Ecce Monstrum, de Nathan Ballingrud

Ecce MonstrumNo se puede tomar Goodreads como una medida proporcionada de la base de lectores. Sí como una fuente de información para considerar los hábitos de una parte caracterizada por su grado de militancia. Ese sector que pierde el culo por alardear de sus lecturas, poner muchas estrellitas e, incluso, escribir valoraciones. Si nos atenemos a la ficha de Ecce Monstrum en esa red social, la inmensa mayoría de opiniones proceden de un intervalo de tiempo de un par de meses posteriores a su publicación. Menos de una cuarta parte se han acercado a él en los últimos seis meses. Un ejemplo tan específico no puede convertirse en ley, pero esta casuística recuerda el triste sino de las novedades unas semanas después de llegar a las librerías, aquí aplicada a un libro digital. Un formato cuyo modus vivendi debiera suponer una diferencia frente a su primo de papel choca igualmente con la estrecha campana de “atención”.

Esta situación dista mucho de ser una crítica; es más bien la constatación de una obviedad a modo de desahogo para aligerar la tristeza que me produce. En general, en particular al escribir sobre los libros de Fata Libeli, y en concreto sobre este Ecce Monstrum, de Nathan Ballingrud. Si no me equivoco, contiene sus primeros relatos publicados en castellano; una selección proveniente de su colección North American Lake Monsters. Como es habitual, este en apariencia inconveniente (no se traducen todos los cuentos de la edición original) se transforma en una de las fortalezas del volumen: los posibles desequilibrios entre las diversas piezas se han minimizado y se muestra un catálogo cohesionado alrededor de los puntos fuertes del autor. Un libro que, como las anteriores colecciones seleccionadas por Fata Libelli (Peter Watts, Elizabeth Bear, Tim Pratt…), funciona como acerada tarjeta de presentación de un nombre prácticamente desconocido en España. Por menos de 5 euros.

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Button Man, de John Wagner y Arthur Ranson

En 1990 un grupo de guionistas y dibujantes capitaneados por el patriarca del tebeo británico, Pat Mills, fundaron la revista de historietas semanal Toxic!, básicamente un 2000 AD más violento, grosero y bestia, en el que los autores conservarían los derechos y el control de sus creaciones, cosa que no ocurría en la venerable cabecera británica. Entre los fundadores se encontraban, aparte del propio Mills, el núcleo de 2000 AD; Alan Grant, Kevin O´Neill, Mike MacMahon y John Wagner. Wagner (veteranísmo guionista del que seguramente conocerán la adaptación cinematográfica de su Una historia violenta) propuso Button Man, un proyecto sobre un asesino a sueldo que estaba preparando con Arthur Ranson, quien ya había dibujado unos cuantos capítulos de la serie de la Juez Anderson y su Psi-Division  junto al guionista Alan Grant. Aquí la historia se complica; parece ser que Mills canceló la serie con varios capítulos ya dibujados porque se parecía demasiado a otra creación suya, Accident Man, una historia sobre un asesino a sueldo que acaba adquiriendo conciencia social. Quien fue primero, si Accident o Button, queda para el curioso lector, pero la forma de proceder de Pat Mills no debió ser la mejor, a tenor de lo que cuentan en el prólogo Wagner y, sobre todo, Ranson, que casi llega a alegrarse del fracaso de Toxic! que no llegó ni al año de vida.

En un acto ya cercano a la desesperación, los autores ofrecieron la serie a 2000 AD. Pero como todo el mundo sabe la venerable cabecera británica se especializa en fantasía y ciencia ficción y en un principio Button Man, una serie cercana al género negro, no encajaba en su línea. Pero cuando le presentaron las páginas ya dibujadas por Ranson, a Richard Burton, editor por entonces de la revista, le faltó tiempo para dar luz verde a la publicación de la serie en 1991, serie que finalmente acabó gozando de cierto éxito y varios volúmenes recopilatorios (incluso se barajó una adaptación cinematográfica protagonizada por Leonardo DiCaprio). En 2015 a editorial ECC publicó en España el primero, El juego de la muerte, y en 2016 el segundo, La confesión de Harry Exton. Existe un tercer volumen, Asesino de asesinos, que no comentaré aquí porque acabo de descubrir mientras escribo esta reseña que se publicó en septiembre del año pasado. ¡Aquí en C siempre al día! Y es que la tormenta de publicaciones en la que se ha convertido el mercado del tebeo español no perdona a los que ya tenemos una edad, que vamos con la lengua fuera intentando mantener un ritmo que perdimos hace tiempo.

