Los Mandible, de Lionel Shriver

Los MandibleUn minuto antes de la oscuridad, Apocalipsis suave, Cenital… las novelas sobre un colapso surgidas al viento de la última crisis económica han sido numerosas y variadas. Entre todas he encontrado el mayor atractivo en las centradas en las catástrofes personales, aquellas con el foco puesto sobre la parte de la historia que, creo, permite un desarrollo más equilibrado y cercano. En esta vertiente se puede encuadrar esta novela donde Lionel Shriver parte de una futura debacle económica de EE.UU. para radiografiar su impacto sobre una familia de clase media-alta de la costa Este: los Mandible. Cuatro generaciones que le sirven a la autora de Tenemos que hablar de Kevin para tratar nuestra propia postura ante los avatares socioeconómicos de los últimos años a través de los grupos de población claves: los promotores, los baby boomers, los milennials y los hijos de estos últimos, destinados a sobrevivir en unos EE.UU. que poco tienen que ver con los que conocieron sus abuelos.

Shriver sitúa Los Mandible dentro del campo de la literatura prospectiva. La mayor parte de su extensión tiene lugar en un período de un par de años a partir de 2029, el momento en el cual el país padece la decisión de un grupo de potencias extranjeras de abandonar el dólar como moneda patrón. Las medidas articuladas para capear la tormenta monetaria se vienen abajo y el presidente toma esa decisión tan debatida cada vez que Grecia necesita renegociar las condiciones de su rescate: no pagar su deuda soberana. Desde ahí la trayectoria es un cuesta abajo y sin frenos, paños calientes ni medias tintas mientras EE.UU. se convierte en un estado fallido donde cualquier parecido con el actual estatus quo es mera coincidencia.

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Lo grotesco, de Santiago Eximeno

Lo grotescoHan pasado quince años desde que “Origami” me golpeara en el número 33 de la revista Gigamesh. Un cuento emocionante que para muchos supuso la presentación en sociedad de su autor, Santiago Eximeno. Desde aquel lejano 2002 me he ido reencontrando con él en revistas, antologías, colecciones de relatos, novelas. Durante todo este tiempo me ha sorprendido cómo ha progresado en su escritura manteniendo unas señas de identidad que, en parte, ya estaban en “Origami”. La fragilidad del cuerpo humano, el conflicto dentro de la familia, la pérdida de un ser querido y el duelo, la contención en el uso de lo fantástico… Tal y como se puede observar en Lo grotesco, su última colección de relatos, su producción mantiene una atractiva diversidad pero es en la presencia de estas características donde personalmente sigo reencontrándome con lo mejor de Santiago Eximeno.

Una mujer que abandona a su marido y lo deja al cuidado de su hijo (“Lovot”), un percance de salud que deja a un abuelo discapacitado sin visos de recuperación (“Tradición”), un padre y una hija que se reencuentran después de que a ella le hayan diagnosticado una enfermedad grave (“Pajaritos”)… Una parte de Lo grotesco pone al lector ante pequeños cataclismos familiares en una España a cinco minutos en el futuro donde se intuye el azote de la crisis económica. El golpe de efecto llega con el perverso giro fantástico/especulativo, un toque mínimo con el que Eximeno ahonda en el dolor de los personajes mientras saca partido a la situación caso de la imposibilidad de atender a los dependientes de “Tradición” o esa habilidad española para banalizar y mercantilizar cualquier detalle de “Pajaritos”.

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Traveller of Worlds: Conversations with Robert Silverberg, de Alvaro Zinos-Amaro

Traveller Of WorldsEs difícil precisar cuándo Robert Silverberg pasó de ser uno de los muchos escritores estadounidenses que había leído a convertirse en uno de las piedras angulares de mi pasión por la ciencia ficción. Mucho tiene que ver que consiguiera en una visita a Madrid los tres títulos seleccionados por Alejo Cuervo para la segunda época de Martínez Roca Super Ficción: Muero por dentro, Tiempo de cambios y La torre de cristal. Tres novelas de aúpa que leídas la una detrás de la otra me ataron a una narrativa demoledora donde la voz del narrador formaba un todo con la historia y los temas a desarrollar. Aquellos años entre 2001 y 2004, el período Cyberdark, fueron años de comprar mucho libro “viejo”, de conseguir títulos imposibles de encontrar en Santander. Me hice con prácticamente todos sus libros traducidos. Leí colecciones de relatos magníficas como La otra sombra de la Tierra o Lo mejor de Silverberg, la mayor parte de la producción de su época de esplendor (Estación Hawksbill, Por el tiempo, Alas nocturnas, El hombre en el laberinto…), los libros que escribió en los años 80, generalmente peor considerados y con títulos que bien merecen una nueva lectura (Tom O’Bedlam, La estrella de los gitanos). Incluso, alentado por Alberto García-Teresa cuando convirtió Solaris en algo más que un catálogo de publicaciones de La Factoría de Ideas, le rendí un pequeño tributo en la forma de breve artículo sobre sus temas y obsesiones. En este contexto es fácil entender por qué Traveller of Worlds despertó mi interés cuando Elías Combarro lo reseñó en Sense of Wonder.

