Nación Vacuna, de Fernanda García Lao

Nación VacunaA poco que se bucee en C, es fácil averiguar qué editoriales me resultan más interesantes. Una de las que acumula comentarios de un par de años para acá es Candaya. Me atrae la doble línea en la que está explorando el terror (Mónica Ojeda, Solange Rodríguez) o el territorio entre la distopía y lo apocalíptico. Es cierto, ambas satisfacen una demanda del mercado que, en el segundo caso, lleva una década con sobreabundancia de títulos. Sin embargo esta pequeña editorial catalana se caracteriza por dar cabida a visiones genuinas, casi siempre alejadas de las recetas del thriller todoterreno. Entre los libros aparecidos este tortuoso 2020 solo he podido leer Nación Vacuna, y apenas la veo unos pasos por detrás de la categoría «recomendable sin temor a duda alguna» (Mandíbula). He disfrutado y sufrido con la manera mediante la cual Fernanda García Lao se distancia de los interruptores dominantes a la hora de caracterizar una distopía, la represión y/o la rebelión, para zambullirse en un operador más excepcional: la depresión.

Nación Vacuna recoge el testimonio del funcionario Jacinto Cifuentes. En primera persona y en presente, Cifuentes desnuda el sometimiento a la Junta militar de su país, una Argentina anonimizada. Esa entrega cobra cuerpo a través de su participación en un proyecto demencial: la colonización de las islas M. después de que el triunfo se convirtiera en tragedia; las tropas invasoras sucumbieron a una enfermedad dejada por su enemigo a modo de «recompensa». Los primeros capítulos se detienen en el proceso en el cual una serie de mujeres atraviesan una serie de tests y análisis psicológicos para determinar quiénes viajarán hasta las M. Como una vacuna biológica para el mal pero, también, con la misión de transformarse en las madres de una nueva generación de habitantes. Este artefacto sustancia la megalomanía de la dictadura y, a la postre, la entrega del resto de una ciudadanía transfigurada en el ganado ideal. Su vida es servidumbre prácticamente sin fisuras.

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La ciudad y las estrellas, de Arthur C. Clarke

La ciudad y las estrellasAún conservo un papelito lleno de dobleces con un puñado de títulos extraídos de las listas de Barceló y Pringle para peinar las librerías. Entre ellos estaba La ciudad y las estrellas, novela que no pude conseguir hasta los tiempos de Cyberdark (2002 o 2003). El ejemplar de Nebulae Segunda Época acumuló polvo en la estantería esperando su oportunidad… una década. Un día me puse a leerlo y con la conjunción de mi exquisitez y mi creciente presbicia ya no estaba para tal esfuerzo. Lo reemplacé por la entonces reciente edición de Alamut, con una nueva traducción y un breve estudio de Julián Díez, y ahí se quedó hasta hace unas semanas, cuando el confinamiento me ha empujado hacia un puñado de clásicos. No tantos como me hubiera gustado. La coyuntura tampoco ha supuesto más tiempo de lectura por todo lo asociado al nuevo purgatorio del profesorado: sacar adelante un alumnado y unas familias entrenados en modelos presenciales. Pero ese es otro asunto.

Desde luego, llegar a este libro con 45 tacos y bastantes imaginarias a las espaldas no parecen las mejores condiciones. Más cuando me cuesta apreciar al Clarke novelista: son sus peores textos los que prevalecen en mi recuerdo. Tampoco puedo decir que las primeras páginas de La ciudad y las estrellas me hayan ablandado la mirada. En las correrías del joven Alvin por las calles y edificios de Diaspar no podía dejar de ver una versión juvenil de Titus Groan pasada por un rotoscopio con prisas. Donde en Peake observo un trazo detallado, barroco, repleto de personajes matizados, en Clarke veo un despertar a la realidad menos sugerente, en un entorno y con unos personajes más acartonados.

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La brigada de luz, de Kameron Hurley

La brigada de luzHace tres meses escribía sobre Las siete muertes de Evelyn Hardcastle, y la esmerada labor de Stuart Turton sobre su trama; una novela trazada en una pared, situando una línea temporal de varios metros de largo con una pléyade de personajes y sucesos conectados por una multitud de hilos para marcar el curso de una narración plagada de saltos adelante y atrás para dar forma a un particular continuo espacio-tiempo. Ahora mismo no se me ocurre mejor imagen para comenzar a escribir sobre La brigada de luz, la última novela traducida de Kameron Hurley. Supongo que para alejarme en un primer momento (después será inevitable) del gran lugar común a la hora de referenciarla: Tropas del espacio y la ciencia ficción militarista estadounidense. El recurso al viaje temporal se encuentra tan impreso en su ADN que en esta reseña voy a romper el tabú de entrar en temas de argumento más allá de lo superficial. Avisados quedan si tienen intención de saltar al siguiente párrafo.