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Antrópica, de Alberto Moreno Pérez

AntrópicaEgo es un ser de apariencia humanoide que despierta en medio de una llanura. Nada sabe de su existencia previa ni del lugar al que ha sido arrojado pero alberga las nociones básicas para comprender la información que le llega a través de sus sentidos. Empujado por un deseo irrefrenable por avanzar en una dirección determinada, la pulsión, recorre un paisaje cuyas formas parecen reducidas a la mínima expresión. Lleno de curiosidad, descubre llamativas estructuras y criaturas cuya imagen está relacionada con la suya. Apenas le retrasan unas inoportunas pérdidas de conciencia que se repiten a intervalos regulares.

¿Quién es Ego? ¿Qué es ese espacio por el cuál se mueve? ¿Cuál es la naturaleza de los seres que salen a su paso? ¿De dónde surge esa afán-guía? La primera mitad de Antrópica alumbra este escenario de textura minimalista mediante los ojos de esta criatura. En su descripción tiene un peso especial la faceta objetiva del paisaje. Los tamaños, las distancias, las cualidades de los materiales, el tiempo entre apagados… se traducen en virtud a las unidades que domina Ego. Fundamentalmente él mismo. Mientras, sus conocimientos sobre la realidad física dan pie a algunas hipótesis cuya viabilidad comprueba por el más elemental proceso empírico. Este enfoque, coherente con la esencia del narrador y su mundo, establece las primeras barreras a superar: conectar con un personaje con un discurso desapasionado, muy apegado a sus percepciones objetivas; disfrutar de su periplo a través de un espacio tan desnudo; la ausencia de conflictos internos. Toda la tensión se fía a las novedades detrás de cada recodo y los daños que sufre o puede sufrir. Porque su cuerpo padece las consecuencias de caídas, golpes, acciones desesperadas y alguna que otra amenaza externa. Al llegar al ecuador, un suceso termina por agotar el punto de vista de Ego y abre Antrópica a dos nuevos planos. Primero uno en el cual dos personajes dialogan entre sí seguido de otro donde uno de ellos retoma la narración en primera persona. Tanto la conversación como el testimonio encadenan las revelaciones pertinentes para desentrañar el gran misterio y conducir la historia en una nueva dirección. Un camino donde esta vez lo emocional se acerca a lo, digamos, intelectual.

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El muro de las tormentas, de Ken Liu

El muro de las tormentasComprar el primer libro de una trilogía en España siempre ha tenido mucho de acto de fe; pocas veces existe el compromiso explícito de seguirla hasta su conclusión. Y de tenerlo, tampoco se suele apuntar cuándo puede hacerlo. Por eso valoro la labor de Alianza con los libros de La dinastía del diente de león de Ken Liu. Su primer volumen, La gracia de los reyes, llegó a las librerías hace menos de un año y su continuación, este El muro de las tormentas, lo ha hecho apenas medio año después de aparecer en inglés. A esto hay que unir el cuidado estándar de publicación: la tapa dura, los mapas a color, la calidad del papel, una aseada edición… Todo un acierto por parte del equipo detrás de la colección Runas.

En La gracia de los reyes Ken Liu abordaba un relato de tintes clásicos centrado en el nacimiento de una dinastía y el proceso de construcción de su imperio. Su principal interés y, a la sazón, lo atractivo de su lectura derivaba de cómo crecía su historia principal a medida que se adherían a ella multitud de historias más pequeñas. Cómo un narración épica sobre el poder, su conquista y sus consecuencias se sostenía muchas veces sobre la espalda de una miríada de personajes de las más variadas procedencias. Siguiendo esta línea, El muro de las tormentas se convierte en una obra más compleja y heterogénea. Liu incorpora facetas inéditas del escenario y profundiza en aspectos ya vistos mientras los enriquece con nuevas capas.

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Bienvenidos al bizarro

Confieso que resulta difícil no caer en el escepticismo cuando aparece un nuevo movimiento literario agitando las aguas del mundillo, parafraseando a Sophia Petrillo; “soy vieja, lo he visto todo. Dos veces”. La historia es muy conocida y no sólo en el ámbito literario. Veamos. Una alegre y jovial muchachada (aunque siempre hay alguno ya talludito) de aspecto estrafalario y pésimos modales irrumpe en los aburguesados salones de sus mayores poniendo de nuevo la rueda en marcha; primero desconcierto y rechazo entre las gentes de orden, luego los intentos de apropiación ( “bah, el cyberpunk lo inventé yo en un fanzine de Cuenca en el 73″), y finalmente asimilación e integración mediante la aparición ritual de los otrora despreciables freaks en las páginas de algún suplemento cultural, informales pero arreglaos, de riguroso negro, despeinados y con un aro en la nariz. El eterno ciclo de la cultura y la civilización, como echar pestes de nuestros contemporáneos o añorar una imaginaria edad de oro. El truco, creo yo, reside en disfrutar de la diversión mientras dure (si la propuesta coincide con nuestra longitud de onda, claro), y saber en qué momento bajarse antes de que la Parodia entre en escena. O metérselo todo hasta el final, que más da, siempre que seamos conscientes de lo que estamos haciendo.

