El lenguaje de las piedras, de Robert Carter

El lenguaje de las piedras

El lenguaje de las piedras

Hace dos años Edhasa apostó por la fantasía lanzando la colección Fantasy Nebulae en la que, inicialmente, publicó dos títulos: la presente novela y Las doce moradas del viento de Ursula K. Le Guin. La antología de relatos de Le Guin era una buena elección al ofrecer a una nueva hueste de lectores una de las mejores obras de la escritora californiana. En lo que respecta a la novela que nos ocupa, el volumen fue publicado en una edición que impresionaba por su solidez. El lenguaje de las piedras es un enorme mamotreto de 500 páginas cuidadosamente encuadernado y con ilustraciones hechas especialmente para la ocasión. Su apariencia exterior no puede ser más atractiva y la ilustración de la portada se corresponde con lo que podemos encontrar en el interior.

Un pequeño inciso antes de empezar con la novela. Cuando me enfrento por primera vez a un libro no puedo evitar leer la contraportada. Esto ha hecho que algunas veces me arrepintiese después de que me hayan destripado el contenido de la historia en tan solo un par de líneas. Éste no es el caso, pero lo que sí encontramos es un de los reclamos más usados en los últimos tiempos dentro de la fantasía heroica: «El trono de Tolkien ya tiene sucesor» ¿Funcionarán este tipo de frases? ¿Realmente las editoriales dispondrán de sesudos estudios en los que se demuestra estadísticamente que tales reclamos atraen a lectores potenciales? Lo siento mucho pero cada vez que veo la frasecita de marras –o una de sus variantes– me entran ganas de gritar. Si la idea es que te predisponga a favor en mi caso surte el efecto contrario. No voy a entrar a profundizar en el tema pero me veía en la necesidad de comentarlo. Al fin y al cabo el autor y su obra no están habitualmente implicados en la campaña de promoción. Eliminando todo prejuicio sobre la novela me zambullí en sus páginas y esto es lo que encontré.

El lenguaje de las piedras es el primer volumen de una –¡sorpresa!– trilogía pero la historia es auto conclusiva. El final queda lo suficientemente abierto como para seguir la historia en un futuro pero no nos quedamos con el héroe colgando de un precipicio y con la angustia de esperar a la aparición del segundo tomo.

Su protagonista es Willand, también conocido como Will, un niño que acaba de cumplir los 13 años y, en la plácida aldea en la que vive, eso supone llegar a la mayoría de edad. Su apacible vida se verá bruscamente interrumpida cuando llega al pueblo Gwydion, un mago que ha respondido a varios nombres a lo largo de su dilatada vida, entre ellos el de Merlín. El mago comunica a Will que es adoptado y que fue rescatado de morir abandonado cuando era un bebé. Tras esa repentina revelación le informa que su vida peligra y le obliga a ir con él a un viaje incierto y plagado de riesgos. Durante esta conversación inicial Gwydion le dice también que, debido a lo extraño de su nacimiento, está llamado a ser el Hijo del Destino y a realizar grandes gestas. Mago y aprendiz inician un viaje en busca de las piedras que dan nombre al título. Estas piedras canalizan y redirigen energías positivas y negativas que mantienen la paz y la estabilidad en el reino, pero están empezando a dar muestras de mal funcionamiento y la sombra de la guerra planea sobre los señores feudales y sus siervos. Will deberá desarrollar sus aptitudes para hablar el lenguaje de las piedras, enderezar el rumbo de los acontecimientos y enfrentarse al hechicero malvado Maskull, que planea utilizar estos nodos de poder en beneficio propio.

Aparentemente el argumento podría parecer una repetición de la misma historia de siempre… y es exactamente eso. El esquema maestro/aprendiz, el viaje iniciático, el malo de opereta y, sobre todo, el labriego huérfano llamado por El Destino –en mayúsculas– a salvar al mundo son recursos de sobra explotados en la fantasía heroica. Pero hay autores que son capaces de usar todos estos elementos, combinarlos con acierto y ofrecernos algo innovador o por lo menos interesante. Éste, lamentablemente, no es el caso.

Bajo la pretensión de ser una recreación de La guerra de las dos rosas ambientada en una Gran Bretaña alternativa y mágica del siglo XV, Robert Carter nos ofrece la enésima repetición de una historia clásica sin un mínimo elemento innovador que justifique su existencia o una historia lo suficientemente trepidante y amena que atenúe su carencia de originalidad. El autor recurre, para crear el marco escénico en el que transcurre El lenguaje de las piedras, al mito Artúrico, a dos o tres pinceladas de mitología céltica y desarrolla una teoría sobre un supuesto equilibrio entre la fuerzas del bien y del mal en la que los humanos no somos más que peones sin capacidad de elección. Otro punto en contra está en lo atropellado de la trama y de los diálogos. Aun teniendo tramos en los que el autor demuestra buen hacer, en otro pasajes el ritmo narrativo y las conversaciones entre los personajes resultan forzadas y, en algunos casos, extrañas.

Probablemente Carter sólo pretendiese entretener y el formato de la edición predisponía a encontrar algo mejor de lo que en realidad es, pero creo que El lenguaje de las piedras sólo puede ser recomendable para alguien que todavía no se haya acercado al género y cuyo gusto literario esté comenzando a desarrollarse. Algunos diálogos parecen forzados y su estructura es un tanto errática al no saberse con exactitud cual de los personajes está hablando. No sé si este hecho se debe a un error de traducción o si en el texto original ya presentaba este problema. En contraste con la cuidada apariencia exterior, a lo largo de la novela podemos encontrar algunos errores de puntuación y algún carácter raro al final de alguna frase. No es un problema grave pero llama la atención que se haya prestado tanta atención al continente y que el contenido resulte tan decepcionante.

Es una lástima que lo que a priori hubiese podido ser un brillante comienzo para una colección de fantasía, que parece estar viviendo un buen momento, se quedase en tan poco.

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