Porque además de hablar de Tropas del espacio, La guerra interminable y La vieja guardia, hay otras historias de Robert Heinlein que merece la pena encuadrar en la reseña: Puerta al verano, «Por sus propios medios» y, sobremanera, «Todos vosotros zombis». La brigada de luz se constituye como un gigantesca secuencia causal en la que el narrador termina atrapado. En principio condenado a experimentar una serie de sucesos desperdigados en el tiempo y en el espacio para, llegado un grado de comprensión, convertirse en el motor de sus decisiones en un momento donde la frontera entre predestinación y libre albedrío termina difuminándose. Este aparente giro no solo no supone un recurso injustificado sino que se realimenta con la historia bélica hasta el punto de convertirse en parte sustancial del novum de la historia.

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Lady Tyger, de Silvia Cruz Lapeña

Lady TygerHéroes y villanos / Heroínas y villanas es la nueva colección de Libros del K.O. En volúmenes en formato bolsillo y alrededor del centenar de páginas parece que editarán biografías de personas arrinconados por la Historia. Como indican en las guardas, «no necesariamente ejemplares, posiblemente contradictorios, definitivamente irresistibles»; un gancho que a la vez te somete a una sobredosis de adverbios modales terminados en -mente. Aunque en principio me atraía más el libro sobre Calomarde, por acercarme a la figura del trepa sumo, me he terminado leyendo primero Lady Tyger, atraído por un deporte, el boxeo, que apenas conozco por su tratamiento cinematográfico.

Silvia Cruz Lapeña no deja dudas sobre sus intenciones: mostrar un caso práctico de la sangrante diferencia entre los deportes profesionales masculino y femenino. Para ello ha elegido uno de los miles ejemplos que podría haber contado: Marian Trimiar, Lady Tyger. Entre los 70 y los 80, Trimiar batalló para abrirse camino en el boxeo en EE.UU. Un mundo que le cerró las puertas: por ser mujer y el combo de ser afroamericana. Mientras sus compañeros se llevaban bolsas de decenas, cientos de miles, millones de dólares en los grandes campeonatos, Lady Tyger luchaba por que la permitieran pelear en combates serios; contra las organizaciones deportivas que no la tramitaban una licencia; contra una clase política que no contemplaba que la mujer pudiera acceder a ese ámbito; contra los promotores que, en el mejor de los casos (un campeonato del mundo) proveían una bolsa de mil pavos en un recinto al que acudían miles de personas.

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El gélido mando, de Richard Morgan

El gélido mandoSupongo que recordarán Sólo el acero, la novela de Richard Morgan que abría la trilogía Tierra de héroes. Allá por 2012 Alamut publicó la primera entrega y no editó las dos siguientes hasta 2017, ya mediante una de sus suscripciones para minimizar riesgos. Si le añaden otro par de años para macerarme adecuadamente entre el capricho y la culpa, entenderán por qué no llegué a El gélido mando hasta verano de 2019. Con un lapso de, se escribe pronto, siete años respecto a Sólo el acero (al que se suma otro para publicar este texto). Obviamente, me las vi y me las deseé para reingresar en el mundo. No tanto en las historias personales de sus tres protagonistas, más o menos claras, como para empaparme de nuevo en los pormenores geográficos, culturales, jerárquicos inexcusables en toda fantasía medievaloide. Un grado de detalle al que, comparando con otras obras y autores, tampoco Morgan imprime una excesiva complejidad.

Esa escenografía, el «uolbilding» fuente de «looooor«, sacrosanto en la recepción de la fantasía y la ciencia ficción contemporáneas, conlleva unas labores de albañilería y alicatado cuya consecuencia más apreciable suele ser el formato trilogía, pentalogía… ene-logía. Ya sea para extraer el mayor rendimiento a ese esfuerzo de diseño; contar una historia con docenas de actores y, a la vez, desplegar ese complejo mundo; pereza… Y que a mi, como lector un poco de vuelta de todo, me suele dejar casi siempre la misma interrogación retórica en los labios. ¿Eran necesarias tantas páginas?

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El jinete pálido, de Laura Spinney

El jinete pálidoSi hubiera leído El jinete pálido cuando lo compré me hubiera parecido imposible contemplar un fenómeno similar al que describe. Hecho ahora cuando me he puesto con él, conecta una parte sustancial de la actualidad cotidiana del COVID-19 con una realidad pasada; una serie de catastróficas desdichas cuya razón de ser, casi diría su relato, es sobre todo consecuencia del olvido de la acción de las pandemias; actores aterradores que, más allá del campo de la ficción, golpean a la humanidad de manera cíclica. La enésima constatación que en el duelo entre hombre y naturaleza, nuestros triunfos terminan siendo temporales si perdemos de vista nuestra fragilidad y los factores sobre los cuales se sostienen nuestros progresos.