El libro recoge varias conversaciones entre Alvaro Zinos-Amaro y Silverberg hace un par de años. Una serie de entrevistas centradas en aspectos no demasiado tratados de su vida. Quien espere un repaso a su obra y su relación con el mundo de la ciencia ficción puede salir escaldado. Aunque es imposible que estos no aparezcan (y lo hacen con una cierta amplitud), Silverberg los ha tratado abundantemente en otros lugares, algunos muy recientes como los textos que acompañan a The Collected Stories de Subterranean Press, pura historia de la ciencia ficción. Aquí hay espacio para otro tipo de facetas. Unas más sugerentes. Otras, me temo, bastante menos.

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Ecce Monstrum, de Nathan Ballingrud

Ecce MonstrumNo se puede tomar Goodreads como una medida proporcionada de la base de lectores. Sí como una fuente de información para considerar los hábitos de una parte caracterizada por su grado de militancia. Ese sector que pierde el culo por alardear de sus lecturas, poner muchas estrellitas e, incluso, escribir valoraciones. Si nos atenemos a la ficha de Ecce Monstrum en esa red social, la inmensa mayoría de opiniones proceden de un intervalo de tiempo de un par de meses posteriores a su publicación. Menos de una cuarta parte se han acercado a él en los últimos seis meses. Un ejemplo tan específico no puede convertirse en ley, pero esta casuística recuerda el triste sino de las novedades unas semanas después de llegar a las librerías, aquí aplicada a un libro digital. Un formato cuyo modus vivendi debiera suponer una diferencia frente a su primo de papel choca igualmente con la estrecha campana de “atención”.

Esta situación dista mucho de ser una crítica; es más bien la constatación de una obviedad a modo de desahogo para aligerar la tristeza que me produce. En general, en particular al escribir sobre los libros de Fata Libeli, y en concreto sobre este Ecce Monstrum, de Nathan Ballingrud. Si no me equivoco, contiene sus primeros relatos publicados en castellano; una selección proveniente de su colección North American Lake Monsters. Como es habitual, este en apariencia inconveniente (no se traducen todos los cuentos de la edición original) se transforma en una de las fortalezas del volumen: los posibles desequilibrios entre las diversas piezas se han minimizado y se muestra un catálogo cohesionado alrededor de los puntos fuertes del autor. Un libro que, como las anteriores colecciones seleccionadas por Fata Libelli (Peter Watts, Elizabeth Bear, Tim Pratt…), funciona como acerada tarjeta de presentación de un nombre prácticamente desconocido en España. Por menos de 5 euros.

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Antrópica, de Alberto Moreno Pérez

AntrópicaEgo es un ser de apariencia humanoide que despierta en medio de una llanura. Nada sabe de su existencia previa ni del lugar al que ha sido arrojado pero alberga las nociones básicas para comprender la información que le llega a través de sus sentidos. Empujado por un deseo irrefrenable por avanzar en una dirección determinada, la pulsión, recorre un paisaje cuyas formas parecen reducidas a la mínima expresión. Lleno de curiosidad, descubre llamativas estructuras y criaturas cuya imagen está relacionada con la suya. Apenas le retrasan unas inoportunas pérdidas de conciencia que se repiten a intervalos regulares.

