Strangers, de Gardner Dozois

StrangersNo sólo esté descatalogada en inglés en su versión impresa (existe una edición digital disponible en Amazon); Strangers, obra de Gardner Dozois de 1978, sigue inédita en castellano. Pensar en Gardner Dozois es pensar en uno de los mejores editores y difusores de ciencia ficción de todos los tiempos. Pensar en él un poco más es caer en la cuenta de que no sólo ha antologado cuentos de ciencia ficción: también los ha escrito. También ha escrito ensayos y, como es el caso del libro que menciono, novelas. Su trabajo como editor y la modestia que desprende en las entrevistas puede ser una de las razones por las que no tengamos más libros de Dozois en nuestras estanterías. Dijo en una entrevista que en sus primeras lecturas infantiles buscaba “la visión de una vida que no era la mía”, y, cuando se dio cuenta de ello, empezó a leer ciencia ficción. Tal como lo dice, parece que su amor por el género sea un poco como el que pueda sentir un enfermo por la cura.

En Strangers hay una historia de amor en la que vemos, entre otras cosas, cómo los prejuicios, los sobreentendidos y demás derivados etéreos del lenguaje pueden acabar con una relación, o con el amor mismo. El de la novela es un amor entre dos seres que son alienígenas, el uno para el otro. A Dozois, en este sentido, se le nota la tremenda admiración (comprensible, por otra parte), que sentía por James Tiptree, Jr. La influencia de Tiptree a la hora de crear mundos alienígenas a todo color, en los detalles con que reviste su cosmovisión, o, sobre todo, en el tratamiento del amor interracial, es muy clara en esta novela. Como Tiptree, Dozois revela una mirada no sólo tolerante y de admiración por ese otro que es el alienígena, sino de abierta lascivia. Porque aquí también vemos cómo surge una sexualidad heterodoxa, derivada de un amor nuevo (consecuente con ese amor nuevo). Es un sexo que, aun siendo explícito, no pierde la ternura, y en ese sentido está más cerca de un John Varley que de un Philip José Farmer. El protagonista humano prefiere a su amante alienígena por encima de la humana. De todos modos, estoy diciendo algo mal: aquí el alienígena es el humano. Es la humanidad la que llega de visita a un planeta extraño, congelado, y no al revés.

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Sobre el relato postapocalíptico

The Road

Uno de los subgéneros más encantadores de la ciencia ficción, uno de los que más puede atraer a los no interesados en el género, que puede ser terreno compartido para lectores de todas las sensibilidades y tendencias, es la literatura postapocalítpica. No hace mucho vimos, con La carretera de Cormac McCarthy, un boom del subgénero, un auge explosivo que lo popularizó más allá de sus fronteras, que gustó a todo el mundo y que llegó, de manos de un autor no especializado en el género, a todas las capas del público lector. Creció y se multiplicó (yo creo, por otra parte, que ese libro es uno de los motivos por los que se ha expandido, también, el universo primo hermano de los zombies). Independientemente de los incuestionables valores de la novela, del asombroso talento de McCarthy, creo que la propia naturaleza de lo postapocalíptico contribuyó a extender el subgénero. Pero, ¿por qué llegó tan lejos? ¿Por qué lo postapocalíptico sí y la interacción con alienígenas, por ejemplo, no?

La puesta en escena de la literatura postapocalíptica tiende a ser menos excéntrica que, digamos, la de la space opera o la de los viajes al futuro, que exigen, para ser aceptadas, un poco más de ese entusiasmo innato que siente el freak por las transgresiones de la ciencia ficción. En general, no asistiremos a ese despliegue de imaginario cienciaficcionesco tan exagerado que vemos en la space opera. Por el contrario, veremos tierras arrasadas, edificios abandonados, agrietados y moribundos, todo será ruina, calles invadidas por una vegetación que crece desatada, gente enloquecida, que sobrevive como puede, pequeños, miserables caudillos que se aprovechan de su fuerza para depredar a los más débiles, veremos escenas de una pobreza ilimitada, hambre, dolor, sufrimiento. Mucho frío y mucha soledad. Veremos muerto todo lo que está vivo. Algo con lo que cualquier lector, sea o no aficionado al género, puede identificarse. Lo vemos en la actualidad: siempre pienso en el escenario de después de una guerra, más o menos, y en ese sentido quien lea no tendrá que pedirle a su cerebro el esfuerzo que necesitaría para aceptar las delicias futuristas de lo que me gusta llamar “la ciencia ficción más colorida”. Es un desgarro de la realidad que puede aceptar cualquiera porque no está tan alejado de la realidad común.

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