La rueda celeste, de Ursula K. Le Guin

La rueda celesteHace unos meses escribía por aquí sobre la tozudez de ciertas editoriales a la hora de actualizar las traducciones de títulos con varias, muchas décadas a sus espaldas. En este sentido, bien está alabar los ejemplos en los cuales te llevan la contraria y deciden actualizar un texto para darle aire fresco al ponerlo de vuelta en las librerías. Tal es el caso de Minotauro. En el mes de Abril reeditó dos de sus ya contados autores fetiche: Los jugadores de Titán, de Philip K. Dick, con traducción de Juan Pascual, y este La rueda celeste, de Ursula K. Le Guin, con una nueva versión en castellano obra de Miguel Antón. El ejemplar que he leído, además, es una edición electrónica muy asequible (menos de 5 €) a la que apenas se puede echar en cara alguna erratilla y el estúpido DRM.

La rueda celeste pasa por ser uno de los libros más singulares de la trayectoria de Le Guin. Justo por lo que se suele comentar siempre que se escribe sobre él: es Le Guin escribiendo una de Dick. Y por mucho que me guste tirarme el pisto de alejarme de los lugares comunes, me resulta del todo imposible porque, es necesario repetirlo, La rueda celeste es Ursula K. Le Guin escribiendo una de Dick. Sin embargo, aparte de conseguir una buena novela, la autora de Los desposeídos introdujo los suficientes matices propios como para realzar el resultado final por encima de la simple imitación/homenaje hasta convertirla en una novela que no tiene nada que envidiar a sus mejores obras siendo diametralmente opuesta en estilo, tono y personajes.

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Transcrepuscular, de Emilio Bueso

Los ojos bizcos del sol 1

Para todo aquel que siga la literatura fantástica española y esté al día, debe de haber sido imposible sustraerse al fenómeno que la editorial Gigamesh, apoyada en una efectiva explotación del estado actual de las cosas dentro del mundillo, ha provocado. Supongo que el autor de Transcrepuscular, Emilio Bueso, estará muy contento con el despliegue y la efectividad de la promoción, pero, a mi juicio, esta ha producido un efecto colateral inverso, una mengua en la atención a la calidad real de la obra y la objetividad en favor de una devoción por el producto. Y como producto incluyo, dado su particular talento para la autoventa, el apellido del propio escritor.

Por decirlo de algún modo, cierta crítica que, aun haciendo el juego, no se reconoce (ni a veces se sabe) parte de la maquinaria publicitaria, se ha limitado a repetir, como si de un mantra se tratara, los argumentos, etiquetas y comentarios que el propio aparato editorial ha ido volcando a través de la sinopsis, de las entrevistas en los medios a editor y autor, de los blurbs, de los textos camuflados como opiniones en Goodreads y otras plataformas de internet. Instrumentos de propaganda que han vomitado una retahíla de conceptos tales como biopunk, evolución por simbiosis, road movie, worldbuilding, ida de olla y un puñado de sentencias más, todas en tono ditirámbico, y que aquellos lectores cortos de criterio han aceptado sin hacerse preguntas, considerando el conjunto como único argumento válido para imprimirle a la novela el marchamo de la excelencia.

Curiosamente, los pocos apuntes propios que he leído provenientes de los reseñadores hacen referencia al desconcierto que el peculiar estilo de Bueso, excesivamente coloquial, ha producido en ellos. Un detalle que, sin embargo, no parece pesar en sus valoraciones finales, derrotado ante el gran número de puntos a favor asimilados, copiados desde el argumentario del propio autor y la editorial. La afinidad de algunos de estos reseñadores con la casa y su escritor es responsable, también, de que el exceso de expectativas ni siquiera haya jugado a la contra, como sucede usualmente cuando se da tanto bombo previo a una obra.