Y la última novísima tendencia más o menos subterránea que ha irrumpido en nuestro apacible club, el del fantástico, es el bizarro, un movimiento que ya lleva unos años dando guerra por los USA (Carlton Melick III, el autor de bizarro más conocido y prolífico, comenzó a publicar hace ya más de quince años) pero que recientemente ha desembarcado en el mercado español gracias a los esfuerzos de Orciny Press, que nos ha ofrecido Fantasma, de Laura Lee Bahr, La casa de arenas movedizas, del propio Carlton Melick III o Ciudad Revientacráneos, de Jeremy Robert Johnson con cierto éxito de crítica y público según me revela un estudio científico de probada eficacia; echar un vistazo a lo que sale por mi tuiter. Y ahora, en lo que es un recurso habitual en cualquier movimiento literario que se precie, Orciny nos presenta Bienvenidos al bizarro, una antología de autores que trabajan el bizarro en mayor o menor grado, un poco lo que Visiones peligrosas supuso para la new wave o Mirroshades significó para el cyberpunk, una eficaz carta de presentación a la vez que panorama narrativo y manifiesto de intenciones.

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La habitación de Nona

La habitación de NonaHacía diez años que no leía a Cristina Fernández Cubas. Justo desde Parientes pobres del diablo, su anterior colección de cuentos. Más o menos por entonces se cumplía una década desde que cayera en mis manos El ángulo del horror, quizás la mejor tarjeta de presentación de su obra si se desea un acercamiento puntual, alejado de la exhaustividad del imponente Todos los cuentos. Con esta discontinuidad y la dificultad que supone escribir más de tres líneas sobre mi recuerdo de ambos libros, La habitación de Nona me ha supuesto un refrescante reencuentro con la manera de enfocar la narrativa de Fernández Cubas donde sólo me cabe lamentar la brevedad del volumen. Apenas 200 páginas de letra hermosa que se leen en un suspiro. Sin embargo ahí reside también el gran acierto de estos libros donde nos entrega sus relatos: no sobra ni una página.

No es de extrañar que el cuento más significativo sea el que ha servido para ponerle título. Contado en primera persona, “La habitación de Nona” proyecta al lector a la mente de una joven que escribe sobre la relación con su hermana; una niña tres años menor con algún tipo de trastorno psicológico y un mundo interior de gran riqueza del que nadie parece saber nada. La narradora desgrana sus pequeños conflictos según se ha desarrollado su vida hasta el momento y se detiene sobre una serie de situaciones aparentemente inexplicables que terminan teniendo sentido al cerrar su testimonio. Un broche delicioso para esta exploración de la identidad construida sobre el excelente uso de la figura del narrador.

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El cuento de la criada, de Margaret Atwood

El cuento de la criadaAnte el estreno inminente de su nueva adaptación, donde a cada nueva promoción se intuye el cuidado puesto en su acabado final, no tenía sentido continuar dilatando el momento de acercarme a El cuento de la criada. Escrita en pleno auge del pensamiento neoconservador de los tiempos de Ronald Reagan, se ha vuelto a poner de actualidad tras el triunfo de Donald Trump en las pasadas elecciones de Enero. Su imagen de megalómano con mando en plaza, el grupo de extremistas de los que se ha rodeado, las ideas que han puesto sobre la mesa (suspensión de las ayudas a los centros de planificación familiar, destrucción de los avances en el derecho a una sanidad universal, el total desprecio por las evidencias científicas…), han llevado a un buen número de lectores a acordarse, entre otras, de esta novela escrita hace más de tres décadas.

En El cuento de la criada Margaret Atwood plantea un único escenario: la República de Gilead. Una región indeterminada de EE.UU. donde, después de un golpe de estado, se ha producido una regresión social de dimensiones ciclópeas hasta convertirla en un reflejo de la Nueva Inglaterra de los colonos puritanos. Además, tras diversas catástrofes ecológicas, la esterilidad se encuentra tan extendida como las malformaciones durante el embarazo. Un panorama donde el futuro de la propia humanidad parece amenazada. Fieles a las raíces evangélicas de su Estado, han encontrado el remedio a esta situación en un relato bíblico. Tal y como se solucionaba la esterilidad de Raquel y Jacob acudiendo a Bilhah, una esclava, para concebir los hijos de la pareja, en Gilead recurren a las llamadas criadas. Mujeres fértiles que en muchos casos ya han sido madres, aleccionadas en escuelas para cumplir en un único servicio a sus patrones siguiendo la máxima: de cada uno según sus capacidades; a cada uno según sus necesidades.