Laura Spinney despliega la epidemia de gripe de 1918 en capítulos no demasiado extensos en los que toca cuestiones específicas sobre la acción de una epidemia: cómo se desarrolló, qué alentó o controló esa evolución, la manera en que atacó al cuerpo de los enfermos, qué tipo de población era más sensible, los dificultad de diagnóstico en una época que  los virus no se habían observado… Cada aspecto, contado a partir de la información histórica, biológica, epidemiológica, sociológica, se concreta gracias a uno o varios relatos del bienio 1918-1919 cuando acontecieron sus tres olas. Historias de médicos, políticos, artistas, ciudadanos de a pie, dotan a la tragedia de rostro humano y permiten abordar cuestiones aledañas que van de lo extravagante a lo dramático. Entre las primeras hay algunas terribles, como las vividas a consecuencia del pensamiento mágico inducido por autoridades religiosas como el obispo de Zamora, Antonio Álvaro y Ballano, que saboteó cualquier medida propuesta por las autoridades civiles con sus llamadas a las misas colectivas, que agravaron la incidencia del virus en la ciudad. O las bodas negras

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The Worlds of Robert F. Young

The Worlds Of Robert F. YoungYa he comentado en alguna ocasión mi admiración por el trabajo con los clásicos de Valdemar. Ha conseguido crear un (cierto) mercado más allá de los 20 títulos en perpetua reedición, recuperando nombres mayores o menores, más o menos populares, en unas ediciones que se reciben con una cierta expectativa, ya sea para leerlos o simplemente coleccionarlos. Mientas, la ciencia ficción continúa de cara a la pared y con las orejeras de burro bien puestas, abonada a un terreno donde más allá de una docena de nombres y un puñado de títulos extra, existe un yermo en el que se han visto sepultados una serie de escritores principales y secundarios, en un maridaje uniformador; desde el presente, sin un buen bagaje, resulta complicado discernir la relevancia de unos y de otros. Especialmente si escribiste sobre todo relatos, y agravado por haber permanecido alejado de los mentideros del fandom. Tal es el caso de Robert F. Young. Young desarrolló su carrera desde un cierto anonimato, fiel al formato breve hasta el punto que sus únicas cinco novelas comenzaron a aparecer cuando pasaba de los 60, la primera publicada en 1975 directamente en francés (la lengua en que está escrita). The Worlds of Robert F. Young fue su primera colección de relatos y abarca siete años de carrera literaria, los que van desde 1955 a 1962. Algo que no tiene mayor misterio; su primera edición fue en 1965.

Sin haber leído nada fuera de ese intervalo, es difícil hacerse una idea de lo representativos que pueden ser, pero invitan a abrir la cuestión de si el olvido en que ha caído es merecido, como el enésimo buen artesano perdido entre líneas de la historia de la ciencia ficción, o si en la escritura de relatos llegó a estar en la categoría de los Matheson, Sheckley, Bradbury… En estas páginas hay cuentos potentes que se zambullen dentro de la ciencia ficción de los cincuenta y ponen sobre la mesa las inquietudes de aquellos años, desde la fiebre por el consumo a la hipocresía detrás de los EE.UU. de los suburbios, pasando por otras cuestiones más personales como el origen del arte y las tensiones sobre su creación o su relación con la sociedad en la que emerge. En este sentido, la crítica de liberalismo económico evidente en una mayoría de cuentos ponen a Young como un narrador próximo a los valores de Sheckley, Pohl o Kornbluth, quizás sin su contundencia y filo, fiel a un trazo más melancólico cercano a Bradbury.

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Armas de destrucción matemática, de Cathy O’Neil

Armas de destrucción matemáticaLa minería de datos y su capitalización son el nuevo paradigma de una internet donde una mayoría de usuarios hemos aceptado convertirnos en el producto. Una transacción todavía más demencial cuando se considera el enigma de cuál es la información que se está utilizando y el desconocimiento de lo que se hace con ella, más allá del eslogan puesto una y otra vez en cuestión de «ofrecer publicidad relevante». Dispuesto a conjurar dudas me acerqué a Armas de destrucción matemática, un libro donde Cathy O’Neil parte de su experiencia en la creación de algoritmos para tratar sus entresijos y cuándo terminan transformándose en lo que denomina «armas de destrucción matemática» (ADM). Una etiqueta en apariencia alarmista que lo parece menos cuando, capítulo a capítulo, O’Neil revela cómo el sesgo detrás del tratamiento de la información afecta a multitud de cuestiones ocultas.

