Infiltrado en el KKKlan, de Ron Stallworth

Infiltrado en el KKKlanA mediados de los años 70, Ron Stallworth fue el primer afroamericano en acceder a la policía de Colorado Springs. Su figura se ha aupado hasta el primer plano de la actualidad después de que Spike Lee adaptara el libro donde cuenta el caso más importante en el que estuvo involucrado durante el inicio de su carrera profesional. Con bastante éxito. La película ganó el gran premio del jurado en el último festival de Cannes. Infiltrado en el KKKlan es el relato de cómo, mientras formaba parte del servicio de información del departamento de policía, Stallworth contactó y consiguió situar a un compañero en el seno del Ku Klux Klan. Capitán Swing, cuya colección de no-ficción se ha caracterizado por mantener el pulso a la actualidad, se ha encargado de traer el libro a España, publicado en sincronía con el estreno de la película.

Infiltrado en el KKKlan atraviesa con alegría la juventud de Stallworth, su entrada en la policía y la muestras de racismo y condescendencia que padeció durante sus primeros tiempos cuando era el único negro del departamento. Lo esencial de su testimonio está en el contenido central del libro: cómo entabló contacto con el Klan y, tras meses de trabajo, saboteó parcialmente sus planes de expansión en su condado. La pequeña comunidad de Colorado Springs apenas se vio sacudida por los vaivenes de una organización cuyos actos públicos, protegidos por la constitución, llevan aparejados actuaciones al margen de la ley orientadas a sembrar el miedo de los colectivos en su punto de mira. Elevar la temperatura de un caldo de cultivo imprescindible para hacer saltar la yesca de un enfrentamiento impensable hasta ese momento.

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Empire. El cine de Charles Band. Vol. 1, de John Tones

EmpireUna monografía sobre Charles Band ya es, en sí misma, una declaración de principios. En las casi quinientas páginas de Empire. El cine de Charles Band, Volumen 1, John Tones no pone el acento en el cine de público masivo, ni se centra en el canon habitual de películas sobre el que se construye una imagen de prestigio. Al contrario: escribir, como ha hecho él, sobre Charles Band, es entender el cine, o la vocación como periodista cultural, de una manera diferente. Y una monografía de quinientas páginas que sólo es la primera parte de este exhaustivo y, en castellano, único trabajo sobre el productor y director, nos dice que a John Tones le interesa más enfocar la mirada en el perímetro ninguneado de la industria que en el centro. Que así, de esta manera, es como trata de definir “el misterio de por qué nos gustan las películas que nos gustan”. (Ya lo hizo desde las páginas virtuales de Espinof).

Es, este primer volumen, un libro sobre Band, claro, pero también es un sobresaliente ejemplo del mejor periodismo cultural: el que nos descubre, a la vez que analiza, un terreno poco conocido del panorama artístico. El neófito y el interesado encontrarán aquí sus diferentes curiosidades saciadas por igual, como también las verán aquellos que hayan disfrutado “genuinamente con películas que la ortodoxia cultural insiste en que no alcanzan unos mínimos de calidad”. Un libro sobre Band también es un libro sobre la serie B y sobre cómo leer la serie B, sobre sus mecanismos de producción y difusión, sobre cuál es el papel del productor en la hechura colectiva de una película. Y Empire es, también, una lección maestra sobre cómo usar el lenguaje crítico, el pensamiento crítico, para una cinematografía generalmente expulsada de las clásicas Historias del Cine.

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Store of the Worlds. The Stories of Robert Sheckley, selección de Alex Abramovich y Jonathan Lethem

Store of the WorldsTodo lo que rodeó la muerte de Robert Sheckley en 2005, desde su convalecencia durante una visita a Ucrania y la campaña de recogida de dinero para pagar las facturas de su hospitalización, fue una manifestación de la precariedad cotidiana para una mayoría silenciosa de creadores, más en países sin asistencia sanitaria universal. También sirvió de recordatorio sobre las dificultades para algunos maestros del relato de la ciencia ficción en un mundo en el cual este formato prácticamente ya sólo aporta prestigio.

Sheckley todavía es “afortunado” en traducciones al castellano. Tras su fallecimiento se han recuperado en España dos de sus libros. Bibliópolis reunió una de sus novelas, Los viajes de Joenes, junto con una antología de relatos hasta entonces inédita: Store of Infinity; un puñado de narraciones de finales de la década de los 50, el período más fértil y memorable de su trayectoria profesional. Además la difunta colección de RBA volvió a traducir Trueque mental, una novela menor, recordatorio de algunas de la virtudes y la mayoría de los defectos de su quehacer como novelista. Sin embargo un volumen recopilando sus mejores relatos ha quedado fuera de la ecuación, seguramente por la escasa atención concitada por ambos títulos. Si se tiene una cierta soltura en el inglés, Store of the Worlds sería el libro más adecuado para acercarse a esa ficción breve. Un catálogo de la talla de Sheckley como creador, viva demostración de por qué su nombre continúa siendo inexcusable no sólo a la hora de hablar del relato de ciencia ficción.