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Mundo Infierno, de Philip José Farmer

Mundo InfiernoYa he escrito por aquí en varias ocasiones sobre la pobreza de enfrentarse a un género como la ciencia ficción sin acceder, desde hace lustros o décadas, a una miríada de títulos fuera de catálogo sin posibilidad de una nueva traducción o una simple reimpresión. Un Olimpo reservado a un puñado de autores y obras que sí gozan del demostrado calor de los que pergueñan los listados tipo “Las 19 novelas de ciencia ficción que debes leer esta semana” y los equipos editoriales estándar. Una situación si cabe más sangrante cuando se compara con la labor realizada por Valdemar en el campo del terror. Sin embargo no recuerdo haber escrito sobre el problema relativo al formato; cómo un cierto tipo de novela ha desaparecido como producto. Historias de entre 100 y 250 páginas, con una extensión un poco por encima de la habitual en la categoría de la novela corta, muy popular hasta finales de los 70 y desde entonces en clara regresión, relegada a una excepción frente a libros más gruesos, más suculentos para el librero y la empresa publicadora. No es ya el predominio de las novelas por entregas o las series; es la imposición de una imagen de novela como volumen de más de 100000 palabras / 400 páginas en la cual el lector pueda ver satisfecha la proporcionalidad entre precio pagado y cantidad de papel entregada en el punto de venta.

Ante este contexto, se entiende mejor por qué me declaro fan de la colección Gigamesh Breve. Una serie de libros con esa extensión entre los cuales se encuentran un puñado de títulos que sería muy complicado ver en otro sello. Nadie se va a fijar en ellos para producir una película o una serie de televisión; sus autores están casi todos muertos; se atienen a esquemas narrativos no demasiado populares hoy en día. Queda la duda de cuáles pueden ser considerados clásicos con C mayúscula, pero eso daría para una discusión entre sus (contados) lectores. Uno de los últimos en sumarse a su catálogo es este Mundo Infierno, novela de Philip José Farmer sepultada en España por la popularidad de su Mundo del Río o Los amantes. Y, supongo, muy mediatizada por la edición que tuvo en los años 70 de la mano de Infinitum. Que no tengo pero, por otras obras sufridas en mis propias carnes, no es aventurado pensar que dejaba bastante que desear.

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El color del silencio, de Elia Barceló

El color del silencioSi no me falla la memoria, la última novedad de Elia Barceló que leí en una colección/editorial no destinada al público juvenil fue Corazón de tango. Hace ya la friolera de 10 años. En esta tesitura se entienden las ganas de reencontrarme con la autora de El secreto del orfebre y El vuelo del Hipogrifo. Podría parecer que El color del silencio no era la mejor oportunidad para ese reencuentro; además de carecer de ese corazón fantástico tan característico en sus títulos que más aprecio, entra de lleno en el terreno de intriga con toques románticos, familiares e históricos. Unas cualidades que me producen una cierta pereza. Sin embargo mis recelos se volatilizaron con rapidez gracias al excelente trabajo de Barceló sobre elementos ya cotidianos en su obra como la estructura o la voz del narrador.

El color del silencio gravita alrededor de tres planos. Una acción que sigue a una artista de éxito, Helena Guerrero, en nuestros días. Mientras participa en una sesión de terapia alternativa, ciertos asuntos de su pasado regresan a su pensamiento y la llevan a retomar todo lo que rodeó la muerte de Alicia, su hermana, a finales de los años 60. Un trauma que marcó un antes y un después para toda su familia. En paralelo existe una acción en ese pasado centrada fundamentalmente en sus padres, Goyo y Blanca, en los meses previos a la Guerra Civil, durante su estancia en el protectorado de Marruecos a las órdenes de la dictadura franquista o en la idílica vida en una finca de Rabat rota por el asesinato en 1969. Y enlazando ambas secuencias existen breves descripciones de las fotografías encontradas en una caja con recuerdos. El vínculo con ese bagaje oculto en el trámite de salir a la luz.

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El maestro del juicio final, de Leo Perutz

El maestro del juicio finalTras De noche, bajo el puente de piedra, Libros del Asteroide confirma su apuesta por Leo Perutz recuperando El maestro del juicio final. Una novela que nada tiene que ver con aquella deliciosa colección de relatos y confirma su versatilidad a la hora de enfocar su escritura. Tanto se puede disfrutar como un ejercicio de clasicismo en la mejor tradición de la novela de misterio como se introduce en territorios del fantástico más sugerentes cuando, llegado el momento, la honestidad de su narrador queda en cuestión. La sutilidad de su relato, cómo subvierte el pacto de ficción cuando aleja su historia de la cotidianidad de sus primeros capítulos o el magnífico escenario donde enclava los hechos son tres aspectos que convierten su lectura en un placer.