Los procesos de selección de personal de las grandes empresas, las condiciones para conseguir un crédito bancario, los sistemas de reputación personal para fijar sentencias judiciales o el uso de publicidad segmentada en las redes sociales son algunos de los temas que la escritora utiliza para aflorar las consecuencias de unos algoritmos que se están haciendo con el control de nuestras vidas. Todo hay que decirlo, desde una perspectiva eminentemente estadounidense. De ahí que muchos aspectos deban tomarse más como admonitorios; una consecuencia de continuar cediendo al ámbito de lo privado parcelas que en España se mantienen en la esfera de lo público.

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20

Hitos

Hubo un tiempo en el que conmemoraba las efemérides de empezar y terminar cosas en Internet sin fallar ni una. El aniversario de, dos años tras, un lustro desde… Con el transcurrir de la vida y los proyectos el tema pasó a darme un poco lo mismo. Se pilla gusto a lo que se hace rápido y fácil, otra reseña; se deja a un lado lo que cuesta, cualquier otro contenido. Más cuando agotas tu receta de la celebración. Ese cúmulo de agradecimiento, nostalgia, lamento y promesa termina pareciendo una excusa para festejar tu supervivencia entre las lápidas de los que han caído, contada con esa medio sonrisa estúpida del que piensa que todavía puede marcar la diferencia en el territorio #FIAWOL (risas enlatadas).

El hecho es que este 2020 tanto podía festejar mi décimo año en twitter; la docena desde que un grupo de aguerridos fandomitas se reuniera en Urueña para urdir Prospectiva; mi decimocuarto ejercicio al frente de C, un proyecto cuya patada definitiva llegó durante la primera y última Septentrión; los quince años desde el cierre de Cyberdark o los veinte de su fundación; etcétera. Sin embargo, en esta secuencia hay una fecha todavía más personal cuyo aniversario se cumple hoy, 16 de abril: mis dos décadas escribiendo sobre narrativa en internet. Un hobby que me llegó un poco más mayor que al grueso de fancinerosos que se estrenaron en las décadas anteriores y que, más o menos, me ha permitido abrirme un pequeño hueco en la esfera fandom de España. Gracias, sobre todo, a esa constancia que se ha convertido en mi seña de identidad. No al nivel de afirmar que sobreviviré a Francisco José Súñer Iglesias y su eterno impulso a la web decana en la ciencia ficción de nuestro país, pero sí para haberme formado una perspectiva lo suficientemente extendida y, al menos, valorar por qué me sigue mereciendo la pena mantener esta actividad.

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Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez

Nuestra parte de nocheNo cuesta encontrar en Nuestra parte de noche a la Mariana Enríquez de Las cosas que perdimos en el fuego o Los peligros de fumar en la cama, comenzando con esa fidelidad a una ambientación Argentina notorio en ese vínculo con su tradición, su sociedad o su historia. No obstante, quien busque sobre todo a esa Enríquez seguramente salga escaldado. Como se le presupone a una novela, aquí llega con una serie de cuestiones adicionales entre las que se cuenta un panorama mucho más ambicioso que entra en conflicto con parte de los valores que habíamos disfrutado. Cuando llevaba poco más de 100 páginas, bromeaba con que en Nuestra parte de noche estaba escribiendo la gran novela Argentina; una etiqueta de esas absurdas que, en su ridiculez, resume cómo entre sus cimientos está reflejar varias décadas del pasado reciente de su país en una historia que, además, se nutre sin complejos del género de terror. Lo siniestro se erige en el eje vertebrador de un argumento que se detiene en la dictadura de los militares y la posterior reinstauración democrática.

Nuestra parte de noche se divide en varias secciones. Las más extensas, el cuerpo principal, están contadas por un narrador omnisciente que relata las vidas de Juan Peterson y su hijo Gaspar. Intercaladas en esta secuencia están los testimonios de otros personajes que detallan terrenos aledaños y precisan situaciones entrevistas con anterioridad.

El primer gran capítulo, «Las garras del dios vivo», me ha supuesto el gran problema de Nuestra parte de noche: de largo me parece lo mejor del libro. Sus 150 páginas constituyen una novela corta que atesora las grandes virtudes de algunos de mis cuentos favoritos de Enríquez («Tela de araña», «Bajo el agua negra»). Mientras Juan y un Gaspar apenas niño viajan por carretera desde Buenos Aires hasta las proximidades de las cataratas del Iguazú, se encadenan una serie de estampas que delimitan el drama que angustia a Juan y apuntan cuestiones relevantes comenzando con el retrato de un padre y un hijo obligados a sobrevivir a la muerte de la madre, Rosario, fallecida en un accidente no esclarecido. Con Juan apesadumbrado por la pérdida, aquejado de problemas de salud, responsabilizado por la necesidad de sacar adelante a su hijo, y aterrado de que haya heredado sus cualidades como médium.

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