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La perra de Alejandría, de Pilar Pedraza

La perra de AlejandríaLa Alejandría de los tiempos de Hipatia ha sido protagonista de al menos dos novelas de escritores españoles con inclinación a amalgamar Historia y fantasía. Hace una década, Eduardo Vaquerizo le dedicó La última noche de Hipatia, el relato de una viajera temporal desplazada hasta la Alejandría de las postrimerías del siglo IV para testar en sus carnes el curso obstinado, inevitable de la Historia. Unos años antes, Pilar Pedraza emplazó en la misma época La perra de Alejandría e iluminó su desarrollo bajo una luz crepuscular, ideal para representar el declive del Imperio Romano y la desaparición del mundo clásico, demolido golpe a golpe del martillo cristiano. Aunque sendas novelas fueron escritas desde sensibilidades opuestas, no se limitaron a explotar el contexto. Ambos, Vaquerizo desde su mirada de ciencia ficción, Pedraza desde su fidelidad a la fantasía oscura, acertaron a modelar los elementos históricos que mejor se ajustaban a sus necesidades.

Ya en sus primeros capítulos hay en La perra de Alejandría una fuerte presencia de lo mitológico, sobremanera al caracterizar una parte de la sociedad, la pagana, resiliente ante las andanadas de la nueva fe del imperio. El protagonista, Bárbaro, exiliado en la antigua capital del Egipto helénico tras al asesinato de sus padres, es testigo de múltiples prodigios alrededor de la figura de Dionisos. Durante una bacanal, Melanta, una fanática del dios, se ve involucrada en un portento que asombra a los participantes en la celebración; apenas un preámbulo de los que están por venir.

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Islas en la red, de Bruce Sterling

Un artículo-tipo que aparece de vez en cuando en los sectores menos ilustrados y más feos del periodismo cultural, es aquel en el que se le reprocha a la ciencia ficción su incapacidad para la predicción exacta del presente en general y la cacharrería tecnológica que esté de moda en ese momento, en particular. “NOOOOOO, SO BURROOOOOOOOOOS”, me indignaba yo interiormente cuando leía en algún artículo la típica parida sobre los móviles en Neuromante, “la sagrada misión de la ciencia ficción es especular sobre el futuro a partir del presente, explorar la forma en que la tecnología influye en la sociedad y, A PARTIR DE TODO ELLO, REDEFINIR LA SITUACIÓN DEL SER HUMANO RESPECTO AL MUNDO” (en realidad estaba dando voces en la sala de espera del psiquiatra). Sin embargo, lo contrario también me parecía un poco trampa, es decir, no me resulta especialmente valioso que una novela de cf acertara en un detalle tecnológico u otro si luego el conjunto no estaba a la altura, literariamente hablando, o no cumplía los preceptos de la sagrada misión antes voceada, lo que no valía en una dirección no podía valer en la otra. Pero hete aquí que cayendo en una de mis innumerables contradicciones (o no teniendo nada mejor con lo que arrancar la reseña) he escogido Islas en la red para este clásico polvoriento porque lo acertó TODO sin que nos diéramos cuenta cuando la leímos en su día, aunque, y esto es, creo, clave de su caída en el semiolvido, sacrificaba parte de lo artístico (o literario) por el camino.

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Caminando hacia el fin del mundo, de Suzy McKee Charnas

Caminando hacia el fin del mundoDe las admirables reivindicaciones de la ciencia ficción feminista de los años setenta, de todas esas páginas, se desprende hoy una fuerza que cristaliza en historias e imaginarios tan impactantes como lúgubres. Y si digo lúgubres es por lo oscuro de los mundos que tejieron esas autoras, por la visión tan crítica y desesperanzada que tenían de las sociedades coercitivas en las que nacieron, no tan diferentes de las nuestras. Pienso en autoras como Ursula K. Le Guin, Joanna Russ o, en la mejor de todas, James Tiptree, Jr., alias de Alice B. Sheldon. Pero, sobre todo, en una novela en concreto, oscura y tétrica, que por encima de eso es una pieza explosiva de rabia y causticidad ácrata. Me refiero a Caminando hacia el fin del mundo, de Suzy McKee Charnas.