¿Quién es Ego? ¿Qué es ese espacio por el cuál se mueve? ¿Cuál es la naturaleza de los seres que salen a su paso? ¿De dónde surge esa afán-guía? La primera mitad de Antrópica alumbra este escenario de textura minimalista mediante los ojos de esta criatura. En su descripción tiene un peso especial la faceta objetiva del paisaje. Los tamaños, las distancias, las cualidades de los materiales, el tiempo entre apagados… se traducen en virtud a las unidades que domina Ego. Fundamentalmente él mismo. Mientras, sus conocimientos sobre la realidad física dan pie a algunas hipótesis cuya viabilidad comprueba por el más elemental proceso empírico. Este enfoque, coherente con la esencia del narrador y su mundo, establece las primeras barreras a superar: conectar con un personaje con un discurso desapasionado, muy apegado a sus percepciones objetivas; disfrutar de su periplo a través de un espacio tan desnudo; la ausencia de conflictos internos. Toda la tensión se fía a las novedades detrás de cada recodo y los daños que sufre o puede sufrir. Porque su cuerpo padece las consecuencias de caídas, golpes, acciones desesperadas y alguna que otra amenaza externa. Al llegar al ecuador, un suceso termina por agotar el punto de vista de Ego y abre Antrópica a dos nuevos planos. Primero uno en el cual dos personajes dialogan entre sí seguido de otro donde uno de ellos retoma la narración en primera persona. Tanto la conversación como el testimonio encadenan las revelaciones pertinentes para desentrañar el gran misterio y conducir la historia en una nueva dirección. Un camino donde esta vez lo emocional se acerca a lo, digamos, intelectual.

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El muro de las tormentas, de Ken Liu

El muro de las tormentasComprar el primer libro de una trilogía en España siempre ha tenido mucho de acto de fe; pocas veces existe el compromiso explícito de seguirla hasta su conclusión. Y de tenerlo, tampoco se suele apuntar cuándo puede hacerlo. Por eso valoro la labor de Alianza con los libros de La dinastía del diente de león de Ken Liu. Su primer volumen, La gracia de los reyes, llegó a las librerías hace menos de un año y su continuación, este El muro de las tormentas, lo ha hecho apenas medio año después de aparecer en inglés. A esto hay que unir el cuidado estándar de publicación: la tapa dura, los mapas a color, la calidad del papel, una aseada edición… Todo un acierto por parte del equipo detrás de la colección Runas.

En La gracia de los reyes Ken Liu abordaba un relato de tintes clásicos centrado en el nacimiento de una dinastía y el proceso de construcción de su imperio. Su principal interés y, a la sazón, lo atractivo de su lectura derivaba de cómo crecía su historia principal a medida que se adherían a ella multitud de historias más pequeñas. Cómo un narración épica sobre el poder, su conquista y sus consecuencias se sostenía muchas veces sobre la espalda de una miríada de personajes de las más variadas procedencias. Siguiendo esta línea, El muro de las tormentas se convierte en una obra más compleja y heterogénea. Liu incorpora facetas inéditas del escenario y profundiza en aspectos ya vistos mientras los enriquece con nuevas capas.

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La habitación de Nona

La habitación de NonaHacía diez años que no leía a Cristina Fernández Cubas. Justo desde Parientes pobres del diablo, su anterior colección de cuentos. Más o menos por entonces se cumplía una década desde que cayera en mis manos El ángulo del horror, quizás la mejor tarjeta de presentación de su obra si se desea un acercamiento puntual, alejado de la exhaustividad del imponente Todos los cuentos. Con esta discontinuidad y la dificultad que supone escribir más de tres líneas sobre mi recuerdo de ambos libros, La habitación de Nona me ha supuesto un refrescante reencuentro con la manera de enfocar la narrativa de Fernández Cubas donde sólo me cabe lamentar la brevedad del volumen. Apenas 200 páginas de letra hermosa que se leen en un suspiro. Sin embargo ahí reside también el gran acierto de estos libros donde nos entrega sus relatos: no sobra ni una página.

No es de extrañar que el cuento más significativo sea el que ha servido para ponerle título. Contado en primera persona, “La habitación de Nona” proyecta al lector a la mente de una joven que escribe sobre la relación con su hermana; una niña tres años menor con algún tipo de trastorno psicológico y un mundo interior de gran riqueza del que nadie parece saber nada. La narradora desgrana sus pequeños conflictos según se ha desarrollado su vida hasta el momento y se detiene sobre una serie de situaciones aparentemente inexplicables que terminan teniendo sentido al cerrar su testimonio. Un broche delicioso para esta exploración de la identidad construida sobre el excelente uso de la figura del narrador.

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El cuento de la criada, de Margaret Atwood

El cuento de la criadaAnte el estreno inminente de su nueva adaptación, donde a cada nueva promoción se intuye el cuidado puesto en su acabado final, no tenía sentido continuar dilatando el momento de acercarme a El cuento de la criada. Escrita en pleno auge del pensamiento neoconservador de los tiempos de Ronald Reagan, se ha vuelto a poner de actualidad tras el triunfo de Donald Trump en las pasadas elecciones de Enero. Su imagen de megalómano con mando en plaza, el grupo de extremistas de los que se ha rodeado, las ideas que han puesto sobre la mesa (suspensión de las ayudas a los centros de planificación familiar, destrucción de los avances en el derecho a una sanidad universal, el total desprecio por las evidencias científicas…), han llevado a un buen número de lectores a acordarse, entre otras, de esta novela escrita hace más de tres décadas.

