Cuatro futuros, de Peter Frase

Cuatro futurosEl lunes publicamos una extensa reflexión de Julián Díez. Desde su bagaje como periodista y lector de ciencia ficción, invitaba a afrontar con optimismo el futuro tras La Pandemia. Un acontecimiento que nos ha arrollado mientras seguíamos mirando con displicencia al elefante en la habitación de las últimas décadas: la emergencia climática. Basta pensar cómo hemos pasado de observar los primeros casos a terminar encerrados mientas mueren cientos de personas sometidas a un triaje nivel hospital de campaña de la Primera Guerra Mundial. En seis semanas. Cuando Julián me pasó el texto, le comenté lo alineado que lo veía con este libro de Peter Frase publicado por Blackie Books unas semanas antes de la crisis desatada por el SARS-CoV-2. Con varias facetas bastante menos optimistas, pero escrito desde la misma inquietud de anticipar los caminos que pueden llevar a la humanidad durante las próximas décadas. No sé si con una cierta intención de empujar en la dirección más benévola para la mayor parte de la población y conjurar las líneas más tenebrosas.

Cuatro futuros expone cuatro escenarios diferentes en la intersección de dos ejes: el primero tiene en sus extremos la abundancia y la escasez mientras que el segundo está comprendido entre la igualdad plena y la desigualdad más absoluta. Antes de plantear cada uno, afirma en la extensa introducción que nada más lejos de su intención hacer un ejercicio de futurismo. Su propósito es partir de cuestiones clave en la actualidad (calentamiento global, renta básica universal, la propiedad intelectual, la segregación por clase social, el exterminismo…), para discutir cómo se articularía una sociedad ateniéndose a las condiciones de contorno de esas variables. Y cuáles serían los mayores problemas, en su formación y en su desarrollo.

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Las siete muertes de Evelyn Hardcastle, de Stuart Turton

Las siete muertes de Evelyn HardcastleEl reto lanzado por Stuart Turton en Las siete muertes de Evelyn Hardcastle no es baladí: entrar en una novela a lo Agatha Christie que suponga un impacto a estas alturas del siglo XXI. Del camino elegido, el empujón manierista posmoderno, sale bien parado una vez se aceptan dos normas esenciales desde sus primeras páginas. Uno, has de entregarte a las reglas del lugar que el desmemoriado narrador descubre sobre la marcha, sin importar cuándo (y, aviso, se desvelan detalles esenciales de funcionamiento del mundo hasta bien avanzada la extensión de la novela). Y dos, es importante dejarse mecer por los giros y contragiros de un argumento cuya forma de desarrollarse prima en ocasiones sobre el propio argumento en sí. Oponer resistencia a estas cuestiones te sitúa ante una historia interpretable como tramposa cuyo único leit motiv fuera la sorpresa por la sorpresa.

La misma forma que toma Las siete muertes de Evelyn Hardcastle, una persona amnésica que cuenta en presente lo que observa y vive, sin importar a quién o por qué, ya explicita el grado de compromiso de Stuart Turton con el relato de misterio. Más cuando, tras dormirse por primera vez, se descubre encarnado en otro cuerpo entre los huéspedes alojados en Blackheath, la mansión de la familia Hardcastle. Un nuevo punto de vista que le permite observar a al resto de personajes, participando de acciones ya conocidas o involucrados en otras paralelas, en una serie finita de saltos que extienden el conocimiento de todo lo que sucede, con un reto entre ceja y ceja: esclarecer el crimen que sucede al final de la jornada y termina con la muerte de la hija mayor de los dueños de Blackheath. Pese a los esfuerzos del narrador, de manera irreversible.

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Extremity, de Daniel Warren Johnson

ExtremityLlevo intentando conseguir este tebeo desde la semana después de su publicación en España. Sin embargo ha resultado imposible; está completamente agotado en la distribuidora y, supongo, los dos ejemplares que quedaban en una librería de Albacete seguirán allí hasta que alguien se entere que en Wallapop se puede vender por 10 o 15 euros por encima de su PVP. El hecho es que la gente del podcast Ansia Viva Cómics ha insistido tanto en él que no me he resistido a comprobarlo sin aguardar a una reimpresión que, estando Planeta Cómic de por medio, cualquiera sabe si llegará. Y joder si les doy la razón; la experiencia creada por Daniel Warren Johnson como autor prácticamente total de Extremity es de primera magnitud.