Estamos ante la precursora directa de las escalofriantes novelas del argentino Rafael Pinedo y de la Kameron Hurley de Las estrellas son Legión. Charnas mezcla postapocalipsis, fantasía macabra y crítica social en un todo que se podría calificar de “ciencia ficción gore”. Es decir: el marco es ciencia ficción, y en ese marco tienen cabida la fantasía, la sociología y el relato de aventuras –no muy cantarinas– en la línea de indagación en el horror que planteaba El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad.

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La afirmación, de Christopher Priest

La AfirmaciónEn una reciente presentación que tuvo lugar en una librería del centro de Londres con motivo de la publicación de An American Story, aproveché para preguntar al propio Christopher Priest sobre sus ediciones en castellano. Desgraciadamente la respuesta fue la esperada: ninguna editorial se ha interesado en los últimos años por su obra, cosa que él mismo tampoco se explicaba dado que décadas atrás sí tuvo un contacto frecuente para, sin embargo, caer después en el más absoluto letargo. Y no parece que la tendencia actual vaya a permitirnos ver publicada una nueva obra suya en castellano salvo que los dioses cinematográficos o seriéfilos hagan acto de presencia. Curiosamente, mientras tanto, sus libros se agotan edición tras edición en un país tan dispar y alejado como Japón.

La afirmación es junto a El glamour y El prestigio una las novelas más reconocidas de Priest. Es verdad que con ella no logró imponerse en el BSFA de aquel año 1982, como sí lo hizo en otras cuatro ocasiones con otras tantas novelas, pero lo cierto es que cuando preguntas por su obra o buceas por Internet, esta novela es una de las más recomendadas por a gente que sí que ha leído buena parte de la bibliografía del escritor británico.

Peter Sinclair es el protagonista absoluto de La afirmación.

Peter Sinclair es un hombre en pleno duelo por la muerte de su padre, con una compleja relación con su hermana, sin apenas recursos económicos e inmerso en una situación sentimental con su pareja muy alejada de sus mejores momentos. En este punto recibe la oportunidad de mudarse de Londres a una casita de campo, lejos del mundanal ruido, donde a) iniciar una nueva vida o b) terminar de hundirse en su propia miseria. Y aunque la cosa comienza bien, las promesas acordadas con los dueños de la casa (unos viejos amigos de su padre) sobre rehabilitar y mantener la vivienda, pronto se ve en la necesidad de escribir su autobiografía para mantener la memoria lúcida y poner en orden los recuerdos que lo atenazan.

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Parable of the Talents, de Octavia E. Butler

Parable of the TalentsSe hace doloroso observar cómo de las escritoras surgidas al abrigo de la ciencia ficción anglosajona durante la década de los 70, quien mejor ha soportado los rigores del tiempo (si exceptuamos a Tiptree, Jr., que publicó un puñado de relatos a finales de los 60) sea quien menos se ha traducido. Ya sea por su escasa repercusión en el fandom anglosajón o por la importancia en su narrativa de cuestiones raciales y de género, apenas hemos visto en España cuatro de sus obras. La última este año por Capitán Swing, con una repercusión que medio justifica la prevención a la hora de editar unos libros, los suyos, alejados de las coordenadas aceptadas por el entorno aficionado y las colecciones abiertas a una ficción híbrida. Butler es otro ladrillo de ese muro demasiado mainstream para el género, demasiado de género para el mainstream. Una circunstancia que lamento una vez más tras leer Parable of the Talents, su novela más apreciada tras ganar el premio Nebula en 1999.

Tras plantear Parable of the Sower como un relato preapocalíptico y de crecimiento interior, Butler dio varios pasos al frente con esta continuación que se inicia 5 años más tarde. La comunidad establecida por Lauren Olamina, Acorn, se ha afianzado y ha logrado la autosuficiencia. Sin embargo el ataque a una granja cercana les pone sobre aviso de grupos organizados dispuestos a destruir pequeños poblados para secuestrar o aniquilar a los supervivientes. En sincronización con estos asaltos, un baptista alienta y se beneficia del caos para llegar hasta la Casa Blanca bajo el grito de “Make America Great Again” (sic). En su punto de mira no figuran explícitamente los inmigrantes de primera o segunda generación. En el centro de su obsesión sitúa a quienes no profesan su misma fe; nuevos paganos destinados a ser perseguidos para ser esclavizados y, quizás, convertidos mientras sus hijos pasan a ser criados por familias adeptas al credo verdadero.