El maestro del juicio final se plantea como un ¿Quién lo ha hecho? alrededor de la muerte de Eugen Bischoff, un actor de éxito en la Viena de comienzos del siglo XX. Su deceso ocurre durante una velada en la cual un grupo de caballeros del Imperio se había reunido para tocar un trío de Brahms. Como su defunción tiene lugar un poco a la manera de la habitación cerrada, pronto surgen dudas sobre si ha sido un suicidio o un asesinato y las sospechas implican al propio narrador, el barón Von Yosch. Empujado por la afrenta para su honor, Von Yosch inicia una investigación y descubre que la muerte de Bischoff no es única. Otras personas han fallecido en circunstancias similares y en cada una de ellas se vislumbra la participación de un extravagante personaje foráneo.

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Farishta, de Marc Pastor

No me voy a andar con demasiados preámbulos, toca otra crítica negativa. Con lo que van tres novedades seguidas cantando bastos, algo que me inquieta un poco. Primero, porque me estoy dando cuenta de que la ficción cada vez me provoca más pereza y cansancio, lo cual es posible que esté afectando a las reseñas. Segundo, porque a este paso voy camino de convertirme en una autoparodia, el Don Cicuta del fándom (los más jóvenes que pinchen en el enlace) y tercero, pero no menos importante, porque aunque esta reseña que van a leer no sea más que ooooooootra opinión de un notas en internet, pues la verdad es que no me agrada dar palos al trabajo y esfuerzo de una serie de personas a lo largo de un extenso período de tiempo. Incluso me da cargo de conciencia. Menos mal que a los críticos, sobre todo a los aficionados, nadie nos hace ni puñetero caso, ¿verdad? ¿VERDAD?

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Los Mandible, de Lionel Shriver

Los MandibleUn minuto antes de la oscuridad, Apocalipsis suave, Cenital… las novelas sobre un colapso surgidas al viento de la última crisis económica han sido numerosas y variadas. Entre todas he encontrado el mayor atractivo en las centradas en las catástrofes personales, aquellas con el foco puesto sobre la parte de la historia que, creo, permite un desarrollo más equilibrado y cercano. En esta vertiente se puede encuadrar esta novela donde Lionel Shriver parte de una futura debacle económica de EE.UU. para radiografiar su impacto sobre una familia de clase media-alta de la costa Este: los Mandible. Cuatro generaciones que le sirven a la autora de Tenemos que hablar de Kevin para tratar nuestra propia postura ante los avatares socioeconómicos de los últimos años a través de los grupos de población claves: los promotores, los baby boomers, los milennials y los hijos de estos últimos, destinados a sobrevivir en unos EE.UU. que poco tienen que ver con los que conocieron sus abuelos.

Shriver sitúa Los Mandible dentro del campo de la literatura prospectiva. La mayor parte de su extensión tiene lugar en un período de un par de años a partir de 2029, el momento en el cual el país padece la decisión de un grupo de potencias extranjeras de abandonar el dólar como moneda patrón. Las medidas articuladas para capear la tormenta monetaria se vienen abajo y el presidente toma esa decisión tan debatida cada vez que Grecia necesita renegociar las condiciones de su rescate: no pagar su deuda soberana. Desde ahí la trayectoria es un cuesta abajo y sin frenos, paños calientes ni medias tintas mientras EE.UU. se convierte en un estado fallido donde cualquier parecido con el actual estatus quo es mera coincidencia.

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El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu

En el relato “Lo hermoso y lo sublime” de Bruce Sterling, el escritor tejano plantea un futuro en el que los robots y las inteligencias artificiales se han hecho cargo del progreso científico, de las ciencias duras, la ingeniería, la mecánica y la investigación. Como consecuencia se produce una profunda transformación de la civilización; de la carrera tecnológica y la competitiva lucha por el control de los recursos a pacífica utopía humanista basada en la abundancia. La “inteligencia” analítica y racional se encuentra a disponibilidad de cualquiera, por lo que ya no vale nada y los valores que rigen este mundo futuro son la la pasión, la emoción, la intuición, el amor romántico, el decoro, lo emotivo, el yo, la sensibilidad y el melodrama, donde el éxtasis estético de lo bello y lo sublime es a lo máximo que puede aspirar la humanidad.