En El cuento de la criada Margaret Atwood plantea un único escenario: la República de Gilead. Una región indeterminada de EE.UU. donde, después de un golpe de estado, se ha producido una regresión social de dimensiones ciclópeas hasta convertirla en un reflejo de la Nueva Inglaterra de los colonos puritanos. Además, tras diversas catástrofes ecológicas, la esterilidad se encuentra tan extendida como las malformaciones durante el embarazo. Un panorama donde el futuro de la propia humanidad parece amenazada. Fieles a las raíces evangélicas de su Estado, han encontrado el remedio a esta situación en un relato bíblico. Tal y como se solucionaba la esterilidad de Raquel y Jacob acudiendo a Bilhah, una esclava, para concebir los hijos de la pareja, en Gilead recurren a las llamadas criadas. Mujeres fértiles que en muchos casos ya han sido madres, aleccionadas en escuelas para cumplir en un único servicio a sus patrones siguiendo la máxima: de cada uno según sus capacidades; a cada uno según sus necesidades.

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Un hombre sueña despierto, de Lavie Tidhar

Un hombre sueña despiertoImaginen una Europa en 1933 donde el partido comunista gana las elecciones en Alemania y los nazis no ascienden al poder. La purga posterior lleva a sus dirigentes bien a campos de concentración bien al exilio. Entre estos últimos muchos terminan en Gran Bretaña donde un lustro más tarde sobreviven en un discreto segundo plano mientras el partido fascista británico de Oswald Mosley gana peso. Uno de estos nazis venidos a menos es Wolf. A finales de 1939 malvive como detective privado en un cuchitril del Soho rodeado de prostitutas e inmigrantes, la materia prima para alimentar el odio al otro cuando vivía Alemania. La guinda a este pequeño purgatorio llega con su nuevo caso: encontrar a una judía desaparecida que debería haber llegado desde Alemania. Con toda seguridad por la acción de sus viejos compañeros de partido.

Ésta es la ucronía que Lavie Tidhar despliega en Un hombre sueña despierto mediante varias secciones encadenadas. A través del diario en primera persona de Wolf plasma sus pensamientos y sentimientos más profundos. Es este aspecto de retrato interior, cómo ayuda a comprender a Wolf, el que da carta de naturaleza a estas secuencias. Sus motivaciones, sus frustraciones, la evolución de su pensamiento tras la derrota del nacionalsocialismo seis años antes, su percepción de las humillaciones que sufre… Y, de una manera a mi modo de ver menos lograda, el recuerdo de los años de adolescencia, su participación en la Gran Guerra, las secuelas y su relación con las mujeres en los años previos a la caída. Todos ellos necesarios para el retrato de su carácter pero introducidos un poco con calzador.

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Doctor Rat, de William Kotzwinkle

Doctor Rat

Los 70 fueron terreno abonado para historias con un profundo sentimiento crítico protagonizadas por animales. Hace unos meses llorábamos la muerte de Richard Adams, narrador del épico viaje de unos conejos a través de la campiña inglesa para crear su propia madriguera (La colina de Watership). A finales de la misma década triunfó Los animales del pequeño bosque (The Animals of Farthing Wood), una explotación de la vía abierta por Adams con un grupo de animales en busca de un nuevo hogar tras la destrucción de su bosque. Unos años antes se recuperaba la obra póstuma de T. H. White, El libro de Merlín, cierre de la secuencia de Camelot donde, poco antes de la batalla definitiva contra Mordred, Merlín transformaba a Arturo en todo tipo animales y un tribunal de animales sometía a juicio a toda la especie humana. Además en 1977 William Kotzwinkle ganaba el Premio Mundial de Fantasía con Doctor Rat, novela inédita en castellano hasta 2016 cuando fue rescatada por Navona Editorial.

El detalle del galardón no es baladí. Lejos de quedarse anclado en la vertiente épica-medievaloide, el Premio Mundial de Fantasía se ha caracterizado por reconocer la concepción más ecléctica de este género. Y Doctor Rat es un ejemplo inmejorable de esa amplitud y versatilidad. Una fábula sobre la relación del hombre con el mundo animal que tanto puede interpretarse como una chanza de los experimentos más estúpidos llevados a cabo en pro del avance científico como una despiadada sátira del holocausto. Encadena secuencias donde el humor negro más extravagante da paso a capítulos sumamente tristes. Momentos de gran intimidad se alternan con otros de una violencia exacerbada sin que se quiebre la homogeneidad del conjunto.

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