de puentes para salvar los obstáculos naturales de la orografía, y hay otros gremios, como en el que ingresa Helward Mann, claro protagonista de la novela, llamados del futuro, que es el nombre que le dan a la tierra que tienen por delante, aún por descubrir. La primera frase ya nos empuja a un mundo distorsionado hasta en sus mismas concepciones del tiempo, hasta en la manera misma en que lo miden: “Había cumplido las seiscientas cincuenta millas de edad”.

La primera parte de El mundo invertido está narrada en primera persona, y es a través de Mann, el joven protagonista, que nos familiarizamos con el mundo extraño de Priest, con sus gremios, sus sistemas de trabajo, y con la lejana incógnita del mundo exterior. Es, en ese sentido, una novela de formación, en la que vemos cómo evoluciona la mente y los conocimientos del protagonista, cómo se estructura su personalidad.

Construcción de vías, comida sintética, relaciones programadas, referencias misteriosas a un planeta Tierra que ya no existe: este es el entramado de esta historia en la que el hecho de que una ciudad que se mueva ya es, o para mí al menos ha sido, un detonante de las mejores sensaciones de fascinación que provoca lo cienciaficcionesco. Pero ya en la segunda parte, donde un narrador en tercera persona se encarga de narrar la salida de Helward al mundo ajeno, se vuelve todo un poco loco. La realidad misma se altera, la propia fisicidad objetiva del entorno como los ríos, las montañas o las compañeras de viaje del protagonista pierden su forma original, y fluctúan de tamaño, de color y de forma como imágenes de caleidoscopio, como las coloridas alucinaciones de la psicodelia sesentera. Por eso no es gratuito el cambio de narrador: no sería creíble, dada la metamorfosis de todo lo real en la novela, que una primera persona afectada de tal manera contase lo que le rodea como si no pasara nada.

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