No se trata de un relato excepcional, pero sí resulta muy interesante, ya que aquí es donde se aprecia con más claridad un recurso que Sterling ha empleado muchas veces en sus obras; nos presenta esta sociedad utópica vista a través de los ojos de sus propios miembros, lo que produce un curioso efecto en el lector, que se encuentra peleando con unos personajes que se comportan como auténticos cretinos (el efecto Laura Webster). Por supuesto, no lo son, simplemente no los podemos entender. Este recurso condiciona el relato tanto en lo formal como en lo argumental, el cuento toma forma de comedia romántica de enredo escrita en un estilo afectado, en la que se narra la historia de De Koonig, un artista de éxito que ha de recuperar a Leonia, el amor de su vida, prometida por su padre a un ingeniero fabricante de ultraligeros, el técnico Somp. Finalmente, la sensibilidad y el amor verdadero triunfan sobre la mecánica y la grasa. Al finalizar el relato, asistimos a la escena de despedida entre el triunfante De Koonig y un abatido Somp, un socialmente torpe morlock representante de la vieja cultura ya obsoleta, que se ha quedado compuesto, sin novia y sin ultraligero. —Maldita sea —le espeta un amargado Somp a De Koonig—, nosotros fabricamos cosas, intentamos entender el mundo, no nos dedicamos a recitar de memoria versos de Catulo en latín para ligar en la oficina. Moñas, que eres un moñas. (Traducción muy creativa de mi cosecha).

Pues bien, El zoo de papel podría ser perfectamente una obra escrita por De Koonig, apologética de los valores de este mundo creado por Sterling, y yo sería Somp, el amargado técnico sin futuro.

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Lo grotesco, de Santiago Eximeno

Lo grotescoHan pasado quince años desde que “Origami” me golpeara en el número 33 de la revista Gigamesh. Un cuento emocionante que para muchos supuso la presentación en sociedad de su autor, Santiago Eximeno. Desde aquel lejano 2002 me he ido reencontrando con él en revistas, antologías, colecciones de relatos, novelas. Durante todo este tiempo me ha sorprendido cómo ha progresado en su escritura manteniendo unas señas de identidad que, en parte, ya estaban en “Origami”. La fragilidad del cuerpo humano, el conflicto dentro de la familia, la pérdida de un ser querido y el duelo, la contención en el uso de lo fantástico… Tal y como se puede observar en Lo grotesco, su última colección de relatos, su producción mantiene una atractiva diversidad pero es en la presencia de estas características donde personalmente sigo reencontrándome con lo mejor de Santiago Eximeno.

Una mujer que abandona a su marido y lo deja al cuidado de su hijo (“Lovot”), un percance de salud que deja a un abuelo discapacitado sin visos de recuperación (“Tradición”), un padre y una hija que se reencuentran después de que a ella le hayan diagnosticado una enfermedad grave (“Pajaritos”)… Una parte de Lo grotesco pone al lector ante pequeños cataclismos familiares en una España a cinco minutos en el futuro donde se intuye el azote de la crisis económica. El golpe de efecto llega con el perverso giro fantástico/especulativo, un toque mínimo con el que Eximeno ahonda en el dolor de los personajes mientras saca partido a la situación caso de la imposibilidad de atender a los dependientes de “Tradición” o esa habilidad española para banalizar y mercantilizar cualquier detalle de “Pajaritos”.

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Tierra de campos, de David Trueba

Tierra de camposTierra de campos, la última novela de David Trueba publicada por Anagrama, es la historia de Dani Mosca, un músico que viaja en coche fúnebre durante el traslado del ataúd de su padre al pueblo de la infancia. Acompañado por el chófer de la funeraria, el reservado músico que vive esa época de la vida donde la vejez ya amenaza, recorre las carreteras secundarias españolas hacia su pasado. Dividida en dos partes bien diferenciadas, el viaje a la pequeña población y la breve estancia en ella, esta historia de larga extensión y corte intimista se mueve en dos niveles que van intercalándose: los actos presentes y un repaso a la vida del protagonista desde que formó el grupo de música en la adolescencia hasta ese viaje.

Tras el ligero traspié de Blitz, aquí reconocemos al mismo autor de Saber perder, además con momentos que recuerdan a Cuatro amigos en las reflexiones sobre la amistad y la mala leche hacia/con el entorno rural. La narración, en primera persona con un protagonista de voz aparentemente sincera y valiosos secundarios bien dibujados, nos transmite la calidad literaria de un autor solvente y con carrera detrás.

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