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Un hombre sueña despierto, de Lavie Tidhar

Un hombre sueña despiertoImaginen una Europa en 1933 donde el partido comunista gana las elecciones en Alemania y los nazis no ascienden al poder. La purga posterior lleva a sus dirigentes bien a campos de concentración bien al exilio. Entre estos últimos muchos terminan en Gran Bretaña donde un lustro más tarde sobreviven en un discreto segundo plano mientras el partido fascista británico de Oswald Mosley gana peso. Uno de estos nazis venidos a menos es Wolf. A finales de 1939 malvive como detective privado en un cuchitril del Soho rodeado de prostitutas e inmigrantes, la materia prima para alimentar el odio al otro cuando vivía Alemania. La guinda a este pequeño purgatorio llega con su nuevo caso: encontrar a una judía desaparecida que debería haber llegado desde Alemania. Con toda seguridad por la acción de sus viejos compañeros de partido.

Ésta es la ucronía que Lavie Tidhar despliega en Un hombre sueña despierto mediante varias secciones encadenadas. A través del diario en primera persona de Wolf plasma sus pensamientos y sentimientos más profundos. Es este aspecto de retrato interior, cómo ayuda a comprender a Wolf, el que da carta de naturaleza a estas secuencias. Sus motivaciones, sus frustraciones, la evolución de su pensamiento tras la derrota del nacionalsocialismo seis años antes, su percepción de las humillaciones que sufre… Y, de una manera a mi modo de ver menos lograda, el recuerdo de los años de adolescencia, su participación en la Gran Guerra, las secuelas y su relación con las mujeres en los años previos a la caída. Todos ellos necesarios para el retrato de su carácter pero introducidos un poco con calzador.

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Doctor Rat, de William Kotzwinkle

Doctor Rat

Los 70 fueron terreno abonado para historias con un profundo sentimiento crítico protagonizadas por animales. Hace unos meses llorábamos la muerte de Richard Adams, narrador del épico viaje de unos conejos a través de la campiña inglesa para crear su propia madriguera (La colina de Watership). A finales de la misma década triunfó Los animales del pequeño bosque (The Animals of Farthing Wood), una explotación de la vía abierta por Adams con un grupo de animales en busca de un nuevo hogar tras la destrucción de su bosque. Unos años antes se recuperaba la obra póstuma de T. H. White, El libro de Merlín, cierre de la secuencia de Camelot donde, poco antes de la batalla definitiva contra Mordred, Merlín transformaba a Arturo en todo tipo animales y un tribunal de animales sometía a juicio a toda la especie humana. Además en 1977 William Kotzwinkle ganaba el Premio Mundial de Fantasía con Doctor Rat, novela inédita en castellano hasta 2016 cuando fue rescatada por Navona Editorial.

El detalle del galardón no es baladí. Lejos de quedarse anclado en la vertiente épica-medievaloide, el Premio Mundial de Fantasía se ha caracterizado por reconocer la concepción más ecléctica de este género. Y Doctor Rat es un ejemplo inmejorable de esa amplitud y versatilidad. Una fábula sobre la relación del hombre con el mundo animal que tanto puede interpretarse como una chanza de los experimentos más estúpidos llevados a cabo en pro del avance científico como una despiadada sátira del holocausto. Encadena secuencias donde el humor negro más extravagante da paso a capítulos sumamente tristes. Momentos de gran intimidad se alternan con otros de una violencia exacerbada sin que se quiebre la homogeneidad del conjunto.

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La España vacía, de Sergio del Molino

La España vacíaEn las últimas semanas parece haber alcanzado su clímax el interés por lo que Sergio del Molino etiqueta como La España vacía. Esa parte de nuestro país con una densidad de población tan baja como elevada resulta la edad media de sus habitantes. El éxodo hacia las ciudades dejó multitud de pueblos abandonados, los centros urbanos (y los servicios) se suelen encontrar a más de una hora por carreteras sinuosas y cualquier tentativa de mantener un tejido productivo estable desemboca en un sonoro fracaso. Sin embargo, a diferencia de otros libros como Los últimos, de Paco Cerdá, los numerosos artículos que se han podido ver en la prensa o el programa dedicado por Salvados a su agonía, La España vacía se aleja de cualquier voluntad de dar la palabra a sus habitantes o indagar en la naturaleza sociológica del asunto. El viaje en las páginas de este ensayo se plantea en otros términos. Del Molino busca las raíces de las percepciones dominantes sobre esta porción de España en el imaginario colectivo mientras explora su convivencia con la experiencia de visitar sus rincones. Esta tensión entre lo esperado y lo observado, donde las contradicciones se transforman en parte esencial de la descripción, es una de las guías del discurso junto al acercamiento subjetivo. El autor utiliza un variado arsenal de vivencias (viajes, conexiones familiares, anécdotas personales…) para enhebrar una argumentación donde él y su visión son esenciales en la descripción de un lugar entre la realidad y la ficción cuya consistencia se afianza con el transcurrir de las páginas.

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