Starplex, de Robert J. Sawyer

Starplex

Starplex

El espacio: La Frontera Final. Estos son los viajes de la nave espacial Enterprise. Su misión durante los próximos 5 años: encontrar nuevos mundos. Descubrir nuevas vidas y nuevas civilizaciones … Atreverse a ir a donde nadie ha llegado antes

Ésta es la entradilla que servía de preludio a cada episodio de la serie original de Star Trek y que, con las correspondientes variaciones, ha sido el motor argumental de dicha franquicia desde su inicio hace ya cuarenta años. Una serie de televisión que ha trascendido el medio para convertirse en un icono pop, reverenciado hasta la idolatría, desmontado con saña, parodiado una y otra vez. Desde el ambiente más literario de la ciencia ficción, aunque ha contado con un importante número de seguidores, generalmente se ha visto como una banalización de muchos de sus temas y un retorno a la ciencia ficción más pulp de los años 30 y 40, incluidos un cuidado mínimo de los aspectos científico-tecnológicos del argumento y una estética hortera difícil de tragar más allá del entorno aficionado. Starplex se puede ver como una respuesta a esta circunstancia. En ella, uno de los escritores más fieles a la tradición norteamericana del género, Robert J. Sawyer, abordó –a mediados de los años 90– una actualización de estas historias de exploración espacial, quitándole cualquier reminiscencia camp y aportando su habilidad para divulgar ideas en la frontera de la ciencia del momento. Una obra en clave eminentemente positiva, antropocéntrica y filotecnológica que, creo, funciona como lo que es: una aventura de Star Trek sin los personajes de la Entreprise –aunque aquí es posible que me esté columpiando porque, la verdad, apenas conozco las películas; es lo que tiene haber vivido en una comunidad sin televisión autonómica–.

La nave Starplex, capitaneada por Keith Lassing y en la que participan las cuatro especies inteligentes de las que se tiene constancia –humanos, delfines, waldahuds e ib’s–, investiga un hecho que pone en cuestión todo lo que se sabe de los atajos; unos portales situados entre sistemas solares, abandonados por una inteligencia alienígena desconocida tiempo ha, que se encuentran en su mayoría inactivos. Uno se ha «conectado» inesperadamente al introducirse «algo» por él. Durante la misión de investigación que establecen entran en contacto con toda una serie de circunstancias que alteran la noción que tienen del universo y ponen en conflicto las relaciones que mantienen entre sí. Vamos, lo habitual.

Lo primero que llama la atención es ver cómo surgen en el libro los elementos más claramente reconocibles de Star Trek, debidamente alterados por Sawyer en su afán de conseguir la mayor verosimilitud posible. Por ejemplo, las dos especies extra terráqueas que acompañan a humanos y delfines juegan, especularmente, el papel que desempeñan vulcanos y klingons, mientras varios de los personajes juegan el rol que tenían los protagonistas de la serie original o su versión actualizada de La nueva generación. Otra cosa es que tengan la misma personalidad arrolladora, aunque es comprensible cuando se compara una máquina que lleva en funcionamiento muchos años con una novela de 300 páginas que presta más atención a otros detalles.

Robert J. Sawyer

Robert J. Sawyer

Por otro lado, la manera en que se ha aproximado Sawyer al argumento es bastante reconocible. Fiel a su noción de lo que debe ser la ciencia ficción, utiliza un estilo expositivo tan cristalino como funcional que, por ejemplo, no duda en romper el curso de la narración siempre que lo considera oportuno para acudir a las convenientes descripciones cuando se va a tratar cualquier concepto que pueda liar al lector menos atento. Igualmente se nota su mano al acercarse a algunos de los temas fundamentales de la ciencia actual como la existencia de la materia oscura, la existencia de otras formas de vida no basadas en la química del carbono, toda la teoría del punto omega y la naturaleza final del universo –cerrada, abierta o en equilibrio–. Asuntos en los que, aunque muestra detalles pioneros, no es precisamente revolucionario y peca de una cierta superficialidad que interesará más a los neófitos que los versados en la ciencia ficción de temática hard.

Más atractivo resulta la manera en que soluciona los momentos peliagudos por los que atraviesa la Starplex, como los combates especiales. Aquí no vivimos en un mundo de Phasers, motores de curvatura, teletransporte o cristales de dilitio que se funden uno de cada dos enfrentamientos con naves enemigas. Todo resulta mucho más creíble e, incluso, se acude a soluciones bastante originales coherentes con la naturaleza de la nave, su estructura y los avatares por los que atraviesa. Sirva de ejemplo el uso que se hace de la inmensa cantidad de agua que se almacena en el nivel central de la Starplex cuando, debido a un problema, comienza a escapar al espacio.

Retomando el asunto de los personajes, no podía faltar uno de los tics de bandera de Sawyer: ese matrimonio con un problema a resolver que puede devenir en ruptura, que esta vez emana de la eterna crisis de los cuarenta. Una situación que –era inevitable– se soluciona a medida que la pareja va dando curso a los problemas que pone ante ella el argumento. Y como novedad tenemos un curioso uso del cliffhanger que, de la mano de la naturaleza de los protagonistas y el vertiginoso ritmo del relato, le confieren a Starplex un deliberado aire folletinesco, originado a todas luces en su forma inicial de publicación. La novela apareció serializada en Analog, la revista estadounidense especializada en ciencia ficción hard, y había que ayudar a mantener el interés del lector de un mes para otro. De ahí que se aprecien con nitidez los periódicos «puntos» de corte.

El resultado final es una narración que agradará a los seguidores de Sawyer al mismo nivel que, creo, disuadirá a sus detractores, y que puede interesar a los aficionados de Star Trek siempre que no les importe prescindir de sus carismáticos personajes.

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