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El cromosoma Calcuta, de Amitav Ghosh

El cromosoma CalcultaComo si de una muñeca rusa se tratara, hay muchos “cromosomas Calcuta” dentro de El cromosoma Calcuta, la novela de Amitav Ghosh publicada en 1995 y que en España fue editada por Anagrama (hoy está descatalogada, según indica la editorial en su página web). La historia gira en torno al descubrimiento, en la Calcuta de 1897, del mecanismo de transmisión de la malaria a cargo del oficial británico Ronald Ross, un científico inconstante y de vocación tardía cuyas investigaciones, pese a todo, acabaron batiendo a las de expertos a priori mejor preparados y más dedicados y experimentados que él. Su trabajo, que le valió el premio Nobel en 1902, es, pues, el núcleo de esta novela que comienza siendo una suerte de thriller médico futurista para ir evolucionando poco a poco hacia algo más oscuro y, si se quiere, trascendental.

Ghosh propone una intrincada trama en la que, por razones que se irán desvelando (hasta cierto punto) a lo largo de la novela, el descubrimiento de Ross no se debió completamente a méritos propios, sino que sus avances fueron dirigidos por personas que se encargaron de encauzar sus investigaciones en la dirección correcta.

El libro se desarrolla en tres momentos históricos distintos. En un futuro próximo (no muy alejado cronológicamente de nuestra época actual) Antar, un egipcio afincado en Nueva York, trata de averiguar qué fue de Murugan, un experto en la figura de Ronald Ross a quien conoció superficialmente unos años atrás y que se esfumó sin dejar rastro en Calcuta en 1995. En ese mismo año se sitúa la segunda pata de la narración, la que permite al lector acompañar a Murugan durante las horas previas a su desaparición. Por último (a través, fundamentalmente, del relato de Murugan), el lector es transportado también a la India colonial de finales del siglo XIX para conocer detalles acerca de Ross y la manera en la que se desarrollaron sus investigaciones con mosquitos. Las transiciones entre personajes y épocas son constantes y se entrelazan con una naturalidad brillante y sorprendente.

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Domingo Santos, In Memoriam

Pedro Domingo Mutiñó

Hacer un panegírico de alguien es siempre complicado sobre todo si ese alguien lo consideras una figura relevante en tu ámbito vital. Me enteré del fallecimiento de Domingo Santos, nacido Pedro Domingo Mutiñó, por un whatsapp de mi amigo Rafael Marín que a su vez había recibido una llamada telefónica de Ángel Torres Quesada al que la familia de Santos le había comunicada la triste noticia. Santos y Torres fueron amigos durante muchos años y mantuvieron esa amistad hasta el final. La muerte de Santos ha sido muy dura para muchos, en especial para su familia, y en particular para Torres.

Precisamente conocí a Santos a través de Ángel Torres que me lo presentó en la HispaCon de Barcelona en 2002, creo recordar. Él había colaborado en un libro en el que yo también participaba, La ciencia ficción española de editorial Robel y después de la presentación del mismo, en la barra del bar—benditas barraCones—, Torres me presentó a Domingo Santos, desde ese momento Pedro. En esa ocasión tuve la oportunidad de conocer en persona a un mito viviente, nada más y nada menos que ¡uno de los responsables de Nueva Dimensión!, la revista que me llevó a comprender que no estaba solo en el mundo de la ciencia ficción y la fantasía. Porque hasta que ND cayó en mis manos me consideraba un rara avis en mi ciudad natal, Cádiz, casi un marginado en cuestión de literatura fantástica. Nadie en mi entorno compartía mis aficiones, y eso me hacía un solitario, al menos en ese aspecto. La creación de ND por parte de Domingo Santos, Luis Vigil y Sebastián Martínez, tuvo lugar en 1967 y su primer número se lanzó en enero de 1968. Para aprovechar la distribución de Pomaire, la revista tuvo un formato igual a la francesa Planète, que en su edición española imprimía esa editorial. Así nació el peculiar formato original de ND. Este sería uno de los mayores logros de Pedro como editor: mantener una revista de ciencia ficción en España durante 15 años y 148 números.

Pero la revista no fue su forma de vida. Digamos que ND era casi un hobby para sus creadores. Pocos beneficios daba y sí mucho trabajo, por lo que debían dedicarse a otras tareas para poder comer. Pedro enfocó una de sus labores en la traducción que compaginó con la edición y con la escritura de la que hablaré más adelante. Por ejemplo fue el traductor de Forastero en tierra extraña, de Robert Heinlein, A vuestro cuerpos dispersos, de Philip José Farmer o Dune, de Frank Herbert.

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