Esta historia de venganza en un mundo postapocalíptico, de extremidad por extremidad hasta terminar todos mutilados, es un compendio del talento para el dibujo de su autor. Su garra al plasmar las batallas, las peleas, la tortura, las persecuciones es tan potente como su delicadeza al ilustrar las escenas más intimistas, en las que unos jóvenes acogotados por la venganza desatada por su padre buscan alternativas o, simplemente, refugio. Este talento narrativo de Warren Johnson sobresale por encima de la creación del escenario, un mundo postapocalíptico donde diversos clanes rebuscan entre la chatarra para nutrir sus arsenales y parchear una tecnología que han dejado de comprender. Lejos de devaluar el tebeo, este aspecto más vulgar a mitad de camino entre la ciencia ficción y la fantasía, lejos de la complejidad de otros tebeos independientes como el Prophet de Brandon Graham y Simon Roy, beneficia la inmersión.

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Hecho en Saturno, de Rita Indiana

Hecho en SaturnoSuelo hacer en twitter un pequeño listado con mis libros y tebeos del año que termina. Reconozco que los números del ranking son un gancho; estar entre los seleccionados ya enfatiza que me parecen muy recomendables. Sin embargo a veces uno de esos títulos merece, claramente, toda la atención posible y el guarismo comunica exactamente lo que pretendo. Si algún incauto decide hacer caso, que sea con esa sugerencia. En 2019 el libro de ficción que se llevó el número uno fue La mucama de Omicunlé, de Rita Indiana; como no me canso de repetir, el libro más impactante entre los que leí el año pasado o, sin meditarlo mucho, en los precedentes. Una narración que los escritores que venden querer volarte la cabeza matarían por haber escrito, además de una exuberante locura que, partiendo y terminando en la ciencia ficción, pone a prueba tu concepción de los géneros hasta extremos difíciles de explicitar.

Dos años después de publicar La mucama de Omicunlé Indiana recogió a uno de sus protagonistas, Argenis Luna, para retomar su historia personal. Posterior y, también, anterior a lo visto en el argumento de aquella novela. Por el camino, afrontó una serie de transformaciones en el fondo y en la forma que elevan a Hecho en Saturno como un texto íntimamente ligado a parte de su imaginario y, a la vez, con una enorme capacidad de sorpresa, pudiendo desconcertar de nuevo a los lectores por la relativa contención desde la cual está escrito. Cualquier denotación ciencia ficcionesca o fantástica desaparecen sin dejar rastro; una decisión que pone de manifiesto la metamorfosis respecto a La mucama y las variaciones en el subtexto, hasta el punto de soportar una lectura independiente.

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Historias del bucle, de Simon Stålenhag

Historias del bucleSi alguien presta atención a las imágenes aleatorias que encabezan C, se habrá dado cuenta que apenas hay un par de artistas repitiendo. Uno de ellos es Simon Stålenhag, ilustrador que saltara a la fama hace una década con Historias del bucle; la concreción de una idea alrededor de un hipotético acelerador construido durante la guerra fría bajo un fiordo al oeste de Estocolmo. La instalación, de dimensiones ciclópeas, alteró de manera decisiva el paisaje rural; aunque continúa siendo reconocible, entre sus granjas, bosques y caminos de tierra germinaron una serie de estructuras que moldearon a los que allí se criaron. Incluyendo al autor de este libro que pinta sus paisajes más reconocibles mientras relata historias alrededor de la estructura, abandonada después de tres décadas de funcionamiento.

Para los fascinados por La Zona tal y como nos la imagináramos mientras leíamos Pícnic junto al camino o la rodara Tarkovski en Stalker, es inevitable sucumbir ante este escenario; una mezcla entre cotidianidad y tecnología avant la lettre, a veces desde una óptica maravillosa donde lo excepcional fuera ordinario, y otras desde una perspectiva decadente. Máquinas de levitación magnética, torres de refrigeración rompiendo la línea del horizonte y robots alterando la vida de los suburbios se entremezclan con dinosaurios que han penetrado en nuestro presente, androides abandonados en vertederos y esferas metálicas que se oxidan bajo los pasos elevados de una autopista.

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La ausencia de repercusión de Supernovas dentro del fandom

Margaret BrundageLa Fundación Telefónica en Madrid viene prestando una cierta atención a la ciencia ficción, en especial en las proximidades del festival Celsius cuando aprovecha a los autores que pasan por Avilés para organizar encuentros abiertos al público y retransmitidos por internet. Nancy Kress, Pat Cadigan, Kameron Hurley, junto a Gabriela Campbell o Laura Fernández, son algunos de los nombres que han pasado por ese espacio. Desde la lejanía, cuesta decir que esta relevancia de la ciencia ficción se haya convertido en algo cotidiano; más parecen actividades que ponen la atención sobre un nombre y una serie de temas en un contexto cultural plagado de eventos para todos los paladares. Sin embargo, hace unas semanas el centro de ese espacio lo ocupó Supernovas, la historia de la ciencia ficción feminista audiovisual escrita por Elisa McCausland y Diego Salgado. Lejos de la abulia organizativa de los meses verano, abrieron sus puertas a uno de los libros del momento y, para este servidor, el ensayo sobre ciencia ficción más importante escrito en España desde la Teoría de la literatura de ciencia ficción de Fernando Ángel Moreno. Una relevancia de la cual ya habla este protagonismo y que entronca con los nombres apuntados en el primer párrafo en una línea que el propio Diego Salgado utilizó para explicar el por qué de Supernovas. El estudio obedece a un momento en el cual la perspectiva feminista ocupa el centro del debate social. Una observación que no merece la pena atestiguar porque es evidente para cualquiera que se haya movido dentro del terreno de la propia ciencia ficción los últimos años.

Supernovas está gozando de una atención extendida en el tiempo, hasta el punto que cuatro meses y medio después de su publicación continúa apareciendo en multitud de lugares y medios. Fruto de esa pertinencia temporal y, es de suponer, de la experiencia de una editorial bregada en aprovechar la ola de cualquier evento. Pero no quiero dejar de lado el excelente trabajo realizado por sus autores del cual ya he escrito extensamente. En este contexto, me resultan incomprensibles las exiguas referencias a Supernovas desde el entorno del fandom de ciencia ficción. Como siempre en este rincón es difícil pasar de las sensaciones a los hechos; cualquier afirmación como esta suena más a frase de barraCon que a un hecho constatable. No obstante, invito a comprobar las escasas reseñas escritas en los blogs, webs, portales más escorados hacia la ciencia ficción o visitar su descorazonadora ficha en Goodreads para darse de bruces con la fría recepción entre los lectores más movilizados… más allá de ese gesto tan bonito de alardear que te lo piensas leer algún día. Un bajón agravado cuando lo pones al lado de la ficha de la Nueva Guía de Lectura de Miquel Barceló. Duele observar el número de lecturas y opiniones que tenía en los meses posteriores a su publicación.

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Autonomous, de Annalee Newitz

AutonomousEn uno de los blurbs que ha situado Minotauro en su edición de Autonomous, Neal Stephenson la describe como el equivalente de Neuromante para la biotecnología y la IA. Sin embargo yo la veo bastante, mucho más próxima a la irregular Islas en la red, del otro pionero del cyberpunk Bruce Sterling. Más allá de una experiencia estética de extrañamiento futuro a través de la retórica, Annalee Newitz prioriza la creación y el desarrollo de un escenario especulativo (esas biotecnologías, las IAs mencionadas en el blurb, y todas las estructuras de poder a su alrededor). Y deja el resto sin excesivos cambios para facilitar las conexiones entre su primera novela y nuestra realidad cotidiana, un recurso mucho más amable que el batazo de la inmersión sin medias tintas, siempre recibido con una mayor hostilidad. Así, el protagonismo de Autonomous gravita sobre la tecnología y el funcionamiento del mundo, con las esperables tensiones entre las corporaciones propatentes y los grupos antipatentes, o la integración de las IAs y todo el entramado social, político y económico.

Newitz no se complica la vida al tratar estas cuestiones. Cada una monopoliza un arco argumental de los dos que maneja. El primero sigue a Jack, una activista antisistema en pleno ataque de nervios al haber sintetizado mediante ingeniería inversa un medicamento, la Zacuidad, y darse de bruces con sus efectos secundarios cuando no está supervisado por la empresa que lo suministra. Asustada por las consecuencias, comienza a investigar una cura mientras la corporación responsable, Zaxy, pone sobre su rastro al brazo armado de la Coalición Internacional de la Propiedad. Los agentes de CIPol asignados a su caza, bastante cafres por cierto, son un humano, Eliasz, y un bot, Paladín; el otro 50% de Autonomous, responsables de poner en marcha todo lo referente a las IAs. Y aunque hay momentos en los cuales ambas cuestiones se entremezclan, la compartimentación es la tónica general, con la socorrida estructura de arcos separados hasta que se unen en las proximidades del desenlace.

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Fin de raza, de varios autores

Fin de razaEl auge de las antologías (temáticas, generacionales, casuales) me despierta sentimientos ambiguos. Tanto aprecio la oportunidad de descubrir escritores o nuevos enfoques sobre temas generalmente no tan nuevos, como azuzan mi suspicacia sobre la búsqueda de un editor por ampliar su público potencial; ese agrupar entre sus cubiertas hasta (sí, amigos) dos decenas de autores, relajando el proceso de selección para multiplicar el número de presentaciones/lectores blanco de un libro que, generalmente, termina criando polvo en una estantería, más tenido que leído. En este sentido, me sorprende lo poco que se trabaja el formato desde una función editorial incapaz de alejarse de los caminos más transitados.

Fin de raza apuesta por dar ese lavado de cara al proporcionar una serie de valores añadidos a la antología tipo. Apuesta por una edición limitada con un volumen físico muy trabajado en el que destacan las ilustraciones con las cuales un artista, LAPRISAMATA, interpreta cada una de las historias; láminas a toda página impresas, como el resto del libro, en papel satinado donde se resume el alma de una decena de textos. Además la maquetación personalizada para cada historia aporta una puesta en página variada, con diseños que van de lo pertinente a lo gratuito, en un trabajo redondeado por una lámina exclusiva de LAPRISAMATA (firmada y numerada). Y reparte de forma más ecuánime los ingresos de su venta, a partes iguales entre editor, autores e ilustrador. A lo que habría que añadir listas de reproducción en Spotify pensadas por los autores de cada uno de los relatos. Pocos vienen a leer un libro por complementos así, pero el esfuerzo por darle este giro al formato tradicional ya me parece estimable.

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Carta desde Zacatraz, de Roberto Valencia

Cartas desde ZacatrazHace dos años preparamos en el colegio una serie de actividades de sensibilización relacionadas con la crisis de refugiados. Su punto álgido fue la construcción de un campamento en el polideportivo al cual cada clase tenía que aportar una tienda de campaña donde dormirían una serie de refugiados acogidos por cada grupo. Estos se eligieron para representar a una población, colectivo… a través de sus historias personales. Entre las posibilidades que encontraron mis alumnos se decantaron por el testimonio de dos mujeres salvadoreñas. Habían llegado a España amenazadas por la violencia de las maras. La actividad resultó bastante fructífera y permitió rascar más allá de la superficie de estas situaciones. Sin embargo me quedé con ganas de profundizar, algo que Libros del KO medio solucionó unos meses más tarde al publicar este Carta desde Zacatraz donde el periodista Roberto Valencia aborda una cuestión que devora Guatemala, Honduras y El Salvador.

De todos los enfoques posibles, Valencia apuesta por centrarse en un individuo para mostrar el complejo panorama detrás de estos grupos criminales y da el protagonismo de Carta desde Zacatraz a una única persona: Gustavo Adolfo Parada Morales, El Directo; uno de los mareros más conocidos de El Salvador, cuya vida expuesta al detalle funciona como epítome de sus acciones. Esta decisión, la de analizar el todo a partir de un pequeño engranaje, puede resultar frustrante para quien aspire a una visión más global, centrada en aspectos eminentemente políticos, económicos o sociales. Sin embargo, servirse de una vida y todos sus detalles como lienzo para presentar un panorama más complejo, dota al libro de una perspectiva muy humana y una concreción que se hubiera perdido de otra manera.

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Supernovas. Una historia feminista de la ciencia ficción audiovisual, de Elisa McCausland y Diego Salgado

SupernovasDescubrí a Elisa McCausland a través de su libro sobre Wonder Woman, un texto muy recomendable que, además de una descripción e interpretación de las historias del personaje, profundizaba en su condición de icono feminista. Desde entonces he disfrutado de su labor de estudio de la cultura popular, muy especialmente a través de los podcasts Perros verdes y Trincheras de la cultura pop. En este último comparte micro en solitario con Diego Salgado, crítico de cine junto al cual ha escrito esta historia feminista de la ciencia ficción audiovisual; un completísimo mapamundi de un universo creativo que apenas había visto cartografiadas en España pequeñas regiones, muy limitadas en el espacio y en el tiempo.

Esta ambición de glosar un panorama tan extenso supone la principal dificultad a la hora de dotar de estructura al ensayo. ¿Por dónde comenzar a desenmarañar la madeja? Temporalmente la cosa puede ser más clara, pero, una vez entran en juego las componentes temática y geográfica, la cuestión no resulta tan intuitiva. En este sentido creo que Salgado y McCausland han acertado de pleno. Dividen Supernovas en doce capítulos para, en cada uno, acercarse a una unidad más o menos temática, más o menos centrada en un país, más o menos extendida en el tiempo. Así, se dedican textos a tratar cómo la mujer bien ha cultivado la ciencia ficción, bien ha sido representada en Alemania, Japón o España, con un elemento vertebrador que va y viene y, en definitiva, otorga coherencia al ensayo: el acercamiento a la ciencia ficción creada en EE.UU a lo largo del siglo XX hasta llegar al XXI. Cómo han surgido y evolucionado allí ciertos iconos que después veremos reproducirse o ampliarse desde otras perspectivas. Esta elección difumina un poco el hilo conductor, especialmente al principio. Sin embargo, en cuanto se suceden las aportaciones y se entrelazan con las ya expuestas, el poder acumulativo del conjunto es incontestable.

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